
Escena de Lorenzín o El camarero del cine.
Aurora Sánchez y José Luis
Campal Fernández
Los orígenes de la parodia, que toma como punto de partida
una pieza seria para ofrecer de la misma una versión
dislocada y caricaturesca –lúdica, burlesca y desinhibida
aun a riesgo de ser irreverente–, se remontan a la
antigüedad grecolatina; en nuestro país, este subgénero tuvo
una feliz travesía en el paso del siglo XIX al XX con hitos
como el hilarante astracán La venganza de don Mendo,
de Pedro Muñoz Seca.
De las varias definiciones que ha conocido esta modalidad
dramática, y a pesar de que hasta ha sido objeto de tesis
doctorales, nos quedamos con la que aparece en el diario
madrileño La Correspondencia (12-XII-1903), firmada
por Urraca, la cual asevera que «las parodias tienen
muchos inconvenientes y pocas, poquísimas ventajas.
Necesítase, en primer lugar, que la obra parodiada sea del
dominio público; luego es menester, para que el espectador
“entre en la parodia”, exagerar hasta lo bufo y marcar hasta
lo grotesco las situaciones y el diálogo; y, en fin de
cuentas, aun con el acierto mayor, la parodia es “flor de un
día”, brillo de satélite y fama de secretario particular».
Entre la riada de parodias que acapararon los escenarios
españoles hemos seleccionado ocho títulos que remedan
creaciones de primer y segundo orden (de Zorrilla, Galdós y
Echegaray a Benavente, Puccini, Wagner o Saint-Saëns), para
establecer la acogida que los medios escritos les
dispensaron y que ejemplifican el grado de popularidad de
una vertiente teatral con amplio eco y demanda en el arco
temporal en que más proliferaron estos ingeniosos y
disparatados divertimentos, que sufrieron, en la mayoría de
los casos, como veremos, el repudio o indiferencia de la
encopetada, y no siempre infalible, sociedad literaria.
I. Viruelas locas
Viruelas locas
es la parodia en un acto y tres cuadros del drama en verso
de José de Echegaray La peste de Otranto. Se estrenó
el 14 de enero de 1885 en el Teatro Lara de Madrid y sus
responsables fueron el escritor y político malagueño
Francisco Flores García y un incógnito Sr. Mora.
La Correspondencia
relataba, al día siguiente de su puesta en escena, cómo
había transcurrido ésta: «Anoche se estrenó con éxito
bastante satisfactorio la parodia del drama “La peste de
Otranto”. El público, que, como siempre en aquel teatro, era
numeroso, aplaudió los muchos chistes que tiene el juguete.
Al final de la obra, el Sr. Arana manifestó ser ésta
original de los Sres. Flores García y Mora, presentándose en
escena solamente el primero repetidas veces, en unión de las
señoras Valverde y Gorriz y los Sres. Arana, Manso, Mesejo
(E.) y Romea D’Elpas, que estuvieron muy acertados en el
desempeño de sus respectivos papeles, como también lo
estuvieron los demás actores que tomaron parte en la
ejecución».
El Globo
(16-I-1885) nos aporta más información, no sólo sobre la
obra, sino también sobre los autores, llegando a comentar
que «en los citados apellidos hay uno (el del señor
Flores García) que el público conoce mucho y otro (el del
Sr. Mora) que jamás hemos visto figurar en los carteles,
lógico es de suponer que este último se cubrió con el velo
del pseudónimo, y tuvo cierto interés en que no se le
conociera»; en este sentido, en el Catálogo de obras
de teatro español del siglo XIX, de la Fundación Juan
March, figura como segundo autor, junto a Flores García, el
zaragozano Julián Romea.
En cuanto a la pieza, el crítico de El Globo piensa
que «la imitación sigue a grandes saltos la obra imitada,
pero a un nivel mucho más bajo, como es natural (...). Quien
haya visto “La peste de Otranto” verá de qué modo tan sutil
reducen su argumento los autores de “Viruelas locas” hasta
el punto de no haber en el drama del Sr. Echegaray ninguna
situación culminante que no tenga en la parodia su pasaje
cómico relativo. (...) Han sido felices los autores en
algunos chistes de la parodia, que hicieron reír en más de
una ocasión a los espectadores. (...) La parodia de “La
peste de Otranto” no revela afán de satirizar acerbamente al
ilustre autor de aquel drama. Es solamente un motivo para
entretener y hacer reír al público de Lara».
