Número 29. Mayo de 2010

Un día en el museo del horror

 

B-52

de Santiago Alba Rico

El Perro Flaco Teatro

Dirección: David Acera y Sonia Vázquez

Reparto: Chili Montes, Jorge Moreno, Borja Roces, David Acera y David González

Iluminación y Sonido: Fernando Pieiga

Espacio sonoro y composiciones: Daniel Moro / El Perro Flaco Teatro

9 de abril de 2010

Teatro Palacio Valdés

Néstor Villazón

Decía Piscator que “un hombre en escena adquiere el valor de función social”. Bajo esta afirmación se encuentra el tan temido teatro político, una arenga fría y distante que en muchas ocasiones no es consciente de que sus ataques se dirigen a un público burgués que es consciente de serlo. En teatro, al igual que en el resto de las disciplinas artísticas, siempre resulta más productivo sugerir que nombrar. Y he aquí que nos encontramos ante un texto que utiliza la política para hacer teatro —y no al revés, como en algunos casos ocurre— y huye del mero panfleto ideológico, o mejor dicho, utiliza este último para mostrarnos hasta dónde llega la inocente cotidianeidad en que vivimos. Porque hablar sobre lo cotidiano es mostrar el error inconsciente, algo mucho más beneficioso que el simple discurso ensordecedor y coartativo debido a la crudeza de su cercanía, utilizado aquí para extraer de la monótona camaradería social las drásticas consecuencias de una conmoción bélica.

En B-52 el espacio escénico lo ocupa un bombardero norteamericano, pero bien podría ser el hogar de muchos de los presentes o cualquier instante en nuestras calles, en el que cinco personas, hastiadas de su agotadora monotonía, imaginan un divertimento infantil: un día de guerra en el museo de Irak. Su autor, Santiago Alba Rico, esconde por momentos el claro fin político de la pieza y hace creer a su público, mediante un lenguaje rico y certero, que asiste únicamente a una amable comedia burguesa. Surge entonces el recurso final —que también fue utilizado en el intermedio de la función y que quizá sea el más expuesto a la crítica— con la proyección de imágenes del conflicto iraquí, la verdadera consecuencia de todo ese humor ameno y carente de dolor. Y es que en B-52 se une con gran acierto esa inocente cotidianeidad en que vivimos con las drásticas consecuencias que supone la inacción, gracias al acertado trabajo de sus directores, Sonia Vázquez y David Acera, que supieron conjugar los escasos elementos escenográficos con que contaban con el paso de unos actores —igualmente acertados— de una simple conversación banal al transfondo real que yace lejos de su imaginación.

Decía Truffaut que si no atacamos, la política termina por devorarnos. He aquí el reflejo más nítido de lo que un día banal en nuestros días puede repercutir en los hechos que no asumimos como necesarios de intervención, en una obra que sin ser marcadamente política ataca los valores fundamentales de la gran burguesía ajena al caos que sobrevuela sobre sus cabezas.

 

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