Número 7. Enero de 2003

III Encuentros de Autores de Teatro "A de Autores"
8-9 noviembre 2002. Gijón

Ponencia de Elena Cánovas Vacas

Teatro de presas

Buenas tardes. Estoy encantada de participar en este III Encuentro de Autores de Teatro, promovido por el Instituto del Teatro y de las Artes Escénicas del Principado de Asturias. "Teatro y Realidad" es el nombre que nos convoca. Hay dos piezas breves de Jardiel Poncela en las que desarrolla el mismo argumento –una está hecha en clave de alta comedia, y la otra de sainete- con el único propósito de demostrar que el teatro no tiene nada que ver con la realidad. Las presenta con un narrador que se dirige al público con estas palabras: "Cuando les digan a ustedes que el teatro es un fiel reflejo de la realidad, pónganse cómodos, siéntense en un sillón y ríanse hasta la congestión pulmonar; de entre todos los géneros literarios, el teatro es el más falso, el más fatídico y el más alejado de la realidad". Después se hacen cada una de las piezas —que duran cinco minutos— y a continuación de cada una se representa lo que los personajes se dirían en la realidad, que dura veinte segundos.

No seré yo quien enmiende la plana al maestro Jardiel, pero yo casi siempre suelo hablar de la realidad que hay en el teatro que yo hago en la cárcel, con las mujeres de la prisión de Madrid. Advierto que solemos tener una lucha, una tensión permanente entre teatro y realidad, que consiste básicamente en suavizar la realidad, en inventárnosla, para –por así decir- estilizarla y procurar que nos salga un producto artístico.

¿Qué hace una directora de teatro de funcionaria de prisiones, o qué hace una funcionaria de prisiones haciendo teatro? Son mundos aparentemente contradictorios. El del teatro parece hablar de luces y diversiones, y el de la cárcel de sombras y sufrimientos.

Me hice funcionaria por necesidad, como todo el mundo, pero cuando entré a trabajar a las cárceles pensé que algo se podía hacer para cambiar el ambiente sórdido y militarizado que se vivía allí dentro. Yo sabía dos cosas; la una tenía que ver con el teatro, la otra con las cárceles: la primera, que el teatro requiere vida; hay un famoso director de teatro, que fue profesor mío en la escuela de arte dramático, que decía que no se puede hacer teatro si no se ha vivido, si no se han tenido intensas experiencias vitales, y las mujeres de la cárcel las tenían; y la segunda cosa que sabía, es que me habían educado, en el proceso formativo para ser funcionaria, que las penas privativas tenían como objetivo la reeducación y la reinserción social. El punto de unión quedaba claro: utilizar el torrente de lo vivido, como instrumento para la reintegración social.

Desde luego era un experimento, pero los tiempos eran propicios. Una de las primeras reformas que se abordaron en España durante la transición democrática, fue la de las cárceles. En los años que van entre el 76 y el 81 más o menos, había una gran sensibilización política hacia la realidad carcelaria. No es extraño, una parte de lo que comúnmente se conoce como clase política de entonces, quienes articularon desde las instituciones el cambio democrático, había conocido por dentro las cárceles de Franco. El recuerdo reciente de los presos políticos supuso, en los primeros años de la recuperada democracia, la conciencia permanente que hizo posible una reforma humanista de las cárceles, recuperando las líneas directrices de la, breve pero intensa, gestión carcelaria que abordó la II República durante los primeros meses del bienio republicano-socialista, de la mano de Victoria Kent.

La ley penitenciaria española, que es del año 79, donde se regula el régimen de tratamiento y derechos de los reclusos, es probablemente la más progresista de Europa. Cuando, en 1985 me inventé Teatro Yeses (así se llama el grupo de teatro de la cárcel de mujeres de Alcalá de Henares), el impulso de dar cobijo a experiencias nuevas permanecía en la voluntad de los dirigentes de la administración penitenciaria. Así nacimos.

