Número 7. Enero de 2003

Tan lejos, tan cerca
Adolfo Marsillach
Tusquets, Barcelona 2002

Francisco Díaz-Faes

 

Como tantos otros escritores, Adolfo Marsillach ha dejado mucho de sí en su escrito ganador del premio Comillas de autobiografía, de hace 2 años publicado en éste en edición de bolsillo por la editorial Tusquets, conmocionando a sus lectores. Remató en ese libro su vida, con el discurso sobre la existencia, la formación de las grandes instituciones del teatro nacional, su debilidad y pose sobre las mujeres, la seducción sin fin, acompañada de la timidez, la opinión sin tapujos sobre sus contemporáneos, sobre el teatro mismo. Miremos ahora por un momento a este hombre: Marsillach, en apariencia amojamado y flacucho, con la calvicie de la edad del pensamiento. Ya en su juventud con ese aspecto que le permitió hacer Hamlet en los años 60. Luego, sometido a su enfermedad al fin de su vida pero aún activo en su última función de ¿Quién teme a Virginia Wolf?, le veremos aún en plenitud ¿Qué hay de común entre ambos actores? Cierta gracilidad, sutileza y displicencia en el hablar, una inteligencia como envoltorio de su personalidad. Y observemos si se podrá decir en el transcurrir del tiempo, como de Homero, que la posteridad le conservará su rango, sin que nada le pueda hacer descender de él. Creo tener la respuesta a esta inquietud y la desvelo. Otra vez se nos ha mostrado un personaje público que deslumbra y ciega, esconde y da. Biografía y biología, lo veremos líneas abajo, entretejidas con firmeza, como la duramadre en las siamesas que comparten cabeza. La identificación de personaje y persona se ha dado en el muestrario y la sombra de Adolfo Marsillach, satélite lunar de cara oculta, fallecido recientemente en enero de 2002. Elocuente y facundo, locuaz y verboso, diría de sí mismo con desdén impostado, las consideraciones más prosaicas y sinceras, que no restaría a la caracterización de ningún otro personaje de su generación teatral, sin necesidad de esconder agravios y juicios portentosos: ¿Soy yo esa masa casi informe de carne recién parida que mi madre sostiene en brazos ante la satisfecha mirada de mi padre?, dice en el comienzo que comentamos de su autobiografía, al repasar las viejas fotografías de su niñez. Veamos una muestra de lo que habla de sus coetáneos: Tamayo me engañó -se refiere al viejo director teatral, en un episodio de ella-. Bueno, dicho así suena muy fuerte. Tamayo hizo lo normal en nuestro oficio: prometer una cosa y luego no cumplirla. (En esta engañifa nos han superado siempre los políticos). Luego dedicará palabras de elogio a este director.

Como no ha podido ser menos, entre los meritorios histriones de nuestro tiempo, se funde en él la personalidad y la máscara, como parece ser se ha dado en grandes genios del arte como Fellini, Dalí o Picasso, por citar tan dispares carreras. Fuera un actor petulante, o indolente, un dandy, donjuan o más bien un casanova —pues no veo en él indicios de pasar por encima de las mujeres, con menoscabo o menosprecio— Marsillach, en la escena, y trasladado a su vida, en los actos públicos y manifestaciones, parece ser alguien del que nadie duda su valía, vigor e influencia. Este hombre envuelto en una atmósfera de altivez, y altanería que tal parecía una postura para conquistar la atención —generalmente, sólo de ellas, en su intención: mantengo... esa actitud protectora hacia las mujeres de las que tanto me arrepiento y de la que tan poco me corrijo—, no sin polémica, ha sido la gloria de los escenarios, encuadrada entre la grandeza y la gracia. Pero no por destacar en una unción única por encima de las demás —no ha sido un actor arrollador, ni un director cegador y obnubilante— sino por su totalidad de trabajos. Considero su personalidad como el eslabón más preciado entre las viejas generaciones y nuevas gentes del teatro. Entre los restos de la segunda mitad del siglo XX, y las que inician la transformación finisecular que continúa en el teatro del nuevo milenio. Marsillach representa la revalorización del teatro, su institucionalización más pujante tras la recuperación de la democracia. Más allá de definiciones y calificativos a su obra, lo más grande que podemos decir de él es que ha sido un maestro.

