Jerónimo López Mozo
El
diccionario de la Lengua Española califica como histórica a toda obra
literaria, sea narrativa o dramática, cuyo argumento alude a sucesos y
personajes recordados por la historia y sometidos a fabulación o
recreación artísticas. Sin embargo, opino que, en el ámbito concreto
del teatro, eso es válido si nos referimos al que se escribía y
representaba en el pasado, hasta bien entrado el siglo XX, cuando el
propósito de los autores no iba más allá de hacer una fiel
reconstrucción de la Historia o, como ha apuntado el profesor Romera
Castillo, en referencia a determinadas obras que ocuparon los
escenarios españoles durante el franquismo, idealizaban el pasado,
ignorando el presente1.
Aunque tales objetivos sigan vigentes para algunos, no abundan los
ejemplos en el teatro actual. Por el contrario, lo habitual es que hoy
los autores se sirvan de la Historia para hablar de nuestro tiempo, lo
que les lleva, en no pocos casos, a reinventarla y hasta a
manipularla. Bien es cierto que algunos dramaturgos se resisten a que
se califique de histórico ese teatro que, para atender a determinados
intereses, se aparta deliberadamente de la verdad establecida, al
margen de que, a veces, sobren los motivos para desconfiar de ella. La
frase "así se escribe la Historia", no es gratuita. En el polo opuesto
están quiénes reclaman el marchamo de histórico para toda obra de
ficción por el mero hecho de que la acción se sitúe en el pasado.
Entre ambos extremos caben muchas interpretaciones. ¿Cómo
calificaríamos, por ejemplo, una obra situada en un marco histórico
concreto en la que los personajes y los lugares de la acción fueran
inventados, pero reunieran todos los requisitos para pasar por
verdaderos a la vista de los espectadores? En buena medida, la
disparidad se debe a que se ha pasado de la Historia como fin a la
Historia como pretexto. Para abarcarla, no está de más ofrecer las
opiniones sobre la materia de algunos autores españoles
contemporáneos, así como las razones que cada cual ha tenido para
abordarla. Lo haré empezando por Buero Vallejo, no solo por su
vinculación al teatro histórico, sino porque su incorporación a
nuestra escena coincidió, y no por casualidad, con el momento en que
se produjo en nuestro país el cambio al que me he referido. Hay que
señalar, sin embargo, que, aunque escasos, existen algunos precedentes
a lo largo de la primera mitad del siglo XX, en concreto los de Valle-Inclán,
con sus obras Farsa y licencia de la reina castiza y La hija
del capitán, y García Lorca, con Mariana Pineda2.
Buero
Vallejo, autor de obras como Un soñador para un pueblo, Las Meninas
o El concierto de San Ovidio, afirmaba:
Por ser
teatro y no historia, es además el teatro histórico labor estética y
social de creación e invención, que debe, no ya refrendar, sino ir por
delante de la historia más o menos establecida, abrir nuevas vías de
comprensión de la misma e inducir interpretaciones históricas más
exactas. Que, para lograrlo, el autor no tiene por qué ceñirse a total
fidelidad cronológica, espacial o biográfica respecto de los hechos
comprobados, es cosa en la que no hay que insistir. Un drama histórico
es una obra de invención, y el rigor interpretativo a que aspira atañe
a los significados básicos, no a los pormenores. [...] Ahora bien,
para alcanzar la interpretación histórica de fondo que permita negar
la tradicional y adelantarse a ella, manteniendo sin embargo el
derecho a llamar "histórica" a la obra, hay que ejercer especial tino
al mezclar aspectos inventados o destacados con la fidelidad, nunca
vulnerable del todo, a los hechos históricos. [...] Escribir teatro
histórico es reinventar la historia sin destruirla. [...] Pero
cualquier teatro, aunque sea histórico, debe ser, ante todo, actual.
La historia misma de nada nos serviría si no fuese un conocimiento por
y para la actualidad. [...] El teatro histórico es valioso en la
medida en que ilumina el tiempo presente. [...] El teatro histórico
ilumina nuestro presente cuando no se reduce a ser un truco ante las
censuras y nos hace entender y sentir mejor la relación viva existente
entre lo que nos sucedió y lo que nos sucede (Buero, 1980/81: 19).
Rodríguez
Méndez, que tiene en su haber gran número de obras de asunto
histórico, como Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga,
Flor de Otoño o Historia de unos cuantos, suele pedir
prudencia a la hora de utilizar ese concepto, porque entiende que la
Historia, con mayúsculas, rebasa los límites naturales de la obra de
arte y que es poco menos que imposible crear una obra teatral
auténtica y rigurosamente histórica. De ahí que prefiera hablar de
teatro historicista, entendiendo por tal aquel en el que el autor se
sirve de la Historia, manipulándola, para mostrar su propia ideología.
Hecha esta aclaración, el autor afirma, en referencia a su teatro,
que he
utilizado la Historia como un valiosos instrumento para recrear la
época a que se refiere y a la vez exponer unas cuantas tesis que
precisen siempre mi discurso teatral, centrado frecuentemente en
investigar el papel del pueblo español en la historia de mi patria,
frente al papel interpretado por unas minorías dominantes,
usurpadoras, no pocas veces del acontecer histórico de España
(Rodríguez Méndez, 1999: 40).
Y aún es
más concreto en cuanto a sus intenciones, cuando explica que al
escribir Bodas que fueron famosas...
quise
reescribir una historia paralela a la historia oficial. La
intrahistoria frente a la Historia [...] y tal vez con ello [...]
ofrecer la degradante realidad de una España sin honor que pudiera
parecerse demasiado [...] a la que estamos viviendo actualmente
(Rodríguez Méndez, 1999: 42).
