F-23
de Jorge Moreno
Konjuro Teatro
Intérpretes: Jorge Moreno y Mayra Fernández
Escenografía: Konjuro Teatro
Iluminación: Fernando Prieto
Ayte. de dirección: Sonia Vázquez
Dirección: Jorge Moreno
Teatro Palacio Valdés
23 de febrero de 2010
Roberto Corte
Si dentro de unos años alguien tuviera que escribir la
biografía de Jorge Moreno lo tendría fatal. Su agenda es un
hervidero de compromisos. Para muestra baste el decir que
escribe y estrena unas dos o tres piezas por año, y que
además trabaja como intérprete con cuatro o cinco compañías
al margen de la suya. Y que el número de espectáculos que,
entre unas y otras, componen “sus repertorios” para 2010 no
bajará de doce. Cualidad que lo convierte en un endiablado
portento, en un trabajador infatigable con el don de la
ubicuidad. No todos sus trabajos obtienen los mismos
resultados, esto es evidente, pero entre los buenos y los
normalitos su media de calidad es notable. Y esto vale tanto
para la autoría como para su labor de intérprete. Esta pieza
que acaba de estrenar en el Teatro Palacio Valdés de Avilés
me parece superior a Performance, que no estaba nada
mal en la versión que hace unos meses dirigió Alberto
Iglesias, y que le valió el Asturias Joven en 2004. Ahora
nos viene con F-23, que es, como la fecha fatídica
nos indica, un 23-F invertido. La letanía de un golpismo
residual de alcoba o de prostíbulo. Puro teatro dentro del
teatro, afortunadamente. En una secuencia de setenta minutos
de duración donde J. M. tiene por compañera a Mayra
Fernández, una excelente actriz con la que compartió
escenario en otras ocasiones, aunque con distintos grupos.
Este F-23 es deudor del anterior Performance
en que tiene planteamiento de “délire à deux” con cama y
guerra de por medio. Es un teatro de pequeño formato, un
espacio ceremonial de combate donde, muy a menudo, los
poderes materiales y verbales del hombre confluyen en
amenazas sexuales contra la mujer. O donde la erótica del
poder se singulariza en una patología a punto de
precipitarse en la violencia y el terror. Lo que ocurre es
que en esta ocasión el objetivo principal de la función es
la remembranza del golpismo, y entonces aparecen los tintes
caricaturescos —precisamente hoy que estamos de aniversario
y es martes veintitrés—. El ardor guerrero y la sacrosanta
cruzada redentora, recitativa, deambula desquiciada en busca
de contexto. La letra se la pone un militar franquista, o lo
que queda de él, que le suelta la letanía conspiratoria a
“una confidente extraída de los bajos fondos y las altas
camas”.
El Jorge Moreno autor elabora el texto, como en otras muchas
ocasiones, a base de encadenados verbales. Juegos de
palabras que caen en cascada sobre los acontecimientos que
se narran hasta convertirse en Leitmotiv. Su
propuesta es la reiteración por asociación, y el valor
estético que alcanza una espiral fonética que de alguna
manera está hermanada con una escritura mecánica consciente
y dirigida. Las palabras, con sus giros y matices, y a
medida que se sueltan, levantan la estructura dramática que
el generalito, emulando al generalísimo y a los tejerazos,
necesita para hacer los pertinentes reproches por la
intentona frustrada. Es una escena sencilla con un personaje
patético —bien sostenida desde esa especie de escritura
performativa— que, afortunadamente (o eso nos creemos),
pertenece a la historia.
Por lo que respecta a los intérpretes el J.M. actor está más
comedido, más sobrio, más maduro y auténtico que nunca.
Alejado de la farsa —aunque la pieza falazmente en una
primera lectura parece reclamarla— y del histrionismo de sus
comienzos. Y
Mayra
Fernández está tan bien como de costumbre haciendo el papel
de prostituta de alto standing, la víctima expiatoria sobre
la que se descarga la terapia confesional.