Número 29. Mayo de 2010

Golpismo de alcoba

 

F-23

de Jorge Moreno

Konjuro Teatro

Intérpretes: Jorge Moreno y Mayra Fernández

Escenografía: Konjuro Teatro

Iluminación: Fernando Prieto

Ayte. de dirección: Sonia Vázquez

Dirección: Jorge Moreno

Teatro Palacio Valdés

23 de febrero de 2010

Roberto Corte

Si dentro de unos años alguien tuviera que escribir la biografía de Jorge Moreno lo tendría fatal. Su agenda es un hervidero de compromisos. Para muestra baste el decir que escribe y estrena unas dos o tres piezas por año, y que además trabaja como intérprete con cuatro o cinco compañías al margen de la suya. Y que el número de espectáculos que, entre unas y otras, componen “sus repertorios” para 2010 no bajará de doce. Cualidad que lo convierte en un endiablado portento, en un trabajador infatigable con el don de la ubicuidad. No todos sus trabajos obtienen los mismos resultados, esto es evidente, pero entre los buenos y los normalitos su media de calidad es notable. Y esto vale tanto para la autoría como para su labor de intérprete. Esta pieza que acaba de estrenar en el Teatro Palacio Valdés de Avilés me parece superior a Performance, que no estaba nada mal en la versión que hace unos meses dirigió Alberto Iglesias, y que le valió el Asturias Joven en 2004. Ahora nos viene con F-23, que es, como la fecha fatídica nos indica, un 23-F invertido. La letanía de un golpismo residual de alcoba o de prostíbulo. Puro teatro dentro del teatro, afortunadamente. En una secuencia de setenta minutos de duración donde J. M. tiene por compañera a Mayra Fernández, una excelente actriz con la que compartió escenario en otras ocasiones, aunque con distintos grupos.

Este F-23 es deudor del anterior Performance en que tiene planteamiento de “délire à deux” con cama y guerra de por medio. Es un teatro de pequeño formato, un espacio ceremonial de combate donde, muy a menudo, los poderes materiales y verbales del hombre confluyen en amenazas sexuales contra la mujer. O donde la erótica del poder se singulariza en una patología a punto de precipitarse en la violencia y el terror. Lo que ocurre es que en esta ocasión el objetivo principal de la función es la remembranza del golpismo, y entonces aparecen los tintes caricaturescos —precisamente hoy que estamos de aniversario y es martes veintitrés—. El ardor guerrero y la sacrosanta cruzada redentora, recitativa, deambula desquiciada en busca de contexto. La letra se la pone un militar franquista, o lo que queda de él, que le suelta la letanía conspiratoria a “una confidente extraída de los bajos fondos y las altas camas”.

El Jorge Moreno autor elabora el texto, como en otras muchas ocasiones, a base de encadenados verbales. Juegos de palabras que caen en cascada sobre los acontecimientos que se narran hasta convertirse en Leitmotiv. Su propuesta es la reiteración por asociación, y el valor estético que alcanza una espiral fonética que de alguna manera está hermanada con una escritura mecánica consciente y dirigida. Las palabras, con sus giros y matices, y a medida que se sueltan, levantan la estructura dramática que el generalito, emulando al generalísimo y a los tejerazos, necesita para hacer los pertinentes reproches por la intentona frustrada. Es una escena sencilla con un personaje patético —bien sostenida desde esa especie de escritura performativa— que, afortunadamente (o eso nos creemos), pertenece a la historia.

Por lo que respecta a los intérpretes el J.M. actor está más comedido, más sobrio, más maduro y auténtico que nunca. Alejado de la farsa —aunque la pieza falazmente en una primera lectura parece reclamarla— y del histrionismo de sus comienzos. Y Mayra Fernández está tan bien como de costumbre haciendo el papel de prostituta de alto standing, la víctima expiatoria sobre la que se descarga la terapia confesional.  

 

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