Otro autor
de la llamada Generación realista, Carlos Muñiz, decía en el prólogo a
Tragicomedia del serenísimo príncipe don Carlos, escrita en
1972 y prohibida durante muchos años:
Mostrar
abiertamente y sin tapujos ni paños calientes lo más tenebroso de
nuestro pasado, aunque sea bajo la impura forma dramática, me parece
algo muy positivo que nos permitirá mirar de otra manera, más
desahogada, hacia el futuro. [...] Desmitificar la Historia me parece
un sano ejercicio, imprescindible para evitar caídas en los mismos
errores de ayer (Muñiz, 1974: 7-8).
Antonio
Gala es otro de los dramaturgos que ha frecuentado el teatro
histórico. Recordemos títulos como Anillos para una dama, Séneca o
el beneficio de la duda y el libreto para ópera Cristóbal Colón.
Su opinión sobre él es clara. Ha dicho:
A mí el
teatro estrictamente histórico por sí mismo no me interesa. [...]
Contar una historia, o el solo hecho de contarla, creo que no vale la
pena. [...] Lo que me importa es que sirva para algo más que para
entretener mientras se está escuchando (Romera Castillo, 1996: 65-66).
Domingo
Miras es, entre los autores españoles actuales, el máximo
representante del teatro histórico. La Saturna, Las brujas de
Barahona, De San Pascual a San Gil, El doctor Torralba y Las
alumbradas de la Encarnación Benita son algunos de los títulos de
una obra extensa cuya relación consumiría buena parte del tiempo
disponible. En su opinión, la Historia viene a ser un semillero para
el dramaturgo. No rechaza el puesto de honor que se le adjudica entre
los practicantes del género, aunque advierte, no sin razón, que buena
parte del teatro escrito en todos los tiempos es teatro histórico,
entendiendo como tal el que sitúa la acción en épocas pretéritas. Para
Miras
la
Historia es una inagotable cantera de hechos teatrales, hechos
conclusos y cerrados, cuya total significación [...] es patente y
manifiesta para todo el que los contemple. Por supuesto, el análisis
se podrá hacer desde múltiples puntos de vista, pero en todo caso, el
resultado se produce con certeza, sin el carácter provisional y
condicionado al ulterior curso de los hechos sociales que tiene cuando
se trata de hechos del tiempo presente. [...] La Historia es el
recuerdo de las injusticias de antes que son, en esencia, las de ahora
(Miras, 1980-81: 21-22).
Alberto
Miralles también se ha referido al interés de los autores españoles
por la Historia. Comentando uno de sus más recientes estrenos,
Píntame en la eternidad, opinaba que el recurso a aquélla
contribuía a hacer universales temas que, en un contexto actual, se
reducirían a mera anécdota. Pero también consideraba que era
consecuencia de la normalización de la vida política y social
producida tras la llegada de la democracia, que exigía la
desmitificación del "supuesto pasado glorioso con el que, durante el
franquismo, se nos había ocultado un presente miserable" (Miralles,
1982: 112). Recientemente, este autor, que ha situado muchas de sus
obras en la Italia renacentista, en la Roma de Julio Cesar o en los
Siglos de Oro españoles, ponía a uno de sus artículos un sorprendente
título que parecía negar esa realidad: "Yo no escribo teatro
histórico". La aparente contradicción quedaba aclarada en su
contenido. Decía:
Yo no
escribo teatro histórico, yo utilizo la historia como recurso
literario porque la distancia da credibilidad, asienta el criterio y
evita la sensación de transitoriedad de los problemas planteados. Yo
no escribo teatro histórico, porque me sirvo del ayer para mostrar el
hoy; por eso los conflictos mostrados, aunque sean del pasado, deben
ser comprendidos como actuales, y hay que temerlo, como eternos. Yo no
escribo teatro histórico, porque lo que quiero es, como dice Mariano
de Paco, hacer un "ajuste de cuentas con el pasado" y eso sólo se
puede hacer desde el presente. Yo no escribo teatro histórico
porque, como hombre y como escritor, quiero ser vehículo de las
pesadillas de mi época. [...] Y una cosa. Yo no escribo teatro
histórico porque el teatro histórico no existe, sino que va
existiendo. Lo que escribimos hoy será histórico mañana (Miralles,
1999: 28).
Llegados a
este punto, hay que señalar que todas las citas proceden de autores
pertenecientes a las generaciones realista y del Nuevo Teatro Español
o de, quienes no estando adscritos a ninguna de ellas, fueron
contemporáneos suyos. Nos referimos, pues, a quienes se incorporaron a
la actividad teatral una vez concluida nuestra guerra civil, para los
más veteranos, y a lo largo de la década de los sesenta, para el
resto. El recorrido que sigue se inicia con los autores que se
iniciaron en la escritura dramática tras la muerte de Franco.
Buena
parte de la obra de Concha Romero, miembro de la generación de los
ochenta, se inspira en nuestra historia. Un olor a ámbar y
Juego de reinas son dos ejemplos significativos. Su explicación
sobre los motivos que le condujeron al teatro histórico resulta
sorprendente y poco tienen que ver con las de los autores ya
mencionados. En 1991 respondía así a la pregunta de por qué le
interesaba poner en escena la vida de personajes históricos o
mitológicos:
Cuando
empecé a escribir teatro conocía las dificultades que había para
estrenar y pensé, para no frustrarme demasiado, hacer obras que no
fueran muy actuales y que no quedaran obsoletas ni en uno ni en dos,
ni en diez años. La historia es como un vestido clásico que las
protege del tiempo (Harris, 1993: 29-30).