II. ¡Simón es un lila!
¡Simón es un lila!
se estrenó el 15 de febrero de 1897 en el Teatro Eslava de
Madrid. Es la parodia en un acto de la obra del parisino
Charles Camille Saint-Saëns Sansón y Dalila (1877)
realizada por el dramaturgo riojano Enrique López Marín y
música de Luis Arnedo. Desde las columnas de El Globo
habla sobre ella Juan Palomo: «Tiene gracia, mucha
gracia, con lo cual se dice todo lo que decir se puede de
una producción de su género. López Marín escribe muy bien,
tiene ingenio, y en su nueva obra, versificada con soltura y
donaire, ha probado una vez más sus condiciones de poeta
satírico, capaz de hacer con rasgos de buen humor la
caricatura de una obra seria y magistral. El maestro Arnedo,
con suma habilidad, ha compuesto varios números de música
con motivos de obras diversas, pero arreglados con suma
discreción (...). En la ejecución se distinguieron Sofía
Romero, Carreras, Fuentes y Talavera. El público [quedó]
satisfecho por haber pasado un rato agradabilísimo» (16-II-1897).
No era de esta opinión el crítico de Nuevo Mundo (25-II-1897),
ya que sostuvo que ¡Simón es un lila! «no tiene
frase más ingeniosa que el título. Libro y música son de lo
más insulso que puede darse, y si eso es parodiar bien, poco
lo parece, porque de las situaciones de la ópera apenas
surge afortunada alusión con tinte cómico en la serie de
escenas deshilvanadas y sin sentido que constituyen la
parodia. Los autores no anduvieron muy afortunados y el
público que asistió al estreno, pagando caras las
localidades, tampoco tuvo la fortuna de ver justificado con
una obra entretenida y agradable el sobreprecio que pagó por
entrar».
III. La golfemia
La golfemia
es la parodia en verso de la universal ópera de Giacomo
Puccini La bohème (1896). Se estrenó en el Teatro de
la Zarzuela el 12 de mayo de 1900 con libreto del dramaturgo
madrileño Salvador María Granés y música del maestro Arnedo.
El rotundo éxito de esta versión lo confirmó El País
tras su primera función: «Los cuatro bohemios de la
novela de Murguer y de la ópera de Puccini son en “La
golfemia” cuatro golfos, en cierto modo bohemios también de
la clase “de chulos o guapos”, y todos ellos (...) resultan
tan bien dibujados, tan gráficos, “tan bien hablados y
vestidos” que pueden calificarse de lo más perfecto del
género... (...) Al público le gustó mucho “La golfemia”.
Rióse regocijadamente desde las primeras escenas y aplaudió
todos los números de música» (13-V-1900).
Este mismo diario, dos días después, hace alusión, en un
artículo titulado “Chapí, institución”, a la polémica
suscitada por la supresión del personaje mudo que
representaba a Curro Vargas en la citada parodia: «Los
Sres. Granés y Arnedo (...) han hecho perfectamente mal.
Sabemos que han cedido generosamente a excitaciones de la
prensa, a ruegos de amigos y compadres del celebérrimo
maestro español, al que por tales hechos y “movimiento” de
opinión conseguido se ha elevado a la categoría de
institución inviolable e intangible».
El triunfo popular y casi intemporal de La golfemia
se refleja en que, dos años después de estrenarse,
concretamente el 27 de agosto de 1902, llegase al Teatro
Dindurra de Gijón; da cuenta de su representación el
periódico republicano El Noroeste en los términos que
siguen: «El público, que es el mejor crítico, y sobre
todo los que conocen “La bohème”, rieron grandemente y
aplaudieron en diferentes ocasiones, haciendo que se
repitiera el número de la “Veccia zimarra” y más
repeticiones hubiera pedido si no fuera la hora tan avanzada».
IV. Electroterapia
Electroterapia
es la parodia del drama de Benito Pérez Galdós Electra
(1901) llevada a cabo por el comediógrafo madrileño Gabriel
Merino y estrenada en el Teatro Apolo el 11 de abril de
1901.
La función, a beneficio de la tiple cómica Isabel Brú, fue
comentada de manera positiva por El País al día
siguiente de verificarse su presentación: «El estreno de
“Electroterapia” fue afortunadísimo, entrando de lleno el
público en la obra desde las primeras escenas, aplaudiendo
sin reserva la primorosa versificación, chispeantes
alusiones y esmerada interpretación que se advierten en la
última parodia de Gabriel Merino. Al finalizar el cuadro
segundo de “Electroterapia”, el más animado sin duda de la
obra, fue llamado a escena el autor, que también tuvo que
presentarse al final de la obra en unión de los artistas,
intérpretes afortunados de la parodia».
