Manuel Barrera Benítez
A finales de diciembre de 2009 se presentó el XXVII
Festival de Teatro de Málaga, que se ha desarrollado
—según se anunció— del 9 de enero al 14 de febrero de
2010, siendo el Teatro Cervantes como es habitual la
sede principal y convirtiéndose el Echegaray en esta
edición en el segundo escenario del festival.
Ambos teatros recibieron a 17.278 espectadores y 7.640
personas asistieron, además, a alguno de los
espectáculos o encuentros de las actividades paralelas
(espectáculos de calle, charlas y lecturas
dramatizadas); datos oficiales que confirman la
tendencia ascendente en el número de espectadores de la
edición pasada, obteniéndose un 10% más de público que
el año pasado.
De nuevo, se han conjugado todo tipo de tendencias y
estilos, desde la arriesgada actualización de
Metrópolis, la influyente película de Fritz Lang,
pasando por la Fedra en versión de Juan Mayorga,
interpretada por Ana Belén y con Fran Perea en el papel
de Hipólito, hasta Noviembre de David Mamet o la
teatralización de los cuentos de madurez del
imprescindible Luigi Pirandello, montaje dirigido por
Natalia Menéndez con el oportuno título de Tantas
voces.
Una muestra de la enorme diversidad teatral en la que
por fortuna nos movemos, a pesar de la crisis; un puñado
de buenos espectáculos de los que disfrutar en poco más
de un mes, cumpliendo un año más el festival con la
misión de completar la oferta teatral de la ciudad,
representativa de la programación nacional.
Sigue presente la búsqueda del difícil equilibrio entre
lo más innovador y arriesgado y un teatro puramente
comercial y convencional pero de calidad, apostando por
la divulgación y la rentabilidad, trayectoria trazada
hace años cuando se decidió huir del derroche y de la
excesiva experimentación.
Se ha echado en falta la inclusión, presente en
ediciones anteriores, de algunos estrenos absolutos, así
como una mayor permanencia en cartel de los espectáculos
y, sobre todo, ha llamado la atención la escasez de
obras de argumento enteramente original (Noviembre;
The society), predominando las adaptaciones de
argumentos cinematográficos (Días de vino y rosas;
Fiebre del sábado noche; Metrópolis;
Ser o no ser), las adaptaciones de clásicos (Fedra;
Tantas voces; Historia de Juan, Nacido de un
oso) o los formatos que utilizan la música como base
del relato narrativo ya sea sustituyendo la ficción por
la realidad biográfica (Mi vida, una biografía
musical), ya utilizando el texto como mero pretexto
(Do you love me? Un romance con mucho soul).
¿Acaso la crisis económica nos ha dejado también sin
ideas nuevas? ¿Pura coincidencia? ¿Tendencia de moda?...
En cualquier caso, no sería el primer momento de la
historia en que las versiones y adaptaciones han ocupado
un lugar privilegiado y no necesariamente para mal.
Noviembre
de David Mamet, dirigida por José Pascual, es una
comedia crítica que presenta una sólida estructura
dramática de eficaces diálogos y con buena
interpretación, destacando el gran trabajo realizado por
su protagonista, Santiago Ramos, en el papel de
Presidente del Gobierno de los Estados Unidos de
América. A destacar también el diseño de escenografía y
vestuario realizado por Rafael Garrigós.
En esta sátira política el autor lleva muchos de sus
temas habituales hasta un sarcasmo feroz, creando una
comedia nada complaciente que da cuenta de lo que ocurre
cuando la corrupción se instala en el poder, nacional o
empresarial, y provoca una insostenible situación de
desgobierno. David Mamet analiza así la situación de su
país y de la sociedad en general desde un punto de vista
jocoso sin olvidar la inquietante realidad ni la
virulenta crisis que padecemos, como ya hiciera en otra
de sus obras más conocidas y premiadas, Glengarry Glen
Ross, por la que obtuvo el Pulitzer en 1984 y que
también tuvimos ocasión de ver en abril en el Teatro
Cánovas de Málaga bajo la dirección de Daniel Veronese y
producida por el Teatro Español.
The society
profundiza también desde la aparente simplicidad en el
comportamiento de la sociedad contemporánea ante
situaciones de alcance global, abordando la problemática
de la represión de las minorías y otros actos violentos,
gravitando ingeniosamente entre el humor y el horror al
tiempo que apela a nuestras conciencias interrogándonos
sobre nuestros límites morales y advirtiéndonos contra
toda suerte de fanatismos.
La sencillez de la estructura dramática, basada en la
ruptura de la armonía, unida a la originalidad del
incidente desencadenante, motivo nimio de alcance
global, así como la esencia trágica y apelativa del
montaje y su inteligente sentido del humor, dotan de una
intensa teatralidad a este montaje de la Jo Stromgren
Kompani, uno de los grupos independientes más
consolidados de Escandinavia, internacionalmente
reconocido por sus investigaciones de textos abstractos
y sus producciones multidisciplinares.