Eduardo
Galán, autor, entre otras obras, de La posada del Arenal y
La amiga del Rey, iniciaba su intervención en el Seminario
Internacional sobre Teatro Histórico celebrado en la ciudad de Cuenca
en el 98 formulándose las siguientes preguntas: ¿Qué sentido tiene a
finales de siglo, en una democracia parlamentaria bien instalada,
cultivar el teatro histórico? ¿Por qué algunos escritores buceamos en
las páginas de la historia para encontrar en ellas conflictos,
situaciones o hechos dramatizables que puedan atraer a los potenciales
espectadores? ¿No dispone la vida actual de suficientes motivos de
atención y de conflictos de enorme atractivo como para ocupar nuestro
tiempo e imaginación en otras épocas distintas de las nuestras? A
renglón seguido apuntaba un abanico de respuestas posibles
relacionadas con las motivaciones de cada escritor, resumiendo las
suyas personales con estas palabras:
En mi
caso, la temática histórica de mi teatro nace ligada a la necesidad de
emplear personajes o ambientación histórica para expresar sentimientos
u opiniones del presente. [...] Considero que podemos aceptar como
concepto de teatro histórico todas aquellas obras que sitúen su acción
dramática en un tiempo histórico reconocido, independientemente de la
verosimilitud de sus hechos, la participación real de personajes
históricos o la precisión de la ambientación. Cuanto mayor sea la
aproximación al tiempo histórico, mayor será su aceptación como teatro
histórico. A menudo, lo histórico puede ser un recurso intencional
destinado a burlar la censura. No es mi caso. [...] Lo histórico
supone en mi obra un intento de plasmar una crítica del presente a
través de la referencia sobre el pasado que se refleja en la acción
dramática (Galán, 1999: 50 y 55).
Ignacio
Amestoy, autor que en Doña Elvira, imagínate Euskadi ha
abordado la cuestión vasca instalándose en tiempos pretéritos y en
Violetas para un Borbón se ha asomado al pasado de la familia Real
Española, se ha referido a la conveniencia de descorrer el velo de la
Historia y al miedo que ello produce en determinadas instancias
empeñadas en mantener como única válida la historia oficial. Lo ha
hecho con estas palabras:
Tenemos
miedo a la historia, tenemos miedo a nuestra propia historia; no
queremos mirarnos al espejo. Ni al espejo de la historia; ni –mucho
menos– al espejo del teatro, si en ese teatro está nuestra historia.
[...] Ahora no hay censura. [...] Y el arte escénico busca lo
teatralmente correcto, desesperadamente. Y lo correcto no ha de tener
aristas. Es lo malo del teatro histórico que la escena libre de hoy
pide; es lo malo de la "historia real" –es lo malo del documento–, que
tiene demasiadas aristas (Amestoy, 1999: 18)
Juan
Mayorga, uno de los pilares del teatro español actual, considera que
el llamado
teatro histórico siempre dice más acerca de la época que lo produce
que acerca de la época que representa. El teatro histórico dice, sobre
todo, de los deseos y miedos de la época que lo pone en escena. Esos
deseos y miedos determinan que el presente se abra a un pasado y no a
otro, que ese pasado sea visto desde una perspectiva y no desde otra.
[...] El teatro puede presentar un pasado como un escalón en el
ascenso hacia la actualidad. [...] El mejor teatro histórico no pone
al espectador en el punto de vista del testigo presencial. Pues lo
importante no es lo que aquella época sabía de sí misma. Lo importante
es lo que aquella época aún no podía saber sobre sí y que sólo el
tiempo ha revelado (Mayorga, 1999: 9-10).
Otro de
nuestros autores jóvenes, Raúl Hernández Garrido, suele inspirarse en
el teatro griego, pero una de las razones que esgrime para explicar su
interés por esa parcela del teatro histórico apenas guarda relación
con las que hasta ahora hemos ido conociendo. Tiene que ver, sobre
todo, con aspectos formales de su escritura. Su desprecio por el
teatro psicológico y por la tradición naturalista impuesta desde el
siglo XIX le han remitido a modelos que existieron hace más de dos mil
años, en los que ha hallado la vitalidad que quiere para su teatro
(Hernández Garrido, 1997: 26).
No es
fácil saber qué opinan los nuevos dramaturgos del teatro histórico. No
es frecuente encontrar declaraciones suyas en los medios de
comunicación, ni siquiera en las publicaciones especializadas. Ello no
quiere decir que esa modalidad teatral haya desaparecido de su
producción. Hay ejemplos de lo contrario, pero sí puede afirmarse que
en proporción menor a la habitual entre sus predecesores. En opinión
del profesor Cesar Oliva, el descenso del interés de los autores por
el drama histórico no significa que haya un desprecio hacia el género,
ni incapacidad para abordarle, sino que obedece a una serie de
razones, entre las que destacamos que, hoy en día, el teatro no
necesita metaforizar sus acciones y que, el hecho de que sus
producciones se ofrezcan en salas alternativas, les impide utilizar
medios adecuados para vestir sus propuestas con galas excesivas
(Oliva, 1999: 70). Personalmente, me parece más determinante la
primera, que alude claramente a una situación política nueva tras la
recuperación de la democracia. De las manifestaciones recogidas más
arriba, puede elaborarse un amplio muestrario de argumentos para
justificar el recurso a la Historia. A primera vista no parece que el
de la censura esté entre los más esgrimidos, a pesar de que los
autores realistas y del Nuevo Teatro Español la padecimos. Esto puede
sorprender a algunos, sobre todo cuando comprueban que la mayor
cosecha de teatro histórico en el siglo XX se dio durante el
franquismo. En efecto, desde mediados de los años cuarenta hasta el 75
el censo de obras de carácter histórico es abrumador. No he de negar
que algunos autores acometimos su escritura con el ánimo de burlar a
la censura, pero pronto veríamos que era tarea inútil. De hecho, el
teatro histórico rara vez cumplió esa función. El teatro histórico,
como cualquier teatro comprometido, fue víctima de la censura. El
censor prohibía cuanto ponía en cuestión al Régimen, pero su celo no
se detenía en las obras con argumento actual y que se desarrollaban en
nuestro país, sino que alcanzaba a situaciones o personajes históricos
que despertaran sus sospechas. Buena prueba de que las obras
históricas también eran prohibidas es que muchas no pudieron
publicarse o representarse hasta la llegada de la democracia. La
proliferación se explica porque es en tiempos de dictadura cuando los
creadores comprometidos se muestran más activos y, en el campo del
teatro, los dramaturgos entendimos que el de raíz histórica era una
herramienta útil para ejercer nuestra labor.
