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Editorial
Debate: Crítica a escena
En defensa del melodrama
Dislates: La caja
Actores asturianos en Madrid
Entrevista a Laureano Mántaras
Texto: Berlín
Premios "Asturias" del teatro
Personajes (en busca de actor)
Con las armas del gesto y la palabra
Conclusiones del II Salón del Libro
Revistas de teatro
Encuentros en Verines
A de Autores: ponencias
El estado de la danza
Crítica de espectáculos
Libros
Bibliografía de López Mozo
Críticas
Paseando la vejez
Francisco Díaz-Faes
Paseando a Miss Daisy
de Alfred Uhry, en versión de Antxon Olarrea. Dirección: Luis Olmos. Intérpretes: Amparo Rivelles, Mario Vedoya e Ildelfonso Tamayo. Escenografía: Jon Berrondo. Vestuario: María Luisa Engel. Iluminación: Quico Gutiérrez. Música: Yann Díez Doizy. Teatro Campoamor de Oviedo. Programa “Teatro en Otoño”, 15 y 16 de octubre de 2001.
Como el pasado año –para el teatro infantil– del 2 al 5 de octubre de 2001 Gijón disfrutó del Foro dedicado a la danza nacional organizado por el Centro de Cultura del Antiguo Instituto. Igual que ocurre con el teatro, es mucho lo que tienen que hablar los profesionales de la danza entre sí. Pero preguntémonos: ¿tienen, de la misma manera, algo que decir con sus actuaciones hechas no sólo para ellos, programadores, funcionarios y políticos que los subvencionan? A través de funciones en confrontación con el público y dos jornadas de análisis del cuerpo como eje creador en el espacio, ¿se vio o dijo algo claro? ¿Hay desconocimiento y desinterés hacia esta disciplina, salvo honrosas excepciones, del propio teatro? Tomemos nota de las ideas manejadas en estos días, ante la promesa de publicar actas de trabajos, realizada por el Ayuntamiento, profundizando en este antiguo arte. Arte que queda a veces en simple o complicada técnica, o con mayor ahínco, en total, demoledora y pertinaz falta de técnica. Se habló de los elementos creativos del teatro gestual y la pantomima. La relación con la danza y su futuro generando ambiente –han dicho– uniéndose, dejando rencillas, conociéndose (según la bailarina Olga Mesa, a la que alguien dijo, tras su actuación y exposición no entender nada). O exigiendo a la Ad-ministración, (¿se puede entre no iguales y sin autoridad artística exigir a una autoridad política?). Y subvencionando actuaciones, creando un centro de recursos, postulando uno de enseñanza y luego otro coreográfico (Beatriz Martínez del Fresno), etc. Hay un ambiente de conservadurismo muy grande en programadores públicos: empresarios públicos con mentalidad privada, dijo José Manuel Garrido anterior director del INAEM. Para quien el teatro, más industrial que la danza, ensaya fórmulas valencianas: devolver subvenciones según se vaya actuando para no vivir siempre del pan de la Administración (¿no se lleva él como otros, pan y migas de mesas redondas?). Admitimos que ¿la danza es una coordinación estética de movimientos corporales (recogiendo) elementos plásticos, grandes gestos o posturas corporales (...) en composición coherente y dinámica?, o que el hombre ¿realiza esa “construcción” plástica inspirado por sentimientos de orden superior? ¿No son estas sabias palabras de Adolfo Salazar de 1948 las que hoy deberían ajustarse, cuando muchas veces ni hay coordinación, estética, movimientos, coherencia, dinamismo, ni por supuesto orden superior? La danza se ha deshecho del ballet, por cierto mucho más moderno, y cuando aparece como en Gijón en toda su grandeza, extasía. Sólo falta que pueda ensayar en buenos locales y se distribuya alguna vez con cierta libertad de mercado.
El genio del pateo
Tap dogs
por la Compañía de Teatro de Sidney. Teatro Jovellanos de Gijón, 23 y 24 de octubre. 20,30 horas.
