Número 7. Enero de 2003

La gárgola de Vidal Bolaño

Francisco Díaz-Faes

 

Es fácil asimilar que cual rascacielos de Nueva York, en el aniversario de las Torres Gemelas murió, —cayó agotado, hasta el último día en el teatro—, el gigantesco actor, director y autor Roberto Vidal Bolaño. Nacido en Santiago de Compostela y muerto en esa ciudad 52 años después. Tal vez figura importantísima del teatro gallego de los últimos 30 años, y no me refiero a la fascinación escénica que daba su tamaño. En el último año estrenó como autor en Asturias, una pieza debida a la puesta en escena del grupo Kumen (dirigida por José Ramón López, que me habló de su terrible enfermedad que le estaba consumiendo). Y como actor, le había visto de jefe indio en una pieza con los gallegos Teatro Do Aquí. En la primera, Desahuciados, hay una increíble pintura. Excelente, llena de barroquismo y tipología valleinclanesca que está en cartel aún por Asturias. Dicen que gallegos y asturianos primos hermanos, pero no sé de ningún desconocimiento comparable por Galicia (de los asturianos hacia esa tierra), que el que tienen los gallegos por Asturias. Y no sólo en teatro. Me apena la muerte de Bolaño, al que no muchos conciudadanos astures habrán brindado el interés, por seguir vida y obra, nunca. Es un terrible problema de fronteras, regionales o provincianas, pero mucho más, mentales. Por descontado que no los conozco todos pero cuando me lo presentó hace años Maxi Rodríguez —en una edición del Feten—, me pareció uno de los personajes de Valle-Inclán, tal vez uno, oscuro y luminoso, en Luces de Bohemia. No sé si el tiempo teñirá su tumba con el reconocimiento que en Galicia da el musgo al granito, y a los viejos árboles en su cara norte, estatua de piedra teñida en el reposo de los años y la defecación de las aves que en esas tierras gritan en galaico. Hacía en la obra Oé, oé, oé (dardo herido hacia el fútbol hinchado por los hinchas) en gallego, el papel de Veranio, cuando vino hace unos pocos años aquí. Durante la cena estuve maravillado por ese acento tan remarcado (el de mis bisabuelos), meloso sonsonete que no dejó atrás cuando vino aquí su última función de mayo pasado, ya al parecer muy herido, como señalo. Yo no me di cuenta ahora en mayo que haciendo de viejo jefe Tuiavii de los tiavea, que analiza la civilización occidental (los papalagüi, nos llama) con ojos escrutadores de científico indio, antropólogo de 1929, necesitaba el descanso en la escena, sentarse y dar pausas. Pensé que era su personaje, al que infundía aires de muñeiras con sus "carayos" y "cojones", que imprecaba a los cielos. Conservo la impresión de reconocimiento a su análisis sardónico a los postres de nuestra primera y única improvisada cena. Pormenorizando con socarronería avatares del teatro independiente que fue su vida. Las idioteces que había que hacer entonces para movilizar a los niños (y aún hoy se hacen) o provocarlos, las teorías pedagógicas que se estilaban entonces, la pijada política y nacionalista, y cómo él fue bandeando, o cayendo en la trampa de esas corrientes y presiones que hacían "joder el teatro", según rememoro en sus palabras. Yo no paraba de reírme, pero él lo decía muy serio. Después aprecié su participación en el film La lengua de las mariposas cual aparición espectral y maravillosa. Fundador del Teatro Antroido en 1974, y del Teatro Do aquí. Había recibido muchos premios más antes de ser finalista del Tirso de Molina. Recuerdo de él su gran estatura, y ojeras, la bufanda, o el sombrero Borsalino que junto a la nariz de payaso descansó sobre su féretro en el Salón Teatro del Instituto Gallego de las Artes Escénicas y de la Música. Voz atronadora, y blasfema, compostelano como una gárgola, dicen que de su boca y escritura salió el feísmo, socarrón y descarnado, cual agua que empapa tejados y pizarras. Yo sólo encontré en lo poco que conocí de él sabiduría, como en la puesta en escena de junio pasado del langreano teatro Kumen. Allí estaba la intensidad de un cura grotesco que atraviesa la más terrible herida de la posguerra española, por fin la herencia valleinclanesca de nuevo. Además, Valle-Inclán ¿no hizo de la belleza algo ajado y repulsivo, y encontró en el desperdicio de la sociedad el halo inmune y prístino, el destello de la beldad? ¿Acaso no fue éste otro, bocanada de agua de lluvia que destila la tormenta? Por la boca de la gárgola de Compos-tela, Vidal Bolaño inunda la escena. También desde Asturias se reconoce, aunque umbríamente esa estela mágica de su saber.

 

 

  

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