Cerrado
ese oscuro período, las aguas volvieron a su cauce, con excepción de
un ligero repunte producido por las expectativas despertadas con
ocasión de la celebración del Quinto Centenario de Descubrimiento de
América, que nos parecía única para hacer una nueva y más auténtica
lectura de la Conquista. Pasaron los fastos sin que el teatro español
llegara a contribuir a tan noble tarea. La llegada de la democracia
nos permitió saber que la dedicación al teatro histórico de
determinados autores no era coyuntural, sino que se inscribía en la
tradición teatral española. En otros casos, se tiene la sensación de
que la vocación por el teatro histórico fue tardía, provocada por esa
voluntad de servicio democrática a la que nos hemos referido, pero
irreversible. Lleva a pensar así una observación del citado Cesar
Oliva sobre los autores de la generación realista. Apunta que su
primer teatro tenía cierta inclinación a la estética fotográfica de la
realidad circundante, es decir, con textos absolutamente
contemporáneos, y que fue después cuando encontraron en la historia
uno de los principales recursos para contar argumentos de ayer con
contenidos de hoy (Oliva, 1999:67). Poco puede añadirse al tema que
nos ocupa3,
pues habría que empezar a hablar del futuro y esa es cuestión harto
delicada.
Respecto a
mi experiencia creadora, debo decir que inicié mi actividad teatral en
la década de los 60 y que formé parte del Nuevo Teatro Español. Mi
primera aproximación al teatro histórico fue muy temprana y hoy apenas
es un recuerdo del que no queda ninguna huella, ni siquiera el texto.
Se titulaba La muerte de Sócrates y venía a ser una
dramatización de los diálogos de Platón. Es Guernica la que
abre, en 1969, una relación que ha ido creciendo poco a poco y que, a
decir verdad, no es demasiado extensa. Yo no la concebí como teatro
histórico, pero en parte lo es. Aunque el asunto del que trata es el
bombardeo de la ciudad de Guernica durante nuestra Guerra Civil, no
fue ese hecho en sí el que me inspiró, sino la interpretación que de
él hizo Picasso en su célebre cuadro. En efecto, los personajes de mi
obra son los que figuran en el lienzo, desde la mujer que alza la
lámpara hasta la diminuta flor que asoma entre las patas del caballo y
la espada rota que esgrime el guerrero. Mi propósito era hacer un
alegato contra las víctimas civiles de las guerras y a ellas presté mi
voz a través de las imágenes creadas por Picasso. Se trata de un poema
dramático que se inscribe en un espectáculo abierto, en un "happening"
en el que "los actores reviven, no para el espectador, sino con el
espectador, los sucesos" (Ruiz Ramón, 1975: 546). Lo que ocurre, es
que la obra tiene un largo prólogo en el que incluyo, a la manera del
teatro documento, todos los testimonios sobre el bombardeo de la
ciudad vasca que pude obtener en publicaciones de la época, amén de
gran cantidad de imágenes sobre el dramático acontecimiento. Ese
prólogo es lo que permite calificar mi Guernica de teatro
histórico.
De mis
siguientes incursiones en el género, solo en dos ocasiones lo hice por
propia iniciativa. Fue en 1971, con Anarchia 36, y en 1999, con
La Infanta de Velázquez. Entre ambas figuran cuatro obras que
nacieron como respuesta a encargos que recibí y que acepté gustoso.
Son El Fernando, Comedia de la olla romana en que cuece su arte la
Lozana, Como reses y Yo, maldita india.... En dos de ellas
la autoría fue compartida. Quizás pudiera añadirse a la lista alguna
otra pieza fronteriza con el teatro histórico, como es Parece cosa
de brujas, escrita también por encargo y en colaboración con Luis
Matilla, en la que la España del siglo XVIII sirve de telón de fondo
de un proceso inquisitorial ficticio.
Anarchia
36 es una obra que nació destinada a permanecer en el cajón
durante un tiempo que presumía largo. Tan convencido estaba de ello,
que ni siquiera me molesté en presentarla a la censura. Sobraban
razones para ello. Anarchia 36 es teatro histórico que trata
asuntos contemporáneos, como lo es el de la guerra civil española.
Otros autores, entre ellos Peter Weiss o Heiner Müller, habían escrito
y representado en su país, sin ninguna dificultad, obras que abordaban
hechos recientes relacionados con la ascensión y caída del nazismo. La
diferencia es que yo lo hacía cuando en España se mantenían en el
poder los vencedores de aquella guerra. Difícilmente ellos, que la
habían protagonizado y luego impuesto su interesada visión de los
hechos, podrían tolerar interpretaciones distintas a la oficial.
