Un regusto de orgullo para el teatro en general, fue la
concesión del Príncipe de Asturias al descomunal genio de Arthur
Miller. Honra el premiado a los premios y no al revés. No sabremos si
para él supondría un "contratiempo agradable", como diría Julián
Marías (al recibir el suyo), "en el santo sacramento del aplauso",
leemos, de Ortega. Muy oportuno ha sido el gran agrado que a José Rico
y su grupo Bacanal se le haya ocurrido el homenaje apresurado con la
puesta en escena de El Precio en el Teatro Filarmónica ¿No es
—o debería ser si somos un poco sensibles y justos— descomunal su
trascendencia social e intelectual, en la que los personajes pugnan en
luchas personales y colectivas palpitantes y concretas? A algunos de
más de 30 años está próxima la cercanía de su puesta en escena en la
buena televisión del Estudio 1, o temporal y recientemente en
programación de los teatros nacionales. No se escapa que aparte de la
asturiana haya dos obras suyas en cartel a día de hoy: La muerte de
un viajante (que dio a José Sacristán el Mayte de teatro), o
Panorama desde el puente (con 6 de los premios Max, entre ellos
para el protagonista Helio Pedregal) son un éxito de la última
temporada. Su teatro es universal. Paralelo a la universalización del
modo de vivir americano y no de digamos del "way of life": que no es
sino una ilusión, las grandes esperanzas que desde Dickens están
presentes en la sociedad de la globalización brutal, mísera y
necesaria. Es la consecución del éxito, y el fracaso del éxito.
Al premiársele se sigue la estela de Vitorio Gassman, el mismo Darío
Fo, o los españoles Francisco Nieva y Fernando Fernán Gómez,
impresionantes hombres totales del teatro y los restos de la
vanguardia artística. Ceder la importancia de Arthur Miller como
escritor del drama yanki a su episodio amoroso, con una estrella es
algo más que una banalidad. O una tentación que vive arriba y sueña
abajo. Arriba en la mente. Abajo en el sueño y la emoción. Hay quien
ha buscado el drama de esa su mujer en los dramas posteriores de
Miller. Pues ¿qué ha sido Marilyn Monroe sino el drama absoluto social
del primer mundo aquejado de sí mismo? La pelea sin fin de la mente y
el sueño. El sueño de la fama que aún colea. El drama de la sociedad
hastiada. Y por ende global, o universal (hay quien dice que
imperial), gracias al cine y su poderosa ciencia de comunicación,
emulación, creación artística y propaganda banal. Al amar su obra por
esa pertinaz abundancia literaria, la seguimos en escritores como el
mismo David Mamet. Brutal es su descripción de la presidencia de
Clinton como USA S.A., en algún artículo periodístico, crítico como el
mismo Gore Vidal, pero no descarnado, ni perdiendo las formas de la
dialéctica. Irónica fue su descripción del trabajo teatral en China,
cuando allí puso su Muerte de un viajante, con actores
orientales. Sería superfluo reseñar su influencia en el cine, porque
es una evidencia notable. Miller necesita del teatro como "el mejor y
más barato medio de comunicación". Anticipando a sus conciudadanos la
carrera por el dinero, la disputa generacional, la crisis de los
yuppies, la descomposición familiar, la censura de lo políticamente
correcto (desde el maccarthysmo) o la inmigración. Ya en 1958 pensaba
en el descrédito del teatro que sólo habla de lo particular: "no se
puede tratar de encontrar poesía donde no la hay, explotando una vida
privada enteramente encerrada en lo subjetivo o bien en el culto de la
sensación de lo erótico o de lo pintoresco". Considerada por algunos
como "tragedia optimista", su obra no fue apreciada en los 70, Pero
influenciada por la intensidad, como su precursor Ibsen, ha llegado a
describir unos modos de sentir, de rebeldía, dolor y crisis que le
hacen ser generales, es decir, clásicos como hubiese concebido Italo
Calvino: transformadores, perdurables en el desnudamiento de la
esencia humana. Desconfiaba Miller estos días en el Paraninfo de la
Universidad de Oviedo de la imagen, del mundo de imágenes que vivimos.
Que sustraen, roban y aniquilan el contraste, la reflexión, el juicio
de las palabras y los argumentos, que sólo se dan en la emisión de
conceptos y palabras que acompañen a las imágenes. Es posible que esa
tiranía de las imágenes esté en esa mujer suya que fue actriz. Y que
la liberación de lo virtual sea el mejor legado de su teatro. No ha
dejado de subrayar que hay dos formas de hacer espectáculo en su
confrontación con la realidad. Escapando por la tangente, o en la
intromisión de una raya secante que disecciona la geometría de la
existencia, según veo. Es sí, un teatro real, como fue real la España
triste, pobre y vital que fotografió su esposa Inge Morath. Pero un
teatro que no niega la esperanza, ni la fe en el ser supremo de la
mejora y el progreso del hombre.