El grupo de teatro nació como un taller carcelario para hacer espectáculos para las propias internas con motivo de algunas celebraciones: Navidad, carnavales, fiesta anual de las prisiones (La Virgen de la Merced) patrona de las cárceles, etc. Pronto la propia institución se dio cuenta de que podía extender los espectáculos a otras prisiones. Así empezamos a salir de gira veraniega por las distintas cárceles.

Un día nos inscribimos en un certamen de teatro organizado por la UGT, y fuimos seleccionadas. Se nos presentó la ocasión ineludible por parte del Centro, de actuar para el público en libertad. Las mujeres del grupo salieron, como salen ahora, custodiadas por la policía. Era la primera vez que se producía esto. El despliegue policial era enorme, con policías de paisano —de esos que todos saben que son policías como dice la canción de Pedro Navaja, pero que ellos creen que van de incógnito—, y otros de uniforme, acordonando el edificio. La gente se preguntaba "¿es que viene el Presidente del Gobierno?" Recuerdo que una de las actrices del grupo relataba –pasado el tiempo, a una cadena de televisión que la entrevistaba–, cómo los policías pretendían que las chicas actuaran con las esposas puestas, y cómo yo logré convencerles de que les iba a resultar un poco difícil.

Esto sucedió en el año 1987, nos dieron un premio por aquella función, y hoy es normal que Yeses salga al exterior. La policía está totalmente integrada en el grupo, parece que forma parte de él. Ya no se pone nerviosa y el despliegue es mas modesto, incluso participan como demuestra la siguiente anécdota: en el año 97, representamos "Fuera de quicio" de José Luis Alonso de Santos, en una sala de Madrid durante cinco días consecutivos. Los policías que se encargaban de la custodia de las mujeres, eran todos los días los mismos. Se implicaron tanto en el montaje, que dos de ellos las ayudaban incluso en los oscuros a hacer los cambios de escena. Un día se encendió la luz antes de tiempo, y allí estaban los dos policías en el escenario colocando la butaca. La dejaron y se fueron corriendo. El público les aplaudió.

El año pasado uno de los policías de la custodia, nos dijo que le gustaría hacer teatro con nosotros. En la función había un personaje de tres frases que era un policía que salía a poner una multa a un helicóptero mal aparcado. Nos pareció que era el papel ideal, y una tarde se atrevió a hacerlo. El hombre se puso tan nervioso que momentos antes de salir a escena le preguntaba a una de las actrices de la cárcel: "Oye, ¿cómo tengo que hacer el papel?" Y la actriz le contestaba: "¡Hombre, no me digas ahora que te tengo que explicar yo cómo se interpreta un policía!". Lo mejor fue que el resto de los policías abandonaron la vigilancia y se fueron al patio de butacas a ver la intervención del compañero. Las puertas de la parte trasera del escenario quedaron abiertas. Era una buena ocasión para fugarse, ya saben ustedes que la primera obligación de un preso es escaparse, pero ninguna lo intentó ni lo ha intentado nunca. Y si alguna decidió marcharse tuvo la deferencia de hacerlo en un permiso penitenciario y no durante una gira de Teatro Yeses.

El año pasado tuvimos una actriz colombiana que —acabada la gira— disfrutó de un permiso de salida de tres días. Nunca más volvió a la cárcel. Y este mes de marzo, cuando estábamos de gira, uno de los actores recibió una llamada en su teléfono, de procedencia desconocida. Era ella, que quería desear mucha suerte a todas las chicas, y decirnos que no podía acudir a la representación por —como ella decía— "razones obvias".

Uno de los rasgos que hacen de Yeses una experiencia singular, es el hecho de que con las mujeres de la cárcel trabajen habitualmente actores de fuera. Esto supone establecer una línea permanente de relación con el exterior, permite que las mujeres conozcan de propia mano cómo se hace el trabajo teatral, y a la vez, convierte al grupo en un grupo de verdad, porque los papeles masculinos los hacen los hombres. ¡Por fin, dejaron de ponerse bigotes las chicas! Para las actrices de la cárcel esto supone que de pronto dejan de ser presas haciendo teatro, para convertirse en mujeres trabajando de actrices. Desde luego que no se elimina su condición, pero durante un rato se olvida, y se le da al trabajo una seriedad que viene dada por el hecho de ponernos a trabajar en la cárcel de la misma forma que se trabaja fuera. Como era una novedad, y una cosa tan distinta el que entraran cómicos a trabajar con las presas, a la administración penitenciaria le costaba autorizarlo. Sin embargo nunca ha habido ningún problema. Quiero decir que jamás los actores se han dedicado a pasarles drogas a las chicas o limas para los barrotes, ni ellas los han violado por las esquinas aunque esto defraude alguna que otra expectativa.

