Número 29. Mayo de 2010

En la Ceremonia Teatral del Hain de la Patagonia chilena
La mirada pequeña

A principios de enero se desplazó hasta Punta Arenas (Chile), nuestro colaborador Adolfo Simón. Director, dramaturgo y docente, impartió un taller sobre teatro para bebés en el marco del Encuentro de Teatro del Mundo. "Dramaturgia invisible" fue el título del taller, cuyo resultado final se presentó ante los espectadores más menudos del Encuentro.

A continuación nos relata su experiencia austral.

Adolfo Simón

Cuando vivimos unos tiempos en los que la infancia es un territorio de dolor y abandono, lo vemos a diario en las noticias… niños que vagan sin rumbo, con la mirada perdida, por ciudades devastadas por la guerra o las catástrofes naturales o peor aún, cuando los intuimos en las fotos censuradas que acompañan a los artículos o reportajes de casos de pederastia, uno se pregunta… ¿Cómo puede haber un futuro mejor para la humanidad cuando se les está rompiendo el cuerpo y el imaginario a los hombres y mujeres que lo gobernarán y conducirán en el futuro? Un cuerpo y una mente herida no puede ser feliz ni propiciar que los demás lo sean, hay maltratos que quedan adheridos a la piel y la mente, como un tatuaje, por siempre.

No está comprobado que haya un tratamiento que consiga resolver esas lesiones, ahí queda el dolor, agazapado en algún rincón de la cabeza, esperando la ocasión para saltar sobre una víctima propicia. Es así de terrible y muchas veces ni se sabe o se quiere recordar que uno ha sido pasto del horror. A veces, la amnesia elegida por uno es la única salida, nuestro cuerpo tiene dispositivos que se activan para no recordar.

Cuando la idea de asociaciones de apoyo o misiones eclesiásticas, están empezando a fallar por múltiples razones, queda poca esperanza para el mal llamado tercer mundo y en estas ocasiones, siempre salen perdiendo los niños, son las primeras víctimas y los últimos héroes.

Y sin embargo, en este mundo sin sentido, todavía hay pequeños espacios de esperanza. Gracias a las nuevas tecnologías, un día llega un email desde el confín de la tierra, convocándome para acudir a una cita teatral, allí, donde el mundo termina o empieza, en la Patagonia chilena. A estas alturas ya hay pocas llamadas que uno tenga la necesidad de responder, cada día llegan tantas invitaciones para ser “amigo” de facebook que rápidamente aprieto el botón de borrar. Pero en esta ocasión, no sé si por la lejanía o por el interés sobre mis trabajos desarrollados hasta la fecha sobre el teatro para bebés, me planteé cruzar el planeta para ir a un lugar recóndito, al encuentro de la mirada más pequeña.

Tuve la sensación de estar haciendo un viaje de los que se hacían antaño… Salí el primer día de este nuevo año rumbo a un lugar desconocido y con sugerente nombre… Punta Arenas; evidentemente no hice la travesía en barco pero la distancia me hacía pensar que tardaría mucho en ir y tal vez en volver, hay viajes que uno los hace para irse lejos, muy lejos… Para mirar desde otra perspectiva el lugar donde habita a diario, donde trabaja habitualmente, esperando de ese modo entender algo más el círculo en el que uno da vueltas sin parar.

Pocas veces tengo la sensación de haber viajado realmente, seguro que hay paisajes que desconozco que no tienen nada que ver con los que transitamos habitualmente, pero en general, cuando bajo del avión y acudo al centro de la ciudad a la que llego… tengo la sensación, de repente, de haber estado allí en otra ocasión, aunque sea la primera vez que visito ese lugar; tal vez fue en otra vida… Sólo los carteles que anuncian los lugares me hacen ver que al menos el idioma es otro. En esta ocasión, en Chile, la lengua de Cervantes nos permite la comunicación… Y aunque a orillas del Estrecho de Magallanes, hay cosas que me resuenan, el clima, los edificios… hay algo ancestral que me resulta muy nuevo, es como si hubiera hecho un viaje también en el tiempo. Es cierto que voy a un encuentro, que no festival, que pretende acercar a gentes del teatro de distintos lugares para intercambiar sus imaginarios durante unos días. Acudo a la Ceremonia del Hain; un hermoso rito iniciático de las tribus originarias del lugar. Y allí, en medio de ese nuevo mapa del teatro, en esas coordenadas donde coinciden distintas técnicas de la mano de teatros procedentes de diferentes lugares, allí, se me convoca para que haga mi pequeño rito sobre la iniciación de los bebés al teatro; he de convocar a los brujos del lugar para que las miradas más pequeñas queden atrapadas delante del escenario.

De niño me enseñaron que cuando uno va de visita ha de escuchar el lugar, ha de esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos para participar de la mejor manera de las reglas de la casa visitada. Durante los primeros días tuve que ir adaptándome al ritmo de aquella gente que no sabe de prisas ni de agobios, todo va a ocurrir como estaba previsto aunque por momentos parezca imposible. También descubrí que no iba a un festival convencional, no acudía a uno de esos eventos aparatosos que en ocasiones se ponen en marcha más de cara a la galería que a las personas convocadas, no, aquí todo estaba a mano, durante una semana no tuve que coger un coche ni un autobús, todo se podía hacer a pie y con ese mismo ritmo se podía realizar todo, acudir a los encuentros en las comidas, a las funciones que se representaban o al lugar donde desarrollaría brevemente la experiencia de teatro para bebés por la que había recorrido miles de kilómetros.

Y llegados a este punto, uno descubre que lo que realmente coincide en todas partes es la posibilidad del teatro como una manera de entender la vida. Allí, más que nunca, tuve la sensación de que en algún momento, la gente del teatro fue una gran familia que se fue disgregando por caminos y parajes lejanos y como toda tribu, hay algún momento en que se vuelven a reencontrar. Hasta Punta Arenas llegaron los carromatos de los cómicos para desplegar sus lonas y sus fantasías, un reencuentro familiar alrededor de la hoguera.

Y allí estaba yo, con mi maletita llena de tierra, pinturas, papeles y músicas, para encontrarme con un grupo de cómplices que deseaban saber cómo era el lenguaje de la escena… cuál la medida para que los pequeños del lugar quedasen atrapados en la magia teatral. Durante unos días indagamos sobre las peculiaridades de la zona… su clima, su paisaje, su música, su manera de ser y expresarse… y ahí se puso en marcha de nuevo la mecánica del taller: dramaturgia invisible… para construir en el aire una pequeña metáfora de olores y colores. Y así, tras las sesiones previstas, llegó el convidado para el que se había ideado todo aquello… Los niños pequeñitos… Y de nuevo, la incertidumbre… ¿Conectarán con el minúsculo discurso que vamos a compartir con ellos? ¿Seguirán el viaje de las formas, los colores y los sonidos? O por el contrario se pondrán a llorar y a moverse sin parar… A veces, pocas veces, me sorprendo todavía… Y el espectáculo de un bebé de meses, boquiabierto frente a una ramita que se queda de pie sobre un pellizco de pintura, me hace reconciliarme con el mundo y pensar que otra posibilidad habría para este planeta herido, si en la tierna infancia, a estos niños les pusiéramos en contacto con la belleza y no con el dolor. Para mí, sigue siendo, el mayor espectáculo del mundo, la mirada de un niño frente a la escena.

 

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