Número 7. Enero de 2003

Acarició el drama de Marilyn

Francisco Díaz-Faes

 

Un regusto de orgullo para el teatro en general, fue la concesión del Príncipe de Asturias al descomunal genio de Arthur Miller. Honra el premiado a los premios y no al revés. No sabremos si para él supondría un "contratiempo agradable", como diría Julián Marías (al recibir el suyo), "en el santo sacramento del aplauso", leemos, de Ortega. Muy oportuno ha sido el gran agrado que a José Rico y su grupo Bacanal se le haya ocurrido el homenaje apresurado con la puesta en escena de El Precio en el Teatro Filarmónica ¿No es —o debería ser si somos un poco sensibles y justos— descomunal su trascendencia social e intelectual, en la que los personajes pugnan en luchas personales y colectivas palpitantes y concretas? A algunos de más de 30 años está próxima la cercanía de su puesta en escena en la buena televisión del Estudio 1, o temporal y recientemente en programación de los teatros nacionales. No se escapa que aparte de la asturiana haya dos obras suyas en cartel a día de hoy: La muerte de un viajante (que dio a José Sacristán el Mayte de teatro), o Panorama desde el puente (con 6 de los premios Max, entre ellos para el protagonista Helio Pedregal) son un éxito de la última temporada. Su teatro es universal. Paralelo a la universalización del modo de vivir americano y no de digamos del "way of life": que no es sino una ilusión, las grandes esperanzas que desde Dickens están presentes en la sociedad de la globalización brutal, mísera y necesaria. Es la consecución del éxito, y el fracaso del éxito.

Al premiársele se sigue la estela de Vitorio Gassman, el mismo Darío Fo, o los españoles Francisco Nieva y Fernando Fernán Gómez, impresionantes hombres totales del teatro y los restos de la vanguardia artística. Ceder la importancia de Arthur Miller como escritor del drama yanki a su episodio amoroso, con una estrella es algo más que una banalidad. O una tentación que vive arriba y sueña abajo. Arriba en la mente. Abajo en el sueño y la emoción. Hay quien ha buscado el drama de esa su mujer en los dramas posteriores de Miller. Pues ¿qué ha sido Marilyn Monroe sino el drama absoluto social del primer mundo aquejado de sí mismo? La pelea sin fin de la mente y el sueño. El sueño de la fama que aún colea. El drama de la sociedad hastiada. Y por ende global, o universal (hay quien dice que imperial), gracias al cine y su poderosa ciencia de comunicación, emulación, creación artística y propaganda banal. Al amar su obra por esa pertinaz abundancia literaria, la seguimos en escritores como el mismo David Mamet. Brutal es su descripción de la presidencia de Clinton como USA S.A., en algún artículo periodístico, crítico como el mismo Gore Vidal, pero no descarnado, ni perdiendo las formas de la dialéctica. Irónica fue su descripción del trabajo teatral en China, cuando allí puso su Muerte de un viajante, con actores orientales. Sería superfluo reseñar su influencia en el cine, porque es una evidencia notable. Miller necesita del teatro como "el mejor y más barato medio de comunicación". Anticipando a sus conciudadanos la carrera por el dinero, la disputa generacional, la crisis de los yuppies, la descomposición familiar, la censura de lo políticamente correcto (desde el maccarthysmo) o la inmigración. Ya en 1958 pensaba en el descrédito del teatro que sólo habla de lo particular: "no se puede tratar de encontrar poesía donde no la hay, explotando una vida privada enteramente encerrada en lo subjetivo o bien en el culto de la sensación de lo erótico o de lo pintoresco". Considerada por algunos como "tragedia optimista", su obra no fue apreciada en los 70, Pero influenciada por la intensidad, como su precursor Ibsen, ha llegado a describir unos modos de sentir, de rebeldía, dolor y crisis que le hacen ser generales, es decir, clásicos como hubiese concebido Italo Calvino: transformadores, perdurables en el desnudamiento de la esencia humana. Desconfiaba Miller estos días en el Paraninfo de la Universidad de Oviedo de la imagen, del mundo de imágenes que vivimos. Que sustraen, roban y aniquilan el contraste, la reflexión, el juicio de las palabras y los argumentos, que sólo se dan en la emisión de conceptos y palabras que acompañen a las imágenes. Es posible que esa tiranía de las imágenes esté en esa mujer suya que fue actriz. Y que la liberación de lo virtual sea el mejor legado de su teatro. No ha dejado de subrayar que hay dos formas de hacer espectáculo en su confrontación con la realidad. Escapando por la tangente, o en la intromisión de una raya secante que disecciona la geometría de la existencia, según veo. Es sí, un teatro real, como fue real la España triste, pobre y vital que fotografió su esposa Inge Morath. Pero un teatro que no niega la esperanza, ni la fe en el ser supremo de la mejora y el progreso del hombre.

 

  

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