El siguiente paso que vamos a dar en Teatro Yeses es crear un grupo fuera con las actrices que estén ya en libertad. Esto lo planteamos como un proyecto para continuar trabajando por la reinserción social. A menudo, cuando se sale de la prisión, uno se encuentra desorientado, sin saber qué hacer con su vida. Nosotros pensamos que si ofrecemos la posibilidad de seguir realizado la actividad desarrollada en el interior, estamos dando ocasión de integrar plenamente a estas mujeres en la vida social. Y desde el punto de vista teatral creemos que es la fórmula de incorporar teatro Yeses al ámbito profesional. Igual que hay grupos o compañías que tienen rasgos artísticos propios, esta versión de Teatro Yeses en el exterior se caracterizará por estar compuesto por actrices expresidiarias que recibieron su primera formación teatral en el interior de una prisión.

En el seno de la Unión Europea se han celebrado ya tres conferencias internacionales sobre teatro y cárcel: en Manchester, Milán, y la última en Berlín. He tenido ocasión de participar en las tres, pero en Berlín además, fui acompañada de Teatro Yeses. Es la primera vez que un gobierno autoriza la salida fuera del país a presos que están cumpliendo condena, y según pude comprobar no hay ningún precedente. Yeses actuó en Berlín en el teatro Volkbüne, a donde acudieron las actrices acompañadas de los actores y con la sola vigilancia de quien les habla. La presencia del grupo en Berlín despertó gran expectación por la rareza que suponía un grupo de presas de España en Alemania, y el público tuvo ocasión de charlar con ellas en un coloquio organizado tras la representación. Las mujeres por su parte, tuvieron la oportunidad de entrar en una prisión de hombres en Berlín para ver una función hecha por los presos.

Creo que la mejor ilustración que puedo hacer de quiénes son las actrices de Yeses, es leer un fragmento de Quién le puso a mi vida tanta cárcel. Este es un libro de relatos que escribimos dos actores que trabajan habitualmente en el grupo y yo, sobre la base de las historias que sobre sus vidas, nos habían contado las propias internas del grupo. La protagonista de este relato es Carmela. Carmela, con otro nombre aunque parecido, es el trasunto de una chica que fue actriz del grupo. Probablemente la mejor, y en cualquier caso una de las tres mejores que ha habido nunca en el grupo. El relato, que lleva el título del conjunto, Quién le puso a mi vida tanta cárcel, lo escribió uno de estos actores, que trabajó con ella en varias ocasiones.

Dice así: (lectura de Quién le puso a mi vida tanta cárcel, págs. 67 a 69)

Carmela, o sea, la actriz, que está debajo de este personaje, murió en 1997 víctima del sida. Ella era heroinómana por temporadas, pero su adicción temprana le pasó factura y su salud no pudo aguantarlo cuando tenía, creo, treinta años.

Ella era así, inteligente, divertida, y excelente actriz. Pero procedía de un ambiente social de desgarro y traumas, y cuando salía de la cárcel, volvía a ese mundo sórdido. En este mismo relato, se recoge el siguiente diálogo entre el narrador de la historia y la protagonista:

—¿A qué edad entraste en la cárcel?

—A los dieciséis —contesta ella.

—¿Y por qué?

-Porque no pude antes.

Decía aquel famoso fiscal, ya fallecido, Jesús Vicente Chamorro, que si en la cárcel estuvieran los que realmente tienen que estar, sobrarían el noventa por ciento de las celdas. Se refería obviamente, a que la mayoría de la delincuencia tiene un origen y causa social, y que los grandes delincuentes raras veces pisan una cárcel. Las mujeres del grupo proceden de la marginación social.

