Número 7. Enero de 2003

Editorial
Y sin embargo se mueve

Desmintamos el ordinario inmovilismo que se le imputa al teatro asturiano. La atonía y resignación a que estamos acostumbrados, a veces, no lo es tal si admitimos que esa monotonía alterna con movimientos casi imperceptibles pero lo suficientemente relevantes como para modificar la realidad. Pese a las apariencias, no todo siempre es lo mismo. Basta contrastar la Asturias teatral de hace veinte años con la del presente para aseverar que ya nada será igual.

La creación en 1986 del Instituto del Teatro y de las Artes Escénicas, principalmente dedicado a la formación de intérpretes, produjo en los 90 las primeras promociones de actores con intención de profesionalizarse. La reconversión de algunos grupos existentes en empresas y la creación de otros nuevos en la misma línea empresarial, así como la creación de la Asociación de Compañías Profesionales y el sindicato de la Unión de Actores, afianzó la idea de que el camino emprendido hacia la profesionalización era el modelo que correspondía a los 90 en consonancia con los cambios efectuados en el resto de España. Aunque la realidad asturiana exigía también un tratamiento especial hacia otros grupos de producción estable, algunos con gran solvencia artística, pero sin voluntad manifiesta de profesionalizarse (los llamados grupos semiprofesionales), las políticas de la Consejería cerraron filas a favor de la nueva situación instaurando programas específicos para los profesionales —muy en precario, todo hay que decirlo— pero también recortando aún más las ya muy raquíticas ayudas a cualquier otro tipo de asociación, cuestionando seriamente su existencia. La no contemplación de una doble vía de convivencia, profesional/no-profesional, forzó a la mayoría de las compañías a la profesionalización como única alternativa de supervivencia, conformando todo el entramado que hoy podemos presenciar: masificación de grupos profesionales para un inconsistente mercado regional, fragmentación y debilidad de propuestas, insolvencia económica y artística en la mayoría de los casos para afrontar proyectos competitivos en el mercado nacional, y una política teatral muy poco previsora que, incapaz de adelantarse a los acontecimientos, va, por inercia, muy a remolque de los mismos. Problemas todos a los que hay que enfrentarse sin demora. Aunque se pueda dar por hecho que la incertidumbre laboral en el teatro, como la crisis, es una cualidad inherente a la profesión —y hasta positiva, dicen—, nunca conviene llevar el dicho más allá del chiste. Organizar y estructurar convenientemente el teatro en Asturias es una necesidad apremiante.

Ahora la reconversión del ITAE en Escuela Superior de Arte Dramático supone un gran salto adelante y un nuevo reto que hay que respaldar sin prejuicios. En principio no cabe más que felicitar a los políticos y al resto de agentes implicados en su consecución —disputas pasadas y huelguistas incluidos—. Para los alumnos representa la conquista de una de sus viejas reivindicaciones y el reconocimiento a los estudios realizados, nuevos presupuestos, ampliación de temario, aumento de profesores, y en general una mejora en la calidad de enseñanza. Para el resto de la sociedad asturiana el cambio incrementará el prestigio que como comunidad nos corresponde dentro del país. Si a la larga se consigue un acercamiento entre Universidad y teatro a través de la enseñanza, todos saldremos ganando. El borrador de convenio colectivo que prepara la Unión de Actores para regular la vida laboral del actor hasta diciembre de 2003 también será otro añadido dinamizador que reforzará la profesionalización como una realidad irreversible. Su aprobación exigirá un consenso y compromiso entre compañías, sindicato y administración. Si esto se consigue y va acompañado de una política teatral decidida que sin inhibirse sepa estar a la altura de las circunstancias, y entienda que el porvenir de buena parte de los futuros licenciados ha de estar aquí, nada impedirá pensar que el horizonte que se avecina será para mejor.

 

  

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