Quizás sea difícil entender por qué alguien dedica parte de su tiempo
a un trabajo condenado de antemano a no ver la luz en el futuro
inmediato. En mi caso, los motivos eran dos. El primero, que tenía
interés en conocer más a fondo unos hechos que tanta influencia
ejercían, a pesar de los años transcurridos, sobre nuestra vida y en
contrastar lo que de ellos nos decía el poder, de una parte, y los
perdedores, como era el caso de mi padre, de otra. El otro motivo era
que deseaba acercarme al teatro documento, tan en boga entonces en la
escena europea. Me propuse, y conseguí, introducir una historia
inventada en un marco histórico real. Junto a los personajes de
ficción, en el escenario aparecían Azaña, Prieto, Lister, Companys,
Orwell y otros muchos que tuvieron existencia real. Puse en su boca
palabras que pronunciaron y que fui rescatando como pude en documentos
de difícil acceso en nuestro país. Buena parte los encontré en
publicaciones extranjeras. También utilicé abundante material gráfico
de la época.
Cuando
llegó la democracia creía, ingenuamente, que mi obra podría
representarse. No fue así y eso me hizo reflexionar sobre la aversión
que la clase política, incluida la demócrata, siente por la verdad
histórica y la permanente tentación que siente por ocultarla cuando
pone en cuestión alguno de sus principios o de rescribirla a la medida
de sus intereses. Anarchia 36 trata, en efecto, de la guerra
civil española. Pero lo que, en principio, se circunscribía a una
sublevación militar contra un gobierno legítimo fue derivando, a
medida de que mi información sobre lo acontecido iba siendo más
completa, al análisis de otra guerra que estaba teniendo lugar, en el
seno del bando republicano, entre anarquistas y comunistas. Percibía
que ese enfrentamiento entre fuerzas antifascistas había tenido
influencias negativas en el desenlace de la contienda. Así, pues, el
tema central inicialmente previsto pasó a ocupar un lugar secundario
en beneficio del que en determinado momento me pareció más
interesante. Pues bien, el nuevo argumento de la obra provocó que, en
los primeros años de la transición, su estreno en el Centro Dramático
Nacional fuera desestimado por su director, Adolfo Marsillach, después
de haberme anunciado su propósito de incluirla en la programación.
Aunque nunca explicó las razones de su decisión, sí lo hizo Alberto
Miralles, miembro del Comité de lectura del CDN, que había recomendado
el estreno. El rechazo se produjo, según él, porque, aun tratándose de
un alegato contra el levantamiento militar franquista, me mostraba a
favor de los anarquistas y en contra del Partido Comunista en cuanto a
las responsabilidades de ambos durante la guerra. Curioso argumento
que sólo puede entenderse en el contexto de una transición de la
dictadura a la democracia atípica y llena de extraños recovecos, pues
se censuraba un juicio sobre hechos ocurridos mucho antes, que no
negaba la lucha de los comunistas durante el franquismo, en la que
siempre estuvieron en primera fila, pagando, por ello, un alto precio4.
De las
cuatro siguientes obras, tres fueron escritas por encargo de Cesar
Oliva y una, de Antonio Malonda. Como es lógico, el propósito era
llevarlas a escena. Sólo en un caso, no fue posible. La primera de
ellas se titulaba El Fernando y tenía como subtitulo Crónica
de un tiempo en que reinó S. M. Fernando VII, llamado el Deseado.
La idea surgió en el Teatro Universitario de Murcia, que dirigía Cesar
Oliva. Se trataba de iniciar una nueva etapa en su trayectoria
considerando que su ya dilatada experiencia le brindaba la posibilidad
de asumir en su totalidad el proceso creativo de sus propuestas. Una
de las primeras decisiones tomadas fue que la historia, nuestra
historia, fuera el eje del espectáculo. La época elegida fue la del
reinado de Fernando VII, porque, en ella, se enfrentaban con absoluta
nitidez la España Ilustrada, la que en las Cortes de Cádiz puso los
cimientos de una nueva forma de hacer política, y la España
tradicional, mantenida por un pueblo que, ciego ante sus excesos, era
fiel a la monarquía. El siguiente paso fue acumular documentación
sobre aquel período. Faltaba la elaboración del texto. Cesar Oliva
tuvo la feliz idea de solicitar la colaboración de un numeroso grupo
de autores, de modo que el resultado fuera una creación colectiva.
Ocho autores respondimos positivamente a la propuesta5.
No es este el momento de entrar en detalles sobre las dificultades
para sacar adelante la empresa, pero pueden imaginárselas si tienen en
cuenta que residíamos en ciudades distintas, lo que dificultaba los
contactos entre nosotros, y que las diferencias en nuestra escritura
eran lógicamente notables. Más interés tiene saber que el resultado
fue un espectáculo sin pretensiones didácticas, que huía de la
exposición cronológica de los hechos y que, una vez reelaborados los
textos y ensambladas las escenas, ofrecía el aspecto de un gran
mosaico.
La obra
fue estrenada en 1972 en el Festival de Sitges. Fue un éxito. La
crítica destacó, con la prudencia aconsejable en aquellos momentos,
que venía a ser una especie de episodios nacionales cuya significación
no había muerto del todo dentro de la Historia de España, de ahí que
no fuera algo arqueológico, sino que indagaba sobre ciertos mecanismos
y gestos de la intransigencia hispánica (Monleón, 1973). Se habló
también de que era una historia viva que latía con gran fuerza porque
"los momentos históricos tienen sus concomitancias" y de alegoría
sociopolítica que venía a plantear el eterno problema de la lucha del
hombre por su libertad, entendida como el ejercicio de un derecho que
nadie puede coartar, ni siquiera el monarca. Las referencias a la
realidad española de aquellos años también fueron captadas y
celebradas por el público y, cómo no, por la censura, que solo
autorizó seis representaciones más, limitadas a festivales y recintos
universitarios.