La mayoría de las componentes son jóvenes, no superan los treinta años. Están en la cárcel por delitos contra la propiedad, relacionados directa o indirectamente con el mundo de las drogas, o sencillamente por narcotráfico. Actualmente, en el último montaje, la mitad el elenco, son presas colombianas, que suelen ser los correos de la droga. Habitualmente son víctimas del desempleo. Arrastran problemas familiares, y proceden de barrios deprimidos y ambientes marginales. Carecen de capacidad de planificación a largo plazo. No les interesa reflexionar. Quieren pasar directamente a la acción. Su vida está llena de situaciones límite, y no siempre son conscientes de ello o están dispuestas a asumirlo. Necesitan resultados inmediatos. Para ellas las cosas buenas se producen por azar, nunca por el esfuerzo personal. A menudo las mujeres que han pasado por el grupo se caracterizan porque nunca nadie depositó en ellas ninguna responsabilidad para hacer algo lícito, ni ellas tuvieron por sí la oportunidad de asumirla. El fracaso o la desgracia es lo más normal, y no habrá sorpresas si algo no sale bien. El pesimismo y la indiferencia tienen habitualmente anestesiada su voluntad. Son susceptibles y desconfiadas. Destilan bastante agresividad, pero tienen necesidad de comunicación, de afecto, y de expresarse. Trabajo con drogadictas, prostitutas, mujeres maltratadas y violadas por sus maridos, sus novios o sus chulos. Inmigrantes, gran parte de ellas americanas, que al desarraigo, a la pobreza y al racismo padecido, suman un largo historial complementario de atentados contra su cualidad de mujer.

La consideración del grupo de teatro de las mujeres de la cárcel como un colectivo humano definido por las notas indicadas, nos lleva a dividir el trabajo que desarrollamos en dos grandes bloques que podríamos enunciar como la búsqueda de la normalidad en la anormalidad, y la condición penitenciaria como material teatral. El primero de ellos hace referencia a la metodología de trabajo, el segundo a la temática.

El trabajo que hacemos no revela nada especial. Es, con alguna peculiaridad, el propio de cualquier montaje de teatro: ésa es la normalidad. Pero las cualidades personales requeridas para hacer teatro son antitéticas de las señaladas como definitorias de la personalidad de las chicas: ésta es la anormalidad. Esta lucha de contrarios es el rasgo principal de Teatro Yeses, y es de donde nace su pequeño milagro. Y lo llamo así porque yo no utilizo ninguna técnica persuasiva de la personalidad, únicamente los propios instrumentos del teatro para la captación de su voluntad y de su capacidad.

Debo decir que en esto tengo una gran ayuda con la incorporación de actores en el grupo. Ellas ven de primera mano cómo se trabaja profesionalmente el teatro. Son definitivamente un elemento de normalización de nuestra actividad.

En ese proceso de buscar lo que es normal, nos hemos encontrado con dos ayudas inesperadas: la atención institucional y la atención del público.

Cuando hablo de atención institucional me refiero al respaldo obtenido tanto por parte de la administración penitenciaria como de la Dirección General de la Mujer de la Comunidad de Madrid, que desde 1995 impulsa todos los años una gira por teatros de la región, dado que ve en el grupo un instrumento útil de propagación de los mensajes de igualdad. Ciertamente es útil para la reivindicación. Un grupo de teatro de la cárcel de mujeres sufre una doble marginación, una específica y una genérica. La primera como colectivo privado de libertad, la segunda como colectivo formado efectivamente por mujeres. Esto idealiza al grupo como plataforma para la reclamación de la igualdad de sexos. Es una deriva, no buscada, pero que da una dimensión interesante al grupo.

La atención del público es igualmente un instrumento para la vuelta a esa normalidad de la que vengo hablando. Nuestra presencia es habitual en la primavera madrileña, y hay un público que nos sigue, y que valora nuestro espectáculo por sus resultados artísticos, no por lo que tiene de experiencia pedagógica. Y paradójicamente eso es lo que le da su valor pedagógico, porque solo si el público nos toma en serio cobra sentido lo que hacemos.

