Número 7. Enero de 2003

III Encuentros de Autores de Teatro "A de Autores"
8-9 noviembre 2002. Gijón

Ponencia de Laura Iglesia San Martín

Teatro y realidad

Antes de comenzar debo decir tres cosas: la primera es que yo no me considero dramaturga, sino teatrera de batalla. Tampoco soy una teórica del teatro; mis conocimientos son fundamentalmente prácticos, producto de la experiencia, del sentido común y de la intuición. Y finalmente debo decir, que no estoy muy acostumbrada a participar en esta clase de eventos, así que os pido disculpas si titubeo o si mis reflexiones resultan superficiales.

Por lo que se refiere a la cuestión de la autoría, debo matizar que me siento autora de la puesta en escena, o lo que viene a ser lo mismo, del texto espectacular. Yo produzco, escribo y dirijo mis espectáculos, de tal modo que la responsabilidad última de lo bueno y lo malo que suceda en el escenario deriva en mí, sin embargo, entiendo el teatro como un arte colectivo, pues las manos que ponen en pie cada espectáculo no son sólo las mías, sino las de todo el equipo que trabaja conmigo. Y si estoy aquí, probablemente se lo deba en una buena parte a ellos.

Yo entiendo el lenguaje escénico como una globalidad multidisciplinar. Creo que el teatro de hoy en día debe estar abierto a los nuevos lenguajes y me gusta particularmente este aspecto tan dinámico y tan vivo de la creación teatral y del diálogo entre las artes.

Además, en la mayoría de mis textos disfruto de la colaboración de los actores. Suelo trabajar con ellos mediante improvisaciones y normalmente compagino los ensayos con la escritura, de modo que el producto final es algo muy vivo que va creciendo en paralelo con la puesta en escena, y que incluso sigue creciendo más allá de los estrenos, porque tengo la buena o la mala costumbre de seguir modificándolos...

 

Una aproximación histórica...

Entrando ya en el tema del encuentro, teatro y realidad, si revisamos a vista de pájaro los datos históricos, constatamos que ya desde la antigüedad clásica la cuestión ha dado muchos quebraderos de cabeza a los teóricos. No es de extrañar, pues el tema se relaciona directamente con la esencia misma de la literatura dramática, con su utilidad, con su función.

Uno de los pilares básicos es Aristóteles que con el concepto de mimesis propugna que la obra de arte debe mantener una relación de adecuación y semejanza con una realidad natural ya existente.

Esta teoría de que la creación literaria es imitación de una realidad, de una naturaleza exterior o interior, se mantiene prácticamente hasta el siglo XVIII, momento en el que nacen las teorías expresivas que consideran que el arte no debe imitar a la naturaleza sino ser expresión de los sentimientos.

A partir de ahí todo va mucho más rápido. Se rechazan las teorías de la imitación y ya surgen diversas tendencias que propugnan nuevas relaciones del arte con la realidad. Tendencias que defienden el arte como pura evasión y huida hacia lo fantástico, el arte como mera búsqueda de una estética, y más adelante el arte como vehículo de ideas y motor de cambio social...

Ya en el siglo XX y en el terreno teatral, no podemos olvidar a Brecht y su teoría del distanciamiento que desmantela el pensamiento clásico. Según Brecht, el teatro épico debía reemplazar al aristotélico, imitador de la naturaleza, que sume al público en la ilusión, y lo lleva a confundir el espejismo del arte con la realidad. El teatro debía ser concebido de modo que alertara sobre su propia condición e hiciera bien visibles las fronteras que lo separan de lo real. Sólo así se puede cumplir su misión. El teatro debía remover las conciencias, criticar la realidad social, instruir a los espectadores en la verdad e incitarlos a actuar.