¿Quién era en realidad Adolfo Marsillach Soriano? Este autor, actor y director de teatro y cine, ser proteico, cambiante, transfigurador de la escena había nacido en Barcelona en 1928, siendo su padre alguien muy vinculado al teatro a través de la crítica y la escritura en la España de los años 20 y 30, como lo había sido su abuelo también vinculado al teatro. Será sin duda en la publicación del XI premio Comillas de autobiografía, donde se expresaría como nadie. Aunque falte tal vez los postulados sistemáticos sobre el teatro, deja en el correr de los tiempos el significado de la censura, la apreciación a los autores del momento, su moda o su pasar de moda (curiosa la vindicación de Alfonso Paso, Calvo Sotelo, por supuesto Alfonso Sastre entre los nacionales, sin olvidar el incidente con Fernando Arrabal). Es una caminata intelectual por la memorización de una vida, la que aquí vemos cuando ve el autor asomar la enfermedad que le postró y dio muerte, de la que hace cierta su exhibición pública intitulada: Tan lejos, tan cerca. Vertiginosa y rápida fue además el número extraordinario que la Asociación de Directores de Escena, la ADE, le ha dedicado en homenaje a su figura, con testimonios propios —incluido su último texto teatral Noche de reyes sin Shakespeare, breve, doliente y desgarrado— y los de gran parte del teatro nacional con motivo de su muerte

¿Puede alguien famoso parecer tan próximo y ser tan lejano, tan inabarcable? El otro premio Comillas, el psiquiatra Carlos Castilla del Pino, lo ha repetido en el palacio de La Magdalena en el verano del 2002, como lo ha hecho en su obra hasta la saciedad: somos biografía, tanto como biología. Necesitamos reconocimiento. Todo es vanidad. Es muy posible que entre los grandes del teatro español de la segunda mitad del siglo XX, Adolfo Marsillach haya sido tanto biografía como biología, y la vanidad de estar en su puesto. Ha colocado en los escenarios del teatro y la televisión, y, ocasionalmente en el cine, toda su inmensa personalidad, que ha sido la destilería de la biología que gotea el elixir de la biografía y la experiencia.

Irónico y mordaz, o sarcástico e hiriente, por momentos mordiente o despiadado, pero siempre inteligente, brillantísimo y nada desgarrado, obra en sus memorias la broma y la sonrisa, con el tono de Chesterton para las paradojas: el talento de los demás nos provoca —incluso a pesar nuestro— la admiración o el bostezo. Para ir al teatro a ver lo mismo que hago yo, prefiero quedarme en casa, dirá. O el factor sorpresa en esencial en el teatro, o, más adelante: sólo admiro a los actores que son capaces de hacer en el escenario algo que a mí no se me hubiese ocurrido. Admito que es una manera de enjuiciar a mis compañeros muy poco seria y bastante arbitraria, pero, francamente, es la única que me importa. Ejercitando perpetuamente en su irónica función de personaje público, de máscara que habla y representa, así lo ha dejado ver en su vida dramática, así lo ha escrito, como vemos, en su autobiografía. Es posiblemente, junto a Fernando Fernán Gómez, con quien le une rasgos de carácter y fino humor, y algún malhumor, el pilar de la renovación teatral en muchos aspectos interpretativos. Nadie como él ha llamado a las puertas del mañana y la posteridad con más aparente indiferencia y tantas ansias. No soy nada original cuando pienso que ha sido el emblema de la renovación del teatro público de los últimos 25 años, que se reconoce en la creación en el gobierno de UCD del INAEM en 1982, Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música, el Centro Nacional de Teatro Clásico, el Centro Dramático Nacional, o la Asociación de Directores de Escena, ADE, creada en 1981, y su militancia socialista que le permitió seguir ciertos vaivenes de la política. Marsillach considerado y respetado, también envidiado por todos los estamentos sociales, políticos, artísticos y espectadores, como el gran impulsor del teatro clásico en la democracia, es el Hamlet de los años 60, o el Pigmalión enamorado de la artista que ha imaginado siempre a su lado, desde los primeros escarceos entre las bambalinas, que empapan sus memorias.

