Antes de entrar en materia, esto es, de maquillarse
delante del espejo del camerino, vestirse con la ropa y
la piel del personaje que se va a representar y subirse
al escenario, vamos a conocer los orígenes y la
etimología del acto que nos interesa: el monólogo
teatral.
“Teatro” es un nombre de origen griego. Tó theatron
sustantivo neutro que significa “lugar para ver”,
derivado del verbo “theáomai”
,
esto es “ver, contemplar, admirar”. La disposición
arquitectónica de los teatros antiguos (que se
construyen para “ver o ser visto”), se estructura en un
plano semicircular que recuerda a un ojo humano.
El espectáculo teatral debe verse y oírse y desde la
Antigüedad los actores eran varones de alta estatura (a
pesar de eso, calzaban unas sandalias especiales,
elevadas sobre tacones, llamadas “coturnos”) y
complexión fuerte, que vestían túnicas de colores
llamativos y usaban máscaras sobre el rostro (personae,
sustantivo latino derivado del verbo compuesto per +
sonare, “resonar”), máscaras que marcaban los rasgos
físicos del personaje y servían de resonadores,
aumentando el volumen de su voz.
El actor es un “hipócrita” en el sentido etimológico y
originario del término griego,
,
el que “da respuestas, el intérprete, el actor”...
Deriva del verbo griego
,
con el significado de “explicar, interpretar, decir”. El
actor es alguien que habla y al que se ve. Pero, ¿qué
necesidad tiene alguien de que lo vean, de ser visto y
de hablar en público? La respuesta la encontramos en el
ser humano.
El hombre ha inventado y usa un lenguaje articulado que
le permite comunicar hechos objetivos y reales o
subjetivos. Hay, por tanto, un emisor de mensajes
(información, hechos) y uno o varios receptores, que
decodifican ese mensaje para crear, a su vez, nuevos
mensajes de respuesta. ¿Si usamos las mismas
herramientas: emisor, receptor, canal, código, mensaje,
por qué son tan distintas una conferencia, una discusión
doméstica o una representación teatral? Todo es
comunicación, pero las funciones son distintas. Según la
teoría del lenguaje de Roman Jakobson, el teatro
desempeña la función poética, centrada en el mensaje.
Pero, el mensaje poético no habla siempre de realidad,
de verdades objetivas, sino de deseos, emociones,
imaginación. En palabras de Aguiar de Silva,
“el espacio literario es indisociable del mundo de los
símbolos, de los mitos, de los arquetipos (Aguiar de
Silva, V: Teoría de la Literatura, Gredos,
Madrid, 19867, p. 24). Es el mundo de las
metáforas, de los juegos de palabras, de los recursos
estilísticos y fonéticos; el mundo de la literatura, del
teatro, de la comedia, del drama.
Horacio, en su Epístola a los Pisones establece
que la poesía (=literatura), tiene como finalidad
“instruir y agradar” (aut prodesse aut delectare),
como antes había defendido Aristóteles en su Poética:
la poesía es el “placer puro y elevado”. Y hasta el
siglo XVIII se mantiene esta función hedonista de la
literatura, aunque a partir del siglo XIX, las nuevas
corrientes le niegan toda finalidad.
La teoría literaria establece una división de géneros
literarios. El primer autor que clasifica los tipos de
textos es Platón. En el libro III de su República
distingue:
Poesía simple o no-imitativa, en la que el poeta habla
en nombre propio: la lírica.
Poesía mimética o imitativa, en la que el poeta cede la
palabra a sus personajes: el teatro.
Género mixto, en el que el poeta habla en su nombre y
otras veces cede la palabra a unos personajes: épica.
Para Aristóteles, en su Poética, todas las artes
literarias son imitativas y la poesía (=literatura)
dramática imita actuaciones nobles (tragedia), o
comportamientos risibles y ridículos (comedia). En las
tragedias y comedias encontramos, por tanto, acciones
humanas marcadas sobre textos previos escritos, es
decir, sobre guiones. Un guión teatral y un monólogo son
esencialmente, lo mismo: un texto literario, poético
representable y dramatizable. “Drama” significa
“representación, acción”.
Cabe preguntarse, a tenor de lo anteriormente dicho, si
un cuento es un monólogo teatral. La respuesta es clara:
no. Un cuento es una narración oral o escrita, que
transmite un emisor a uno o varios receptores. Aunque
utiliza recursos propios del actor (dicción,
interpretación...) hay varias características que lo
alejan del monólogo teatral.
No precisa de un soporte físico, puede ser oral y, por
tanto, inventado y/o modificado en el momento.
El emisor puede convertirse en receptor y el receptor en
emisor, interrumpiendo la narración del cuento sin
previo aviso.
En los cuentos no se imitan acciones humanas, sino que
las narran o describen.
No se dramatizan, es decir, no se representan en un
lugar ad hoc.