Más recientemente, con la llamada posmodernidad, entramos en un tobogán de caos. Dios ha muerto, el arte ha muerto, y todo ello nos lleva a la depreciación de los valores. La posmodernidad cuestiona los grandes discursos, las utopías e incluso la noción de realidad. La cultura reflexiona acerca de sí misma dando bandazos. Estamos en el momento de la fragmentación, del pastiche, del metalenguaje, de la desmitificación y del "todo vale".

Y hoy en día, a comienzos del siglo XXI, el panorama teatral es ecléctico y difuso. Por un lado se diría que estamos aún bajo ese efecto posmoderno, aunque también hay tendencias que quizás intentan poner un poco de orden en ese caos sembrado por la posmodernidad.

Las tendencias se solapan y aún no tenemos perspectiva para analizar el problema.

Será el tiempo el que ponga las cosas en su lugar.

 

Ficción y realidad...

Entre el mundo de ficción y el mundo real siempre hay vínculos, pues la ficción artística no se puede desprender de la realidad empírica. Los autores estamos inmersos en una realidad que no se puede obviar. Ahora bien, aunque lo real sea la matriz de la ficción escénica, eso no significa que el mundo teatral deba referirse directamente a lo real.

El teatro, al igual que las demás manifestaciones artísticas, tiene conexión con la experiencia humana y con la realidad social, porque somos animales culturales. Desde que nacemos, nos vemos inmersos en una realidad social e histórica, que se plasma queramos o no en nuestras creaciones, pero no creo que necesariamente el teatro deba ser un signo de tales elementos, pues no supone un lenguaje referencial, sino artístico, y por ello debe tener una naturaleza imaginativa, simbólica y plurisignificativa.

No somos historiadores, ni reporteros, ni sociólogos... Somos creadores. Y los creadores partimos de la realidad para crear universos de ficción.

Más de una vez, cuando me han preguntado a qué me dedico, he dicho que invento mundos, mundos pequeñitos. Y trato de buscar en ellos una coherencia, unas leyes, unas normas. Intento que sean verosímiles, que nada chirríe en ellos, y que sean, en la medida de lo posible, tan perfectos como un mecanismo de relojería.

Creo que la puesta en escena debe articular una realidad en sí misma, una realidad teatral, que debe ser incluso más perfecta que la realidad misma. Una realidad ficticia, valga la paradoja , que llegue y que conmueva al público.

El arte, finalmente, busca sentidos.

Es una herramienta de reflexión, de análisis, de clarificación. Es una búsqueda brutal de conocimiento profundo que va más allá de lo inmediato.

El arte ilumina la realidad e incluso se adelanta a ella, si me apuran.

 

Desde la experiencia personal...

Por lo que se refiere al vínculo de mis espectáculos con la realidad, o a su grado de realismo, al repasar mi trayectoria encuentro relaciones de distinta índole. Parece claro que hay distintos grados de acercamiento a la realidad, así como hay géneros y lenguajes que nos acercan o nos distancian de ella...

Nuestro primer espectáculo, CARNE DE PRENSA, tenía una fuerte vinculación con la realidad más grosera, pues se trataba de un texto basado en noticias reales recogidas de los periódicos. Era el momento de auge de los programas de morbo sensacionalista en televisión y el espectáculo planteaba una crítica bastante dura hacia este tipo de prensa...

Nuestro segundo espectáculo ¡OH!TELº fue un juego metateatral a partir del Othello de Shakespeare. En clave de comedia de enredo analizábamos el teatro shakespiriano y la problemática de una compañía a la hora de montar un espectáculo. En cierto modo, hablábamos de nosotros mismos, de nuestras dificultades cotidianas...

EL DESVÁN DE LAS HORAS MUERTAS fue quizá nuestro espectáculo más realista. Es un drama que habla acerca de la decadencia y del paso del tiempo como elemento destructor que lleva inevitablemente a la muerte, al desgaste y a la ruina...

