Número 9. Septiembre de 2003

Olga Mesa

Roberto Corte

Sábado 3 de mayo. 20,30. Teatro de Cajastur. Oviedo. Olga Mesa. Suite au dernier mot: au font tout est en surface. No estrujaré el miasma neuronal que me resta por descifrar el título. Sobradamente sé de la incongruencia de buscarle sentido. Al igual que sé que optar por alguno es el placebo que requiere la autora para su coartada. Pero a mi edad el juego no vale. Ya no.

En el escenario unas cámaras y videos proyectores con un operador. Y la autora protagonista que, tras enchufarse a la parte técnica y asegurar el funcionamiento de la misma, como en uno de esos experimentales programas televisivos, nos da la espalda, aparece en pantalla, y arranca con lo que ya puede etiquetarse como un vacilante performance con pretensiones pseudo-reflexivas. O video-conferencia deliberadamente descabalada en fragmentos que peroran el tema: un conato de historia o biografía mediatizada por la imagen. Nada de danza. Nada de teatro. Ni el más mínimo tamizado artístico. Un naturalizado sotto voce leído o medio improvisado le basta como declaración de intenciones. Después las acciones. Aleatorias. Lectura de un friso o tablón publicitario con vagas anotaciones entre inconclusos haikus o graffitis domésticos para náufragos de instituto. O el juego de un montón de tizas simbolizando la construcción existencial de una urbe o individuos, por medio del azar, que será quien propicie que de uno o dos intentos la tiza se sostenga en pie, a modo de rascacielos, o continúen tumbadas hasta nuevo intento. Para matar el tiempo. Entre el tedio que produce la realidad y un deseo rebajado. Después Olga se desnuda y conectada por el auricular nos dice que va a salir a la calle. Lo hace. Y nos da en la trayectoria de recorrido, no sin cierto humor de extrañamiento, cumplida cuenta de sus impresiones. El choque que produce la voluntad de abandonar un espacio altamente ritualizado, el escenario, al enfrentarse con la pacata realidad de una ciudad de provincia todavía –para esto– del siglo XIX. Oviedo no es París. Nosotros desde dentro nos imaginamos la escena que está ocurriendo fuera y la sinceridad de la intérprete. Hay que tener agallas –valor que contrasta con la timidez de la artista a lo largo de su exposición– y suficiente dosis de sangre fría para arrojarse a un ruedo callejero o provocación de tal envergadura. Si sólo por un acto de honestidad en nuestra vida podemos ganar el cielo cabría considerar que sólo por una acción se puede medio salvar un espectáculo. Y así ha ocurrido. Olga vuelve, se viste, y continúa con los recuerdos de infancia en su iniciación a la danza o los entretenimientos ya citados. Como cierre al ejercicio de descomposición de elementos implicados en la fábula recoge con la cámara al público, que ya aparece en la pantalla, se sienta en una butaca como uno más, y ... fin.

Entre el abundante público destaca un grupo de jóvenes incondicionales que vienen de las artes plásticas, que se debaten –supongo que como el resto– entre los aplausos sinceros y la perplejidad que produce un testimonio que consideran vale más que el grueso de teatro y danza de corte convencional. Al salir Etelvino Vázquez comenta con tino que Olga Mesa está haciendo el cabaret del siglo XXI. Y es cierto. Lo que ocurre es que yo ya soy para siempre, un poco a mi pesar, ciudadano del XX.

  

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