Si había iniciado su carrera en 1945 en el cuadro escénico de Radio Barcelona, debutaría con la obra Vacaciones en la compañía de Ramón Martorí en 1947, cuando contaba 19 años. Bajo la alargada sombra del genio de Luis Escobar, representó su primer gran papel en 1950 en la obra de Buero Vallejo En la ardiente oscuridad. Consolidando su reputación en los teatros María Guerrero y Español, postulador, director e ideólogo del Centro Dramático Nacional (1978-1979). Creador además, de la descomunal cantera y esperanza, las escuelas de dirección y formación de grandes proyectos de los teatros nacionales y públicos, como la Compañía Nacional de Teatro Clásico, desde su inicio en 1985 hasta julio de 1989 en que fue nombrado director del INAEM hasta su dimisión en 1990. Posteriormente en 1992 asumiría de nuevo la dirección de la Nacional de Teatro Clásico, puesto que abandonaría en 1996.

Es curioso que tres de las gigantes personalidades del teatro fin de siglo español del último milenio hayan ido dejando sus perfiles biográficos a merced de su puño y letra, en retazos de su espeleología dramática y espectral. Nos referimos a las autobiografías del mismo Fernán Gómez, o las de Francisco Nieva o Albert Boadella.. Dicen que alguien echó de menos a algún ministro en su sepelio en el teatro, próximo el del nobel Camilo José Cela poco antes. Pero ¿no hubiera sido una afrenta? Varios ministros portaron el féretro del escritor gallego, que lució en su vida grandes dosis de mundanidad, en medio de una ceremonia burlesca que hubiera desatado la risa de Valle Inclán, y seguro causó pavor en las ideas del propio Marsillach, con viuda e hijo de premio Nobel disputando en un maremagnum de imposturas, con el cadáver aún presente en disputas de herederos. ¿Podría Marsillach asistir impávido a su propio entierro, abanicado por el flu flú de las ministras del ramo, llorado en otro esperpento por las fuerzas públicas que sin embargo atizó cuanto le vino en gana? Es cierto que era digno de reconocimiento, pero pasar a la historia por ser embarcado en la nave egipcia de los políticos hasta la pirámide del tiempo, como le pasó a Cela, no debió ser nunca su propósito. Su terreno era el teatro, y, aunque, cada vez que expresaba una opinión, ya fuese escrita o hablada, aparecía ante los ojos de sus seguidores con un tono siempre dispuesto a la representación, al desapego por la clase política, a la que no ocultaba su animadversión, como a cualquier otro poder, incluido el del propio teatro, era evidente. Más próximo a los proletarios del arte, su porte aristocrático y su formación de figurín, daban la imagen contraria.

Marsillach no rehuyó nunca la controversia, que siguió en sus últimos textos sea en su colaboración semanal con ABC, o en su obra póstuma: Yo no nací polémico, naturalmente. Y, sin embargo, casi todo lo que he hecho y lo que continúo haciendo acaba provocando una agitada controversia. Me he acostumbrado tanto a la discusión que, cuando no se produce, me decepciona. Les debo más a mis enemigos que a mis amigos: ellos me han proporcionado el estímulo necesario para llevarles la contraria ¿Podríamos decir algo más esclarecedor sobre su persona que él mismo? Recordemos que con su interpretación del Tartufo de Molière, en versión de Enrique Llovet, causó por igual escándalo y éxito popular por la manipulación un tanto burda del texto original en el favor de la inmediatez política y la diversión del año 1970, en el ataque al siempre ridículo Opus Dei. Pero ya antes había suscitado una conmoción escénica con el Marat-Sade de Peter Weiss en 1968. Gozando del favor popular también en su escritura en la pieza Yo me bajo en la próxima, ¿y usted? de 1981, o las piezas Mata-Hari de 1983, Feliz aniversario de 1991, una adaptación de una obra de Sartre y diversos guiones para buenos programas de televisión como Silencio, se rueda y La señora García se confiesa. Luminoso y radiante, pulverizó ciertamente parte de los grandes premios del teatro nacional: Premio Nacional de Interpretación en 1960, Mayte Commodore de1969, Premio Nacional de Teatro de 1974 y el de la Asociación de Directores de Escena del año 1987.

