Número 29. Mayo de 2010

XXVII Festival de Teatro de Málaga

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Noviembre, de David Mamet.

Manuel Barrera Benítez 

A finales de diciembre de 2009 se presentó el XXVII Festival de Teatro de Málaga, que se ha desarrollado —según se anunció— del 9 de enero al 14 de febrero de 2010, siendo el Teatro Cervantes como es habitual la sede principal y convirtiéndose el Echegaray en esta edición en el segundo escenario del festival.

Ambos teatros recibieron a 17.278 espectadores y 7.640 personas asistieron, además, a alguno de los espectáculos o encuentros de las actividades paralelas (espectáculos de calle, charlas y lecturas dramatizadas); datos oficiales que confirman la tendencia ascendente en el número de espectadores de la edición pasada, obteniéndose un 10% más de público que el año pasado.

 De nuevo, se han conjugado todo tipo de tendencias y estilos, desde la arriesgada actualización de Metrópolis, la influyente película de Fritz Lang, pasando por la Fedra en versión de Juan Mayorga, interpretada por Ana Belén y con Fran Perea en el papel de Hipólito, hasta Noviembre de David Mamet o la teatralización de los cuentos de madurez del imprescindible Luigi Pirandello, montaje dirigido por Natalia Menéndez con el oportuno título de Tantas voces.

Una muestra de la enorme diversidad teatral en la que por fortuna nos movemos, a pesar de la crisis; un puñado de buenos espectáculos de los que disfrutar en poco más de un mes, cumpliendo un año más el festival con la misión de completar la oferta teatral de la ciudad, representativa de la programación nacional.

Sigue presente la búsqueda del difícil equilibrio entre lo más innovador y arriesgado y un teatro puramente comercial y convencional pero de calidad, apostando por la divulgación y la rentabilidad, trayectoria trazada hace años cuando se decidió huir del derroche y de la excesiva experimentación.

Se ha echado en falta la inclusión, presente en ediciones anteriores, de algunos estrenos absolutos, así como una mayor permanencia en cartel de los espectáculos y, sobre todo, ha llamado la atención la escasez de obras de argumento enteramente original (Noviembre; The society), predominando las adaptaciones de argumentos cinematográficos (Días de vino y rosas; Fiebre del sábado noche; Metrópolis; Ser o no ser), las adaptaciones de clásicos (Fedra; Tantas voces; Historia de Juan, Nacido de un oso) o los formatos que utilizan la música como base del relato narrativo ya sea sustituyendo la ficción por la realidad biográfica (Mi vida, una biografía musical), ya utilizando el texto como mero pretexto (Do you love me? Un romance con mucho soul).

¿Acaso la crisis económica nos ha dejado también sin ideas nuevas? ¿Pura coincidencia? ¿Tendencia de moda?... En cualquier caso, no sería el primer momento de la historia en que las versiones y adaptaciones han ocupado un lugar privilegiado y no necesariamente para mal.

Noviembre de David Mamet, dirigida por José Pascual, es una comedia crítica que presenta una sólida estructura dramática de eficaces diálogos y con buena interpretación, destacando el gran trabajo realizado por su protagonista, Santiago Ramos, en el papel de Presidente del Gobierno de los Estados Unidos de América. A destacar también el diseño de escenografía y vestuario realizado por Rafael Garrigós.

En esta sátira política el autor lleva muchos de sus temas habituales hasta un sarcasmo feroz, creando una comedia nada complaciente que da cuenta de lo que ocurre cuando la corrupción se instala en el poder, nacional o empresarial, y provoca una insostenible situación de desgobierno. David Mamet analiza así la situación de su país y de la sociedad en general desde un punto de vista jocoso sin olvidar la inquietante realidad ni la virulenta crisis que padecemos, como ya hiciera en otra de sus obras más conocidas y premiadas, Glengarry Glen Ross, por la que obtuvo el Pulitzer en 1984 y que también tuvimos ocasión de ver en abril en el Teatro Cánovas de Málaga bajo la dirección de Daniel Veronese y producida por el Teatro Español.

The society profundiza también desde la aparente simplicidad en el comportamiento de la sociedad contemporánea ante situaciones de alcance global, abordando la problemática de la represión de las minorías y otros actos violentos, gravitando ingeniosamente entre el humor y el horror al tiempo que apela a nuestras conciencias interrogándonos sobre nuestros límites morales y advirtiéndonos contra toda suerte de fanatismos.

La sencillez de la estructura dramática, basada en la ruptura de la armonía, unida a la originalidad del incidente desencadenante, motivo nimio de alcance global, así como la esencia trágica y apelativa del montaje y su inteligente sentido del humor, dotan de una intensa teatralidad a este montaje de la Jo Stromgren Kompani, uno de los grupos independientes más consolidados de Escandinavia, internacionalmente reconocido por sus investigaciones de textos abstractos y sus producciones multidisciplinares.