Jo Stromgren, prestigioso coreógrafo, además de dirigir
el espectáculo, es autor de una efectiva escenografía,
muy bien utilizada desde el juego simbólico planteado,
pura imaginación, puro teatro. Y también destaca su
labor coreográfica por su frescura y sencillez, que se
integra en el desarrollo dramático otorgando un cierto
aire de irrealidad en consonancia con la interpretación
diagramática y constituyendo un motivo estático muy
artístico, embellecido por el magnífico diseño de
iluminación y sonido.
Días de vino y rosas
con la adaptación de David Serrano y bajo la dirección
de Tamzin Townsend tiene como punto de referencia la
película de Blake Edwards y las interpretaciones de Jack
Lemmon y Lee Remick, aunque sin olvidar que primero
nació como obra de teatro filmada para la televisión, lo
que es palpable en el guión, su magnífica estructura y
su ritmo dramático que, por otro lado, ni se va por las
ramas ni ha perdido un ápice de vigencia.
Esta actualización nos hace sentir la verdad de lo que
se cuenta propiciando la identificación del espectador
en las interpretaciones de Carmelo Gómez, que incluso
arrancó en su monólogo a mitad de la representación el
aplauso del público, y la siempre elegante Silvia
Abascal, aunque tal vez a ella le falte un poco más de
credibilidad en aquellas escenas más dramáticas donde se
la supone hundida en el alcoholismo viviendo en plena
calle. Destaca, sin embargo, la complementariedad entre
los actores y la gran naturalidad que logran en escena
y, en general, la naturalidad y la sencillez de la
puesta en escena reveladora de un gran trabajo de
dirección.
Fiebre del sábado noche, el musical con las canciones de
Bee Gees,
llegó a Málaga gracias a la colaboración de Stage
Entertainment y Robert Stigwood, productor del original
cinematográfico que en 1977 hiciera famoso a John
Travolta y a los Bee Gees. Cuenta con una escenografía
espectacular en la que destaca la recreación de Nueva
York, la iluminación y el vestuario, si bien
musicalmente, como suele ocurrir con las traducciones en
los musicales, las canciones tan conocidas del original
algo pierden.
Bastante fiel a la película de John Badham, resulta
inevitable la comparación y, en consecuencia, la
interpretación de algunos de los actores nos resulta un
tanto encorsetada y pobre, lo que en el caso del
protagonista conlleva la dificultad de competir con la
imagen y el recuerdo que todos guardamos de John
Travolta, insultantemente joven y guapo cuando
interpretó el papel consiguiendo una actuación
memorable, como el gran actor que es, que forjaría un
mito contemporáneo.
Metrópolis,
coproducción de Teatro Che y Moche con el Centro
Dramático de Aragón, es un montaje multidisciplinar que
reúne teatro, música, danza, audiovisuales y efectos
especiales adaptando la mítica película de Fritz Lang
(1927) y llevando a cabo una interesante propuesta por
lo distinta, aunque tal vez se eche en falta algo de
originalidad en la aportación.
Es un trabajo de un altísimo nivel desde el punto de
vista técnico (música, iluminación, proyecciones,
efectos especiales) con una estética muy precisa y
armónica, una especie de trabajo de arqueología, más que
de creación actualizada y contextual, que traslada con
gran fidelidad la película al teatro, recreando incluso
los letreros, gestos y mímica del cine mudo.
A nivel de contenido, la historia continúa interesando
en su defensa del triunfo del amor y su crítica a todo
tipo de manipulación, ya sea justificada a través de la
ciencia, el sexo o las relaciones de poder, sirviéndose
para ello del valor del mito y de la ausencia de texto
oral, tal vez en un intento de retornar a las raíces del
arte dramático y de la experiencia humana.
Ser o no ser
escrita originalmente por Melchior Lengyel como relato y
convertida en una de las obras maestras del cine mundial
por Ernst Lubitsch (1942) pasó también en su primera
adaptación teatral por el Teatro Cervantes en versión de
Julio Salvatierra y bajo la dirección de Álvaro Lavín.
Atreverse con llevar a las tablas esta magnífica
película tiene sus riesgos, como sucede siempre cuando
nos enfrentamos a un producto redondo. Comedia ágil,
crítica, comprometida, divertida, valiente, de una
arquitectura impresionante y una elaborada intriga de
gran sencillez y eficacia, al montaje que valoramos le
falta, sin embargo, una mayor incardinación en nuestro
tiempo, movimiento y ritmo escénico y un mayor pulimento
en las interpretaciones, incluidos los perfiles de los
actores, discutibles en alguno de los casos. José Luis
Gil, el verdadero protagonista, no está mal en su papel,
aunque tal vez este mismo actor y con sus conocidos
recursos podría haber brillado más y mejor.
