A mi hermano
introducción
Existe en Japón una entidad que conjuga en sí misma —y como
pocas— la tradición con la modernidad: la tradición de las
formas antiguas del teatro japonés (Noh, Kabuki,
Bunraku, etc.) y la modernidad del teatro más actual
(nipón o extranjero) junto a la vanguardista arquitectura
que alberga tanto a unos espectáculos como a otros; me estoy
refiriendo, claro está, al colosal Teatro Nacional de
Japón, o, expresado en japonés, Kokuritsu Gekijō.
Japón ha sido, ya desde tiempos antiguos, tierra de grandes
y prestigiosos teatros. A mi cabeza vienen ahora nombres con
tanta solera como el del encantador Kanamaru-za de
Kotohira; o el del Takemoto-za de Osaka, donde se
estrenaron algunas de las piezas más notables del gran
dramaturgo Monzaemon Chikamatsu (1653-1725), el denominado
Shakespeare nipón. Gracias a un buen número de grabados (ukiyo-e)
de la época sabemos cómo era la vida en el interior de esos
populosos edificios, algunos de los cuales se perdieron para
siempre en desgraciados incendios, mientras que otros fueron
modificados en sucesivas fases de modernización, perdiendo,
en consecuencia, gran parte de su encanto original.
El teatro fue durante el boyante periodo Edo (1603-1868) el
centro cultural por excelencia de la clase media; un lugar
de encuentro para la emergente casta de los chōnin1,
sobre la que se sustentaba la economía del país en dicho
periodo histórico de Japón. En el teatro se cerraban los
tratos y se llevaban a cabo las transacciones comerciales,
pero también era el sitio donde las damas exhibían sus
últimos modelitos y, sobre todo, donde se podía
“desconectar” de los problemas de la vida diaria, al
sumergirse en las heroicas y galantes historias del pasado,
vivificadas por los mejores actores del momento.
Quizá sea necesario precisar que, durante el periodo Edo, ir
al teatro significaba mucho más que asistir a la
representación; significaba participar de la conversación en
remolinos de colores a la puerta del teatro, en donde los
ciudadanos se ponían al día de la vida en la ciudad, y
también donde los jóvenes enamorados se encontraban y podían
intercambiar tímidas miradas y alguna que otra palabra. En
definitiva, el teatro fue un elemento socializador e
identificativo de la citada clase media nipona, para la que
trabajó y de la que también formó parte.
el teatro nacional de
japón
Fue el 1 de julio de 1966 cuando se inauguró el imponente
edificio del Teatro Nacional de Japón. Establecido en
el distrito de Chiyoda2, uno de los denominados
23 barrios especiales (tokubetsu-ku) de Tokyo,
el Teatro Nacional comparte ubicación con el
Palacio Imperial (cuya área ocupa un 12% del suelo total
de Chiyoda), con la Estación Ferroviaria de Tokyo3
o el santuario Yasukini4. Huelga decir que
la zona es un hervidero de actividad, y que una breve
contemplación del lugar nos puede dejar en la retina
estampas tan modernas como la del vanguardista hotel
Akasaka o tan añejas como la de la puerta de acceso al
señorial castillo de Edo.
Antes de que finalizase ese mismo año —el 1 de noviembre,
para ser más exactos— se inauguraban también el Gran
Teatro y el Pequeño Teatro, integrados ambos en
el complejo arquitectónico del Teatro Nacional,
aunque dedicados cada uno (como luego veremos con mayor
detenimiento) a diferentes formas escénicas. Desde esa
fecha, los edificios destinados a albergar las funciones
teatrales no han hecho más que proliferar por todo el país,
protegidos y auspiciados por el Gobierno Japonés. Unas
cuantas fechas que nos darán una idea de la importante labor
de salvaguardia y difusión de las artes performativas en el
Imperio del Sol Naciente serían las siguientes:
-Septiembre de 1983, inauguración del Teatro Nacional
(sede de Noh) en Sendagaya, Shibuya-ku (Tokyo).
-Marzo de 1984, inauguración del Teatro Nacional (sede de
Bunraku) en Nihonbashi, Chuo-ku (Osaka).
-Octubre de 1997, inauguración del Nuevo Teatro Nacional5
en Honmachi, en el emblemático barrio de Shibuya (Tokyo).
-Enero de 2004, inauguración de la sede del Teatro
Nacional en Okinawa, región en la que existe una rica
tradición de danzas folclóricas con un carácter propio muy
marcado.
Dentro del complejo arquitectónico formado por los edificios
anexos al Teatro Nacional propiamente dicho, está
también ubicado el Teatro Nacional Engei, dedicado a
la forma de monólogo japonés tan característico, el
Rakugo. Por su parte, el Gran Teatro, con
capacidad para 1610 espectadores, está reservado para las
funciones de Kabuki, en donde es frecuente ver
representaciones de dicho espectáculo durante los meses de
marzo, junio o julio. Mientras, en el coqueto Pequeño
Teatro, con 590 localidades, es usual ver programadas
funciones de Bunraku, música tradicional japonesa,
montajes de obras occidentales o, incluso, piezas de autores
japoneses contemporáneos.
programación anual
Llama la atención del aficionado al teatro en general la
variedad y la cantidad de obras programadas a lo largo del
año en el Teatro Nacional de Japón. El amante de
cualquiera de las variedades del teatro clásico nipón puede
encontrar un amplio catálogo de producciones, todas ellas
interesantes y de gran calidad. Así, es frecuente encontrar
en el mismo mes programadas funciones de Noh,
Kabuki o Bunraku, gracias a los múltiples
edificios independientes que conforman el complejo del
Teatro Nacional.
Toda compañía que se precie ha de pasar por alguno de los
escenarios del Teatro Nacional; allí han actuado
troupes tan importantes como la añeja casa Kanze
(que fundasen Kannami y Zeami allá por el siglo XV), o
personalidades de la escena nipona, tales como el
onnagata Tamasaburō Bandō V (1950- ).
Al margen de la oferta puramente performativa, una de las
fechas importantes en la programación anual del Teatro
Nacional es la entrega en sus instalaciones del
prestigioso Premio Japón (日本国際賞),
otorgado a personalidades de todo el mundo que hayan
obtenido logros destacados en los campos de la Ciencia y la
Tecnología, facilitando con ellos el avance del conocimiento
o por haber “servido a la causa de la paz y la prosperidad
para la humanidad6”.
Además de todo lo ya expuesto, cabe mencionar que el
Teatro Nacional de Japón merece ser destacado también
como un formidable centro de exposiciones, en el que se han
exhibido ya colecciones de antiguas máscaras de Noh o
hermosos kimonos empleados en funciones de Kabuki,
grabados, estampas, carteles, etc. Asimismo, cuenta con una
nutrida biblioteca, especializada en las formas del teatro
clásico japonés, a cuyos fondos el investigador puede
acceder previa solicitud en su dirección.
A la vista de lo dicho a lo largo del presente artículo, el
lector no encontrará exagerado, pues, que concluyamos
afirmando que el Teatro Nacional de Japón bien podría
ser un ejemplo a seguir para el resto de sus homólogos, ya
que su cometido va más allá de ser el lugar de acogida de
las representaciones teatrales. Aceptado por todas las
instituciones niponas es que éste ocupa un lugar importante
en la sociedad japonesa de nuestros días, como claro
referente cultural y como protector de sus artes escénicas
tradicionales. Ojalá siga así por muchos años, sabríamos
entonces que el teatro, y todo lo que lo rodea y lo
conforma, estaría asegurado y en buenas manos en aquellas
lejanas tierras de Japón.
bibliografía