La
experiencia de El Fernando resultó tan gratificante que dos de
sus autores, Luis Matilla y yo, fuimos invitados por el Teatro
Universitario de Murcia a escribir el texto del siguiente espectáculo
del grupo murciano. Se tituló Parece cosa de brujas, al que me
he referido más arriba. Pocos años después, en 1977, esta vez en
solitario, atendí un nuevo encargo de Cesar Oliva, en esta ocasión
destinado a la compañía Corral de Almagro, creada por el Ministerio de
Información y Turismo para llevar a cabo una campaña de extensión
teatral. Se trataba de la adaptación al teatro de La Lozana
andaluza, de Francisco Delicado. ¿Teatro histórico o no? No, si mi
obra se hubiera limitado a convertir la novela en materia dramática.
Sí, si tenemos en cuenta que, en los primeros compases me interesó,
tanto como la fascinante figura de la protagonista, la Roma
renacentista en la que transcurrían sus andanzas. Recién salidos del
franquismo, encontraba en mis ansias de libertad y en cierta
inclinación a los excesos que siguen a un largo cautiverio –excesos en
los que no incurrí por falta de decisión o porque no soy dado a ellos–
algún paralelismo con el transito desde la larga etapa medieval al
estallido de vida que trajo consigo el Renacimiento. Eran dos
concepciones opuestas sobre el papel del hombre en el mundo. El
enfrentamiento entre ambas provocó, entre otros sucesos trágicos, el
Saco de Roma. A ese acontecimiento apenas se refiere Delicado en su
libro. Lo hace en el epílogo, a modo de añadido, y es que tuvo lugar
en 1527, cuando la Lozana ya no habitaba en Roma. Para desarrollar mi
idea era preciso incorporarlo a mi obra, cosa que hice trasladando la
acción a algunos años más tarde. En concreto situé la entrada de la
Lozana en la ciudad una década después de que lo hiciera Delicado y
reduje su estancia de once a poco más de cuatro años. Ello me
permitió, aparte de incorporar el Saco de Roma, reducir el número de
Papas que conoció la Lozana a uno, Clemente VII, aunque, en este caso,
fue por motivos prácticos: un solo Papa, un solo actor. Estas y otras
mudanzas me obligaron a beber en otras fuentes, unas literarias y
otras históricas. Entre aquellas, las comedias de Bartolomé Torres
Naharro, que había llegado a Italia a principios del XVI como soldado
y que acabó entrando al servicio de algunos cardenales, entre ellos
Julio de Medicis. Entre las históricas, los Diálogos de Alfonso
de Valdes, que fuera secretario de Carlos V, e Historia de los
Papas, de Ludovico Pastor. El resultado final fue un retablo
romano que titulé Comedia de la olla romana en que cuece su arte La
Lozana. Recorrió buena parte de España y tuvo, en general, buena
acogida. Las excepciones se debieron principalmente al contenido de
ciertas escenas que algunos calificaron de irreverentes y ofensivas
para la religión católica. Se trataba, en concreto, del encuentro de
la Lozana, reina de las prostitutas de Roma, con Clemente VII, cabeza
de la Iglesia. Desde algún periódico se censuró que la Dirección
General de Teatro participara en un proyecto que incluía obras con un
lenguaje tan ordinario como la mía y con tantas escenas de sexo. El
Ministerio se hizo eco de las quejas y anuló las representaciones
programadas en Madrid, última plaza de la gira.
El tercer
encargo, hecho también por Cesar Oliva, volvió a reunirnos a Luis
Matilla y a mí en el que sería el último trabajo que firmamos juntos.
De nuevo me enfrentaba a la historia de España reciente, aunque
abarcando un período más dilatado que iba desde 1909, año en que se
produjo el desastre del Barranco del Lobo, en Marruecos, hasta 1939.
En 1978 se creó en Murcia el Teatro del Matadero, compañía integrada
por antiguos miembros del Teatro Universitario y dirigida por Cesar
Oliva. Debía su nombre a que su futura sede sería el viejo matadero
municipal de la ciudad, situado a las afueras. Recorriendo aquel
edificio en ruinas, surgió la idea de contar su historia y, a través
de ella, la de España durante aquellos primeros años del siglo XX.
Tuvo por título provisional Memoria de un matadero y,
definitivo, Como reses. Nuestra pretensión era abordar, en
plena transición hacía la democracia, asuntos políticos de nuestro
pasado reciente que habían influido en nuestro presente, pero de los
que, hasta entonces, nos había estado vedado hablar. Desde el
escenario, queríamos dirigirnos al público sin echar mano de
metáforas, ni recurrir al empleo de códigos complicados que
requirieran una no menos complicada descodificación. Dos escenarios
principales, la nave central del matadero y el cabaret Café Oriental,
y varios secundarios, acogían a una legión de personajes, desde los
trabajadores del matadero hasta las fuerzas vivas de la ciudad,
pasando por soldados, obreros, camareros, cupletistas, periodistas y
un largo etcétera, que venían a ser una imagen reducida del país
entero. Diversas razones, que, en esta ocasión, nada tuvieron que ver
con vetos políticos, imposibilitaron la representación de Como
reses en el matadero de Murcia, que jamás llegó a convertirse en
teatro. El estreno se produjo nueve años después en Madrid, en otro
escenario emblemático, la sala Galileo, que antes fue funeraria, y a
cargo de otra compañía, bajo la dirección de Antonio Malonda.
