En Asturias los recortes
presupuestarios no se han hecho esperar. Las
subvenciones para la producción de espectáculos que
convoca la Consejería de Cultura del Principado han
caído, respecto al año anterior, un 50 %. Mucho más de
lo previsible. O, al menos, mucho más de lo que se
entendía por un recorte razonable para tiempos de
crisis. De los 135.000 € de 2009 nos hemos quedado con
67.500 en 2010. Lo que nos coloca igual que hace quince
o veinte años. Con el agravante de que ahora la realidad
se impone más ardua y compleja. Pues de las quince
compañías que había en Asturias por aquel entonces hemos
pasado a una treintena larga. O sea, el mismo dinero que
hace tres o cuatro lustros, pero para cubrir las
necesidades del doble o triple de proyectos. Estos
recortes también se han producido en la mayoría de las
comunidades autonómicas, es cierto, pero no de una forma
tan drástica. El que se haya apurado el escalpelo en
profundidad sólo refuerza las tesis de los agoreros, los
que toman la parte por el todo, los que hacen tabla rasa
con soflamas de cabreo y esgrimen una retórica radical.
Si la Consejería de Cultura no se compromete en lo que
resta de año con una política teatral más coherente
arraigarán las tesis catastrofistas entre la profesión.
Mal comienzo pues para un año —éste y los que vengan
detrás— donde todo parece apuntar a que la situación
general de austeridad no será un apaño coyuntural sino
un estatus de más larga duración.
Una buena parte de las compañías
profesionales asturianas ya han respondido cursando sus
quejas a la Administración, manifestando su descontento
y preocupación. Por un lado protestan contra el tajante
recorte de la partida presupuestaria destinada a la
producción, y por otro critican el que la misma incluya,
como en años anteriores, los dineros destinados a la
promoción, o a lo que comúnmente se viene denominando
“subvenciones en gira” —el apoyo económico que la
Consejería presta a algunos grupos para que representen
sus espectáculos fuera de nuestra comunidad—. Partidas
que deben estar bien diferenciadas con presupuestos
individuales, para no confundirlas, porque poseen
objetivos distintos. Y que son necesarias para que las
ayudas a las representaciones no vayan en el cómputo (y
en detrimento) de las producciones.
No parece oportuno recrearse en el
tópico que nos recuerda que “el teatro tiene en la
crisis su medio natural”. Como metáfora la frase es tan
representativa y romántica como la que dice que “el
hambre agudiza el ingenio”. Vale en cuanto se refiere al
reto intelectual que supone una crisis de valores, pero
para el caso que nos concierne, quien la suelte en serio
sólo se merece nuestra oposición. El teatro es un arte
material tangible, caro, y que requiere de
infraestructuras. Cualquier aficionado principiante sabe
que una falla en la dotación económica para la
realización de una actividad escénica acaba
condicionando —si se realiza— la escritura, el reparto,
los ensayos, los contenidos, el resto de elementos que
intervienen en la pieza y sobre todo… la calidad, que es
el atributo resultante que le da sentido. Para que haya
buen teatro es necesario que haya la oportunidad de
hacerlo. Ésta, que es una verdad de Perogrullo, es la
evidencia que no quieren reconocer los testarudos.
Es fácil comprender que a un tiempo de
crisis le corresponde una economía de crisis. Y que un
ajuste de presupuestos en la política asturiana se hace
necesario. En nuestra modesta opinión siempre nos hemos
declarado partidarios del control y la coherencia en los
gastos y salarios, contrarios a los sobrecostes y al
despilfarro. Y así lo hemos manifestado ante los fastos
y eventos de antaño. Ahora bien, el problema se
acrecienta cuando se trata de atajar una crisis
significativa arruinando apartados del más que precario
organigrama artístico que son imprescindibles. Si la
Consejería de Cultura precisa realizar recortes, que los
haga, pero lo que no parece justo es empezar
estrangulando a los más necesitados.