Número 29. Mayo de 2010

Zarzuelas de referencia

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Los sobrinos del capitan Grant, dirigida por Paco Mir.

Aurelio M. Seco

El Festival de Teatro Lírico Español que anualmente se celebra en el Teatro Campoamor de Oviedo ha presentado, tras los tres primeros títulos de la actual temporada, un notable bagaje artístico. El ciclo dio comienzo con Los sobrinos del capitán Grant de Manuel Fernández Caballero, con una versión escénica realmente genial de Paco Mir; después le llegó el turno a La viejecita y Château Margaux, sendas obras del mismo gran compositor murciano, fundidas por arte de Lluís Pascual en una sola propuesta que, aun aceptando algún concepto escénico algo confuso, dejó un muy buen sabor de boca. Por último, Doña Francisquita de Amadeo Vives, un magnífico trabajo de Luis Olmos, muy bien dirigido en lo musical por el catalán Miquel Ortega. El montaje de Los sobrinos del capitán Grant es del 2001, producido por el Teatro de la Zarzuela, con la dirección escénica de Paco Mir, conocido componente de Tricicle que realiza una versión realmente inteligente de la obra, una verdadera obra maestra que hace que el público se divierta como pocas veces hemos visto en un teatro. La versión se ha convertido, a nueve años de su creación, en un auténtico clásico del género lírico teatral más genuinamente español, una soberbia interpretación escénica que nadie en su sano juicio se debería perder. Del reparto sobresalen varios artistas, entre ellos el maravilloso Millán Salcedo. Fue un Mochila antológico, a la altura del Cherubini de Luis Álvarez o del Espasa de Luis Varela, por poner otros ejemplos de feliz coincidencia entre artista y personaje. Aurora Frías dibujó una delicada y elegante Miss Ketty que quizás podría haber aprovechado algo más sus recursos dramáticos. Richard Collins-Moore resultó un Sir Clyron casi ideal, y Fernando Conde, un doctor Mirabel espléndido. Mar Abascal interpretó a Soledad con notable gusto escénico. Inma Ochoa fue una Señora Trinidad convincente, y Xavi Mira un Escolástico que no sólo no desentonó, sino que acompañó con auténtica personalidad al resto del reparto. Como toda gran producción que se precie, los secundarios respondieron a un gran nivel, dotando a la versión de un soporte interpretativo extraordinario. Pepín Tre estuvo simplemente magnífico, al igual que Xavier Rivera-Vall, con un gran carisma escénico. No se quedó atrás el polifacético y divertido Carlos Heredia, ni Abel García, que dibujó un espléndido y divertidísimo general argentino. Antonio Torres llenó el escenario con su presencia y, Damaris Martínez, con su voz. Musicalmente dirigió la velada Luis Remartínez, que dio la impresión de ponerse al frente de la Oviedo Filarmonía más para pasar un trámite que para dotar a la versión de la calidad requerida. Con Château Margaux y La viejecita Lluís Pascual realiza un trabajo muy personal, y transforma las dos zarzuelas en una, refundidas en un mejunje algo confuso pero bonito de ver que, si en lo dramatúrgico no termina de funcionar, en lo estrictamente escénico no puede más que mover a la admiración. El reparto respondió a un buen nivel en general, incluido el Coro Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo, que mejoró ostensiblemente actuaciones anteriores. Sonia de Munck estuvo deliciosa en escena. Su voz es preciosa, pero su inconsistencia técnica hizo bastante incómodo su registro agudo que, en la obra, no fue precisamente algo anecdótico. Tanto ella como Emilio Sánchez tuvieron como virtud la dicción, a la que Sánchez supo añadir, además, su espléndida caracterización de Manuel Fariñas, y un gusto lírico extraordinario, mostrado con gran naturalidad, como si tanto talento fuese un aspecto fácil de encontrar. Axier Sánchez fue una Viejecita llena de virtudes escénicas. Cantando lo hizo bien, sin estar sobrado en el registro agudo. Jesús Castejón estuvo inspirado como Locutor, y Miguel Sola, José Manuel Díaz y Lander Iglesias acompañaron con un carisma evidente. En el terreno orquestal Álvaro Albiach resultó ser un director de poco carácter, que modeló con escasa firmeza la naturalidad del lenguaje de Caballero, dándole un toque amanerado poco eficaz, por su debilidad conceptual y laxitud estética.

Luis Olmos interpretó la célebre Doña Francisquita de Amadeo Vives con acierto, organizando el espectáculo por medio de una gran estructura que genera varios espacios diferentes, al tiempo que los unifica estéticamente. La idea funciona bien, y destaca por su sencillez y naturalidad dentro de la acción, sobre todo cuando se colorea con el precioso vestuario de María Luisa Engel. Del conjunto de intérpretes sobresalió María José Moreno, soprano de extraordinarias cualidades. Alex Vicens es un notable tenor al que pareció venirle ligeramente grande el papel de Fernando, aunque resolvió muy bien su personaje, dejando momentos líricos ciertamente emotivos. Nancy Fabiola Herrera —La Beltrana— estuvo magnífica en escena. Cantando no lo hizo mal, si bien hay que decir que se esperaba mucho más de una artista de su categoría. El Coro Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo tuvo una buena participación hasta el Coro de románticos del tercer acto, en el que estuvo desafortunado. Miquel Ortega hubiera necesitado muchos más ensayos para hacer su Doña Francisquita, pero lo que el compositor catalán consiguió con la insuficiente política de ensayos diseñada para la ocasión es digno de admiración, sobre todo si tenemos en cuenta la dificultad de la partitura. Él fue el principal artífice del éxito de la función. La sonoridad de la orquesta notó la exigencia del director, si bien es cierto que hubo muchas irregularidades interpretativas sobre las que convendría que la orquesta reflexionase.

 

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