No hay una caracterización plena del personaje. No se
usa un vestuario adecuado al mismo, faltan recursos
técnicos, como la luz o el sonido que inciden en los
aspectos más importantes de una representación: ver y
oír.
Un cuento no necesita estar escrito; un monólogo, aunque
puede improvisarse, sí. ¿Por qué? Porque es teatro,
dramatización, actuación, acción, “agón”. Y todas esas
dramatizaciones y actuaciones deben estar
convenientemente anotadas con las acotaciones:
disposiciones o recursos técnicos que el espectador no
ve, pero gracias a lo cual, se ve al
personaje. Es lo invisible que se hace visible: efectos
sonoros, iluminación, atrezzo y hay otros que ha asumido
el actor como propios del personaje.
En un drama, comedia o tragedia, hay más de un
personaje, la obra se articula sobre un mínimo de dos:
protagonista y antagonista, términos originarios del
griego: “protagonista”
,
“el que actúa antes”/“antagonista”,
,
“el que actúa contra alguien, el adversario”. En un
monólogo (del griego
:
una palabra, una voz), sólo hay un protagonista. Desde
un punto de vista técnico, el formato de una obra de
teatro es igual que el formato de un monólogo teatral.
Se escribe el texto que el actor debe memorizar y, bien
en cursiva, bien entre paréntesis o con una sangría
especial, las acotaciones técnicas: efectos sonoros,
iluminación, atrezzo...
El monólogo ha existido siempre en la historia del
teatro, generalmente incluido en una representación
teatral coral. En un acto señalado convenientemente en
una acotación, desaparecen todos los personajes de
escena, queda solo uno o aparece un solo actor y recita,
interpreta su papel. Grandes monólogos teatrales
trágicos son los de Edipo, tras arrancarse los ojos y
conocer que ha sido el asesino de su padre y cometido
incesto con su madre o el de Segismundo, de La vida
es sueño y ambos están incluidos en obras corales.
Sin embargo, en este s. XX, el siglo de las grandes
crisis, afloran los monólogos teatrales concebidos
exclusivamente como textos para un único actor. Hay una
razón económica para este “boom” monologuista: se
abaratan costes. Con un monólogo o soliloquio todo se
reduce a un actor y un equipo técnico.
Pero, volviendo a la esencia del teatro, sean uno o
varios los actores, lo que prima en las representaciones
dramáticas corales o monologuizadas es el movimiento.
¿Por qué tiene que moverse un actor? Porque hay que
verlo. Verlo desde todos los aspectos y todos los
ángulos. Un movimiento que se transmite al público, que
conmueve también al espectador: la catarsis
aristotélica, esto es, la liberación de las pasiones y
el sufrimiento por medio de un desahogo emocional.
Y es, sin embargo, un tipo de monólogo que está en
desuso. Ahora lo que se ve y se oye (esencia del teatro)
es básicamente un subgénero pseudoteatral
importado de Estados Unidos, conocido como “stand up”,
que significa "estar de pie”. “Estar de pie” frente a
“moverse”, lo estático frente al movimiento. El
subgénero de “stand up” nace en los clubes nocturnos, en
los que un actor o un cómico, de pie, en mitad de un
escenario, entretiene a unos clientes. Hay que subrayar
tres aspectos:
No hay movimiento.
El local es un club nocturno, no un teatro, por lo tanto
no es un edificio ad hoc.
El espectador es, en realidad, un cliente, un
consumidor. El cliente y/o consumidor consume,
gasta, generan un comercio y una mercancía. Si lo
asociamos a las funciones del lenguaje desempeña la
función fática, que incide de modo inmediato sobre el
receptor: “tómate otro café u otra copa, enciende otro
cigarrillo, pide una consumición más...” .
En este tipo de espectáculos, el cómico o un actor
permanece semi-inmóvil y entretiene a un público
consumidor. El entretenimiento descarta per se un
tratamiento de temas dramáticos o trágicos y tiende al
tratamiento de temas banales o desde una óptica
hilarante. La peripecia dramática se reduce a un cúmulo
de situaciones cómicas, que, en muchos casos, no tienen
más relación que el hecho de ser contadas por la misma
persona. Existe un inicio y un final, pero no hay nudo
ni desenlace (parte concatenada, consecuente y derivada
causal y necesariamente del desarrollo del nudo), sino
un final, un punto que corta una situación.
Por otro lado, en los monólogos “stand up” (nosotros los
llamamos pseudomonólogos teatrales, porque no
tienen una peripecia), no hay movimiento ni
dramatización ni acción. Hay gestualidad, sí, pero muy
reducida. Este tipo de formato carece prácticamente de
atrezzo: se limita a un taburete, donde el actor
descansa de manera puntual, un micrófono y una
iluminación en semioscuridad, con un foco central que
ilumina al intérprete y puede haber o no un
acompañamiento musical en directo. La ambientación
escénica es minimalista, pero no por estética, sino
porque abarata costes. El siglo XX, el siglo de las
grandes crisis económicas...