"Dos
hombres sin nombre: XX y AA. No se menciona su Patria. No se habla del
País en el que están. Dos hombres que conforman un todo. Dos caras de
la misma naturaleza humana."
La acción
trascurre en lo que denominaríamos una infravivienda (siguiendo la
correcta terminología de ese sociólogo que todos portamos, en esta
zona refalfiada del mundo). En el escenario, sobre un fondo de "cámara
negra del Teatro Estudio de Gijón (TEG)" (que expresa a través de las
líneas de su construcción, no un ahorro en recursos, sino un fondo
inequívoco y necesario, determinador del ámbito y ambiente en el que
se nos va a sumergir) cerrada y hermética, si no fuera porque en el
centro de ella está la puerta (por la que se viene de la calle o se va
a cagar), se sitúan muebles y enseres domésticos. A la derecha del
espectador: la zona de XX, con un perchero, una cama atravesada con el
cabecero en la pared y un baúl sobre el que reposa un muñeco de
peluche-guardapijamas, de esos que encontramos depositados sobre un
contenedor de basura por su antiguo y caritativo dueño, con el
propósito de que alguien, más pobre, lo rescate y use. A la izquierda,
cierta suerte de cocina-mostrador en paralelo con el fondo, con el
sitio suficiente para que tras él, se trasiegue con latas de comida o
con un grifo que oímos y no vemos. Hay una cocinilla en la que se
hervirá el agua para el té, encima del mostrador, en el que se apoya
el cabecero de la cama de AA, y a cuyos lados, se sitúan una silla y
un baúl. En la pared de ese lateral, hay un mueble lavabo con espejo y
aún, en ese lado izquierdo, casi en el centro del escenario, está la
mesa con dos o tres sillas... lo que sí baja del centro del bambalinón
de boca, es un cable del que pende una bombilla, punto en el que habrá
de ofrecérsenos una de las escenas más "esperpénticas" de la obra.
Este es el escenario "no casual" que el TEG nos propone, con un lado
derecho casi vacío y un izquierdo en donde están "las cosas". Único
escenario en el que dos hombres sin nombre (como no lo tienen los
cachorros enjaulados de las tiendas de animales) van a relacionarse
entre sí y el Exterior Acechante, siempre presente como anhelo,
amenaza, referencia temporal,... o como ruido de vida y, por ello, de
esperanza. Un Exterior que desconoce nuestra lengua, costumbres;
repleto de trampas para sacarnos ese dinero que habrá de comprar un
sueño: la vuelta al País y construir la Casa, por el que XX se
esclaviza y por el que mataría. Un Exterior entendido intelectualmente
por AA y por ello, más desesperante; ajeno a su voluntad y cuya
existencia, evidencia de su impotencia y su soledad.
Dos
hombres atormentados en un mundo hermético en el que, a pesar de la
importancia del bosque circunstancial colectivo de la emigración, nos
permite ver el árbol de la soledad y del tormento individual que cada
cual mantiene/contiene a puerta cerrada. Es la dificultad del
realismo. Es el reto al que se enfrenta siempre el TEG con esa
dignidad que les caracteriza. Porque, este TEG que más nos gusta (el
TEG en el que también está Miguel García Expósito), ya nos ha contado
esto: en la interrelación destructiva de Dogomar, el pasado y Amilcar
(Historia de una cara, 1987); en la dependencia del yonqui y el
caballo (Marea Blanca, 1984) en el cuelgue a la verbalización-explicativa-sin-salida
del joven Galápago y su Confesión (La tuerta suerte de Perico
Galápago, 2001); en la justificación de la existencia recíproca
del torturado y el torturador (Pedro y el Capitán, 1982) en la
soledad mayúscula, tan grande como su aparato digestivo, de Ignatius
Reilly frente al mundo, (La conjura de los necios, 1990, que
nunca vio la luz de los focos)
Puede que
la gran dificultad del realismo esté en conjugarse a sí mismo, con la
interrelación e interdependencia de Lucky y Pozzo, de Hamm y Clov;
conjugarse, con la desesperación esperanzada, de Vladimiro y
Estragón... El TEG camina por ahí, y nunca se lo agradeceremos
bastante.