Principio de incertidumbre, con su envolvente verbo fácil, bien dicho y escrito, nos hará dudar, o al menos sopesar si era un bravo, o un bravucón dado a la briba, fúlgido o granuja, meritorio o farsante, peliculero o riguroso hombre de acción. De acción teatral, me refiero. Mente inquieta y siempre con el tino del dardo acertado es capaz, en la medida de sus posibilidades, de sincerarse. Y lo leemos con la misma sorna con que, a no dudar, lo escribiría: No estoy seguro de haber tenido una"auténtica vocación de actor"... aquella que me hubiese obligado a exclamar de pequeñito: "¡Quiero ser actor, quiero ser actor, es lo único que puede darle sentido a mi vida. No. Con esta firmeza era capaz de rehusar los juicios ajenos profesionales: Normalmente me horrorizan los juicios profanos, pero los dictámenes de los profesionales también me aterran. En el fondo -y en la forma- no les concedo el menor crédito ni a unos ni a otros. Así, sin ningún ánimo conciliador para la profesión hablará de que no hay actor que resista el análisis de cinco representaciones seguidas. Tenemos la suerte de que los espectadores sólo asisten a una. Y se preguntará ¡cómo se sabe si un actor es bueno o malo! En una España en la que a muchísimos artistas ni se les oye ni se les entiende. Y hablando de lo supuestamente "natural" en las películas españolas que consiste en que no se entienda lo que dicen los personajes, partiendo de la opinión -tal vez acertada- de que en este país nadie escucha ni comprende lo que dice el otro. Reconociendo su escasez en ciertas interpretaciones: una de las cosas más graves que pueden ocurrir a un actor que empieza es que alguien cometa el error de comentarle que tiene una voz muy bonita. (A mí me lo dijeron y durante varios años me expresé en prosa y en verso... con un estilo amanerado y ridículo).

Puede en cualquier momento, dar un dato histórico: El teatro español de la posguerra se basaba, sobre todo en su apartado de actores, en la muy noble institución del matrimonio. Más no dejará de hacer alguna observación de sagacidad y penetración, pincelada de su particular rasgo de humor: El país olía a cocidito en la buhardilla y el teatro era un asunto doméstico y familiar muy para matrimonios más o menos avenidos. Claro que, en ocasiones, el sagrado vínculo conyugal se venía abajo por culpa de la dama joven teñida de rubio platino (...) es verdad que frecuentemente, las actrices y los actores, como andaban siempre dormidos y se levantaban tarde, sufrían algún que otro despiste a la hora de meterse en la cama pero ya digo como el negocio era entre ellos (...). Toda su obra está hecha con ese desparpajo que siempre fue su bandera y marca de la casa: La posibilidad de ir a un hotel (de farra con algún desliz) era más que remota porque los conserjes -reprimidos sexuales al servicio de la policía- se encargaban de impedirlo exigiendo a la pareja la exhibición del llamado "Libro de Familia", un discriminatorio documento que sólo poseían los individuos casados por la Iglesia.

Siempre imaginativo, embotellando cada frase con una etiqueta de denominación de origen (en la posguerra los inviernos duraban muchísimo, para fastidiar). Por ejemplo sobre el hombre civilizado: A la guerra civil le siguió, casi de inmediato, la segunda guerra mundial, con lo cual empecé a enterarme de que la civilización no es otra cosa que la sucesión prácticamente ininterrumpida de una guerra detrás de otra. O sobre el catalán: hay un acento catalán que me seduce y otro que me fastidia, no puedo evitarlo. Cuando los catalanes hablan el castellano con afecto, su entonación adquiere la gracia melódica de un exotismo cosmopolita tremendamente sensual, pero cuando lo hacen a desgana y a regañadientes, como algo que les sobra o que les molesta, entonces les aflora un tono agresivo y burdo innecesariamente desagradable. O el vasco: la dueña de la pensión hablaba con acento vasco, cosa que, como luego supe, es bastante común entre los vizcaínos (...) (yo) creía que en España sólo existían tres acentos: el madrileño que se había inventado Arniches, el andaluz que se utilizaba para las comedias de los Quintero, y el catalán, que era el único que tenía su lógica. Mujeriego de boquilla, habla sin tasa, pero con capacidad para la valoración enjuiciando con su personalísima acupuntura y con un atractivo que seduce en los retratos: Las actrices acostumbran a ser tan insustanciales como los actores, sólo que en general son un poquito más monas. Aunque incorregible, aparece correcto en las formas. La quise mucho. Con ella aprendí que una persona bien educada tiene siempre un pie en el otro mundo. Pero no siempre, conservando su acidez y mala uva: Soy machista, ¡lo confieso, lo confieso!, y siento la odiosa y repelente necesidad de proteger y de amparar a todas las mujeres que tienen la desgracia de cruzarse en mi camino, por lo cual seré condenado al infierno, donde pienso encontrarme con Lidia Falcón, que también es machista a su manera. Hasta caer en la tosquedad algo zafia cuando describe sus batallitas un poco infantiles con las erecciones sexuales.