Quisiera aclarar algo. Nosotras hacemos teatro, no hacemos "como que hacemos teatro", lo cual no prejuzga los resultados, que serán unas veces mejores que otras. Lo que quiero decir es que respeto el teatro como actividad artística y la dignidad de cada ser humano. Por eso no pongo a recitar a Calderón a quien no puede hablar, porque algún defecto físico le impida hacerlo (no hablo de la dicción que es técnica de teatro), porque sería como pretender que hiciese malabares quien no tiene brazos. Sé que hay determinadas prácticas sociales que se saludan con mucha aceptación, sobre todo en el ámbito deportivo: a mí me parecen obscenas. Algo "obsceno" es literalmente "lo que queda fuera de la escena". Hay cosas que deben quedar fuera de la escena. No soporto que traten de alabar a las chicas diciéndoles "¡pobrecitas, con lo que tienen, bastante hacen!". Cuando esto sucede, es que algo hemos hecho mal y hay que corregirlo.

Por lo que se refiere a la temática, como indiqué antes, quisiera decir algo sobre la condición penitenciaria como materia teatral.

En 1990 hicimos un texto fruto de la creación colectiva: Mal bajío (escenas de una cárcel de mujeres en dos actos). "Mal bajío" es una expresión gitana que quiere decir mala suerte. Se trata de una mala suerte trágica, es decir, escrita por el destino. La palabra "bajío" (con b y con j) no sabemos de dónde viene. Es posible que sea la forma gitana de decir "vagido" (con v y con g), que es el primer llanto del niño al nacer. La interpretación es clara: si el primer llanto del niño es malo, queda marcado de por vida por la mala suerte. Por otra parte, "bajío" es un fondo arenoso en el mar donde los barcos pueden quedar encallados. La metáfora es hermosa para entender la vida como una travesía, y expresar que estas mujeres han chocado con el escollo de la cárcel que ha interrumpido su singladura. En La balada de la cárcel de Circe, diez años después volvimos a utilizar esta metáfora. Partimos de un barco encallado pero que al final navega.

En 1899 Oscar Wilde publicó un largo y sombrío poema titulado La balada de la cárcel de Reading. Hacía dos años que había salido de la prisión en la que cayó por un delito de inmoralidad, por sus amores homosexuales en el seno de una sociedad bienpensante. Los recuerdos de un compañero de prisión camino del patíbulo, inspiraron esta composición poética. En el poema se incluyen los siguientes versos: "Yo no sé si las leyes tienen razón / o si están equivocadas; / todo lo que sabemos nosotros, los presos, / es que el muro es sólido, / y que cada día es como un año, / un año cuyos días son largos." Este pensamiento que recogen los versos, es muy común entre las mujeres de la cárcel y eso nos llevó a querer homenajear al poeta inglés dando a nuestra obra un título que remedase el de su poema.

El planteamiento de la obra es el siguiente: un grupo de teatro de una cárcel de mujeres está a punto de salir al escenario para el estreno de una obra que se titula curiosamente La balada de la cárcel de Circe. La función que estas mujeres van a representar trata sobre la rapsodia X de la Odisea. Es la que cuenta lo relativo a la diosa Circe y sus manejos, que mediante un bebedizo, en el que echa "unas drogas perniciosas", convierte en cerdos y apresa a los compañeros de Odiseo. Pero la representación no empieza porque alguien muy importante, sin cuya presencia en el patio de butacas no puede dar comienzo el espectáculo, no termina de llegar. Estos minutos de nervios antes del estreno, les lleva a repasar sus vidas en respuesta a la pregunta recurrente de "qué hago yo aquí, qué he hecho yo para verme en éstas". De este modo van presentándose una a una las actrices de este peculiar grupo y envolviendo al público con las evocaciones de sus propias peripecias vividas, lo que acaba componiendo el argumento real de la función. Es un planteamiento sencillo que coquetea con algunos trucos clásicos del teatro, y con algunas obras de la literatura universal: unas gotitas de Beckett, un poco de Pirandello, los lindos textos de Homero y las chicas de la cárcel que vinieron a hacer una función y acaban haciendo otra.

