Fernando Martín Iniesta, murciano, de Cieza para ser exactos, nacido en 1933, es un autor de fuerte compromiso social con una amplia trayectoria que abarca publicaciones dramáticas (Tres piezas rotas, Trilogía de los años inciertos, Teatro canalla, Tierra de nadie...), textos poéticos (Hombre del pueblo, Sonetos de la isla, Libro de inocencia...) y prosa (Trece cuentos de terror). Ganador de diferentes premios, entre ellos el Plaza Mayor en 1983 y el Tirso de Molina en 1961, es uno de los dramaturgos más interesantes de los surgidos a mediados del XX, entre cuyos objetivos se encontraba la lucha desde el intelecto contra la figura del dictador que oprimía al pueblo. Todo su teatro, incluido el de la etapa democrática, supone una denuncia, y quizás por ello —además de por su voluntario retiro de camarillas y otros grupos—, apenas se representen sus textos en la actualidad, época de grandes musicales y de un pésimo teatro oficial. La siguiente entrevista se realizó en Colmenar del Arroyo, pueblo madrileño en el que vive actualmente entregado a la soledad creadora. Allí, en el jardín de su casa, bajo un majestuoso olmo y sobre un puente romano, charlamos de cosas varias, no sin antes almorzar una buena tortilla de bacalao preparada por el propio Fernando.
Empezaste escribiendo poesía e incluso has publicado algún poemario, y también has escrito prosa, pero ¿por qué elegiste la literatura dramática como el motor principal de tu obra?
Esto obedece a dos cosas: primero por un problema de dimensión que va con mi carácter y segundo con algo que va unido totalmente a mi concepción esencial del teatro y es que yo creo que éste nace en el momento justo en el que alguien dice "no"...
En el instante en el que se genera el conflicto.
Exactamente. Cuando Prometeo se revela es cuando nace el verdadero conflicto. Cuando el hombre se revela contra los dioses, contra el azar, contra los hombres, contra la sociedad o contra sí mismo. Ésta es la esencia profunda del conflicto y lo que crea el género dramático, diferenciándolo del narrativo o del poético... Yo te diré que por la poesía tengo tal veneración y respeto que me da miedo escribirla. Pero la razón por la que opté por el teatro radica en que el conflicto va con mi carácter, con mi actitud ante la vida.
¿El teatro es el mejor género literario para luchar contra la injusticia?
Para mí sí. Hace algún tiempo vi a un actor recitar la guía de teléfonos y el público se reía y disfrutaba mucho con aquello. Para mí eso no era teatro, sino espectáculo, porque la gente aunque lloraba y reía no sabía por qué lo hacía. Entonces vi una cosa y era que para lo que yo quería decir tenía que buscar la otra cara del teatro, que a veces se olvida, y que es la representación. Ésta sólo se puede hacer con hombres y con las cosas de los hombres. A mí juicio por medio del teatro es como mejor se puede reflejar la denuncia a la injusticia social, lo que no quiere decir que sea eficaz. El teatro no cambia la vida, pero sí puede cambiar la conciencia de ciertos hombres.
¿El buen teatro debe ser comprometido?
Hay una cosa que está perfectamente clara y es que si el teatro, tal y como yo lo veo, es un "no" y es una rebeldía, el compromiso es algo que ya viene implícito. Yo intento responderme a esta pregunta en el libro que estoy escribiendo, Curso de antidramaturgia, y para mí un autor comprometido es el que cree en la eficacia de la palabra. Si ésta es eficaz se está creando un problema moral y el teatro es un acto moral porque refleja al hombre y sus conflictos. Además hay algo muy importante y es que el teatro es un hecho social, y esto se está perdiendo.
Dejemos claro una cosa: cuando hablas de teatro, ¿te refieres sólo al texto o también al espectáculo?
Hablo de la totalidad, pero a mí me conviene dejar claro que yo soy por encima de todo un autor de texto dramático, y ésta es la base. La otra parte del teatro, la representación escénica, es la que puede hacer eficaz al texto. Para ser auténticamente eficaz el texto necesita del espectáculo.
¿Está infravalorado actualmente el teatro de texto?
Se ha desvalorizado, pero creo que se está volviendo a tener conciencia de su importancia. Los que han tenido el protagonismo del teatro en los últimos tiempos han sido los actores y los directores, y éstos han buscado aquello que para su lucimiento personal pudiera resultarles más rentable, incluso a veces cometiendo atrocidades. Yo acabo de tener una experiencia mala con un texto mío, Irene y el domador de estatuas, con la que el director ha hecho lo que ha querido. La ha montado un grupo de Salamanca y quiero dejar constancia de que han hecho con mi obra todo lo contrario a lo que yo quiero decir.
Cuando un director coge tus obras, ¿eres consciente de que lo que él va a hacer, al menos formalmente, es otra cosa diferente a tu texto?
No, no tengo esa conciencia porque no debe ser algo diferente. Lo primero que yo les pido a los directores es que no se diga gris donde yo digo blanco. A mí me importa un comino cómo me digas ese blanco, poniéndome nieve, cal o espuma de mar. Me da igual. Yo en la forma no me meto, pero hay que respetar el contenido del texto. Constantemen-te vemos actores y directores que sacrifican el texto para su lucimiento personal.
¿El autor debe tener mayor poder de intervención en la puesta en escena?
Si es tremendamente perjudicial el hecho concreto de que un director haga lo que le dé la gana, tampoco es bueno que el autor se meta demasiado. El autor tiene de la obra unas imágenes eminentemente literarias y a veces no tiene conciencia clara de qué imagen gráfica es la más eficaz para contar aquéllas.
¿Los autores actuales de teatro son conocidos por sus obras o por los espectáculos que se hacen de ellas?