Fue éste,
Antonio Malonda, quién me propuso, en 1988, escribir mi siguiente obra
del género histórico, Yo, maldita india…. Él tenía interés en
llevar a escena la figura de Malinche, la compañera mexicana de Hernán
Cortés. A mí me pareció que era una buena oportunidad para incorporar
a mi producción el tema de Latinoamérica, hasta entonces ausente. De
modo que no hubo problemas para ponernos manos a la obra. Mi primera
sorpresa fue descubrir que en el teatro español apenas se había
abordado ese tema. En el prólogo a la primera edición de la obra,
Ricard Salvat llamaba la atención sobre ese punto con estas palabras:
El tema
había sido tratado por Alejo Carpentier y Carlos Fuentes en dos obras
excelentes que ahí están como dos desafíos para la dramaturgia de
España y de Latinoamérica. Hasta ahora era un tema de cubanos y
mexicanos, ahora, gracias a Jerónimo López Mozo, el tema ya es
nuestro, ya tenemos un inicio de lectura desde nuestra perspectiva,
sensibilidad y actitud no convencional (nos resistimos a llamarla de
izquierdas) de un momento clave y esclarecedor de nuestro pasado, un
momento que es nuestro, pero que por lo visto no nos pertenece
plenamente (Salvat, 1990: 11).
Tenía
razón Ricard Salvat y resultaba sorprendente que ningún dramaturgo
español se hubiera planteado antes ofrecer la versión de la conquista
desde esta orilla, sobre todo teniendo en cuenta que, en general, las
ofrecidas desde los países latinoaméricanos son poco rigurosas y
parecen dictadas por un odio antiguo que no ha hecho sino ir creciendo
durante siglos. Es verdad que la conquista de México fue sangrienta y
que concluyó con la práctica destrucción de la cultura azteca. Pero no
es menos cierto, que los aztecas, llegados a aquellas tierras desde el
norte de América, habían construido su imperio tras someter a los
pueblos locales, que contribuían a su sostenimiento y pagaban caro sus
afanes de independencia. La gesta de Cortés no hubiera sido posible
sin la ayuda de esos pueblos sojuzgados, que vieron en él al
libertador. La conducta de Malinche, odiada tanto como Cortés, tenida
por maldita y traidora de su pueblo, sólo puede entenderse desde esa
perspectiva. Ella también odiaba a los aztecas y, uniéndose a Cortés,
se sumó a la lucha contra ellos. Su inteligencia y su amor por el
conquistador español la llevó a jugar un papel muy determinante en la
historia de aquel período, tanto que se convirtió en el puente entre
dos culturas y en el primer caso trascendental de mestizaje.
La obra
tenía, para mí, un interés añadido, el del lenguaje como vía de
comunicación. Así pues, quise que la palabra no fuera únicamente una
herramienta puesta a mi servicio como escritor, sino que formara parte
del argumento. Malinche y Cortés representaban dos culturas que, en su
primer encuentro, sólo pudieron dialogar a través de los gestos. Tres
lenguas diferentes –español, nahuatl y quiché– impedían hacerlo de
otra manera. Diálogo incompleto que, como he dicho en otras ocasiones,
apenas permitía el trueque de mercancías y el enfrentamiento físico
para decidir quién era el más fuerte. Pero cuando Malinche dominó las
tres lenguas y se convirtió en traductora, cayeron las barreras
lingüísticas y la palabra sustituyó al gesto. En ese momento, en que
se demostró el superior poder de las palabras, se abrieron las puertas
al mestizaje cultural. El otro, el de la mezcla de razas, se produjo
cuando Malinche dio a luz los hijos engendrados por Cortés.
No resultó
sencilla la escritura de esta obra, tanto por su compleja estructura
como por las dificultades para manejar una información que pocas veces
era objetiva. A la última cuestión me referí en el arranque de la
obra, cuando puse en boca de Bernal Díaz del Castillo, compañero de
armas de Cortés, estas palabras:
¡Putos
Illescas y Juvio! Putos y no quito ni una letra. Cuanto habéis escrito
de lo sucedido en la Nueva España es falso. Una burla. A mi lado
habríais de estar. Os desharía con mis manos como deshago vuestras
obras. ¡Malditos vosotros y los que os las han dictado! ¿Así engañáis
a vuestros confiados lectores? ¡Pobres! Cronistas de mierda. No
volveré a poner los ojos en tan sucias páginas. No turbaréis más mi
sueño. […] Mientes tanto como ellos, Gómara. […] La verdad es cosa
bendita y sagrada. Todo lo que se diga en contra de ella desagrada a
Dios. ¡Él te pedirá cuentas allá arriba! Pero mientras tanto alguien
tiene que exigírtelas aquí abajo… (López Mozo, 2000: 100).
Ni que
decir tiene que la falta de objetividad de aquellos primeros cronistas
se ha mantenido hasta hoy, aunque, para ser justos, ya hay varios
estudios rigurosos sobre el tema. He citado a Bernal Díaz del Castillo
como personaje de la obra. Durante su vejez escribió un monumental
libro titulado Historia verdadera de la conquista de la Nueva
España. Fue una de mis fuentes, por lo que su presencia en escena
me pareció obligada. Pero es que, además, resolvió los problemas de
estructura que se me planteaban. Siendo tantos los personajes y los
escenarios que aparecen, hice que toda la acción tuviera lugar en su
cabeza. De esa manera, los hechos descritos son sus recuerdos, que van
aflorando a medida que avanza en la redacción de sus memorias.
Yo,
maldita india… cierra, como señalé más arriba, y por ahora, el
ciclo de obras de encargo. La siguiente y última perteneciente al
género histórico es La infanta de Velázquez, a mi modo de ver
un buen ejemplo de cómo el creador puede tomarse, sin faltar a la
verdad, ciertas libertades que al historiador le están vedadas.
