Número 29. Mayo de 2010

Editorial
Un ridículo apoyo a la producción

En Asturias los recortes presupuestarios no se han hecho esperar. Las subvenciones para la producción de espectáculos que convoca la Consejería de Cultura del Principado han caído, respecto al año anterior, un 50 %. Mucho más de lo previsible. O, al menos, mucho más de lo que se entendía por un recorte razonable para tiempos de crisis. De los 135.000 € de 2009 nos hemos quedado con 67.500 en 2010. Lo que nos coloca igual que hace quince o veinte años. Con el agravante de que ahora la realidad se impone más ardua y compleja. Pues de las quince compañías que había en Asturias por aquel entonces hemos pasado a una treintena larga. O sea, el mismo dinero que hace tres o cuatro lustros, pero para cubrir las necesidades del doble o triple de proyectos. Estos recortes también se han producido en la mayoría de las comunidades autonómicas, es cierto, pero no de una forma tan drástica. El que se haya apurado el escalpelo en profundidad sólo refuerza las tesis de los agoreros, los que toman la parte por el todo, los que hacen tabla rasa con soflamas de cabreo y esgrimen una retórica radical. Si la Consejería de Cultura no se compromete en lo que resta de año con una política teatral más coherente arraigarán las tesis catastrofistas entre la profesión. Mal comienzo pues para un año —éste y los que vengan detrás— donde todo parece apuntar a que la situación general de austeridad no será un apaño coyuntural sino un estatus de más larga duración.

Una buena parte de las compañías profesionales asturianas ya han respondido cursando sus quejas a la Administración, manifestando su descontento y preocupación. Por un lado protestan contra el tajante recorte de la partida presupuestaria destinada a la producción, y por otro critican el que la misma incluya, como en años anteriores, los dineros destinados a la promoción, o a lo que comúnmente se viene denominando “subvenciones en gira” —el apoyo económico que la Consejería presta a algunos grupos para que representen sus espectáculos fuera de nuestra comunidad—. Partidas que deben estar bien diferenciadas con presupuestos individuales, para no confundirlas, porque poseen objetivos distintos. Y que son necesarias para que las ayudas a las representaciones no vayan en el cómputo (y en detrimento) de las producciones.

No parece oportuno recrearse en el tópico que nos recuerda que “el teatro tiene en la crisis su medio natural”. Como metáfora la frase es tan representativa y romántica como la que dice que “el hambre agudiza el ingenio”. Vale en cuanto se refiere al reto intelectual que supone una crisis de valores, pero para el caso que nos concierne, quien la suelte en serio sólo se merece nuestra oposición. El teatro es un arte material tangible, caro, y que requiere de infraestructuras. Cualquier aficionado principiante sabe que una falla en la dotación económica para la realización de una actividad escénica acaba condicionando —si se realiza— la escritura, el reparto, los ensayos, los contenidos, el resto de elementos que intervienen en la pieza y sobre todo… la calidad, que es el atributo resultante que le da sentido. Para que haya buen teatro es necesario que haya la oportunidad de hacerlo. Ésta, que es una verdad de Perogrullo, es la evidencia que no quieren reconocer los testarudos.

Es fácil comprender que a un tiempo de crisis le corresponde una economía de crisis. Y que un ajuste de presupuestos en la política asturiana se hace necesario. En nuestra modesta opinión siempre nos hemos declarado partidarios del control y la coherencia en los gastos y salarios, contrarios a los sobrecostes y al despilfarro. Y así lo hemos manifestado ante los fastos y eventos de antaño. Ahora bien, el problema se acrecienta cuando se trata de atajar una crisis significativa arruinando apartados del más que precario organigrama artístico que son imprescindibles. Si la Consejería de Cultura precisa realizar recortes, que los haga, pero lo que no parece justo es empezar estrangulando a los más necesitados.

 

Arriba