Comenzó la decimonovena edición de FETEN con buen
tiempo, en un Gijón abierto al mar y al viento. Y lo
hizo, como en anteriores ediciones, con una presencia
masiva de programadores y profesionales de toda España y
con una amplísima programación teatral para disfrute de
los niños y escrutinio de los distribuidores, que
aprovecharon esta Feria para cubrir, en gran medida, sus
respectivas programaciones de teatro infantil para todo
el año.
Dentro de la variada oferta, vamos a comentar algunas de
las propuestas que se pudieron ver en Gijón en la última
semana de febrero.
Teatro
Plus, grupo afincado en Asturias, representó un
espectáculo de pequeño formato destinado a niños de tres
años en adelante. El tiempo perdido, que así se
titula, nos cuenta, con la presencia de una
narradora-manipuladora y un actor, la historia de Pepe,
un diminuto títere de gomaespuma, y su Papá, un hombre
cualquiera (¿por qué entonces va vestido de payaso?), un
escritor que de golpe se convierte en padre (¡le llega
un paquete con el niño-títere!). La moraleja de la
historia es la falta de atención hacia los hijos por los
padres muy ocupados en sus serios trabajos y cómo los
hijos repiten el esquema cuando crecen. Los actores
hacen un buen trabajo, en clave mimo-clown el Papá, y el
espectáculo se sigue con interés, aunque en los diez
minutos finales hay un bajón en el ritmo que impiden
redondear la función.
Los catalanes de Nats Nus Danza, asiduos a FETEN, no
mostraron ningún espectáculo. ¿Bailas? es un
taller donde participan niños y mayores, bajo la
socorrida premisa del juego dramático o juego danza, tan
abundante en libros de pedagogía teatral y escolar.
La
Companyia del Príncep Totilau, también catalana, nos
presentó un Shakespeare. Poner al alcance de niños de
seis años La tempestad es una apuesta atrevida.
Tres actores-manipuladores dan vida a los personajes que
se reencuentran en la isla. Con unos títeres grandes, de
hermosa factura y vestuario y un espacio escénico
polivalente, formando un círculo-isla con los libros del
desterrado, desarrollan en algo menos de una hora la
historia de la venganza y el perdón de Próspero. El
esfuerzo de los tres actores (un hombre y dos mujeres)
es intenso durante toda la representación, pues están
casi permanentemente en escena interpretando, bailando o
manipulando. Lástima que no haya un trabajo de voces e
interpretación a la altura de la producción.
Otro grupo habitual en la Feria es Aracaladanza. Sus
espectáculos siempre tienen un marchamo de calidad y
factura impecable. Aunque a decir verdad, la danza va
perdiendo protagonismo en sus espectáculos en favor de
composiciones esteticistas llenas de hermosos objetos,
donde las bailarinas son además virtuosas manipuladoras.
Tal es el caso de Nubes, preciosista trabajo que
conjuga tramoya, proyecciones, objetos y bailarinas para
recrear una cierta estética surrealista en la línea
icónica de Magritte. Pero tanta perfección estética
conduce a la pérdida de pasión y a una cierta frialdad,
que hacen que admires el espectáculo, pero que no te
enamores de él.
Con
la técnica del teatro negro, los zaragozanos de
Caleidoscopio Teatro pusieron sobre las tablas del
Teatro Jovellanos su espectáculo Ondina Glups.
Usando el “original” método de una niña que tiene un
sueño, colocan a la protagonista buceando por los
procelosos mares del mundo. La luz negra da para mucho:
peces y más peces que van y vienen de manera incansable.
Demasiado deambule natatorio. Son bellas las marionetas
fosforescentes, sobre todo dos medusas tridimensionales
de gran tamaño que pasean durante un buen rato por el
patio de butacas. Cuando creíamos que el viejo vicio de
“asaltar” la platea ya había sido erradicado de los
teatros españoles, nos encontramos aquí con un doble
retorno: tras las medusas bajan un enorme balón para que
los infantes se deleiten durante un buen rato dando
manotazos. Pero al final todo se aclara: es una obra de
tesis. ¿Cuál? Pues que los humanos contaminamos los
mares y exterminamos incluso a los peces abisales. Y nos
lo cuentan en el tono didáctico-panfletario (¡con un
monstruo de la contaminación incluido!) que usan muchos
grupos de teatro infantil, que creen que el fin
justifica los medios. Más teatro y menos moralina, por
favor.