 Jo Stromgren, prestigioso coreógrafo, además de dirigir el espectáculo, es autor de una efectiva escenografía, muy bien utilizada desde el juego simbólico planteado, pura imaginación, puro teatro. Y también destaca su labor coreográfica por su frescura y sencillez, que se integra en el desarrollo dramático otorgando un cierto aire de irrealidad en consonancia con la interpretación diagramática y constituyendo un motivo estático muy artístico, embellecido por el magnífico diseño de iluminación y sonido.

Días de vino y rosas con la adaptación de David Serrano y bajo la dirección de Tamzin Townsend tiene como punto de referencia la película de Blake Edwards y las interpretaciones de Jack Lemmon y Lee Remick, aunque sin olvidar que primero nació como obra de teatro filmada para la televisión, lo que es palpable en el guión, su magnífica estructura y su ritmo dramático que, por otro lado, ni se va por las ramas ni ha perdido un ápice de vigencia.

Esta actualización nos hace sentir la verdad de lo que se cuenta propiciando la identificación del espectador en las interpretaciones de Carmelo Gómez, que incluso arrancó en su monólogo a mitad de la representación el aplauso del público, y la siempre elegante Silvia Abascal, aunque tal vez a ella le falte un poco más de credibilidad en aquellas escenas más dramáticas donde se la supone hundida en el alcoholismo viviendo en plena calle. Destaca, sin embargo, la complementariedad entre los actores y la gran naturalidad que logran en escena y, en general, la naturalidad y la sencillez de la puesta en escena reveladora de un gran trabajo de dirección.

Fiebre del sábado noche, el musical con las canciones de Bee Gees, llegó a Málaga gracias a la colaboración de Stage Entertainment y Robert Stigwood, productor del original cinematográfico que en 1977 hiciera famoso a John Travolta y a los Bee Gees. Cuenta con una escenografía espectacular en la que destaca la recreación de Nueva York, la iluminación y el vestuario, si bien musicalmente, como suele ocurrir con las traducciones en los musicales, las canciones tan conocidas del original algo pierden.

Bastante fiel a la película de John Badham, resulta inevitable la comparación y, en consecuencia, la interpretación de algunos de los actores nos resulta un tanto encorsetada y pobre, lo que en el caso del protagonista conlleva la dificultad de competir con la imagen y el recuerdo que todos guardamos de John Travolta, insultantemente joven y guapo cuando interpretó el papel consiguiendo una actuación memorable, como el gran actor que es, que forjaría un mito contemporáneo.

Metrópolis, coproducción de Teatro Che y Moche con el Centro Dramático de Aragón, es un montaje multidisciplinar que reúne teatro, música, danza, audiovisuales y efectos especiales adaptando la mítica película de Fritz Lang (1927) y llevando a cabo una interesante propuesta por lo distinta, aunque tal vez se eche en falta algo de originalidad en la aportación.

Es un trabajo de un altísimo nivel desde el punto de vista técnico (música, iluminación, proyecciones, efectos especiales) con una estética muy precisa y armónica, una especie de trabajo de arqueología, más que de creación actualizada y contextual, que traslada con gran fidelidad la película al teatro, recreando incluso los letreros, gestos y mímica del cine mudo.

A nivel de contenido, la historia continúa interesando en su defensa del triunfo del amor y su crítica a todo tipo de manipulación, ya sea justificada a través de la ciencia, el sexo o las relaciones de poder, sirviéndose para ello del valor del mito y de la ausencia de texto oral, tal vez en un intento de retornar a las raíces del arte dramático y de la experiencia humana.

Ser o no ser escrita originalmente por Melchior Lengyel como relato y convertida en una de las obras maestras del cine mundial por Ernst Lubitsch (1942) pasó también en su primera adaptación teatral por el Teatro Cervantes en versión de Julio Salvatierra y bajo la dirección de Álvaro Lavín.

Atreverse con llevar a las tablas esta magnífica película tiene sus riesgos, como sucede siempre cuando nos enfrentamos a un producto redondo. Comedia ágil, crítica, comprometida, divertida, valiente, de una arquitectura impresionante y una elaborada intriga de gran sencillez y eficacia, al montaje que valoramos le falta, sin embargo, una mayor incardinación en nuestro tiempo, movimiento y ritmo escénico y un mayor pulimento en las interpretaciones, incluidos los perfiles de los actores, discutibles en alguno de los casos. José Luis Gil, el verdadero protagonista, no está mal en su papel, aunque tal vez este mismo actor y con sus conocidos recursos podría haber brillado más y mejor.

