
"Habría que quemar todos los
teatros", oiremos tronar a Rico en cualquier
conversación de teatreros. Con esta tarjeta de
presentación, el incombustible teórico del
biofuncionalismo, lo que nos está diciendo es que ya
hace muchos años que el teatro debía ser de otra
forma, que está muerto, o por lo menos agonizando en
esos espacios a la "italiana", coquetos y burgueses.
Puso en práctica sus
afirmaciones y lo vimos colgado de una grúa,
golpeado con un bate de béisbol, enjaulado para
escribir una novela, practicar el pressing catch...
pero también encarnar a Segismundo o a Ricardo III,
al simio del Informe para una academia de Kafka, o a
un personaje borracho de Fiódor Dostoyevski.
Su paso por el culturismo de
competición le dejó ese cuerpo serrano que
impresiona a los que no le conocen bien y por tanto
no saben de su bonhomía, su generosidad y sentido
del humor.