Por sus textos creo que al único al que se le puede conocer es a Jerónimo López Mozo. El resto de los autores, al menos muchos de ellos, tienen sus propias compañías. Hoy es casi imposible estrenar si no la tienes.
¿Se continúa haciendo mucho teatro culinario?
Sí, sí, lo vemos todos los días. ¿A qué viene que se representen ahora comedias americanas de hace veinte años?
Forma parte de un mercado.
Sí, pero los que tienen el poder en sus manos no entienden todavía el mundo en el que están viviendo. La sociedad de consumo se define por crear la necesidad antes que el producto. Lo que hay que hacer es buscar la forma de llegar a la gente con buenas cosas.
¿Qué ha cambiado en el teatro desde que comenzaste?
La actitud. Cuando yo empecé, al teatro sí se le veían una auténtica misión social, era un revulsivo, y se pretendía crear la conciencia de que España no iba bien. Pero como ahora España va bien... Cuando se inicia la Democracia hay un propósito por parte de los partidos políticos para matar la memoria histórica y dejar en el olvido todo lo anterior. Esto mismo se hizo con lo literario y por eso se ha marginado a muchos autores de esa época. Sin una conciencia y una memoria histórica es imposible valorar lo que hoy está aconteciendo. Hay una serie de autores que se han criado en la falta completa de esta conciencia. Hace algún tiempo vi una representación sobre el tema de la inmigración tratado frívolamente. ¿Cómo se puede hacer esto con un problema tan grave? Ahora se pretende decir que la delincuencia es fruto de la inmigración, cuando el primer derecho que tiene un preso es huir y el que tiene un tío que no tiene para comer es robar... Bueno, pues la conciencia de todos estos problemas actuales son muy pocos los autores jóvenes que la tienen.
En toda tu obra sí está muy presente la conciencia social.
Sí, desde el principio. Es que, por ejemplo, unas doscientas familias poseen como cuatro veces el capital social del resto del mundo. ¿Es misión del dramaturgo denunciar estas cosas? Es misión del hombre.
Ese compromiso se ve incluso en tus obras infantiles.
Sí, yo he pretendido siempre salir de esos cuentos ñoños en los que se dice cómo ser un buen rico y donde el pobre debe resignarse a seguir siéndolo, salvo que sufra una transformación por medio del trabajo y el valor. El cuento infantil cuando no se da con un verdadero sentido de claridad mental es un ultraje y una canallada para los niños. Cuando escribí El mago de Oz me planteé que los personajes principales —la niña, el León, el Espantapájaros y el Hombre de Hojalata— lo que habían perdido era la confianza en ellos mismos.
Las andanzas de Pinocho, publicada en 1972, es otra pieza infantil.
Sí, la escribí con otro autor y me costó mucho trabajo que tuviera ese sentido social porque la mentalidad de mi compañero no era la mía. Era una búsqueda de la verdad.
La primera obra que publicaste fue El parque cierra a las ocho en 1959.
Sí, con ella quise contar la conciencia de la libertad. Está centrada en un parque público donde hay un cartel que dice "Este parque se cierra a las ocho" y, claro, hay que quitar ese cartel.
¿Cuál era La tierra prometida?
Todas y ninguna. Creo que es la primera obra que se escribió sobre la corrupción. Se llevó el premio Plaza Mayor en 1983 y se estrenó en París.
Después publicaste No hemos perdido este crepúsculo y Quema-dos sin arder, recogidas posteriormente, junto a La herencia de lo perdido, en el volumen Trilogía de los años inciertos.
Dicen que es lo más interesante de mi obra, algo que yo no creo. No hemos perdido este crepúsculo es el nacional-catolicismo, Quemados sin arder es la oposición al franquismo y La herencia del pasado es la época del desencanto. Yo me colé en una representación de No hemos perdido este crepúsculo en Cuenca sin que la compañía supiera que estaba allí y así poder ver la reacción del público. La gente joven calaba mi obra y eso me hizo pensar que había tocado la condición humana con todas sus consecuencias.
¿Quiénes son Los enanos colgados de la lluvia, una obra estrenada en 1959 y publicada en 1987?
Era este pueblo que no quería ver claro lo que estaba pasando entorno suyo. Esperan a que llueva y no llueve. Esta pieza está dentro de la trilogía Tres piezas rotas.
¿Qué es el Teatro Canalla?
Llevar con auténtica libertad determinados temas que son canallas en sí. En el volumen hay varias obras, entre ellas Tres tintos con anchoa, El día que ahorcaron a Lope, La venganza de los inocentes. Actualmente se prepara el siguiente volumen.
¿Cómo surge la durísima Tierra de nadie, tu última obra hasta el momento?
Vi que el tema de la suciedad de la guerra sólo lo había tratado Arthur Miller en Todos eran mis hijos y había otra cosa que me interesaba tremendamente: la utilización del arte por los políticos y esa indefensión que tenemos los escritores. Y así busqué esa situación tan extrema y esos personajes.
La Iglesia está presente en tu obra como un estamento terrible. Por ejemplo, en Tierra de nadie uno de los personajes principales es una monja con ciertas dudas.
La Iglesia es una hija de puta en toda la extensión de la palabra. Saramago dice que la culpa de lo mal que va el mundo es de Dios, pero la culpa la tiene la Iglesia.
Cuéntanos algo de ese ensayo que preparas con el contundente título de Curso de antidramaturgia.
A través de dos personajes analizo todo lo que pasa actualmente en el teatro español desde todos los ángulos. Por ejemplo, uno de los personajes, Tiresias, que tiene un taller de dramaturgia, dice "un patíbulo para degollar inocentes".
Para finalizar, Fernando, ¿en qué consiste tu libertad como autor?
En decirle a la gente lo que no quiere oír.