Fedra, en versión de Juan Mayorga, presenta una verdadera reescritura del mito en la que se reconocen las huellas de Eurípides, Séneca y Racine al tiempo que resulta una obra original, rítmica y comprometida, muy digna de la trayectoria del autor y a la altura, siempre difícil, de un clásico que cuenta con tan grandes versiones.

Cuenta, además, con la estupenda interpretación de Ana Belén en el papel protagonista, Fran Perea encarnando a Hipólito, y la sólida y elegante dirección de José Carlos Plaza, que crea un gran espectáculo que ha llenado el Teatro Cervantes de Málaga en todas sus funciones poniendo al público en pie durante varios minutos.
Impresionante final. Magnífica ambientación.

Tantas voces es una versión dramática de Juan C. Plaza-Asperilla sobre una selección de textos pertenecientes a los Cuentos por un año de Pirandello, sus relatos de madurez en los que, de manera paralela a lo que hacía en su dramaturgia, el autor fue alejándose del realismo y adoptando posiciones más cercanas al humorismo como poética a través de la cual expresar de manera intempestiva y actual sus ideas.

Natalia Menéndez, directora del espectáculo, apuesta por un tiempo dramático pausado y lento en el que “el silencio habla” y logra transmitir y recrear la esencia pirandelliana en una profunda reflexión sobre la personalidad humana y los límites entre la vida y el arte, captando el movimiento de la vida a través de la viveza de los diálogos completados por el movimiento, los gestos y la mímica y una sencilla y bella puesta en escena en la que resalta la iluminación y el vestuario.

Siete versátiles intérpretes, cinco actores y dos actrices, al modo de la antigua farándula, sorprenden gratamente con la precisión y justeza de sus equilibrados trabajos.

Historia de Juan, nacido de un oso, leyenda que aparece en culturas muy alejadas entre sí y en distintas zonas de España, también constituye una apuesta diferente reflejo de la variedad dramática de nuestra época y de las infinitas posibilidades del teatro, una fábula narrada o narración dramatizada revestida de cierto aire medieval tanto en lo musical como en la interpretación diagramática de Albert Vidal, especie de cuentacuentos, bululú o juglar.

En la simplicidad del espectáculo destaca la colorista ambientación, plena de costumbrismo y de romanticismo, muy logrado el vestuario del protagonista y de los músicos, creando un conjunto bellamente iluminado que, de alguna manera, nos retrotrae a los orígenes del teatro en la bombonera del Teatro Echegaray.

Mi vida, una biografía musical es para Hanna Schygulla, en sus propias palabras, el papel más importante de todos los posibles en el sentido de que con frecuencia podemos constatar cómo las obras de la realidad resultan tan fantásticas como las generadas por la fantasía. La actriz que hechizara a Fassbinder y Win Wenders regresa a los escenarios, entre lo documental y lo musical, con su autobiografía, regalándonos una amplia y variada selección de canciones que marcaron época. Nos hallamos ante un formato recurrente en los últimos tiempos (en la línea de De Mahagonny a Youkali, un viaje con Kurt Weill de Vicky Peña) con la particularidad de que en esta ocasión la biografiada es la propia actriz y que por tanto estamos ante una narración autodiegética, en primera persona.

La indiscutible solvencia de la actriz, que en estos últimos años cumple su sueño vital de actuar en recitales y conciertos como cantante según confiesa en el propio espectáculo, y su magnífica voz, grave, rotunda, rica en matices interpretativos y en la utilización de los resonadores, contagian y emocionan y nos hacen sentir que nos encontramos ante una verdadera artista a la que no puedes dejar de mirar, pues te atrapa y te encandila.

Do you love me? Un romance con mucho soul tiene el mérito de abordar un musical desde el esfuerzo y la valentía, con el talento y la ilusión como únicos aliados, riesgo asumido por la malagueña Free Soul Band y Laura Insausti junto a la también local formación la Tentempié Total.

Música en directo, un puñado de buenas canciones bien interpretadas, veinte artistas en el escenario que cantan, bailan y actúan a ritmo de soul y de funk y una disparatada trama que quizá sea lo peor dada la falta de intriga, pues en ella todo resulta demasiado evidente y facilón.

Para todos, nuestro aplauso. También para los organizadores por la inclusión de espectáculos de producción local, incluidas las lecturas dramatizadas de textos de autores malagueños y por la utilización del Teatro Echegaray como sede complementaria, habiendo recuperado un edificio que reúne requisitos tan destacables como su céntrica situación o su carácter acogedor que favorece la comunicación entre la escena y la sala propiciando un ambiente mágico.

 

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