Parece que
después del realismo, que predominó en la segunda década del pasado
siglo XX, el teatro ha querido sacudirse esa al parecer pesada carga,
sin tener en cuenta una vez más que el realismo ha constituido siempre
lo mejor de la literatura española. Pero la verdad es que la
desconfianza proverbial ante el realismo corre paralela con la
insistente desconfianza al teatro en general.
Ahora
parece que asistimos, por parte de las generaciones más jóvenes a ese
descrédito teatral, invocando a nuevas formas expresivas o
vanguardísticas. Sucede siempre: tras los periodos más o menos
academicistas, se propugna una nueva vanguardia. Lo que pasa es que en
realidad lo que apuntan es a algo distinto al vanguardismo. Se dirigen
a otro género extraño: mezcla de cine, televisión, etc. A un caos, en
suma y así las obras teatrales escritas por las generaciones más
jóvenes muestran claramente un desconocimiento casi total del teatro,
de lo que deba ser el teatro.
Claro que
habrá que aludir en su descargo el pertinaz elemento de la incultura
teatral española, que nos ha ido agobiando a todos desde hace muchos
lustros. De cualquier manera, a mí me asombra hasta dejarme enmudecido
leer ciertas cosas, descubrir que los profesores y tratadistas del
género teatral muchas veces desconocen los elementos fundamentales que
constituyeron nuestro teatro.
Si
reparamos en algunos términos puestos en circulación en la última
década, reconoceremos una vez más que el teatro está en pleno
descrédito frente al cine y otras tecnologías.
Sin
embargo hay algo peor que la enemistad entre estos géneros y es la
hibridez que hoy se advierte. Por eso no vendría mal que estudiáramos
esta terminología que se ha abatido sobre el teatro. Por ejemplo, cada
día es más frecuente llamar al texto teatral "guión", y eso no deja de
resultar inaudito. Hamlet, por ejemplo, ¿guión simplemente para
una "propuesta" de un director? A estos extremos se llega al
desacreditar la obra TEATRAL: parece que la única forma artística para
algunos jóvenes es el cine, modelo arquetípico y clásico en el que se
han educado. Por mucho que lleven el teatro en su corazón, su mente
está ocupada con el cine. Son como Marta y María divididas entre
contemplación y quehacer.
A la
traducción teatral denominan "doblaje" y afirman, como ha afirmado un
notable autor, que el estado español no subvenciona el teatro nuestro
sino el "doblaje" de obras extranjeras. Se habla también de "metateatro"
y de "teatro de autor" y de otras sandeces por el estilo, para
terminar demostrando una cosa cierta: la gran incultura teatral en los
últimos autores, incultura que han heredado, por supuesto, de sus
mayores. Y una de las peores cosas que se está derivando de este
descrédito al teatro es el hecho de que antes lo más corriente era que
una obra teatral se convirtiera en película y no al revés como sucede
ahora. Lo normal hoy es que se considere al teatro ascendiente del
cine. Y estamos llegando a la perversión de fabricar obras de teatro a
partir del cine y ya hemos visto la producción en España de varios
engendros para diversión y beneplácito del ignaro mundo de nuestras
salas teatrales.
Siempre
tras los periodos más o menos realistas como es el caso de la
generación presidida por Antonio Buero Vallejo, acostumbra a
sobrevenir un periodo antiacademicista y anticlásico, que propugna el
vanguardismo. Lo que ha pasado es que ahora no se han producido esos
movimientos (o lo han hecho de manera vaga). Ahora nos hemos
encontrado con una situación de enorme incultura teatral, fomentada
siempre por las minorías industrialistas, que pretendan aniquilar el
arte teatral y cualquier forma de arte, para convertir la actividad
espiritual en una industria rentable. Así nos encontramos a una nueva
juventud desorientada que no puede responder a ninguna pregunta sobre
LA ESENCIA Y SUSTANCIALIDAD DEL TEATRO; limitándose a escribir algo ya
repetido y confuso, mientras que el público, siempre abandonado a su
suerte, asiste a los espectáculos como un zombi.
Pero
nosotros no podemos permanecer al margen de esta situación tan
peligrosa y nuestro deber al entrar en el presente siglo será mantener
el realismo de una manera fundamentalista mientras los nombres de
Shakespeare, Eurípides, Calderón, etc, etc., sean como lo son hasta
hoy imbatibles, pese a que a través de esos directores-adaptadores se
pretenda reducirlos a material con el que construir obras de consumo
para analfabetos teatrales.
Un teatro
que no tenga sus raíces en la realidad, en eso que llamaban los
escolásticos "adequatio intelectus rei" es imposible de crear y digo
"crear" porque ya es hora de que sepan esos jóvenes y desorientados
autores que no es lo mismo "escribir" que "crear". Este compromiso con
la realidad supondrá siempre la crítica de esa misma realidad o un
espejo particular de ella.
Hemos
asistido estos últimos años al lento languidecer del teatro como
producto del arte en aras de producto industrial como es habitual en
cualquier quehacer al servicio de las masas. Asistimos a lo que mi
admirada y querida Paloma Pedrero definió como clonación de autores.
Porque efectivamente autores que crean escuela, no es que crean
escuela de teatro, sino escuela a semejanza de ellos mismos. No lo que
en otros tiempos podía ser una escolástica general del hecho teatral.
Lo que se intenta ahora es crear industrialmente clones a partir de
misteriosos genes.
Son los
mismos que intentan crear un tipo de lenguaje teatral que en su día
habremos de utilizar todos: un lenguaje un tanto esotérico que permita
a los dueños del cotarro, es decir a los directores, manipularlo a su
antojo. Para ello invocan a esa figura llamada Samuel Beckett, por
ejemplo. Pero no podemos engañarnos. Sabemos muy bien que el teatro,
el teatro verdadero, no eso que se pretende dar a las masas
ignorantes, es algo que transciende al autor, que va más allá de su
satisfacción personal y queramos o no ha de enfrentarse al futuro en
el que encontrará una respuesta. En estos últimos tiempos, nosotros,
los autores de las generaciones realistas estamos recibiendo de
algunos países de la Comunidad Europea, especialmente de Alemania,
cartas en las que universidades y centros culturales se interesan por
el "realismo antifranquista" de nuestras obras. Afirmando una vez más
que el realismo que nosotros utilizábamos iba mucho más allá de
nosotros, pues es bien cierto que nosotros, pese a la lucha que
tuvimos contra la censura, no escribíamos sólo contra Franco, sino que
lo que deseábamos era que nuestro realismo, siempre critico, fuera,
más allá de nosotros.
Hay que
volver a recuperar nuestra confianza en el teatro como obra de arte,
contra toda pretensión industrial, lo cual no va a ser nada
fácil, dado el poco volumen de creatividad que se observa en los
jóvenes. Y por supuesto el problema del público. Porque nos
encontramos fundamentalmente con un público totalmente discapacitado.
Hablo naturalmente del público español, fundamentalmente el de Madrid.
Efectivamente en Madrid existe el peor público que haya existido
nunca. Aquel publico del Siglo de Oro, que aplaudiera y escuchara las
obras de Lope y Calderón es hoy una entelequia. Pero es que ni el
público masa de los años treinta y el sometido público de la dictadura
puede compararse con el de hoy. Hoy nos enfrentamos a un público tipo
zombi, que escucha como dormido. Es un público alejado del teatro a
través de las pantallas de la televisión, incapaz de juzgar y en
consecuencia fácil presa de los industrialistas para vender sus
productos híbridos al estilo del televisual Gran Hermano, por ejemplo.
Y este es el provenir que yo veo al teatro en estos umbrales del siglo
XXI.