Número 29. Mayo de 2010

Todo o nada

 

fausto

de Christopher Marlowe

Higiénico Papel

Dirección: Laura Iglesia

Reparto: Carlos Dávila, Alberto Rodríguez, Lautaro Borghi, David Soto, David Acera, Rita Cofiño, Arantxa Fernández

Iluminación: Rafa Mojas

Sonido: Alberto Ortiz

16 de enero de 2010

Teatro Jovellanos

Néstor Villazón

Si yo ahora les dijese que van a presenciar una obra de gran repercusión en los medios, una actualizada revisión del clásico Fausto de Marlowe, ganadora del Premio Jovellanos a la producción teatral, con un presupuesto de 21.000 euros y siete actores con más de sesenta papeles a lo largo de dos horas; una obra donde la iluminación, la escenografía y la música contribuyen a crear un espacio trágico, violento e irónico, donde las críticas a la sociedad no impiden la huida de ésta con momentos felices y amenos; valiente y tierna, donde se conjugan pasado y presente y ambos no escapan de la aguda crítica social, interpretada por un reconocido elenco de actores… seguramente se decidirían casi sin pensarlo a ir al teatro y comprarían su entrada impacientes e ilusionados.

Lamentablemente, todo lo que rodea a un espectáculo no es suficiente para crear una gran función. Y es que, en la cruda realidad, asistimos a una obra lenta, sin tensión —ni pretensión—, por momentos indiferente. El primero de los errores que más contribuyen a esta sensación de indiferencia quizá sea su deficiente adaptación del original, ya que —y éste es el gran problema a la hora de recoger textos de otras épocas, textos que cumplían funciones muy alejadas de las que en nuestros días tiene el teatro— existen demasiados momentos desestimables para el espectador, repletos de situaciones inservibles y anecdóticas, con personajes que no tienen mayor poder que la de un par de réplicas. Su directora, Laura Iglesia, ha optado por ofrecernos al completo el universo de Marlowe, por momentos caótico y terrible, olvidando que la labor del adaptador es potenciar los aciertos del genio, que seguro, es vulnerable al paso de los años.

El otro error, quizá más tangible y sonoro que el anterior, lo encontramos en la fuerte presencia del sexo a lo largo de casi toda la obra. Hoy en día, el hecho de presenciar una felación o una orgía en el teatro no escandaliza, no resulta algo revolucionario o provocador, a no ser que venga de la mano de una gran idea. En el Fausto de Higiénico Papel el sexo o la actitud lasciva de sus personajes se encuentra presente en casi todas las escenas, pero el uso desmesurado en busca de la provocación termina por agotarnos y queda en nada. Por lo tanto, la obra no se arriesga, escandaliza lo justo para una provincia.

Además de estos dos pilares sustantivos del error general, también encontramos aspectos y situaciones chocantes —y por qué no decirlo, zafias—, como el instante en que tres actores vestidos de negro se unen diciendo “Caiga quien caiga”, en referencia a un conocido programa de televisión, o el ya arcaico y abusivo ataque contra el cliché de los “pijos”. Actores que, desgraciadamente, pasaron prácticamente inadvertidos, aunque hemos de repetir que se contaba con un gran elenco. Destacó especialmente Carlos Dávila en su papel de Fausto, que nos guía de forma notable por los diferentes cuadros, con un destacable monólogo final. La gran ausencia fue sin duda la participación de Alberto Rodríguez (Mefistófeles), que permanece en un segundo plano en todo momento, aún contando con un enorme potencial especialmente visible en este tipo de personajes, como ya demostró en el anterior Ricardo III, de la misma compañía.

 Sin embargo, sería injusto dar por terminada esta crítica sin resaltar también sus logros: la música, continua y certera, y su escenografía e iluminación (el solar desierto y olvidado que nos recordaba el viejo Cementerio de automóviles de Arrabal) fueron sin duda sus grandes logros. Lástima que a pesar de los grandes medios que rodeaban a la obra se olvidasen sin duda del más importante: la obra en sí.

 

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