El grupo gijonés Higiénico Papel presentó en FETEN un
espectáculo dirigido a niños de 3 a 8 años, Una casa.
Como su título indica, la protagonista de la historia es
una maravillosa y enorme casa de muñecas, a la que se
muda un niño con su familia cuando les toca la lotería.
Con sombras chinescas al principio y títeres planos que
representan a la familia que habita la casa, el
narrador-niño nos va mostrando todas las habitaciones de
la casa, bellamente amuebladas, a la vez que nos desvela
sus anhelos y sus miedos. Oculto tras la casa, un
manipulador pone voces al resto de la familia. Es de
destacar la modulación pausada y relajada del niño y de
sus mayores en todos los parlamentos, sin una sola
salida de tono. Una especie de familia zen, vamos, que
exhala serenidad del mismo modo que sale humo por la
chimenea de la impresionante casa.
Desde Valencia a las tablas del Teatro Jovellanos llegan
Escalante Centre Teatral y Anem Anant Teatre con la
producción Cuentos de los Grimm. No hay dudas
sobre la mercancía que nos ofrecen: “Hansel y Gretel”,
“El sastrecillo valiente” y “Cenicienta” llenan casi una
hora de espectáculo. Y se nota: estirar estos tres
conocidos cuentos adaptándolos a la escena sin
demasiadas sorpresas ni en el tratamiento ni en el
argumento no pasará a la historia de los hallazgos
teatrales. En un único escenario y con diez actores
siempre en escena (a destacar el diseño del vestuario y
los objetos que usan: la producción está muy cuidada)
vemos cómo los hermanos Grimm llegan a un pueblo y,
junto a ocho lugareños, juegan a representar los citados
cuentos con la excusa de terminar su libro recopilatorio
de cuentos populares. Los actores ofrecen en general un
trabajo solvente, pero la función no es capaz de
entusiasmar en ningún momento.
La
Companyia de Comediants La Baldufa trajo a FETEN un
soplo de teatro vivo. Sin pretenciosos esteticismos,
didactismo apolillado, o lenguaje políticamente
correcto, con dos actores sobresalientes y una idea muy
clara de lo que es un espectáculo vivo y con ritmo, se
metieron al público en el bolsillo. Cirque déjà vu
nos cuenta la historia de dos viejos comediantes,
Anselmo y Fausto, dos amigos que en el pasado
recorrieron los pueblos con su circo. Anselmo tiene
alzheimer y sus recuerdos se desvanecen. Pero su amigo
Fausto lo visita para darle afecto y hacerle recordar.
Así van rescatando del tiempo y la memoria, en sucesivos
flashbacks, sus divertidísimos números de juventud. La
escena final resume de forma simple y magistral, sin
necesidad de discursos grandilocuentes, la peripecia
vital de los cómicos: unas sencillas marionetas de
madera autómatas que representan a todos los personajes
del circo se deslizan por un plano inclinado hacia una
caja donde son depositados con cuidado por Fausto. El
títere de Anselmo se precipita en el cajón con un golpe
sordo mientras se hace el oscuro.
La Compagnia TPO vino desde Italia para ofrecer un
espectáculo “interactivo” según definición de la propia
compañía. En un espacio escénico creado por una gradería
para el público montada en los cuatro lados de un
cuadrado de seis por seis metros con su superficie
cubierta con un tapiz de baile, dos bailarinas
“inter-actúan” con las proyecciones de un videoproyector
cenital. La filmación es obra de dos ingenieros
informáticos, que ponen movimiento a los colores y
formas del pintor kurdo Rebwar Sabed. Son bellas las
imágenes que se nos ofrecen. Lo que pasa es que al
cuarto de hora, pasada la sorpresa inicial, el juego se
hace repetitivo, al igual que la música minimalista que
conduce el espectáculo. Las bailarinas invitan con
delicadeza al público a incorporarse al tapiz para que
se sume a la “interacción”. Todo muy sereno, muy
estético, muy armónico, muy cromático, muy aburrido. Si
los ingenieros informáticos hacen teatro, ¿cuándo
comenzarán los teatreros a programar software?