Wilde fue preso por amor. En nuestra función, donde las pocilgas de Circe sustituyen a la cárcel de Reading, es el amor la llave de la libertad. Esta función se ha hecho a partir de las improvisaciones de sus intérpretes y de los relatos que ellas han hecho. En todos ellos hay una constante: las desventuras son fruto de embaucadores que, a menudo, aparecen disfrazados de seres divinos. Circe es eso: una diosa hermosa y embaucadora. Tal vez todo esté escrito ya sobre la condición humana. Después de Shakespeare es difícil inventar nada. Cuando recogimos los relatos, miedos y anhelos de estas mujeres, y buscamos un envoltorio literario que los definiera, acabamos en Homero. Tiene razón Javier Reverte en su libro de viajes Corazón de Ulises, que si Homero educó a Grecia y Grecia al mundo, no es descabellado pensar que todos tenemos algo homérico. Súmese a esto que nunca vino mejor aplicado el tópico, en el caso de las mujeres de la cárcel, de que la vida es "una odisea". Todos los tópicos tienen siempre una base de verdad.

En Mal bajío hablábamos de la vida en la cárcel, en La balada de qué hicimos para acabar en la cárcel. Argumentalmente no, pero temáticamente podemos decir que son dos obras complementarias que cumplen, en conjunto la vieja función catártica del teatro.

Nosotras nos rebelamos cuando nos dicen "qué labor tan bonita hacéis". Nosotras no queremos hacer terapia sino teatro. La virtualidad reinsertadora es la consecuencia del teatro y la excusa administrativa para mantenerlo, pero no puede ser el objetivo porque si no, ese objetivo no se consigue.

Acabo con una enumeración de las cuatro consecuencias positivas de índole sociocultural, que nuestro teatro carcelario aporta:

1. Hacemos teatro en serio pero desprofesionalizado. En el mejor de los sentidos del término "desprofesionalización": quiero decir que hay pocos prejuicios artísticos, ninguna mirada al beneficio económico, nada de divismos, ni comportamientos funcionariales (en el peor sentido —yo soy funcionaria, nadie se ofenda—, como comportamientos aburridos o mecánicos).

2. Es, o puede ser, una fuente de creación dramática, entendida ésta como creación colectiva, tanto en la interpretación escénica de textos escritos como en la creación de textos propios.

3. Suscita el interés social por el mundo carcelario, lo cual tiene el resultado positivo de abrir vías nuevas a la resocialización, y por lo tanto a la humanización de las penas de cárcel, viejo proyecto ilustrado.

4. Y por último, creo que devuelve al teatro, y a los seres humanos que lo hacen, una cierta capacidad subversiva, ese punto rebelde en un mundo lleno de aburridos comportamientos gregarios. Creo que lo que mejor ilustra este carácter subversivo es la anécdota con la que voy a acabar.

La orgía es una obra de teatro del autor colombiano Enrique Buenaventura. La representamos con éxito durante un mes en un teatro de Madrid, y es la metáfora de un tiranicidio. Una vieja loca, prostituta, contrata unos mendigos para que le representen los antiguos fastos de cuando era joven y tenía entre su clientela lo más granado de la alta sociedad. Les paga unas monedas y les da de comer. Pero los mendigos llegan muertos de hambre, y ella les niega una y otra vez la olla hasta que no representen tal o cual cosa. La tensión crece y acaban acuchillando a la vieja loca que los tiraniza.

Cuando nos visitó el autor, nos contó que esta función, fue en una ocasión representada en una cárcel colombiana. Los presos celebraron de tal manera la obra con esta última escena que representa algo así como un magnicidio liberador, y eran tales los entusiasmos, que el alcaide de la prisión, asustado, al finalizar la representación, subió al escenario, acalló los aplausos y el alboroto, y les advirtió: "Pero sepan ustedes que éstos, luego, fueron duramente castigados".

Como decía Jardiel al final de esas dos piezas de las que hablé al comienzo: "Creo que era preciso sentar alguna vez el incuestionable hecho de que el teatro no tiene nada que ver con la realidad."

 

  

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