Fedra,
en versión de Juan Mayorga, presenta una verdadera
reescritura del mito en la que se reconocen las huellas
de Eurípides, Séneca y Racine al tiempo que resulta una
obra original, rítmica y comprometida, muy digna de la
trayectoria del autor y a la altura, siempre difícil, de
un clásico que cuenta con tan grandes versiones.
Cuenta, además, con la estupenda interpretación de Ana
Belén en el papel protagonista, Fran Perea encarnando a
Hipólito, y la sólida y elegante dirección de José
Carlos Plaza, que crea un gran espectáculo que ha
llenado el Teatro Cervantes de Málaga en todas sus
funciones poniendo al público en pie durante varios
minutos.
Impresionante final. Magnífica ambientación.
Tantas voces
es una versión dramática de Juan C. Plaza-Asperilla
sobre una selección de textos pertenecientes a los
Cuentos por un año de Pirandello, sus relatos de
madurez en los que, de manera paralela a lo que hacía en
su dramaturgia, el autor fue alejándose del realismo y
adoptando posiciones más cercanas al humorismo como
poética a través de la cual expresar de manera
intempestiva y actual sus ideas.
Natalia Menéndez, directora del espectáculo, apuesta por
un tiempo dramático pausado y lento en el que “el
silencio habla” y logra transmitir y recrear la esencia
pirandelliana en una profunda reflexión sobre la
personalidad humana y los límites entre la vida y el
arte, captando el movimiento de la vida a través de la
viveza de los diálogos completados por el movimiento,
los gestos y la mímica y una sencilla y bella puesta en
escena en la que resalta la iluminación y el vestuario.
Siete versátiles intérpretes, cinco actores y dos
actrices, al modo de la antigua farándula, sorprenden
gratamente con la precisión y justeza de sus
equilibrados trabajos.
Historia de Juan, nacido de un oso,
leyenda que aparece en culturas muy alejadas entre sí y
en distintas zonas de España, también constituye una
apuesta diferente reflejo de la variedad dramática de
nuestra época y de las infinitas posibilidades del
teatro, una fábula narrada o narración dramatizada
revestida de cierto aire medieval tanto en lo musical
como en la interpretación diagramática de Albert Vidal,
especie de cuentacuentos, bululú o juglar.
En la simplicidad del espectáculo destaca la colorista
ambientación, plena de costumbrismo y de romanticismo,
muy logrado el vestuario del protagonista y de los
músicos, creando un conjunto bellamente iluminado que,
de alguna manera, nos retrotrae a los orígenes del
teatro en la bombonera del Teatro Echegaray.
Mi vida, una biografía musical
es para Hanna Schygulla, en sus propias palabras, el
papel más importante de todos los posibles en el sentido
de que con frecuencia podemos constatar cómo las obras
de la realidad resultan tan fantásticas como las
generadas por la fantasía. La actriz que hechizara a
Fassbinder y Win Wenders regresa a los escenarios, entre
lo documental y lo musical, con su autobiografía,
regalándonos una amplia y variada selección de canciones
que marcaron época. Nos hallamos ante un formato
recurrente en los últimos tiempos (en la línea de De
Mahagonny a Youkali, un viaje con Kurt Weill de
Vicky Peña) con la particularidad de que en esta ocasión
la biografiada es la propia actriz y que por tanto
estamos ante una narración autodiegética, en primera
persona.
La indiscutible solvencia de la actriz, que en estos
últimos años cumple su sueño vital de actuar en
recitales y conciertos como cantante según confiesa en
el propio espectáculo, y su magnífica voz, grave,
rotunda, rica en matices interpretativos y en la
utilización de los resonadores, contagian y emocionan y
nos hacen sentir que nos encontramos ante una verdadera
artista a la que no puedes dejar de mirar, pues te
atrapa y te encandila.
Do you love me? Un romance con mucho soul
tiene el mérito de abordar un musical desde el esfuerzo
y la valentía, con el talento y la ilusión como únicos
aliados, riesgo asumido por la malagueña Free Soul Band
y Laura Insausti junto a la también local formación la
Tentempié Total.
Música en directo, un puñado de buenas canciones bien
interpretadas, veinte artistas en el escenario que
cantan, bailan y actúan a ritmo de soul y de funk y una
disparatada trama que quizá sea lo peor dada la falta de
intriga, pues en ella todo resulta demasiado evidente y
facilón.
Para todos, nuestro aplauso. También para los
organizadores por la inclusión de espectáculos de
producción local, incluidas las lecturas dramatizadas de
textos de autores malagueños y por la utilización del
Teatro Echegaray como sede complementaria, habiendo
recuperado un edificio que reúne requisitos tan
destacables como su céntrica situación o su carácter
acogedor que favorece la comunicación entre la escena y
la sala propiciando un ambiente mágico.