Número 29. Mayo de 2010

Yo, mí, me, conmigo o la estética del soliloquio
El monólogo teatral

azucena.tif

M.ª Azucena Álvarez García

Antes de entrar en materia, esto es, de maquillarse delante del espejo del camerino, vestirse con la ropa y la piel del personaje que se va a representar y subirse al escenario, vamos a conocer los orígenes y la etimología del acto que nos interesa: el monólogo teatral.

“Teatro” es un nombre de origen griego. Tó theatron sustantivo neutro que significa “lugar para ver”, derivado del verbo “theáomai” , esto es “ver, contemplar, admirar”. La disposición arquitectónica de los teatros antiguos (que se construyen para “ver o ser visto”), se estructura en un plano semicircular que recuerda a un ojo humano.

El espectáculo teatral debe verse y oírse y desde la Antigüedad los actores eran varones de alta estatura (a pesar de eso, calzaban unas sandalias especiales, elevadas sobre tacones, llamadas “coturnos”) y complexión fuerte, que vestían túnicas de colores llamativos y usaban máscaras sobre el rostro (personae, sustantivo latino derivado del verbo compuesto per + sonare, “resonar”), máscaras que marcaban los rasgos físicos del personaje y servían de resonadores, aumentando el volumen de su voz.

El actor es un “hipócrita” en el sentido etimológico y originario del término griego, , el que “da respuestas, el intérprete, el actor”... Deriva del verbo griego , con el significado de “explicar, interpretar, decir”. El actor es alguien que habla y al que se ve. Pero, ¿qué necesidad tiene alguien de que lo vean, de ser visto y de hablar en público? La respuesta la encontramos en el ser humano.

El hombre ha inventado y usa un lenguaje articulado que le permite comunicar hechos objetivos y reales o subjetivos. Hay, por tanto, un emisor de mensajes (información, hechos) y uno o varios receptores, que decodifican ese mensaje para crear, a su vez, nuevos mensajes de respuesta. ¿Si usamos las mismas herramientas: emisor, receptor, canal, código, mensaje, por qué son tan distintas una conferencia, una discusión doméstica o una representación teatral? Todo es comunicación, pero las funciones son distintas. Según la teoría del lenguaje de Roman Jakobson, el teatro desempeña la función poética, centrada en el mensaje. Pero, el mensaje poético no habla siempre de realidad, de verdades objetivas, sino de deseos, emociones, imaginación. En palabras de Aguiar de Silva, “el espacio literario es indisociable del mundo de los símbolos, de los mitos, de los arquetipos (Aguiar de Silva, V: Teoría de la Literatura, Gredos, Madrid, 19867, p. 24). Es el mundo de las metáforas, de los juegos de palabras, de los recursos estilísticos y fonéticos; el mundo de la literatura, del teatro, de la comedia, del drama.

Horacio, en su Epístola a los Pisones establece que la poesía (=literatura), tiene como finalidad “instruir y agradar” (aut prodesse aut delectare), como antes había defendido Aristóteles en su Poética: la poesía es el “placer puro y elevado”. Y hasta el siglo XVIII se mantiene esta función hedonista de la literatura, aunque a partir del siglo XIX, las nuevas corrientes le niegan toda finalidad.

La teoría literaria establece una división de géneros literarios. El primer autor que clasifica los tipos de textos es Platón. En el libro III de su República distingue:

Poesía simple o no-imitativa, en la que el poeta habla en nombre propio: la lírica.

Poesía mimética o imitativa, en la que el poeta cede la palabra a sus personajes: el teatro.

Género mixto, en el que el poeta habla en su nombre y otras veces cede la palabra a unos personajes: épica.

Para Aristóteles, en su Poética, todas las artes literarias son imitativas y la poesía (=literatura) dramática imita actuaciones nobles (tragedia), o comportamientos risibles y ridículos (comedia). En las tragedias y comedias encontramos, por tanto, acciones humanas marcadas sobre textos previos escritos, es decir, sobre guiones. Un guión teatral y un monólogo son esencialmente, lo mismo: un texto literario, poético representable y dramatizable. “Drama” significa “representación, acción”.

Cabe preguntarse, a tenor de lo anteriormente dicho, si un cuento es un monólogo teatral. La respuesta es clara: no. Un cuento es una narración oral o escrita, que transmite un emisor a uno o varios receptores. Aunque utiliza recursos propios del actor (dicción, interpretación...) hay varias características que lo alejan del monólogo teatral.

No precisa de un soporte físico, puede ser oral y, por tanto, inventado y/o modificado en el momento.

El emisor puede convertirse en receptor y el receptor en emisor, interrumpiendo la narración del cuento sin previo aviso.

En los cuentos no se imitan acciones humanas, sino que las narran o describen.

No se dramatizan, es decir, no se representan en un lugar ad hoc.