También hemos hecho espectáculos para niños que manejaban aspectos más lúdicos y pese a tener un tono muy fantástico, estaban teñidos por un brochazo de didactismo. Espectáculos con mensaje ecologista como ARRIBA EL PERISCOPIO, que cuestiona las atrocidades que se cometen en nombre de la ciencia y FRÍO FRÍO que habla acerca del calentamiento del planeta y sus devastadoras consecuencias.

Y en la actualidad, estamos trabajando en un espectáculo humorístico, titulado CON P DE PIANO.

El humor ha sido uno de los aspectos más constantes en nuestra trayectoria. Ha estado presente en todos nuestros espectáculos, independientemente del género o del público al que estuvieran destinados. Creo que el humor es un recurso maravilloso para analizar con cierta inmunidad las vicisitudes de la existencia, una herramienta perfecta para digerir y analizar la realidad incluso en situaciones límite.

CON P DE PIANO es un espectáculo de sketches donde nos acercamos bastante a la realidad y a lo cotidiano. Incluso a la actualidad más rabiosa. La intención es buscar la risa sin renunciar a la reflexión ni a la crítica.

Visto lo anterior, se puede comprobar que mi trayectoria es bastante ecléctica. Se pueden encontrar en ella aspectos lúdicos, meramente expresivos, brochazos de fantasía, de realismo, de ironía, de metalenguaje, de puro entretenimiento, de didactismo, de evasión, de crítica, de reflexión, etc.

Supongo que toda esa variedad está generada por diversos factores. Los espectáculos siempre están condicionados por realidades ideológicas, sociales, políticas y económicas, además de las motivaciones puramente personales, reflejo de una inquietud, de una preocupación o hasta de un capricho. Y tampoco podemos dejar a un lado las motivaciones de empresa, las demandas del mercado o de la propia producción, pues tampoco debemos olvidar que el teatro es una industria y que además está guiado en muchos casos por las instituciones que nos financian.

En el teatro infantil, por ejemplo me veo cercana a las fórmulas clásicas del prodesse aut delectare de Horacio. Jugando con buenas dosis de fantasía que se enmarcan en un mensaje pedagógico, al tiempo que pretendemos deliberadamente crear afición y abrir gusto por el teatro en los niños y niñas.

Llegados a este punto se abriría el debate de lo políticamente correcto, de la censura y del teatro cautivo de las instituciones que lo patrocinan o lo contratan... No entraré en el tema, pero dejo ahí ese guante, por si alguien quiere recogerlo...

 

Conclusiones...

En todos mis espectáculos ha habido siempre un barniz de dulzura intencionado. Una búsqueda consciente de teatralidad. Esta es una opción personal y absolutamente deliberada, pues lo cotidiano sobre el escenario, o las fórmulas excesivamente realistas, no me interesan especialmente.

Mi aspiración es inicialmente entretener, conseguir que el espectador pase un buen rato. Y si me pidieran ir un poquito más allá, quisiera conmoverle, ampliar su horizonte de expectativas, pellizcarle las tripas, el corazón o la conciencia.

El teatro no es la realidad de la calle, sin embargo existe una realidad teatral que provoca o debiera provocar unas emociones verdaderas en el público.

Supongo que lo deseable, lo ideal, sería un feed-back. Es decir, que partiendo de la realidad, el artista creara una nueva realidad susceptible de actuar sobre el pensamiento del espectador, provocando en él unos sentimientos verdaderos, una emoción auténtica capaz de modificar su alma, su conciencia..., y por ende la realidad que le envuelve y la realidad de los que le rodean...

En conclusión: se trata de profundizar en el conocimiento de la realidad a través de la ficción.

Todo arte es una mentira, una re-presentación, que pretende la verdad pero que no deja de ser una mentira. Un juego consciente y laberíntico. Un juego que puede llevarnos a ser más felices, a obtener más placer de la experiencia, a ser más perfectos, más humanos y más sabios. Y esos frutos sí que son reales.

Quizás sea la vida la que deba imitar al arte.

Y ya.

Muchas gracias.

 

  

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