Por partes. Primero. Vaya por delante que la propiedad es un derecho
ya incuestionable. Aquí como en Pernambuco. Y que a estas alturas de
rodaje y desgaste ideológico el descalabro, vía experimental, del
comunismo fue tan estrepitoso que temo hayamos relegado para siempre
la propiedad privada entendida como un robo, la tentativa
abolicionista, al panteón de los utopismos. A dormir el sueño eterno
al lado de Cabet, Saint-Simon, Morelly, Owen y Fourier. A pasta
literaria para contrarrestar el dolor de un mal sueño. Uno de los
valores pesados del estado de derecho, y credo y sostén también de
adoctrinamiento en el propio derecho, es concebir buena parte del ser
desde el tener. Grosso modo: somos lo que tenemos. Hoy como ayer, hace
mil años, quizá también en el 2500.
Segundo. Vale pues que la propiedad es un derecho y la propiedad
intelectual, otro. Pero de distinto orden. Mucho más vulnerable en lo
que al material tangible se refiere. Por el fácil y lábil soporte de
repetición que requiere la idea. Por su propio mecanismo de producción
y duplicación tecnológica en proceso irreversible. Tan generoso como
diabólico para el bien y el mal en las libérrimas redes de
multiplicación que establece la globalización. Allí donde las ideas
transitan al alcance del mouse la idea es ya casi una
posibilidad atmosférica que nos viene dada, susceptible de aplicación
cual viento o ráfaga solar. Cualquier tentativa de regulación desde el
legislativo resulta viable, cualquier posibilidad judicial de llevarla
a cabo de manera efectiva resulta cuanto menos, compleja. Por no decir
imposible. Las soluciones sensatas, aún del todo imprevisibles, corren
parejo al desarrollo tecnológico. Tratar de ponerle hoy coto —no digo
que no se intente— es obra de titanes. Aunque a veces pueda parecerlo
una canción no es un inmueble, ni una lavadora o una coliflor. (Si se
pudiese meter un armario en un impulso magnético y procesarlo a la
velocidad de la luz otro gallo cantaría.)
Tercero. Aunque la copia ilícita fluctúa por la red con nocturnidad y
alevosía a pulsaciones de vértigo es en la calle donde se le pone
rostro y persigue al mercader (los de la nocturnidad sólo somos
ladrones) que le saca partido. Y casi siempre es de color. Inmigrante
ilegal (ya por partida doble) que trajina el CD por cómodo y rentable
en un mercado semiclandestino de urgencia y supervivencia. Con un
consumidor igualmente ilegal, masivo (nunca entendí por qué no
detienen a los compradores, por qué no nos detienen), que cuenta con
una coartada sentimental que alude razones solidarias comúnmente
fingidas. En realidad responde, como siempre, a razones de oferta y de
mercado. Aunque algunos admitan complejos de culpabilidad es estado
subliminal no resueltos, vacilaciones éticas, y otros lo hagan por
pura convicción o principios antisistema en ejercicio de confrontación
—los menos—. El que sean inmigrantes ilegales los protagonistas del
problema añade al foco de atención elementos de orden ideológico y
político también ineludibles. La sempiterna oleada de cadáveres
africanos en las costas andaluza y canaria, la espeluznante profilaxis
informativa con que se los despacha, sus trágicas condiciones de
subsistencia, la delincuencia, la internacional ultraliberal y las
políticas de bloques N-S, el 11-D, etc, son añadidos de implicación
directa, más que tangenciales, de relación causal.
Cuarto. Los autores, compañías discográficas y demás agentes
implicados en el mercado tratan de hacer valer sus legítimos derechos
a golpe de falacia argumental. Incapaces de soltar a las claras lo que
es de recibo y cobro —son sus derechos—, van a las oscuras por
derroteros espurios del mismo orden que los del comprador. Pudorosos
en reconocer el dinero como el móvil disputado, tratan de hacernos
tragar en versión apocalíptica que la piratería perjudica por igual al
autor novel que al consagrado, que tras los inmigrantes operan mafias
bien organizadas (yo aún no he visto las armas, los fiambres, ni los
yates), o que de no tomar medidas urgentes alcanzaremos en breve "las
más altas cotas de empobrecimiento cultural" (ahí es nada, Javier
Vidal en LNE), esto cuando no se preocupan por el turismo ("¡menuda
imagen estamos proyectando al exterior!", Tedy Bautista en "Crea"), o
con mucha retórica fiscal hacen del problema una cuestión de estado,
fraude a la Hacienda Pública, Seguridad Social, o pronuncian
"solidaridad" , "bien" , "mal" con garbo y fruición inmoderada (oído a
autores e intérpretes). Aunque todos sabemos que algunos de estos
argumentos son, en el mismo plano de vulnerabilidad, perfectamente
reversibles: puede que la música pirata reactive las aficiones y hasta
es posible que la España de estraperlo sirva de gancho y acicate al
extranjero.
Quinto. Es cierto que han cerrado tiendas de discos y que es mucho el
dinero que corre por el mercado negro. Pero también es cierto que
muchos cierres son fruto del incremento de venta en grandes
superficies comerciales. Quiero creer que la estadística y las cuentas
confirman el aumento sostenido de mercado según el reglamento.
Sexto. Aunque parezca lo contrario, buena parte de la venta del
negocio pirata no es recuperable para el mercado reglamentario. Quien
compra a 6 es posible que no lo haga a 12 ó 18. Puede erradicarse el
problema de estraperlo con los inmigrantes —no es difícil, aunque la
vida se les vuelve más jodida— pero la copia ilícita se reforzará por
otros flancos.
Séptimo. Que no se discuta con seriedad el "exagerado" precio del
producto también responde a leyes de mercado. Se vende bien así (igual
pasa en el fútbol). El proceso de edición de un libro es muchísimo más
laborioso y complejo que el de un CD del mismo precio, por mucho
ingeniero técnico de grabación que trate de endilgarnos lo contrarío.
Pero la lectura, obviamente, tampoco es la música ni el fútbol.
Y octavo. No hay nada que temer. Las discográficas, los autores y
quienes defiendes sus derechos tienen la ley y los argumentos más
indiscutibles. Tan sólo la ausencia de rigor y "sensibilidad" es
reprochable. "Para ganarme el pan cada mañana voy al mercado donde se
compran mentiras / Lleno de esperanza me pongo a la cola de los
vendedores". La sutileza de Brecht, como de costumbre, acude presto
para incrustar el dedo en la llaga (él, que para poner a salvo sus
derechos y preservar su libertad del comunismo no tuvo reparos en
remitir su copyright a su amigo Suhrkamp en la Alemania
socialdemócrata, ni en nacionalizarse austriaco). Él, que en esto era
sincero.