Sin embargo, no todo fueron elogios. En la revista El
Mundo Naval se lee que es «un juguete sin música y
sin pretensiones, y sin gracia» (30-IV-1901), y el
redactor de La Lectura Dominical la despacha
calificándola de «majadería que, lejos de estimular la
vida como el procedimiento terapéutico de su nombre, es una
invitación al sueño» (5-V-1901).
V. Feúcha
Feúcha
es la parodia en prosa y verso de la comedia Mariúcha
(1903), la obra de Pérez Galdós, realizada por los
madrileños Antonio Casero y Alejandro Larrubiera y estrenada
el 11 de diciembre de 1903 en el Teatro Eslava.
Según El Globo, «obtuvo la obra estrenada anoche
en el teatro del pasadizo de San Ginés, parodiando la
aplaudida comedia del insigne Galdós, un regular éxito. Se
vieron muchas situaciones cómicas y se otorgaron aplausos a
frases felices» (12-XII-1903). Juicio que coincide en lo
principal con la reseña de La Correspondencia: «La
obra no es, ni con mucho, una preciosidad; pero tiene
gracia, aunque bufa y en algún cuadro, como el final en la
azotea, hay sátira ingeniosa. Pero debe el público ir –y
seguramente irá muchas noches– a ver “Feúcha”, más que por
la obra, por ver a la señora Mesa, actriz de verdadero
talento que imitando a María Guerrero es sencillamente un
prodigio» (12-XII-1903).
VI. La furcia cuca
La furcia cuca
es la parodia dramática de la obra de Jacinto Benavente
La fuerza bruta, llevada a cabo por Enrique Paradas y
Joaquín Jiménez. Se estrenó en el Salón Nacional de Madrid
el 12 de enero de 1909.
En La Correspondencia de España se aportan detalles
de su subida a las tablas: «Antes de levantarse el telón,
el público aplaudió calurosamente a D. Jacinto Benavente,
que con varios amigos asistió desde un palco a la
representación de la parodia de su comedia “La fuerza
bruta”. Después de empezada la representación no quedó lugar
más que para reír. Sucesivas carcajadas acogieron los
chistes de la obra, hilvanados unos detrás de otros como las
cuentas de un rosario, malos los más, buenos los otros; pero
todos valientes y originales, denotadores del desenfadado
ingenio de sus autores» (13-I-1909).
Esta parodia fue vista también en el Teatro Celso, de
Oviedo, aunque unos meses después y no con tanto éxito, como
señalaba el rotativo gijonés El Publicador: «La
obra es insulsa, plagada de astracanadas, sin maldita la
gracia, y, en su conjunto, totalmente idiota e insoportable.
A pesar de los esfuerzos de los artistas, que trabajaron muy
bien, la obra fue al foso, de lo que nos alegramos» (1-VI-1909).
VII. Lorenzín o El camarero del cine
Lorenzín o El camarero del cine
es la parodia en verso de la ópera de Richard Wagner
Lohengrin (1847), estrenada por Salvador María Granés y
el maestro Arnedo en el Teatro Apolo el 21 de julio de 1910,
a beneficio del artista Vicente Carrión.
La pieza tuvo una acogida dispar: mientras El País
(22-VII-1910) indicaba que «un éxito franco y justo
premiaba al final el esfuerzo de los autores, quedando
demostrada la posibilidad de la parodia cuando se cuenta con
elementos para realizarla», el comentarista de La
Correspondencia de España (22-VII-1910) no se mostraba
inclinado a otorgarle demasiados méritos: «Granés, con
todo su ingenio, que es mucho, no puede conseguir que el
pasado vuelva, y esta clase de parodias como “Lorenzín” son
el pasado (...). Al bajar el telón algunos espectadores
protestaron. La “claque” aplaudió furiosamente. La función
no parecía a beneficio de Vicente Carrión, aunque así estaba
anunciada, sino a beneficio de la “claque”». Y de
idéntico parecer era el cronista de La Lectura Dominical
(30-VII-1910): «La nueva parodia de Granés se
contenta con ser una payasada grotesca, burda y con sus
toques de inmoralidad. Y como las payasadas sólo se pueden
tolerar en el circo, el público del Apolo se aburrió
soberanamente. Al final hubo sus conatos de protesta, que se
hubieran acentuado si la “claque” no hubiera estado “al
quite”».
