Número 7. Enero de 2003

Los emigrados del TEG

Boni Ortiz

 

Teatro Estudio de Gijón.
Autor: Slawomir Wrozek.

Traducción: Miguel García Expósito.

Actores: Mariano Alonso y Manuel Pizarro.

Iluminación: Ana Pérez. Sonido: Carmen Tolivia.

Escenografía: Manuel Pizarro.

Dirección: Miguel García Expósito
Teatro Jovellanos, 12.12.2002.

 

"Dos hombres sin nombre: XX y AA. No se menciona su Patria. No se habla del País en el que están. Dos hombres que conforman un todo. Dos caras de la misma naturaleza humana."

 

La acción trascurre en lo que denominaríamos una infravivienda (siguiendo la correcta terminología de ese sociólogo que todos portamos, en esta zona refalfiada del mundo). En el escenario, sobre un fondo de "cámara negra del Teatro Estudio de Gijón (TEG)" (que expresa a través de las líneas de su construcción, no un ahorro en recursos, sino un fondo inequívoco y necesario, determinador del ámbito y ambiente en el que se nos va a sumergir) cerrada y hermética, si no fuera porque en el centro de ella está la puerta (por la que se viene de la calle o se va a cagar), se sitúan muebles y enseres domésticos. A la derecha del espectador: la zona de XX, con un perchero, una cama atravesada con el cabecero en la pared y un baúl sobre el que reposa un muñeco de peluche-guardapijamas, de esos que encontramos depositados sobre un contenedor de basura por su antiguo y caritativo dueño, con el propósito de que alguien, más pobre, lo rescate y use. A la izquierda, cierta suerte de cocina-mostrador en paralelo con el fondo, con el sitio suficiente para que tras él, se trasiegue con latas de comida o con un grifo que oímos y no vemos. Hay una cocinilla en la que se hervirá el agua para el té, encima del mostrador, en el que se apoya el cabecero de la cama de AA, y a cuyos lados, se sitúan una silla y un baúl. En la pared de ese lateral, hay un mueble lavabo con espejo y aún, en ese lado izquierdo, casi en el centro del escenario, está la mesa con dos o tres sillas... lo que sí baja del centro del bambalinón de boca, es un cable del que pende una bombilla, punto en el que habrá de ofrecérsenos una de las escenas más "esperpénticas" de la obra. Este es el escenario "no casual" que el TEG nos propone, con un lado derecho casi vacío y un izquierdo en donde están "las cosas". Único escenario en el que dos hombres sin nombre (como no lo tienen los cachorros enjaulados de las tiendas de animales) van a relacionarse entre sí y el Exterior Acechante, siempre presente como anhelo, amenaza, referencia temporal,... o como ruido de vida y, por ello, de esperanza. Un Exterior que desconoce nuestra lengua, costumbres; repleto de trampas para sacarnos ese dinero que habrá de comprar un sueño: la vuelta al País y construir la Casa, por el que XX se esclaviza y por el que mataría. Un Exterior entendido intelectualmente por AA y por ello, más desesperante; ajeno a su voluntad y cuya existencia, evidencia de su impotencia y su soledad.

Dos hombres atormentados en un mundo hermético en el que, a pesar de la importancia del bosque circunstancial colectivo de la emigración, nos permite ver el árbol de la soledad y del tormento individual que cada cual mantiene/contiene a puerta cerrada. Es la dificultad del realismo. Es el reto al que se enfrenta siempre el TEG con esa dignidad que les caracteriza. Porque, este TEG que más nos gusta (el TEG en el que también está Miguel García Expósito), ya nos ha contado esto: en la interrelación destructiva de Dogomar, el pasado y Amilcar (Historia de una cara, 1987); en la dependencia del yonqui y el caballo (Marea Blanca, 1984) en el cuelgue a la verbalización-explicativa-sin-salida del joven Galápago y su Confesión (La tuerta suerte de Perico Galápago, 2001); en la justificación de la existencia recíproca del torturado y el torturador (Pedro y el Capitán, 1982) en la soledad mayúscula, tan grande como su aparato digestivo, de Ignatius Reilly frente al mundo, (La conjura de los necios, 1990, que nunca vio la luz de los focos)

Puede que la gran dificultad del realismo esté en conjugarse a sí mismo, con la interrelación e interdependencia de Lucky y Pozzo, de Hamm y Clov; conjugarse, con la desesperación esperanzada, de Vladimiro y Estragón... El TEG camina por ahí, y nunca se lo agradeceremos bastante.