Salvador Collado presentó en Gijón Los diablillos de
la ópera. ¿Qué decir de este autodenominado “mágico
musical” sin faltar a la verdad? Quizá una enumeración
de elementos nos ayude: un libreto sin sentido y
aburrido a la par que petulante, firmado por Alfonso
Zurro; unos trucos de magia comprados en un baratillo y
más viejos que la pana (además de chapuceramente
presentados y resueltos); unos actores que dan más pena
que miedo y deambulan sin ton ni son por la escena; una
“orquesta” compuesta por dos teclados afónicos y
percusión, eso sí con director; una escolanía de
veintitantas niñas y un niño (al que los diablillos
torturaran durante todo el espectáculo sin que sepamos
muy bien por qué: le tiran del pelo, de la oreja, le
hacen desaparecer, le guillotinan, le clavan un cuchillo
en el brazo, le atraviesan la cabeza con sables…), que
cantan como lo que son, un coro de escuela, en pijama,
con coletitas y un peluche cada una; unas proyecciones
de relleno que son un monumento al tópico; una soprano,
un tenor y un barítono que hacen el papelón de su vida y
que se supone dan razón de ser a este tinglado; una
escenografía con rampas, fea y desaprovechada; y por
fin, ochenta minutos de espectáculo para cantar diez
piezas que no duran ni treinta minutos. No sabemos si
esto es una jugada comercial o es una gran producción,
pero seguro que es un monumento a la mediocridad y al
tedio.
Ara Malikian, violinista inconmensurable, puso música a
Cuentos del mundo –Armenia–. Con la sencilla
propuesta de contar un cuento, los números musicales se
imbrican perfectamente en la narración, con una
vitalidad y un virtuosismo musical que contagian
optimismo, ganas de vivir. Una muestra de enorme talento
de unos intérpretes que con un violín, una viola, una
guitarra y un contrabajo encandilan al público.
En La Isla hay tres palmeras, una roca y un
náufrago, que lleva dos años sobrellevando con
meditación budista e imaginación su soledad. Es un
cocinero al que los tripulantes de un barco mercante
ruso arrojaron al mar por hacerles una comida demasiado
creativa. Un día llega a la isla otro náufrago, un
contable sin imaginación. Pronto surgen los conflictos
entre ellos, hasta que una terrible tormenta, que pone
en peligro sus vidas, hace que se reconcilien y surja
una sincera amistad. Laví e Bel Teatro ofrece un trabajo
solvente, con dos buenos actores en la bonita
escenografía de la isla. Los primeros y últimos quince
minutos del espectáculo son magníficos. Lástima que un
bache central de ritmo, donde decae el texto y el
interés, lastren el resultado final de una producción
que tiene todos los mimbres para fabricar un espectáculo
redondo.
Sonrisas y magia
fue el espectáculo que clausuró FETEN. Indudablemente un
broche de oro. Porque Mag Lari es un ilusionista, no
porque haga números de magia, sino porque embruja al
público con un espectáculo divertidísimo, en el que
durante hora y media derrocha un enorme talento de
actor-showman. Este joven artista traspasa las
candilejas con sólo aparecer en escena con su elegante
traje. Los trucos de prestidigitador son casi
secundarios, por típicos, con sus cajas de aparecer y
desaparecer, sus sables, sus cartas, sus “ganchos” entre
el público... Lo que importa es la puesta en escena y el
perfecto engranaje verbal, con los que el mago catalán
seduce a pequeños y grandes.
Y el año que viene FETEN cumple sus veinte años de
existencia. Lo celebraremos todos, público y
profesionales, como un hito importante del teatro
español.