Sobre el
escenario del Jovellanos, ese día 12 de diciembre de 2002, pasaron
muchas cosas que tienen que ver con nosotros.
En los
primeros setenta, conocí a alguno que se buscaba a sí mismo: su
función, su papel de intelectual orgánico, en artículos de Sartre,
Luckas, Gransci,... Conocí a alguno que, en aplicación de una ley casi
divina: del centro a la periferia y de la periferia al centro,
aparcaba durante el verano libros y apuntes universitarios, yéndose a
currar a la construcción o al montaje y tocar pueblo. Pero al
proletario impostado, se le notaba volando; entre otras cosas porque a
la hora de comer, sacaba de la filoxia, una tartera de acero
inoxidable alemán y un taperware para el postre, con contenidos
todavía más especiales (en aquellos años, entre los menús de la clase
obrera y la pequeña burguesía, había notables diferencias). Su gran
preocupación era montar una comisión obrera en el tajo, convocando las
reuniones a través de algún joven currela interpuesto, en el que se
apantallaba. Aquellas cabras volvieron a su monte, después de
relativizar su comprensión intelectual de la lucha por el
socialismo... Hoy están, más o menos, en el lugar que ocuparon sus
padres en su sistema. Otros hubo (o hubimos) de diferentes pelajes y
talantes, que seguimos procurando no quemarnos los pelos con las
chispas que produce la gestión de nuestras contradicciones y miserias,
permanentemente presos de un obligatorio optimismo histórico, producto
de la fe en la Gran Leyenda, que a modo de gonorrea, queremos
contagiar. Resulta terrible pensar en los pequeños e individuales
sueños rotos, quemados en la monstruosa caldera de la imparable
máquina del Tren de la Historia. Nuestros padres fueron los brutos que
en Alemania, Bélgica, o aquí, no tuvieron más opción que esclavizarse
por el único proyecto que les era permitido: la Casa.
En cuanto
a la actuación, he de ser sincero: al comenzar, en las primeras frases
de Manuel Pizarro, pensé en que iba pasado de gesto... Pero era un
prejuicio: Manuel trazó, desarrolló, encarnó, puso de pie un personaje
absolutamente creíble: construyó para él una voz, un pataje, una
expresión, un gesto, una aptitud y, sin escatimar el más mínimo
esfuerzo, nos lo sirvió en bandeja, para nuestro deleite... y nuestro
desasosiego: porque ¿desde cuando no veíamos una actuación así?
Mariano Alonso estuvo muy bien en un personaje más comedido y
racional, que exigía la interpretación que le dio: más interiorizada y
medida. La acústica del Jovellanos obliga a un esfuerzo de
vocalización, e incluso de situación para que el público no pierda
parlamento. La interpretación superó con mucho al texto, que en algún
momento pareciera repetirse.
Miguel
García Expósito tradujo el texto del inglés y lo adaptó, eliminando
referencias geográficas y temporales. Redujo su extensión (alrededor
de quince minutos) quitando parte de los discursos didácticos de AA y
eliminando una serie de chistes sobre los problemas que le acarrea a
XX, trabajar con un martillo neumático. Uno tiene verdadera
predilección por las direcciones "que no se notan", o sea: que sigo
contento. La desnaturalización de movimientos en ciertos momentos,
como la pelea, buscar debajo de la cama... produce un efecto
distanciador muy adecuado y la "pequeña pantomima" del té, me parece
inmejorable. Y ahí va una tacha: un escenario con mucha amplitud, con
demasiado aire (al fin y al cabo, es el del Jovellanos) y que pide, en
el mejor de los casos, un techo presente y recorrido por una tubería;
o un tragaluz en el fondo; o algo, en fin, que contribuya a
congestionar y hermetizar el espacio escénico. La parte técnica, como
es habitual en las producciones del TEG, perfecta: aquí, la luz y los
efectos, entran.
Yo le
diría al TEG que está obligado a crear escuela: formando gente en esos
parámetros teatrales y, tal vez, difundir, además de su teatro, sus
explicaciones ante foros interesados como pudieran ser los alumnos del
ITAE o articulando tertulias en algún local tras la función. A la
dirección del Jovellanos, más fechas para esta obra.