Número 7. Enero de 2003

Propiedad de lamento intelectual

Roberto Corte

 

Por partes. Primero. Vaya por delante que la propiedad es un derecho ya incuestionable. Aquí como en Pernambuco. Y que a estas alturas de rodaje y desgaste ideológico el descalabro, vía experimental, del comunismo fue tan estrepitoso que temo hayamos relegado para siempre la propiedad privada entendida como un robo, la tentativa abolicionista, al panteón de los utopismos. A dormir el sueño eterno al lado de Cabet, Saint-Simon, Morelly, Owen y Fourier. A pasta literaria para contrarrestar el dolor de un mal sueño. Uno de los valores pesados del estado de derecho, y credo y sostén también de adoctrinamiento en el propio derecho, es concebir buena parte del ser desde el tener. Grosso modo: somos lo que tenemos. Hoy como ayer, hace mil años, quizá también en el 2500.

Segundo. Vale pues que la propiedad es un derecho y la propiedad intelectual, otro. Pero de distinto orden. Mucho más vulnerable en lo que al material tangible se refiere. Por el fácil y lábil soporte de repetición que requiere la idea. Por su propio mecanismo de producción y duplicación tecnológica en proceso irreversible. Tan generoso como diabólico para el bien y el mal en las libérrimas redes de multiplicación que establece la globalización. Allí donde las ideas transitan al alcance del mouse la idea es ya casi una posibilidad atmosférica que nos viene dada, susceptible de aplicación cual viento o ráfaga solar. Cualquier tentativa de regulación desde el legislativo resulta viable, cualquier posibilidad judicial de llevarla a cabo de manera efectiva resulta cuanto menos, compleja. Por no decir imposible. Las soluciones sensatas, aún del todo imprevisibles, corren parejo al desarrollo tecnológico. Tratar de ponerle hoy coto —no digo que no se intente— es obra de titanes. Aunque a veces pueda parecerlo una canción no es un inmueble, ni una lavadora o una coliflor. (Si se pudiese meter un armario en un impulso magnético y procesarlo a la velocidad de la luz otro gallo cantaría.)

Tercero. Aunque la copia ilícita fluctúa por la red con nocturnidad y alevosía a pulsaciones de vértigo es en la calle donde se le pone rostro y persigue al mercader (los de la nocturnidad sólo somos ladrones) que le saca partido. Y casi siempre es de color. Inmigrante ilegal (ya por partida doble) que trajina el CD por cómodo y rentable en un mercado semiclandestino de urgencia y supervivencia. Con un consumidor igualmente ilegal, masivo (nunca entendí por qué no detienen a los compradores, por qué no nos detienen), que cuenta con una coartada sentimental que alude razones solidarias comúnmente fingidas. En realidad responde, como siempre, a razones de oferta y de mercado. Aunque algunos admitan complejos de culpabilidad es estado subliminal no resueltos, vacilaciones éticas, y otros lo hagan por pura convicción o principios antisistema en ejercicio de confrontación —los menos—. El que sean inmigrantes ilegales los protagonistas del problema añade al foco de atención elementos de orden ideológico y político también ineludibles. La sempiterna oleada de cadáveres africanos en las costas andaluza y canaria, la espeluznante profilaxis informativa con que se los despacha, sus trágicas condiciones de subsistencia, la delincuencia, la internacional ultraliberal y las políticas de bloques N-S, el 11-D, etc, son añadidos de implicación directa, más que tangenciales, de relación causal.

Cuarto. Los autores, compañías discográficas y demás agentes implicados en el mercado tratan de hacer valer sus legítimos derechos a golpe de falacia argumental. Incapaces de soltar a las claras lo que es de recibo y cobro —son sus derechos—, van a las oscuras por derroteros espurios del mismo orden que los del comprador. Pudorosos en reconocer el dinero como el móvil disputado, tratan de hacernos tragar en versión apocalíptica que la piratería perjudica por igual al autor novel que al consagrado, que tras los inmigrantes operan mafias bien organizadas (yo aún no he visto las armas, los fiambres, ni los yates), o que de no tomar medidas urgentes alcanzaremos en breve "las más altas cotas de empobrecimiento cultural" (ahí es nada, Javier Vidal en LNE), esto cuando no se preocupan por el turismo ("¡menuda imagen estamos proyectando al exterior!", Tedy Bautista en "Crea"), o con mucha retórica fiscal hacen del problema una cuestión de estado, fraude a la Hacienda Pública, Seguridad Social, o pronuncian "solidaridad" , "bien" , "mal" con garbo y fruición inmoderada (oído a autores e intérpretes). Aunque todos sabemos que algunos de estos argumentos son, en el mismo plano de vulnerabilidad, perfectamente reversibles: puede que la música pirata reactive las aficiones y hasta es posible que la España de estraperlo sirva de gancho y acicate al extranjero.

Quinto. Es cierto que han cerrado tiendas de discos y que es mucho el dinero que corre por el mercado negro. Pero también es cierto que muchos cierres son fruto del incremento de venta en grandes superficies comerciales. Quiero creer que la estadística y las cuentas confirman el aumento sostenido de mercado según el reglamento.

Sexto. Aunque parezca lo contrario, buena parte de la venta del negocio pirata no es recuperable para el mercado reglamentario. Quien compra a 6 es posible que no lo haga a 12 ó 18. Puede erradicarse el problema de estraperlo con los inmigrantes —no es difícil, aunque la vida se les vuelve más jodida— pero la copia ilícita se reforzará por otros flancos.

Séptimo. Que no se discuta con seriedad el "exagerado" precio del producto también responde a leyes de mercado. Se vende bien así (igual pasa en el fútbol). El proceso de edición de un libro es muchísimo más laborioso y complejo que el de un CD del mismo precio, por mucho ingeniero técnico de grabación que trate de endilgarnos lo contrarío. Pero la lectura, obviamente, tampoco es la música ni el fútbol.

Y octavo. No hay nada que temer. Las discográficas, los autores y quienes defiendes sus derechos tienen la ley y los argumentos más indiscutibles. Tan sólo la ausencia de rigor y "sensibilidad" es reprochable. "Para ganarme el pan cada mañana voy al mercado donde se compran mentiras / Lleno de esperanza me pongo a la cola de los vendedores". La sutileza de Brecht, como de costumbre, acude presto para incrustar el dedo en la llaga (él, que para poner a salvo sus derechos y preservar su libertad del comunismo no tuvo reparos en remitir su copyright a su amigo Suhrkamp en la Alemania socialdemócrata, ni en nacionalizarse austriaco). Él, que en esto era sincero.

 

 

 

  

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