Sábado 3 de mayo. 20,30. Teatro de Cajastur. Oviedo. Olga Mesa.
Suite au dernier mot: au font tout est en surface. No estrujaré el
miasma neuronal que me resta por descifrar el título. Sobradamente sé
de la incongruencia de buscarle sentido. Al igual que sé que optar por
alguno es el placebo que requiere la autora para su coartada. Pero a
mi edad el juego no vale. Ya no.
En el escenario unas cámaras y videos proyectores con un operador. Y
la autora protagonista que, tras enchufarse a la parte técnica y
asegurar el funcionamiento de la misma, como en uno de esos
experimentales programas televisivos, nos da la espalda, aparece en
pantalla, y arranca con lo que ya puede etiquetarse como un vacilante
performance con pretensiones pseudo-reflexivas. O video-conferencia
deliberadamente descabalada en fragmentos que peroran el tema: un
conato de historia o biografía mediatizada por la imagen. Nada de
danza. Nada de teatro. Ni el más mínimo tamizado artístico. Un
naturalizado sotto voce leído o medio improvisado le basta como
declaración de intenciones. Después las acciones. Aleatorias. Lectura
de un friso o tablón publicitario con vagas anotaciones entre
inconclusos haikus o graffitis domésticos para náufragos de instituto.
O el juego de un montón de tizas simbolizando la construcción
existencial de una urbe o individuos, por medio del azar, que será
quien propicie que de uno o dos intentos la tiza se sostenga en pie, a
modo de rascacielos, o continúen tumbadas hasta nuevo intento. Para
matar el tiempo. Entre el tedio que produce la realidad y un deseo
rebajado. Después Olga se desnuda y conectada por el auricular nos
dice que va a salir a la calle. Lo hace. Y nos da en la trayectoria de
recorrido, no sin cierto humor de extrañamiento, cumplida cuenta de
sus impresiones. El choque que produce la voluntad de abandonar un
espacio altamente ritualizado, el escenario, al enfrentarse con la
pacata realidad de una ciudad de provincia todavía –para esto– del
siglo XIX. Oviedo no es París. Nosotros desde dentro nos imaginamos la
escena que está ocurriendo fuera y la sinceridad de la intérprete. Hay
que tener agallas –valor que contrasta con la timidez de la artista a
lo largo de su exposición– y suficiente dosis de sangre fría para
arrojarse a un ruedo callejero o provocación de tal envergadura. Si
sólo por un acto de honestidad en nuestra vida podemos ganar el cielo
cabría considerar que sólo por una acción se puede medio salvar un
espectáculo. Y así ha ocurrido. Olga vuelve, se viste, y continúa con
los recuerdos de infancia en su iniciación a la danza o los
entretenimientos ya citados. Como cierre al ejercicio de
descomposición de elementos implicados en la fábula recoge con la
cámara al público, que ya aparece en la pantalla, se sienta en una
butaca como uno más, y ... fin.
Entre el abundante público destaca un grupo de jóvenes incondicionales
que vienen de las artes plásticas, que se debaten –supongo que como el
resto– entre los aplausos sinceros y la perplejidad que produce un
testimonio que consideran vale más que el grueso de teatro y danza de
corte convencional. Al salir Etelvino Vázquez comenta con tino que
Olga Mesa está haciendo el cabaret del siglo XXI. Y es cierto. Lo que
ocurre es que yo ya soy para siempre, un poco a mi pesar, ciudadano
del XX.