A no dudar, leyendo o escuchando sus páginas y sus palabras, en cualquier medio en que fueron difundidas, que el mismo Castilla del Pino podría afirmar que somos tanto lo que decimos, como lo que ocultamos. Y en eso Masillach era un especialista. Sabía hablar, a veces demasiado, ocultando en ese trasfondo de armario su personalidad. De complejidad con seguridad muy creativa y excesiva. Pugnando constantemente la biología con su existencia, y nada invariablemente la biografía. Ese cincel del carácter personal, cuyo polvo cae esculpido por la autobiografía del artista y lo que adivinamos los espectadores, su público, a través de su carrera. Tuve la fortuna y la ventura de apreciar al hombre que actuaba, en numerosas ocasiones en la televisión, y en los teatros en las últimas oportunidades que dio a sus admiradores en la escena de los años 90. Me sorprendí en todos los trabajos que estimuló en los años de la democracia (no estoy seguro de que las decisiones tomadas colectivamente sean siempre acertadas, confesará), la renovación del repertorio del teatro clásico, el apuntalamiento lde la dirección escénica, de la escenografía como parte consustancial (con su colaborador Citrinowsky, o el mismo Nieva), la publicación de estudios, ensayos y monografías sobre la época histórica, el impulso a la ADE, la semilla al fin de pasión que, envuelta en la nebulosa de su figura, emanó en todo su ser. Este ser divergente y poliédrico, algo fantasmón y melancólico —soy profundamente contradictorio, como a lo largo de estas memorias se irá comprobando— (es totalmente delicioso leerlas) invita al seguimiento de su carrera, de su larga marcha por el teatro. Cual Fernán Gómez, o Paco Nieva

y Albert Boadella, y a no tardar Nuria Espert, últimamente en memorización autobiográfica, dibujan y caricaturizan una parte de la trama de la escena, y lo que han visto con agudeza y sorna, inteligencia y claridad de ideas desde ella. Como aquéllos, con el ojo rapaz de quien sabe volar sólo, escudriñar el horizonte, revelarnos su vida, aclararnos la nuestra al fin, captar y cazar al vuelo la expresividad de este mundo. Un portento para leer, seguir sus pasos y su vuelo alto. Aunque sea admirando como vuela su sombra. Queriendo innecesariamente ocultar el sol.

 

Semiótica de la escena

Mª del Carmen Bobes Naves

Arco/libros, SL. Madrid 2001.

 

Investigación de carácter semiótico sobre el espacio escénico desde el origen del teatro hasta nuestros días. Este estudio muestra las relaciones existentes entre el Texto Espectacular, el Texto Literario y los espacios escénicos que estas "texturas dramáticas" generan en función del tiempo histórico y la arquitectura escénica que representan, sin desatender el hecho de inmediatez que todo teatro comporta. Con su anterior ensayo, Teoría del teatro, y el presente volumen, sin olvidar sus otros escritos sobre el tema, Carmen Bobes es referencia obligada para una mejor comprensión del teatro de nuestra era.

Los malos tratos a escena

Marta Fernández Morales.

KRK ediciones. Oviedo 2002.

 

Ensayo selectivo sobre la violencia contra las mujeres en textos dramáticos de María Irene Fornés, Lidia Flacón, Alberto Miralles y la obra del cántabro Francisco Doménech Mujeres fraguando sueño, pieza a la que se añade una entrevista con el autor.

El deliberado y casi exclusivo tamiz feminista por el que pasa todo el libro hace del ensayo una cuestión de militancia principalmente dirigido a quienes comparten postulados. Algunos, los más, tan tópicos como necesarios; otros, más discutibles aunque también conocidos, dan juego e incentiva el debate en el lector, que nunca se siente indiferente.