Un recorrido por la feria
Roberto Corte
No hay que resaltar la importancia que para España tiene
Fetén como feria de teatro para niños y adolescentes. De
todos es sabido. Su buen hacer y sus muchos años de
ejercicio ininterrumpido le han dado un reconocimiento
merecido. Por aquí ha pasado, y también se ha estrenado,
mucho del mejor teatro de los últimos veinte años. Y los
gijoneses han sido, junto al resto de aficionados de
Asturias o de otras comunidades, los privilegiados que
han tenido la suerte de disfrutarlo.
También resulta inútil repetir que el teatro dirigido a
los niños tiene sus propias reglas, y que éstas, a
veces, para la crítica, son tan discutibles como en el
teatro para adultos. Al fin y al cabo los elementos
materiales implicados en el montaje y los pertinentes
códigos que se establecen para su emisión y recepción
son los mismos que se usan para el común de los géneros,
si exceptuamos las peculiaridades que le impone la edad
de los destinatarios. Si por casualidad algún crítico
despistado aún no está familiarizado con este medio
siempre puede dejarse orientar por las explícitas e
inequívocas respuestas de la concurrencia, ya que a
edades tan tempranas la sinceridad todavía es una virtud
orgánica. Aunque al hacerlo pongamos también de
manifiesto, eso sí, que uno de los retos más importantes
que se le plantea a la organización es el de acertar a
la hora de asignar los públicos escolares a los
espectáculos programados. Pues, evidentemente, las
piezas que se exhiben no van dirigidas por igual a niños
de todas las edades.
Como son muchos los espectáculos programados en Fetén y
la asistencia a toda la programación es imposible, al
espectador ocasional (como es mi caso) no le queda otro
remedio más que dejarse llevar por su disponibilidad de
horarios, por las señales que le lance su instinto, o
por la suerte que le confiera una elección al azar.
Resulta imposible reseñar convenientemente cada pieza
por razones de espacio, así que nos conformaremos con
hacer un repaso a modo de barrido calificativo sobre lo
visto. Adelantando que, como ocurre en otras ocasiones,
no siempre tiene por qué haber correspondencia entre los
medios de producción con que cuenta una compañía y la
calidad de los resultados. Algo que, por otra parte,
evidencia una de las anomalías típicas de la expresión
artística, y nos pone sobre aviso de que no siempre los
que disponen de mayores subvenciones son los mejores.
La programación oficial iba del 21 al 26 de febrero,
pero el sábado 20 comenzaron las exhibiciones
denominadas pre-Fetén, donde los asturianos de Teatro
Plus presentaron El tiempo perdido. Un trabajo
realizado con ternura y humor que sostuvo durante
cuarenta y cinco minutos la atención de los más pequeños
(a partir de tres años) con las peripecias de Pepe, el
títere protagonista empeñado en acabar con la paciencia
de su padre, que interpreta
Aleksandar,
su manipulador, en una ambientación realizada con
sencillez y en gomaespuma.
En
lunes 22, en el Centro Municipal de Gijón-Sur, El
Callejón del Gato, bajo la dirección de Ana Eva Guerra,
presentó La cabeza del dragón, de Valle-Inclán.
Una pieza que pese a su excelente interpretación y buena
factura en el conjunto del montaje —los tres actores y
dos actrices ni pierden tipo ni bajan la guardia rítmica
un instante en esos vertiginosos cambios a que les
obliga el doblaje de los personajes— no acabó de
convencer del todo, quizá porque la edad del público no
era la adecuada y, quizá también, porque estamos ante un
teatro más para jóvenes y adultos que para niños; o,
sencillamente, porque estamos ante un texto
sobrevalorado por los valleinclanistas (en realidad no
se sabe muy bien a quién va dirigido, pese a que nos
engañe la fábula). Ese mismo día, por la tarde y ya en
el Antiguo Instituto, los Títeres de la Tía Elena
representaron Cajal, el rey de los nervios, una
obra didáctica con marionetas de diversos tamaños que
fue seguida con provecho por la cuidada construcción de
los muñecos, por la buena ejecución al contar la
historia, y por las entretenidas anécdotas que se
muestran de la vida de este Premio Nobel de Aragón,
sacadas de sus memorias. A la noche, y en uno de esos
apartados del festival dedicado al relax, le tocó el
turno al malabarista Lee Hayes manejando botellas de
güisqui, al Caleidoscopio de Feeding the Fish,
con un bello espectáculo de fantasía a base de
coreografías con tubos de luces, y al excelente Marco
Carolei con números cómicos y de cabaret incluidos en
El vendedor de periódicos.