La obra
surgió de la confluencia de dos ideas no relacionadas entre si. Una
tenía que ver con la construcción de la Europa actual. Me parecía
admirable que países enfrentados durante siglos, hasta el punto de que
es difícil encontrar en la historia del Viejo Continente periodos de
paz duradera, fueran capaces de unirse. Pero, al mismo tiempo, no
ignoraba que esa unión, construida sobre los escombros de la última
guerra mundial, tenía que ver con la producción del carbón y del acero
y que en sus siguientes etapas fue bautizada como Mercado Común y
Unión Económica Europea. Siempre alguna palabra que la situaba en el
mundo de los negocios, nunca en el de la cultura. Se hablaba de
mercancías, de aranceles, de dinero… Y a mi eso no me gustaba, porque
me parecía que habíamos dejado ese proyecto exclusivamente en manos de
los políticos y de los mercaderes y que sólo se contaría con la
cultura a la hora de poner la guinda final. Consideraba que era algo
así como empezar la casa por el tejado. Me apetecía escribir sobre
todo esto, pero me resultaba difícil encontrar el molde teatral
adecuado.
Dispuse de
él de forma casual. Mi admiración por el cuadro Las Meninas, de
Velázquez, es considerable. Nada extraordinario, pues es de sobra
sabido que ha servido de inspiración a numerosos pintores y
escritores. Lo que yo ignoraba es que entre los devotos del cuadro
estaba el polaco Tadeusz Kantor, hombre de teatro, escritor y artista
plástico, uno de los grandes representantes de las vanguardias del
siglo XX. Conocí a Kantor hace veinte años y seguí muy atentamente su
teatro, pero no tanto su faceta de artista plástico. Bastantes años
después, cuando ya había muerto, tuvo lugar en Madrid una exposición
dedicada en buena parte a mostrar esa vertiente. Allí encontré varios
cuadros dedicados a la infanta Margarita. Todos me interesaron, pero
especialmente uno titulado Una noche entró la Infanta de Velázquez
en mi cuarto, en el que aparecía Kantor cabeza abajo en su estudio
de Cracovia y, ante él, como si se tratara de una aparición, la
Infanta. No dejé de buscar razones para ese encuentro imaginario y
acabé inventando una que no dejaba de tener su lógica. Durante uno de
los viajes de Kantor a España, visitó el museo del Prado y quedó
deslumbrado por el cuadro de Velásquez y, más en concreto, por la
figura de la Infanta. Tal vez percibió un ligero movimiento en ella y
dedujo que intentaba hablar con él. Diálogo imposible el de una
pintura con el que la contempla, pero como la imaginación todo lo
puede, el artista supuso que la Infanta le pedía ayuda para escapar
del lienzo. No pudo atender tan disparatado deseo, pero, siguiendo el
juego, la invitó a que, si algún día, conseguía salir de su encierro,
la recibiría gustoso en su casa de Cracovia. El cuadro que pintó
Kantor sería, pues, el testimonio de aquella visita.
¿Cómo
confluyeron ambas ideas? La Infanta Margarita Teresa, hija de Felipe
IV, fue entregada en matrimonio, siendo todavía una niña, al Emperador
de Austria Leopoldo I. Su vida en aquella Corte fue un suplicio. La
necesidad de dar un heredero al trono se convirtió en misión imposible
dada la dificultad para llevar a buen fin los embarazos, que se
sucedían sin pausa. Así, su ya de por si frágil salud se debilitó de
tal modo que murió al cabo de poco tiempo. En mi obra hice coincidir
el viaje que la Infanta hizo a través de Europa en el siglo XVII, para
encontrarse con su esposo, con el que, cuatrocientos años después,
realiza, siguiendo un itinerario parecido, el personaje escapado del
cuadro, que acude a la cita con Kantor. Mezclé tiempos y espacios
mediante un complejo juego metateatral, que me permitió, en palabras
de Carmen Perea,
[…] partir
de la España en crisis de Velázquez para ir tejiendo un ligerísimo
pero demoledor recorrido por la Europa napoleónica, el fascismo, la
Guerra Civil española, el exterminio judío, la II Guerra Mundial, la
división europea, la represión franquista y la transición, el Mayo del
68, la primavera de Praga y la guerra de los Balcanes (Perea, 2001:
10).
Aquí
concluye mi relación con el teatro histórico. Ignoro si regresaré a
él. Por el momento no tengo proyectos que apunten a ello, pero es
seguro que, si lo necesito, lo haré de nuevo.
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NOTAS
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1. José Romera Castillo menciona a autores como
Eduardo Marquina, José Mª Pemán y Juan Ignacio Luca de Tena (Romera,
1999: 20)
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2. Citados por Cesar Oliva en "Teatro histórico en España
(1975-1998)" (Romera, 1999: 64)
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3. El lector curioso encontrará amplia información sobre la
situación actual del teatro histórico español en José Romera Castillo
y Francisco Gutiérrez Carbajo (Eds,), Teatro histórico (1975-1998)
Textos y representaciones, Visor, Madrid, 1999. Reúne las actas
del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiología
Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED, celebrado en
Cuenca del 25 al 28 de junio de 1998.
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4. Sobre esta cuestión declaré lo siguiente con motivo de la
publicación de Anarchía 36: "Escribí la obra en 1970 consciente
de que por dos razones era impublicable. La primera, obvia, porque la
censura no la hubiera tolerado. La segunda por pura cuestión de ética.
No hubiera sido honesto juzgar críticamente algunos aspectos de la
actuación del partido comunista durante la guerra civil española […],
precisamente en un momento en que su voz sólo llegaba desde la
clandestinidad y en el que estaba pagando un doloroso tributo de
sangre y cárcel en su lucha, junto a otras fuerzas democráticas, por
acabar con la dictadura franquista" (López Mozo, 1978: 1). La libertad
moral para dar a conocer mi obra me llegó en abril de 1977, cuando el
Partido Comunista fue legalizado. La obra se publicó ocho meses
después.
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5. Los autores de El Fernando fueron José Arias, Ángel
García Pintado, Jerónimo López Mozo, Manuel Martínez Mediero, Luis
Matilla, Manuel Pérez Casaux, Luis Riaza y Germán Ubillos.