Número 29. Mayo de 2010

El arma y la palabra

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Miguel Hernández (sobre el coche)
en el frente en 1937.

Joaquín Fuertes

Terminaba el año 1975 y en algunos escaparates de Madrid estaba la cara ovalada del Dictador con un lazo negro pegado al marco. Mientras tomábamos un café le dije a Pérez Oliva, director de un curso teatral para compañías no profesionales, que la esperanza mía era hacer un montaje de alguno de los textos de Miguel Hernández y que él lo dirigiera, o al menos lo supervisara. Coincidíamos en el amor por el poeta, y en el caso de Pérez Oliva por el paisanaje, pues aún siendo murciano decía que Orihuela, a 21 kilómetros, era más de Murcia que de ninguna otra parte. Pertenecientes al club de los enamorados de Miguel, hablamos durante un tiempo de aquella historia mal conocida y distorsionada a posta, de la vida honesta y ejemplar del pastor que nunca quiso dejar de serlo. Fue poeta del pueblo y querido por el pueblo, pero aborrecido por algunos señoritos vagos y canallas, gloriosos déspotas que aspiraban a una República cortijera, actuando ellos como cronistas del verso, sin manchar sus finas manos en la actio. Pasaron treinta y cinco años y no se hizo nada de aquel montaje. Ni yo ni nadie.

Este año se conmemora el centenario del nacimiento de Miguel Hernández. No es fácil llevar al escenario sus piezas teatrales, pero podría conseguirse poniendo el mismo empeño en ajustar sus textos, que el que manifiestan algunos que versionan y dirigen en destruir los de Shakespeare, Lope de Vega o Valle-Inclán. Miguel no supera, tal vez, a otros en finura dramática y en las rimas métricas, pero nadie le pone el pie delante en su condición de hombre; y no es fácil ser un hombre cuando verdaderamente hay que serlo. Miguel recibió muy pocos regalos de la vida, excepto golpes, y también escasos favores de la República, pero a la hora de la verdad no quiso pertenecer a ese numeroso gremio que se dio el piro al oír el primer disparo, o se escondieron en el retrete, como se lamenta en uno de sus versos. Fugitivas cacas, les llama, a los que fueron a defender la República desde una lejanía imposible. A veces también en la cercanía, pero en el palacio de Miraflores, donde Rafael Alberti y María Teresa León, vestidos con el uniforme de gala de los marqueses huidos, recibían a sus huéspedes, entre los que figuró alguna vez, y no volvió, André Malraux. Hasta allí llegó un día, asomándose en medio de una cuchipanda el pobre Miguel, que venía del frente del Guadarrama macilento y sin afeitar, con su pistola al cinto y recién observadas las cuencas vacías de tantos jóvenes que amanecían inútilmente muertos para que el enemigo no llegara hasta aquel palacio, donde se pretendía ganar una guerra con verborrea y mentiras. Miguel gritó aquello de, “esto es una casa de putas gobernada por una puta”, y María Teresa León se abalanzó sobre él, propinándole un golpe y derribándolo al grito de “troskista”, que es como llamaban entonces los estalinistas, y todavía hoy, a los que quieren quitarse de en medio.

El episodio anterior lo refiere José Luis Ferris en la biografía de Miguel Hernández Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, derivado del odio que sentían hacia él Alberti y María Teresa León, acusándolo de ser el culpable indirecto de la muerte de Lorca. El propio Ferris escuchó esta versión por boca de Vicente Aleixandre, y un poeta valenciano, diplomático y amigo de Neruda, refrendó aquellas últimas horas de Lorca en Madrid. En los primeros días de julio del 36 ya se efectuaron, al parecer, algunas lecturas de La casa de Bernarda Alba, pero se había preparado como un acontecimiento para el grupo de escritores y allegados dar a conocer la obra en la casona propiedad de Aleixandre, que apenas salía de ella, porque siempre estaba enfermo, aunque al final los sobrevivió a casi todos. La situación política y social estaba ya tan mal que suponían que de un momento a otro podía ocurrir algo grave, por lo que el palacete del consulado de Chile era el refugio propuesto, sobre todo para Lorca que estaba amenazado. Digamos, que esas inquinas hacia el poeta granadino, más que por sus versos o por su condición de homosexual, como dicen algunos, se debían a los vínculos con el ministro Fernando de los Ríos, que desde las carteras de Instrucción Pública y Justicia había sido el azote de la Derecha reaccionaria. Manuel Azaña en sus Diarios, 1932-1933 escribe lo siguiente: “Hoy he ido a ver a los muchachos de “La Barraca”. Son aficionados, sólo saben hacer bien disfrazarse; pero son protegidos de Fernando”.

El diálogo de Lorca y Aleixandre por teléfono, antes de la lectura de la obra, fue poco más o menos así: “—¿Está ahí con vosotros Miguel Hernández? —Sí, está aquí. —Échalo. —No puedo, Federico, cómo voy a echarlo… —Entonces yo no voy”. Y así fue como aquella misma noche García Lorca (13 o 14 de julio) tomó el tren para Granada. En Madrid se quedaba un poeta campesino calzado de abarcas que admiraba tanto a Federico como éste le aborrecía, entre otras cosas porque no soportaba la mirada vidriosa y de ojos desencajados de Miguel Hernández, consecuencia de la enfermedad del tiroides que padecía desde niño. Esa crueldad hacia el débil, que dimanaba de aquellos ricos burgueses de la Residencia de Estudiantes no era nueva. Al principio el “débil” era García Lorca, por su afectación física en las piernas y psíquica en el modo de expresarse. Existen pocas dudas de que a él le dedicaron el título de El perro andaluz Buñuel y Dalí; como más tarde figuran los escatológicos versos, que yo le oí recitar a Alberti, sobre una poetisa cubana que osaba meterse en la Residencia. No era otra que Gloria María Loinaz, a quien Alberti reverenció muchos años después cuando a ésta le dieron el premio Cervantes.

Mi admiración incondicional por Miguel Hernández se debe a que es tanto de admirar su vida como su obra. No creo que se hayan apagado los tiempos de fugas en los que se le siga asignando al pueblo la costumbre de morir. En este país, con una proporción mayor de corruptos y subvencionados que de gentes dispuestas a sacar las castañas del fuego, se echan de menos las actitudes nobles y valientes, como las de mi amigo Adolfo Bartolomé, padre del pintor, en estos mismos solares donde escribo. Adolfo, combatiente y condenado a muerte como Miguel Hernández, le replicó delante de mis narices a un jefe que lo acosaba: “Usted es valiente aquí, con quien tiene que trabajar para comer, pero en la trinchera lo habría sacado a patadas en los cojones para ver qué tal se portaba”.

Me descubro ante los que tienen la palabra y si hace falta el arma. No veré el teatro de Miguel Hernández representado, pero el silencio no ha de borrar todas las infamias. A Miguel le libraron de ser fusilado Cossío y Sánchez Mazas; sobre todo este último, padre de los Sánchez Ferlosio, que por dos veces fue a ver a Franco. Nada fácil salvar al que había sido comisario cultural con Adolfo Vitali y durante unos meses comisario político en el frente de Aranjuez. El falangista Sánchez Mazas, que estaba vivo por la impericia de los que lo fusilaron, tenía mejor entraña que muchos alborotadores de retaguardia. Estoy seguro de que Miguel Hernández, si ahora cumpliera cien años, opinaría lo mismo.

 

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