Tadeusz Kantor. La clase muerta

Comunidad de Murcia.

Septiembre 2002.

 

Catálogo en edición muy cuidada de la exposición que se celebra en Murcia, Valladolid y Alicante, sobre Kantor y su obra La clase muerta. El libro contiene una exhaustiva información sobre el tema, manifiestos del propio artista, artículos de Isabel Tejeda, Grzegorz Musial, Lech Strangret y Antonio Arco, que sirven de presentación y acercamiento a la obra y vida del gran creador polaco. Todo acompañado con una excelente reproducción de sus bocetos, pinturas, instalaciones y fotografías del espectáculo.

 

El teatru popular asturianu
Adolfo Camilo Díaz
Academia de la Llingua Asturiana.
Coleición Mázcara nº 7
Uviéu, 2002, 193 páxines.
Premiu d´investigación sobre lliteratura asturiana de la academia de la Llingua Asturiana, 1999.

Chechu García

 

Adolfo Camilo Díaz, presenta nesti llibru un breve repasu al teatru popular asturianu. L´autor, bon conocedor de los clásicos asturianos y del mundu del teatru, ufiértanos un estudiu compartimentalizáu, nel qu´analiza diferentes aspectos d´un tipu de teatru mui poco investigáu, pero de gran presencia y ésitu de públicu. Interrellaciona obres y autores, averándolos al llector nun continuum históricu que va dende los entremeses d´Antón de Marirreguera nel sieglu XVII al teatru del surdimientu a finales del XX.

Particularmente interesantes son los plantegamientos de la primera parte del llibru, onde Adolfo Camilo analiza el ser del teatru asturianu, mediante respuestes a entrugues básiques: los qué, los cómo, los por qué, onde disecciona con gran aciertu, munches de les claves del teatru popular asturianu.

Pa entamar, establez un filtru, una peñera onde estrema el teatru popular asturianu d´otros tipos de teatru , como el de Casona que tamién trata temes asturianos. Fala nesti casu, d´autores qu´escriben n´asturianu y cuya fala ye reconocía pol espectador como dalgo propio, identificatorio d´una forma de ser y pensar. El públicu nun reconoz un vocabulariu, sinón que les pallabres se digan con acentu d´autenticidá, nun ye "lo que se diz" sinón "como se diz". D´ehí, qu´achaque l´ésitu de públicu a la utilización d´un vehículu d´expresión, a un ritu de reconocencia colectiva, a sentise parte d´una serie de roles comunes, en definitiva, a identificase colo que somos.

Otru de los aspectos d´esta primer parte, afonda nel tratamientu de personaxes, toca tolos prototipos: el vieyu y la vieya, el mocín y la mocina galanes, los mozos y moces que caricaturicen a los anteriores, los señoritingos que falen en castellanu, los indianos y los malos. Fai un repasu, a la evolución del teatru popular al traviés de los años, les variaciones de los temes, los cambios, que son un reflexu de los cambios nos papeles y roles que se dieron na sociedá campesina astur.

La non presencia a primeros del S.XX, de intelectuales, políticos, que cambien la estética del teatru, fai que se dea un estancamientu nos roles y na temática del teatru popular.

Nuna segunda parte, el llibru recueye un escoyeta de diez obres y autores, que describe y comenta brevemente. Complétase´l llibru con tres apéndices, el primeru d´apuntes bibliogáficos sobre estudios del teatru popular asturianu, el segundu con un resume de los grupos qu´anguañu representen estes obres, y un terceru, ensín dulda´l más interesante, onde se fai una rápida introducción al mundu del monólogu asturianu, tan ricu y al empar tan poco estudiáu.

No que cinca a la edición, cambia´l color de la portada (verde) pero como toles de la coleición Mázcara ye mui probe. Los tres años ente la escritura del testu y la publicación, abulten muncho tiempu. (Hai dos entamos nel llibru escritos con 30 meses de diferencia.)

En resume, un llibru, qu´a pesar del estilu ácidu y cañeru, qu´a vegaes aflora de forma innecesaria, resulta perinteresante, prestosu de lleer y mui acertáu nos análisis. Y que va a ser, de xuru, llectura obligada de consulta nos años vinientes.

 

  

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