Y para más divergencias, el propio autor de la partitura,
Luis Arnedo, se extendía en la revista madrileña Comedias
y Comediantes (15-VIII-1910) acerca de la
controversia surgida con la grafía del nombre del
protagonista: «Al día siguiente gimieron las prensas en
nuestro honor (...). A pesar de poner algunos en duda la
popularidad de la música de Wagner, enfrascarse otros en si
será “caricatura la parodia” o “parodia la caricatura”;
obstinarse los menos en escribir “Lorencín” en vez de “Lorenzín”,
detalle ortográfico que saca de quicio a Granés, que se las
tiene con el más castizo: –¿Pero es que se trata del
diminutivo de “Lorenco” o de “Lorenzo”?–, dice airado».
VIII. El hijo del diablo
El hijo del diablo
es una de las muchas parodias que cosechó el inmortal drama
Don Juan Tenorio (1844), de José Zorrilla.
Correspondió la paternidad de ésta al badajocense Joaquín
Montaner, quien la estrenó el 27 de octubre de 1927 en el
Teatro Fontalba de la capital.
El diario madrileño La Voz le dedicó amplio espacio,
a cargo del afamado crítico granadino Melchor Fernández
Almagro, el cual nos deja muy claro que no le gustó el poema
dramático en cinco jornadas de Montaner: «¿Poema
dramático?... Le falta en absoluto calidad y dimensiones de
tal: dimensiones de las que importan. Un mediano sentido
estético bastaría para advertir en “El hijo del diablo”
angostura, cortedad, mezquindad... Todo en él es mezquino y
trivial: la concepción y el desarrollo, las acciones y las
reacciones... No digamos nada de lo episódico (...). Podemos
decir que el segundo acto interesa menos que el primero; el
tercero, menos que el segundo... y así sucesivamente. Falta
hilo conductor (...). Sin arrojo las gracias quedan en
conato: un chiste frustrado es fuente de tristeza. Así es de
lacia la parodia del gentilísimo “Tenorio” de Zorrilla
(...). Margarita Xirgu y Alfonso Muñoz, en el primer término
del reparto, se esforzaron por comunicar vida a los yertos
personajes. El Sr. López Silva fue especialmente aplaudido.
La señora Mesa y el Sr. Peña cumplieron con su esmero
peculiar» (28-X-1927).
De parecido color resultó el veredicto en El Imparcial
del, por otro lado, templado criterio de Enrique de Mesa,
quien no se anduvo con paños calientes en esta ocasión: «“Obra
inspirada en el D. Juan Tenorio”, dicen los reportes
oficiosos y confirma el autor en su autocrítica. Será
cierto, pero, a la verdad, no lo parece. ¿Cómo de una obra
enhechizada de poesía ha podido brotar esta fría, desastrada
y ridícula parodia? (...) La obra anoche estrenada por las
huestes que capitanea doña Margarita Xirgu no es un poema
dramático, es una calumnia, muy poco dramática, ciertamente
(...). “Don Juan Tenorio” es una obra popular. “El hijo del
diablo” es lo más alejado de lo popular, puesto que le falta
la llama vivificadora de la poesía. Sus versos son enfáticos
y ramploncitos, de transposiciones torpes, de sintaxis
sucia, de ritmo desmayado, de rima vulgar» (28-X-1927).
La función inaugural tuvo su miga, ya que a ella asistió
Valle-Inclán y se erigió en el principal protagonista de un
incidente que recogieron todos los periódicos, y no sólo de
Madrid, pues también el gijonés El Noroeste se hizo
eco, añadiendo, además, que El hijo del diablo,
«al recordarnos el “Don Juan” de Zorrilla, dio la
razón a Clarín, cuando, contra opiniones doctas, lo proclamó
muy de su gusto» (2-XI-1927).
Del mencionado altercado, cuyo detonante tal vez fue la
turbulenta relación profesional que el insigne dramaturgo
vivía con Xirgu, daba cuenta La Voz bajo el epígrafe
“Valle-Inclán, detenido”: «Durante la representación del
tercer acto ocurrió que el insigne escritor D. Ramón del
Valle-Inclán, que ocupaba una butaca, interrumpió la
manifestación de entusiasmo a que se entregaron muchos
espectadores, exclamando en voz alta: “¡Muy mal!”. El grito
dio ocasión para que el público, dividido, extremase,
respectivamente, aplausos y protestas. Detenido el Sr.
Valle-Inclán a la terminación del espectáculo, fue conducido
a la Dirección General de Seguridad, donde compareció ante
el jefe superior de Policía, señor Valle, y seguidamente,
una vez instruido el oportuno atestado, al Juzgado de
guardia. Prestada que fue la declaración correspondiente, el
Sr. Valle-Inclán fue puesto en libertad. El señor Montaner y
numerosos amigos del gran escritor se interesaron por él
ante las autoridades que intervinieron en el incidente»
(28-X-1927).