Sobre el escenario del Jovellanos, ese día 12 de diciembre de 2002, pasaron muchas cosas que tienen que ver con nosotros.

En los primeros setenta, conocí a alguno que se buscaba a sí mismo: su función, su papel de intelectual orgánico, en artículos de Sartre, Luckas, Gransci,... Conocí a alguno que, en aplicación de una ley casi divina: del centro a la periferia y de la periferia al centro, aparcaba durante el verano libros y apuntes universitarios, yéndose a currar a la construcción o al montaje y tocar pueblo. Pero al proletario impostado, se le notaba volando; entre otras cosas porque a la hora de comer, sacaba de la filoxia, una tartera de acero inoxidable alemán y un taperware para el postre, con contenidos todavía más especiales (en aquellos años, entre los menús de la clase obrera y la pequeña burguesía, había notables diferencias). Su gran preocupación era montar una comisión obrera en el tajo, convocando las reuniones a través de algún joven currela interpuesto, en el que se apantallaba. Aquellas cabras volvieron a su monte, después de relativizar su comprensión intelectual de la lucha por el socialismo... Hoy están, más o menos, en el lugar que ocuparon sus padres en su sistema. Otros hubo (o hubimos) de diferentes pelajes y talantes, que seguimos procurando no quemarnos los pelos con las chispas que produce la gestión de nuestras contradicciones y miserias, permanentemente presos de un obligatorio optimismo histórico, producto de la fe en la Gran Leyenda, que a modo de gonorrea, queremos contagiar. Resulta terrible pensar en los pequeños e individuales sueños rotos, quemados en la monstruosa caldera de la imparable máquina del Tren de la Historia. Nuestros padres fueron los brutos que en Alemania, Bélgica, o aquí, no tuvieron más opción que esclavizarse por el único proyecto que les era permitido: la Casa.

En cuanto a la actuación, he de ser sincero: al comenzar, en las primeras frases de Manuel Pizarro, pensé en que iba pasado de gesto... Pero era un prejuicio: Manuel trazó, desarrolló, encarnó, puso de pie un personaje absolutamente creíble: construyó para él una voz, un pataje, una expresión, un gesto, una aptitud y, sin escatimar el más mínimo esfuerzo, nos lo sirvió en bandeja, para nuestro deleite... y nuestro desasosiego: porque ¿desde cuando no veíamos una actuación así? Mariano Alonso estuvo muy bien en un personaje más comedido y racional, que exigía la interpretación que le dio: más interiorizada y medida. La acústica del Jovellanos obliga a un esfuerzo de vocalización, e incluso de situación para que el público no pierda parlamento. La interpretación superó con mucho al texto, que en algún momento pareciera repetirse.

Miguel García Expósito tradujo el texto del inglés y lo adaptó, eliminando referencias geográficas y temporales. Redujo su extensión (alrededor de quince minutos) quitando parte de los discursos didácticos de AA y eliminando una serie de chistes sobre los problemas que le acarrea a XX, trabajar con un martillo neumático. Uno tiene verdadera predilección por las direcciones "que no se notan", o sea: que sigo contento. La desnaturalización de movimientos en ciertos momentos, como la pelea, buscar debajo de la cama... produce un efecto distanciador muy adecuado y la "pequeña pantomima" del té, me parece inmejorable. Y ahí va una tacha: un escenario con mucha amplitud, con demasiado aire (al fin y al cabo, es el del Jovellanos) y que pide, en el mejor de los casos, un techo presente y recorrido por una tubería; o un tragaluz en el fondo; o algo, en fin, que contribuya a congestionar y hermetizar el espacio escénico. La parte técnica, como es habitual en las producciones del TEG, perfecta: aquí, la luz y los efectos, entran.

Yo le diría al TEG que está obligado a crear escuela: formando gente en esos parámetros teatrales y, tal vez, difundir, además de su teatro, sus explicaciones ante foros interesados como pudieran ser los alumnos del ITAE o articulando tertulias en algún local tras la función. A la dirección del Jovellanos, más fechas para esta obra.

 

 

  

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