Tras la Big Band del centenario del teatro Jovella-nos, con un virtuoso bailarín de claqué, español por cierto, no se ha visto nada igual en los escenarios asturianos. Desaprovechada la estancia en la villa durante casi 2 años del mimo Enrik Duda, formado en la escuela Astaire en Nueva York, llegó esta magnífica agrupación del continente inmenso y exultante que es Australia. Tal vez tras la actuación del grupo Stomp de percusión con objetos, tampoco nadie, dentro de la danza moderna, alcanzó en los últimos años un grado tal de complejidad y originalidad escénica. Hora y media en distintos niveles, alturas, planos inclinados, llegando hasta el baile invertido con uno de los artistas colgado del arnés en danza cabeza abajo. Auténtica belleza, espectáculo colosal de factura limpia, espléndidamente trabajada, en que interviene también la colaboración del público con chasquidos de dedos, palmoteos y, como en el caso, un general pateo de asentimiento y ovación final. El sonido directo del músico y de patadas, punteos y zapatos remachados, es vertiginoso, emocionante. Llevando la imaginación al mundo del cine con perfección de un Bailando bajo la lluvia, que aquí también se homenajea en número de humor. El humor junto a la destreza son constantes en la representación, presentada como exhibición y despliegue de facultades desde que sale el primer bailarín, alardeando movimientos con su chicle. Si el vestuario es pobre, no es menos universal, pues es ya común a la civilización occidental, medio rappera, o de hip hop, con pantalones de tiro bajo, o rotos, chalecos, camisetas marcadoras, viseras del revés, jerseys deslavazados atados a la cintura, todo en aire de desenfado común a la juventud. Lejos queda el refinamiento y grandiosidad de Cyd Charisse, por no mencionar a la Rogers, Gene Kelly, Astaire o algunos de los bailes del propio Sinatra, sin descuidar el virtuosismo de Gades, Canales, el mismo Antonio o Rafael de Córdoba. No menos lejos del carácter folclórico de otras agrupaciones como las rusas o irlandesas en que el zapateado cobra rasgos estilizados de obra maestra. Mas los artistas son magos de su disciplina, iluminada con brillantez, incluyendo al espectador al que se enfoca con profusión de concierto de rock. Entramados de tirantes, escenario transformado en mecano, y juego de máquinas amoladoras, serruchos mecánicos lanzando esquirlas iluminadas, han llevado al paroxismo del juego y la diversión. Bajo 6 pies enormes bailarines.
Meterse en un jardín
El guante de Gilda
. Escrita, interpretada y dirigida por Jorge Moreno. Por Konjuro Teatro de Gijón. Con: Cristina Cillero, Xana Menéndez, Sonia Vázquez, Juanjo Rodríguez, Marcos Tuero, Maribel Trejo. Teatro Jovellanos de Gijón, 17 de octubre, 20,30 horas.
Las relaciones del teatro y la jardinería son amplias. En esta pieza del joven grupo gijonés aparece como en una de Darío Fo un ladrón, que aquí se mete en un jardín para robar. Pero esta expresión también indica lo que hace un actor cuando se pierde en un texto y no da pié a su partenaire. Konjuro Teatro no se pierde. Contribuyendo a la malversación del idioma por la identificación del uso de la letra k en su uso juvenil convencional –es decir, vulgar–, se presentó hace 2 años con la obra desternillante y fresca Ensayo Generalísimo. Si entonces pudimos advertir las virtudes de la escritura del autor e intérprete, ahora insistimos en el camino que conducía ya en su momento de la comedia al disparate. No estando mal una y otra, es muy diferente disparatar de hacer reír. Y entre la risa encontramos la facilidad del chiste o la facultad del gag. Este homenaje a Jardiel Poncela coincidente con el centenario de su nacimiento celebrado ahora, lo menos que se puede decir es que desbordó en algunos pasajes imaginación y comicidad, cayendo en cierta gratuidad de otros. Más lo que sostuvo es el divertimento general. Divirtió sí por la buena interpretación de personajes absolutamente chirriantes y ligeros, que harían las delicias de su inspirador. Con pinceladas de Woody Allen, y la deuda manifiesta al Fo de la versión de Teatro Casona de No hay ladrón que por bien no venga. Ha sido magnífico el comienzo dialogado con intensidad, y juegos verbales, muy surreales, preparando una ensalada histriónica apuntada en caricatura de actores. Tres actrices farsescas en papeles de intensidad, y guiños del autor al cine y al teatro, con habilidad digna de encomio y aprecio. Las concesiones a ciertos momentos previsibles, las juerguecitas para asegurar el aplauso y otras lindezas, junto a la dificultad de llegar a un final lógico, enturbiaron algo la acción: sin llegar al laberinto de un jardín se hicieron casi un lío. Pero ni tan siquiera ello desluce méritos de autoría e interpretación. Una Gilda exhuberante y jovencísima, pletórica de facultades, Marylin en un papel exagerado junto a su madre, que hacía de Marlene junto a los actores-caricatura contribuyendo a la formación de un gran equipo. La mejora de adecuación ambiental, escenografía e iluminación, y la progresión de la escritura tras la anterior pieza sobre la caja que sólo pude leer, compromete a seguir con avidez las noticias de este singular conjunto.
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