de Santiago Alba Rico
El Perro Flaco Teatro
Dirección: David Acera y Sonia Vázquez
Reparto: Chili Montes, Jorge Moreno, Borja Roces,
David Acera y David González
Iluminación y Sonido: Fernando Pieiga
Espacio sonoro y composiciones: Daniel Moro / El
Perro Flaco Teatro
9 de abril de 2010
Teatro Palacio Valdés
Néstor
Villazón
Decía Piscator que “un hombre en
escena adquiere el valor de función social”. Bajo
esta afirmación se encuentra el tan temido teatro
político, una arenga fría y distante que en muchas
ocasiones no es consciente de que sus ataques se
dirigen a un público burgués que es consciente de
serlo. En teatro, al igual que en el resto de las
disciplinas artísticas, siempre resulta más
productivo sugerir que nombrar. Y he aquí que nos
encontramos ante un texto que utiliza la política
para hacer teatro —y no al revés, como en algunos
casos ocurre— y huye del mero panfleto ideológico, o
mejor dicho, utiliza este último para mostrarnos
hasta dónde llega la inocente cotidianeidad en que
vivimos. Porque hablar sobre lo cotidiano es mostrar
el error inconsciente, algo mucho más beneficioso
que el simple discurso ensordecedor y coartativo
debido a la crudeza de su cercanía, utilizado aquí
para extraer de la monótona camaradería social las
drásticas consecuencias de una conmoción bélica.
En B-52 el espacio escénico lo
ocupa un bombardero norteamericano, pero bien podría
ser el hogar de muchos de los presentes o cualquier
instante en nuestras calles, en el que cinco
personas, hastiadas de su agotadora monotonía,
imaginan un divertimento infantil: un día de guerra
en el museo de Irak. Su autor, Santiago Alba Rico,
esconde por momentos el claro fin político de la
pieza y hace creer a su público, mediante un
lenguaje rico y certero, que asiste únicamente a una
amable comedia burguesa. Surge entonces el recurso
final —que también fue utilizado en el intermedio de
la función y que quizá sea el más expuesto a la
crítica— con la proyección de imágenes del conflicto
iraquí, la verdadera consecuencia de todo ese humor
ameno y carente de dolor. Y es que en B-52 se une
con gran acierto esa inocente cotidianeidad en que
vivimos con las drásticas consecuencias que supone
la inacción, gracias al acertado trabajo de sus
directores, Sonia Vázquez y David Acera, que
supieron conjugar los escasos elementos
escenográficos con que contaban con el paso de unos
actores —igualmente acertados— de una simple
conversación banal al transfondo real que yace lejos
de su imaginación.
Decía Truffaut que si no atacamos,
la política termina por devorarnos. He aquí el
reflejo más nítido de lo que un día banal en
nuestros días puede repercutir en los hechos que no
asumimos como necesarios de intervención, en una
obra que sin ser marcadamente política ataca los
valores fundamentales de la gran burguesía ajena al
caos que sobrevuela sobre sus cabezas.