El
martes 23 por la mañana, en los bajos del Teatro
Jovellanos, el grupo Maduixa representó uno de los
mejores espectáculos de la feria, Ras!, un
cuadrilátero con gradas donde dos jóvenes intérpretes
juegan y dibujan en el suelo lo que la imaginación les
dicta. La buena utilización y sincronización de los
colores, y las líneas trazadas por un programa de luces
de un proyector cenital, mostró de manera ejemplar el
buen uso que se hacía de la tecnología, al convertirla
en el elemento medular de las composiciones, incluidas
las coreográficas, y no en un mero decorado insustancial
como viene siendo habitual en la mayoría de las
representaciones. A las 12:30 en Gijón-Sur Teatro
Paraíso representó El flautista mágico, con
música en directo, y unos objetos y muñecos que lograron
que los niños siguieran la historia con atención.
Para recordarnos, al igual que Kavafis, que lo
importante es el viaje, los vascos Markeliñe
representaron el miércoles La isla desconocida,
pieza con pantomimas y desplazamientos en un espacio
vacío, donde unos cubos y maromas colgadas de la tramoya
del Jovellanos, y el buen trabajo de los intérpretes,
consiguieron cuadros entretenidos. Aunque fue
posteriormente en Gijón-Sur, cuando el grupo Teloncillo
nos agració con Josefina, una pieza de línea
clara que hizo las delicias de los espectadores. La vida
de Josefina contada de una manera tan sencilla como
eficiente, a través de los proverbios que aprendió de su
abuelo. La buena letra y el buen ritmo que le aplicó
Claudio Hochman y los intérpretes hicieron que la pieza
de Teloncillo destacase entre las mejores. Sin embargo
el trabajo que por la tarde se mostró en el Antiguo
Instituto del grupo La Machina, Grillos y luciérnagas,
pese a tener una ambientación recogida y poética, y el
quimérico y delicado mundo de sensaciones que se nos
presenta, fue aburrido y no logró seducirnos. Justo lo
contrario que consiguió inmediatamente después La
Baldufa y su Cirque déjà vu, que nos transmitió
toda la carga poética que encierra el circo a través de
la ternura de unos personajes desgarrados por su pasado.
El esfuerzo que realizan para combatir la pérdida de
memoria les lleva al recuerdo de unos números de barraca
de feria, tradicionales, que son todo un homenaje a lo
vivido. Cirque déjà vu fue sin duda uno de los
mejores espectáculos del Fetén.
El mismo miércoles a la noche vimos en el patio del
Antiguo Instituto el adelanto del espectáculo que, dos
días más tarde, clausuraría el Fetén en el Jovellanos,
Mag Lari y su Sonrisas y magia. Para quienes
hayan visto con anterioridad los trabajos de este
excelente catalán cualquier explicación es innecesaria.
Se trata de un comunicador insuperable, de un excelente
provocador —aunque no del agrado de todo el mundo— que
domina su arte con maestría.
Y el jueves 25 le tocó el turno a Sarabela Teatro, en el
Jovellanos. Pero ni el amplio despliegue escenográfico
lleno de plasticidad y color, ni la belleza del
vestuario, y la buena interpretación de los actores del
grupo consiguió sobreponerse al necio argumento de
Cósima, de Chris Baldwin, una pieza construida a
base de despropósitos y moralina tontocomplaciente (“las
puertas de las jaulas tienen que estar abiertas”, y
cosas así) en la historia de una niña que decide
abandonar a su familia para marcharse a vivir a la copa
de un árbol, porque su padre la obligaba a comer
caracoles.
Hasta aquí llega mi comentario a los espectáculos
presentados, dejando constancia de que han sido
muchísimos más —y muy interesantes, parece ser— los que
no he podido ver.