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Editorial
Debate: Crítica a escena
En defensa del melodrama
Dislates: La caja
Actores asturianos en Madrid
Entrevista a Laureano Mántaras
Texto: Berlín
Premios "Asturias" del teatro
Personajes (en busca de actor)
Con las armas del gesto y la palabra
Conclusiones del II Salón del Libro
Revistas de teatro
Encuentros en Verines
A de Autores: ponencias
El estado de la danza
Crítica de espectáculos
Libros
Bibliografía de López Mozo
Libros
Viaje de un actor por la Comedia del Arte
Claudia Contin
Traducción: Moisés González. Colección Sobre Escena. Editorial Oris. El Entrego. 2001.
Se puede escribir algo nuevo, interesante y vital sobre una disciplina tan antigua como la Comedia del Arte? ¿Algo práctico y que a la par ilumine sobre la trayectoria de quien lo hace? Así lo ha hecho la excelente actriz y pedagoga Claudia Contin. Nacida en 1965, formó parte de la importante compañía Attori&Cantori y además en 1990 junto al director Ferrucio Merisi –con el que realizó un trabajo atento y despiadado en sus palabras (página 58), para basar movimientos y actitudes de los personajes–, es fundadora de la Escuela Experimental del Actor. Libro limpio, claro, entretenido, conciso, baratísimo, ilustrado con 50 fotos de la autora, muy apetecible para aficionados y docentes. ¿Cómo ha llegado hasta Asturias en singular traducción, excelente por otro lado, del actor de Teatro del Norte, Moisés González? Pues, efectivamente, a través de la relación entablada con el director de esta formación asturiana Etelvino Vázquez, según explica en cariñoso y clarificador prólogo. Por un lado al descubrir el interés de Teatro Margen y el propio Telvi hacia la “comedia” desde 1978 con el espectáculo De Vita Beata. Un interés que en Etelvino aún prosigue, según se atisba en sus funciones y culmina en la amistad actual con Claudia Contin. Y que en Margen igualmente, pasa por sus obras bufas e incluso llega, según se ha visto este verano en su cartel del Teatro en el Fontán, con la programación de dos piezas del renovador de la comedia del arte, Goldoni, desgraciadamente en interpretación afeada por micrófonos. Contin ha impartido su disciplina y exhibido gigantescas dotes farsescas en nuestra región, por medio de un viaje de coleccionismo de máscaras y gran afición a la vieja Comedia. Escritora de generosidad bien evidente según leemos en Etelvino, debemos indagar si en el plano teórico aporta algo a la biblia documental, espléndida y ejemplarmente ilustrada sobre El mundo de Arlequín, de Allardyce Nicoll (Cambridge, 1963) que en España publicó Seix Barral. Escrito en un plano diferente al académico (también alejado de la indagación literaria de la chilena María Luz Uribe (1963, Destino Libro, Barcelona 1983), en tono divulgativo y ameno se divide en dos partes bien diferenciadas. Por un lado la propia experiencia de actriz, por otro, técnicas de movimiento y adiestramiento práctico para distintas tipologías y arquetipos como los Zanni, Arlequín, Dottore, Il Capitano, Pantalone, Colombina, etc., que ella llama en difícil traducción del italiano el Mondólogo, combinación de dos palabras: mundo (mondo en italiano) y monólogo. Viaje y representación pues. Mundo en fin de máscaras de media cara, que en suma es el teatro italiano del XVI, aún en vigencia según vemos en la renovación de artistas tan jóvenes. Creemos ver un libro vivo, repleto de acotaciones de puestas en escena, alusiones a los distintos maestros y su magisterio, y bibliografía italiana, datos de creación escénica, antecedentes de representación, alguna concordancia iconográfica (interesante el estudio de los 24 grabados de Jacques Callot de 1621, desgraciadamente no reproducidos), y en páginas finales un acercamiento a otras disciplinas teatrales de Oriente como el Kathakali. Si Arlequín, como ella dice, es un animal, un demonio que atrae y asusta, para llegar a ese ajuste con el personaje, Claudia elige, con una receptividad enorme, que la lleva a decir que he descubierto que en el teatro tradicional encontramos cosas importantes que aprender, una autoexigencia encomiable de selección, limpieza y repetición, para fijar elementos que crean estos personajes bufos, cuya vigorosidad escénica en la escena occidental no tiene comparación. No sólo en el movimiento, y en la codificación