
fausto
de Christopher Marlowe
Higiénico Papel
Dirección: Laura Iglesia
Reparto: Carlos Dávila, Alberto Rodríguez,
Lautaro Borghi, David Soto, David Acera, Rita Cofiño,
Arantxa Fernández
Iluminación: Rafa Mojas
Sonido: Alberto Ortiz
16 de enero de 2010
Teatro Jovellanos
Néstor Villazón
Si yo ahora les dijese que van a presenciar una obra de gran
repercusión en los medios, una actualizada revisión del
clásico Fausto de Marlowe, ganadora del Premio
Jovellanos a la producción teatral, con un presupuesto de
21.000 euros y siete actores con más de sesenta papeles a lo
largo de dos horas; una obra donde la iluminación, la
escenografía y la música contribuyen a crear un espacio
trágico, violento e irónico, donde las críticas a la
sociedad no impiden la huida de ésta con momentos felices y
amenos; valiente y tierna, donde se conjugan pasado y
presente y ambos no escapan de la aguda crítica social,
interpretada por un reconocido elenco de actores…
seguramente se decidirían casi sin pensarlo a ir al teatro y
comprarían su entrada impacientes e ilusionados.
Lamentablemente, todo lo que rodea a un espectáculo no es
suficiente para crear una gran función. Y es que, en la
cruda realidad, asistimos a una obra lenta, sin tensión —ni
pretensión—, por momentos indiferente. El primero de los
errores que más contribuyen a esta sensación de indiferencia
quizá sea su deficiente adaptación del original, ya que —y
éste es el gran problema a la hora de recoger textos de
otras épocas, textos que cumplían funciones muy alejadas de
las que en nuestros días tiene el teatro— existen demasiados
momentos desestimables para el espectador, repletos de
situaciones inservibles y anecdóticas, con personajes que no
tienen mayor poder que la de un par de réplicas. Su
directora, Laura Iglesia, ha optado por ofrecernos al
completo el universo de Marlowe, por momentos caótico y
terrible, olvidando que la labor del adaptador es potenciar
los aciertos del genio, que seguro, es vulnerable al paso de
los años.
El otro error, quizá más tangible y sonoro que el anterior,
lo encontramos en la fuerte presencia del sexo a lo largo de
casi toda la obra. Hoy en día, el hecho de presenciar una
felación o una orgía en el teatro no escandaliza, no resulta
algo revolucionario o provocador, a no ser que venga de la
mano de una gran idea. En el Fausto de Higiénico
Papel el sexo o la actitud lasciva de sus personajes se
encuentra presente en casi todas las escenas, pero el uso
desmesurado en busca de la provocación termina por agotarnos
y queda en nada. Por lo tanto, la obra no se arriesga,
escandaliza lo justo para una provincia.
Además de estos dos pilares sustantivos del error general,
también encontramos aspectos y situaciones chocantes —y por
qué no decirlo, zafias—, como el instante en que tres
actores vestidos de negro se unen diciendo “Caiga quien
caiga”, en referencia a un conocido programa de televisión,
o el ya arcaico y abusivo ataque contra el cliché de los “pijos”.
Actores que, desgraciadamente, pasaron prácticamente
inadvertidos, aunque hemos de repetir que se contaba con un
gran elenco. Destacó especialmente Carlos Dávila en su papel
de Fausto, que nos guía de forma notable por los diferentes
cuadros, con un destacable monólogo final. La gran ausencia
fue sin duda la participación de Alberto Rodríguez
(Mefistófeles), que permanece en un segundo plano en todo
momento, aún contando con un enorme potencial especialmente
visible en este tipo de personajes, como ya demostró en el
anterior Ricardo III, de la misma compañía.
Sin embargo, sería injusto dar por terminada esta crítica
sin resaltar también sus logros: la música, continua y
certera, y su escenografía e iluminación (el solar desierto
y olvidado que nos recordaba el viejo Cementerio de
automóviles de Arrabal) fueron sin duda sus grandes
logros. Lástima que a pesar de los grandes medios que
rodeaban a la obra se olvidasen sin duda del más importante:
la obra en sí.