Adolfo Simón
Cuando vivimos unos tiempos en los que la infancia es un
territorio de dolor y abandono, lo vemos a diario en las
noticias… niños que vagan sin rumbo, con la mirada
perdida, por ciudades devastadas por la guerra o las
catástrofes naturales o peor aún, cuando los intuimos en
las fotos censuradas que acompañan a los artículos o
reportajes de casos de pederastia, uno se pregunta…
¿Cómo puede haber un futuro mejor para la humanidad
cuando se les está rompiendo el cuerpo y el imaginario a
los hombres y mujeres que lo gobernarán y conducirán en
el futuro? Un cuerpo y una mente herida no puede ser
feliz ni propiciar que los demás lo sean, hay maltratos
que quedan adheridos a la piel y la mente, como un
tatuaje, por siempre.
No está comprobado que haya un tratamiento que consiga
resolver esas lesiones, ahí queda el dolor, agazapado en
algún rincón de la cabeza, esperando la ocasión para
saltar sobre una víctima propicia. Es así de terrible y
muchas veces ni se sabe o se quiere recordar que uno ha
sido pasto del horror. A veces, la amnesia elegida por
uno es la única salida, nuestro cuerpo tiene
dispositivos que se activan para no recordar.
Cuando la idea de asociaciones de apoyo o misiones
eclesiásticas, están empezando a fallar por múltiples
razones, queda poca esperanza para el mal llamado tercer
mundo y en estas ocasiones, siempre salen perdiendo los
niños, son las primeras víctimas y los últimos héroes.
Y sin embargo, en este mundo sin sentido, todavía hay
pequeños espacios de esperanza. Gracias a las nuevas
tecnologías, un día llega un email desde el confín de la
tierra, convocándome para acudir a una cita teatral,
allí, donde el mundo termina o empieza, en la Patagonia
chilena. A estas alturas ya hay pocas llamadas que uno
tenga la necesidad de responder, cada día llegan tantas
invitaciones para ser “amigo” de facebook que
rápidamente aprieto el botón de borrar. Pero en esta
ocasión, no sé si por la lejanía o por el interés sobre
mis trabajos desarrollados hasta la fecha sobre el
teatro para bebés, me planteé cruzar el planeta para ir
a un lugar recóndito, al encuentro de la mirada más
pequeña.
Tuve la sensación de estar haciendo un viaje de los que
se hacían antaño… Salí el primer día de este nuevo año
rumbo a un lugar desconocido y con sugerente nombre…
Punta Arenas; evidentemente no hice la travesía en barco
pero la distancia me hacía pensar que tardaría mucho en
ir y tal vez en volver, hay viajes que uno los hace para
irse lejos, muy lejos… Para mirar desde otra perspectiva
el lugar donde habita a diario, donde trabaja
habitualmente, esperando de ese modo entender algo más
el círculo en el que uno da vueltas sin parar.
Pocas veces tengo la sensación de haber viajado
realmente, seguro que hay paisajes que desconozco que no
tienen nada que ver con los que transitamos
habitualmente, pero en general, cuando bajo del avión y
acudo al centro de la ciudad a la que llego… tengo la
sensación, de repente, de haber estado allí en otra
ocasión, aunque sea la primera vez que visito ese lugar;
tal vez fue en otra vida… Sólo los carteles que anuncian
los lugares me hacen ver que al menos el idioma es otro.
En esta ocasión, en Chile, la lengua de Cervantes nos
permite la comunicación… Y aunque a orillas del Estrecho
de Magallanes, hay cosas que me resuenan, el clima, los
edificios… hay algo ancestral que me resulta muy nuevo,
es como si hubiera hecho un viaje también en el tiempo.
Es cierto que voy a un encuentro, que no festival, que
pretende acercar a gentes del teatro de distintos
lugares para intercambiar sus imaginarios durante unos
días. Acudo a la Ceremonia del Hain; un hermoso rito
iniciático de las tribus originarias del lugar. Y allí,
en medio de ese nuevo mapa del teatro, en esas
coordenadas donde coinciden distintas técnicas de la
mano de teatros procedentes de diferentes lugares, allí,
se me convoca para que haga mi pequeño rito sobre la
iniciación de los bebés al teatro; he de convocar a los
brujos del lugar para que las miradas más pequeñas
queden atrapadas delante del escenario.
De niño me enseñaron que cuando uno va de visita ha de
escuchar el lugar, ha de esperar a ver cómo se
desarrollan los acontecimientos para participar de la
mejor manera de las reglas de la casa visitada. Durante
los primeros días tuve que ir adaptándome al ritmo de
aquella gente que no sabe de prisas ni de agobios, todo
va a ocurrir como estaba previsto aunque por momentos
parezca imposible. También descubrí que no iba a un
festival convencional, no acudía a uno de esos eventos
aparatosos que en ocasiones se ponen en marcha más de
cara a la galería que a las personas convocadas, no,
aquí todo estaba a mano, durante una semana no tuve que
coger un coche ni un autobús, todo se podía hacer a pie
y con ese mismo ritmo se podía realizar todo, acudir a
los encuentros en las comidas, a las funciones que se
representaban o al lugar donde desarrollaría brevemente
la experiencia de teatro para bebés por la que había
recorrido miles de kilómetros.
Y llegados a este punto, uno descubre que lo que
realmente coincide en todas partes es la posibilidad del
teatro como una manera de entender la vida. Allí, más
que nunca, tuve la sensación de que en algún momento, la
gente del teatro fue una gran familia que se fue
disgregando por caminos y parajes lejanos y como toda
tribu, hay algún momento en que se vuelven a
reencontrar. Hasta Punta Arenas llegaron los carromatos
de los cómicos para desplegar sus lonas y sus fantasías,
un reencuentro familiar alrededor de la hoguera.
Y allí estaba yo, con mi maletita llena de tierra,
pinturas, papeles y músicas, para encontrarme con un
grupo de cómplices que deseaban saber cómo era el
lenguaje de la escena… cuál la medida para que los
pequeños del lugar quedasen atrapados en la magia
teatral. Durante unos días indagamos sobre las
peculiaridades de la zona… su clima, su paisaje, su
música, su manera de ser y expresarse… y ahí se puso en
marcha de nuevo la mecánica del taller: dramaturgia
invisible… para construir en el aire una pequeña
metáfora de olores y colores. Y así, tras las sesiones
previstas, llegó el convidado para el que se había
ideado todo aquello… Los niños pequeñitos… Y de nuevo,
la incertidumbre… ¿Conectarán con el minúsculo discurso
que vamos a compartir con ellos? ¿Seguirán el viaje de
las formas, los colores y los sonidos? O por el
contrario se pondrán a llorar y a moverse sin parar… A
veces, pocas veces, me sorprendo todavía… Y el
espectáculo de un bebé de meses, boquiabierto frente a
una ramita que se queda de pie sobre un pellizco de
pintura, me hace reconciliarme con el mundo y pensar que
otra posibilidad habría para este planeta herido, si en
la tierna infancia, a estos niños les pusiéramos en
contacto con la belleza y no con el dolor. Para mí,
sigue siendo, el mayor espectáculo del mundo, la mirada
de un niño frente a la escena.