de pasos, sino en la mirada, en las relaciones rítmicas, y en la voz con la creación incluso de una jerga que ella llama el arlequinés y la teoría del pensamiento físico. En resumidas cuentas estamos ante un libro estimable que ilustra un teatro que proporciona bases de la comedia del siglo de oro español, el nacimiento del melodrama francés, ha influenciado el teatro de Shakespeare, y seguramente el origen del nonsense en la literatura, las vanguardias estéticas, el dadaísmo, el absurdo o el surrealismo. Un teatro que hemos podido ver en una docena de grupos desde hace 20 años por Asturias, en contadas ocasiones italianos, o en productos de su influencia que ejercen una soberanía mayúscula aún en el teatro de títeres, también en algunos buenos clowns de circo. Recuerdo el ejercicio de Maxi Rodríguez que se titulaba Alucina Colombina, juego divertido, comunicativo y esplendoroso con Belén y Jose Miguel con quienes colaboré en algunas funciones. Al ver las imágenes de Claudia Contin en su libro, al leer sus documentadas palabras no puedo olvidar esos momentos con Cestón de Máscaras, Pipo y Mari o Toaletta, cuya desaparición ha coincidido con este año. Claudia ha hecho un libro hermoso, que habla de disciplina, enseñanzas, representación y divertimento. Añoranzas de personaje universal, carnavalesco, infantil. Ancestral espantajo, temible y amable. Generador de ilusión.
El genio de Shakespeare
Jonathan Bate. Colección Ensayo y Pensamiento. Espasa Calpe. Madrid 2000.
Leemos un ejemplar bello y raro, sobre Shakespeare, su vida, su obra y problemas que surgen de la unión de ambas. Gentes posteriores a mi generación desconocen absolutamente quien es. Y no digamos qué escribió. Por eso me ha impresionado y divertido como hacía tiempo no ocurría, el descubrir toda una colección de supersticiones sobre el más grande autor del drama inglés moderno y universal que siguen cautivando la imaginación popular. No sólo ameno y doctísimo, documentado y bien escrito, sino hasta hilarante en el tono irónico de su joven autor, Jonathan Bate (1958). O al menos así me lo parece y lo ejemplifico como una rareza que no suele aparecer, el humor en los estudios críticos. Hoy día muchas personas se acercan, como corresponde a una época de banalidad encumbrada, a la figura de Shakespeare con la desorientación del chismorreo. Hay quien supone que no ha existido, en ocasiones quien dice esto, cree que no es Shakespeare el autor de sus propios sonetos y obras teatrales. Para otros se trata de un seudónimo, o si existió y no se trataba del propio Marlowe que trabajaba con sobrenombre, no puede por menos que ser un suplantador, un simple (y educado, o sea, formado), copiador, o copista (multicopista), o el negro de un escritor aristócrata (alguien con más formación de clase, y no un simple campesino educado en una escuela rural), o de un político como Francis Bacon. Finalmente hay quien ve la mano femenina en todo ello, hasta la de un homosexual (el Pink Power, desde luego no podía faltar). Para rematar me encuentro este verano con el hallazgo de quienes me hablan con cierto frenesí del gran poeta dramático porque han sabido que, como ellos, Shakespeare, fumaba porros. Shakespeare existe, luego fuma porros. De los nuestros. O es que alguien se imagina a alguien creando belleza, pulcritud, tortura literaria, sin estupefacientes, o por mejor decir estupido-facientes (facedor de estúpidos). Desde luego sólo falta que haya frecuentado el baile de cabeza, el hip-hop, sea el precursor del rap, le gustase el bacalao, tuviera piercing en el ombligo, sea bisexual (según cuadre), y haya salido a divertirse sólo los sábados a partir de las 4 de la mañana. Pero no es invento mío, e incumbe a clases más doctas una especulación no menos alucinada. Dice Bate: “En el edificio de Toxteh, donde escribo esto, hay un vecino que lleva cuarenta años entregado al mismo proyecto: un libro que demostrará de manera concluyente que las obras de Shakespeare fueron escritas por el traductor y lexicógrafo angloitaliano Jhon Florio. A unos cuantos kilómetros de aquí, en la zona sur de Liverpool, un abogado jubilado que conozco está descifrando unas alusiones crípticas en las obras de Enrique IV que, según él, ponen de manifiesto que las obras de Shakespeare fueron escritas por Gilbert Talbot, séptimo conde de Shrewsbury (...) H. Rendall (en la Universidad de Liverpool) a la edad de ochenta años se convirtió a la teoría de que las obras fueron escritas por Edward de Vere, séptimo conde de Oxford (...) A.W. Titherley, antiguo decano de la Facultad de Ciencias de la misma universidad, publicó en 1939 el primero de sus cuatro libros deonde defiende la causa de William Srtanley, sexto conde de Derby”. En fin son innumerables los datos que pueblan este exhaustivo estudio sobre la vida y obra de Shakespeare, que creó una leyenda desde el momento en que su primer biógrafo quiso saber sobre su vida más que el mismo autor. Recibido como un advenedizo por la clase literaria de la corte isabelina, se forjó un tempestuoso sitio en el drama inglés y supo retirarse a tiempo. A las incógnitas de su vida, Jonathan Bate responde con un ingenio nada especulador, y de una minuciosidad científica, que llena de interesantes propuestas toda esta gran obra de creación crítica. Pero Bate se quedaría sólo en una versión del voyeur, si se mostrase sólo como un espectador de noticias y lecturas precedentes. No solamente descifra, hasta dónde se pueda, la verdad sobre dos preguntas fundamentales ¿quién y qué es Shakespeare?, sino que partiendo de lo que ha pasado a ser una vida anédótica, en su palabra, pasa a concebir las dificultades para conocer sus intenciones en los poemas autobiográficos, las dudas sobre su autoría, la polémica con otro gran creador, y rival, Marlowe, y su proyección en la literatura. Su paso a ser un poeta universal apropiado por Alemania o Francia, o Rusia de Goethe a Tolstoi o Víctor Hugo, quien analizó su obra a través también de la tipología del teatro isabelino y de la imaginería romántica. Pero además estudia el concepto de genialidad y genio en el autor inglés, desde su formación medianamente universal y clásica, la influencia de Ovidio y Erasmo, su valor como estandarte y poeta nacional, hasta pasar a ser generador de la literatura universal, la potencialidad de su representación y su visión en el siglo XX -por ejemplo en Jorge Luis Borges que ha creado esa magnífica alegoría de nuestro autor en El hacedor-. Hasta el análisis del Shakespeare cuántico, evidentemente desde la ironía de los juegos de palabra de Wittgenstein. Estamos ante un libro grande, enorme, no sólamente en la cuantía de sus páginas, si no en la de la profundidad del estudio, que revela datos de forma brillante sobre el gran creador de la profesión de dramaturgo, Shakespeare. A quien sus contemporáneos alteraban su apellido: el hombre orquesta (fac totum, el que lo hace todo en el teatro), el sacude-escenas (Shake-secene), o el sacude-lanzas (literalmente: Sake-spear, según su biógrafo el gran poeta Ben Jonson. ¡Sí! podemos decir que Shakespeare exisitió. No es descabellado pensar que de la misma manera que un estudiante de una modestísima escuela rural como él llegó a conocer y concebir -sin ser original, obras maestras de la literatura, grandes arquetipos del dolor dramático de la existencia-, es probable que la soberbia de los que navegan por Internet, los que amasan datos inútiles de la televisión, conocen la influencia de astros, piedras, o perejil, en el ser humano, o crean religiones de cualquier bárbara creencia, dejen muy pocas obras para la posteridad del arte universal. Efectivamente podemos decir que existió Shakespeare, del mismo modo que Ben Jonson es alguien más que un atleta negro, o Jethro Tull fue un campesino antes que un genial flautista del rock, o que David Copperfield es un personaje de Dickens antes que un peripuesto mago de hoy día, por supuesto que Hengelbert Humperdick y Tom Jones han ursupado sus nombres, desde luego no su voz, a la literatura inglesa. Shakespeare, lo desvela de nuevo Jonathan Bate, y de forma grandiosa, ha de ser apropiado y reinterpretado por generaciones futuras, como lo ha sido hasta ahora, lo que es su grandeza. Ha sido, y lo seguirá siendo el centro y el cetro de las incógnitas que ha labrado el hechizo antiguo del hombre por el teatro.. Y el espejo, ese espejo, la vanitas de la pintura, que es tanto el vulgar vidrio donde se miran los contemporáneos, de cada momento en la escena, como aquel cristal en el que se refleja el paso del tiempo y la sonrisa final de la calavera de Hamlet. Telón.
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