No hay una caracterización plena del personaje. No se usa un vestuario adecuado al mismo, faltan recursos técnicos, como la luz o el sonido que inciden en los aspectos más importantes de una representación: ver y oír.

Un cuento no necesita estar escrito; un monólogo, aunque puede improvisarse, sí. ¿Por qué? Porque es teatro, dramatización, actuación, acción, “agón”. Y todas esas dramatizaciones y actuaciones deben estar convenientemente anotadas con las acotaciones: disposiciones o recursos técnicos que el espectador no ve, pero gracias a lo cual, se ve al personaje. Es lo invisible que se hace visible: efectos sonoros, iluminación, atrezzo y hay otros que ha asumido el actor como propios del personaje.

En un drama, comedia o tragedia, hay más de un personaje, la obra se articula sobre un mínimo de dos: protagonista y antagonista, términos originarios del griego: “protagonista” , “el que actúa antes”/“antagonista”, , “el que actúa contra alguien, el adversario”. En un monólogo (del griego: una palabra, una voz), sólo hay un protagonista. Desde un punto de vista técnico, el formato de una obra de teatro es igual que el formato de un monólogo teatral. Se escribe el texto que el actor debe memorizar y, bien en cursiva, bien entre paréntesis o con una sangría especial, las acotaciones técnicas: efectos sonoros, iluminación, atrezzo...

El monólogo ha existido siempre en la historia del teatro, generalmente incluido en una representación teatral coral. En un acto señalado convenientemente en una acotación, desaparecen todos los personajes de escena, queda solo uno o aparece un solo actor y recita, interpreta su papel. Grandes monólogos teatrales trágicos son los de Edipo, tras arrancarse los ojos y conocer que ha sido el asesino de su padre y cometido incesto con su madre o el de Segismundo, de La vida es sueño y ambos están incluidos en obras corales.

 Sin embargo, en este s. XX, el siglo de las grandes crisis, afloran los monólogos teatrales concebidos exclusivamente como textos para un único actor. Hay una razón económica para este “boom” monologuista: se abaratan costes. Con un monólogo o soliloquio todo se reduce a un actor y un equipo técnico.

Pero, volviendo a la esencia del teatro, sean uno o varios los actores, lo que prima en las representaciones dramáticas corales o monologuizadas es el movimiento. ¿Por qué tiene que moverse un actor? Porque hay que verlo. Verlo desde todos los aspectos y todos los ángulos. Un movimiento que se transmite al público, que conmueve también al espectador: la catarsis aristotélica, esto es, la liberación de las pasiones y el sufrimiento por medio de un desahogo emocional.

Y es, sin embargo, un tipo de monólogo que está en desuso. Ahora lo que se ve y se oye (esencia del teatro) es básicamente un subgénero pseudoteatral importado de Estados Unidos, conocido como “stand up”, que significa "estar de pie”. “Estar de pie” frente a “moverse”, lo estático frente al movimiento. El subgénero de “stand up” nace en los clubes nocturnos, en los que un actor o un cómico, de pie, en mitad de un escenario, entretiene a unos clientes. Hay que subrayar tres aspectos:

No hay movimiento.

El local es un club nocturno, no un teatro, por lo tanto no es un edificio ad hoc.

El espectador es, en realidad, un cliente, un consumidor. El cliente y/o consumidor consume, gasta, generan un comercio y una mercancía. Si lo asociamos a las funciones del lenguaje desempeña la función fática, que incide de modo inmediato sobre el receptor: “tómate otro café u otra copa, enciende otro cigarrillo, pide una consumición más...” .

En este tipo de espectáculos, el cómico o un actor permanece semi-inmóvil y entretiene a un público consumidor. El entretenimiento descarta per se un tratamiento de temas dramáticos o trágicos y tiende al tratamiento de temas banales o desde una óptica hilarante. La peripecia dramática se reduce a un cúmulo de situaciones cómicas, que, en muchos casos, no tienen más relación que el hecho de ser contadas por la misma persona. Existe un inicio y un final, pero no hay nudo ni desenlace (parte concatenada, consecuente y derivada causal y necesariamente del desarrollo del nudo), sino un final, un punto que corta una situación.

Por otro lado, en los monólogos “stand up” (nosotros los llamamos pseudomonólogos teatrales, porque no tienen una peripecia), no hay movimiento ni dramatización ni acción. Hay gestualidad, sí, pero muy reducida. Este tipo de formato carece prácticamente de atrezzo: se limita a un taburete, donde el actor descansa de manera puntual, un micrófono y una iluminación en semioscuridad, con un foco central que ilumina al intérprete y puede haber o no un acompañamiento musical en directo. La ambientación escénica es minimalista, pero no por estética, sino porque abarata costes. El siglo XX, el siglo de las grandes crisis económicas...

 

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