Miguel Hernández (sobre el coche)
en el frente en 1937.
Joaquín Fuertes
Terminaba el año 1975 y en algunos escaparates de Madrid
estaba la cara ovalada del Dictador con un lazo negro pegado
al marco. Mientras tomábamos un café le dije a Pérez Oliva,
director de un curso teatral para compañías no
profesionales, que la esperanza mía era hacer un montaje de
alguno de los textos de Miguel Hernández y que él lo
dirigiera, o al menos lo supervisara. Coincidíamos en el
amor por el poeta, y en el caso de Pérez Oliva por el
paisanaje, pues aún siendo murciano decía que Orihuela, a 21
kilómetros, era más de Murcia que de ninguna otra parte.
Pertenecientes al club de los enamorados de Miguel, hablamos
durante un tiempo de aquella historia mal conocida y
distorsionada a posta, de la vida honesta y ejemplar del
pastor que nunca quiso dejar de serlo. Fue poeta del pueblo
y querido por el pueblo, pero aborrecido por algunos
señoritos vagos y canallas, gloriosos déspotas que aspiraban
a una República cortijera, actuando ellos como cronistas del
verso, sin manchar sus finas manos en la actio.
Pasaron treinta y cinco años y no se hizo nada de aquel
montaje. Ni yo ni nadie.
Este año se conmemora el centenario del nacimiento de Miguel
Hernández. No es fácil llevar al escenario sus piezas
teatrales, pero podría conseguirse poniendo el mismo empeño
en ajustar sus textos, que el que manifiestan algunos que
versionan y dirigen en destruir los de Shakespeare, Lope de
Vega o Valle-Inclán. Miguel no supera, tal vez, a otros en
finura dramática y en las rimas métricas, pero nadie le pone
el pie delante en su condición de hombre; y no es fácil ser
un hombre cuando verdaderamente hay que serlo. Miguel
recibió muy pocos regalos de la vida, excepto golpes, y
también escasos favores de la República, pero a la hora de
la verdad no quiso pertenecer a ese numeroso gremio que se
dio el piro al oír el primer disparo, o se escondieron en el
retrete, como se lamenta en uno de sus versos. Fugitivas
cacas, les llama, a los que fueron a defender la República
desde una lejanía imposible. A veces también en la cercanía,
pero en el palacio de Miraflores, donde Rafael Alberti y
María Teresa León, vestidos con el uniforme de gala de los
marqueses huidos, recibían a sus huéspedes, entre los que
figuró alguna vez, y no volvió, André Malraux. Hasta allí
llegó un día, asomándose en medio de una cuchipanda el pobre
Miguel, que venía del frente del Guadarrama macilento y sin
afeitar, con su pistola al cinto y recién observadas las
cuencas vacías de tantos jóvenes que amanecían inútilmente
muertos para que el enemigo no llegara hasta aquel palacio,
donde se pretendía ganar una guerra con verborrea y
mentiras. Miguel gritó aquello de, “esto es una casa de
putas gobernada por una puta”, y María Teresa León se
abalanzó sobre él, propinándole un golpe y derribándolo al
grito de “troskista”, que es como llamaban entonces los
estalinistas, y todavía hoy, a los que quieren quitarse de
en medio.
El episodio anterior lo refiere José Luis Ferris en la
biografía de Miguel Hernández Pasiones, cárcel y muerte
de un poeta, derivado del odio que sentían hacia él
Alberti y María Teresa León, acusándolo de ser el culpable
indirecto de la muerte de Lorca. El propio Ferris escuchó
esta versión por boca de Vicente Aleixandre, y un poeta
valenciano, diplomático y amigo de Neruda, refrendó aquellas
últimas horas de Lorca en Madrid. En los primeros días de
julio del 36 ya se efectuaron, al parecer, algunas lecturas
de La casa de Bernarda Alba, pero se había preparado
como un acontecimiento para el grupo de escritores y
allegados dar a conocer la obra en la casona propiedad de
Aleixandre, que apenas salía de ella, porque siempre estaba
enfermo, aunque al final los sobrevivió a casi todos. La
situación política y social estaba ya tan mal que suponían
que de un momento a otro podía ocurrir algo grave, por lo
que el palacete del consulado de Chile era el refugio
propuesto, sobre todo para Lorca que estaba amenazado.
Digamos, que esas inquinas hacia el poeta granadino, más que
por sus versos o por su condición de homosexual, como dicen
algunos, se debían a los vínculos con el ministro Fernando
de los Ríos, que desde las carteras de Instrucción Pública y
Justicia había sido el azote de la Derecha reaccionaria.
Manuel Azaña en sus Diarios, 1932-1933 escribe lo
siguiente: “Hoy he ido a ver a los muchachos de “La
Barraca”. Son aficionados, sólo saben hacer bien
disfrazarse; pero son protegidos de Fernando”.
El diálogo de Lorca y Aleixandre por teléfono, antes de la
lectura de la obra, fue poco más o menos así: “—¿Está ahí
con vosotros Miguel Hernández? —Sí, está aquí. —Échalo. —No
puedo, Federico, cómo voy a echarlo… —Entonces yo no voy”. Y
así fue como aquella misma noche García Lorca (13 o 14 de
julio) tomó el tren para Granada. En Madrid se quedaba un
poeta campesino calzado de abarcas que admiraba tanto a
Federico como éste le aborrecía, entre otras cosas porque no
soportaba la mirada vidriosa y de ojos desencajados de
Miguel Hernández, consecuencia de la enfermedad del tiroides
que padecía desde niño. Esa crueldad hacia el débil, que
dimanaba de aquellos ricos burgueses de la Residencia de
Estudiantes no era nueva. Al principio el “débil” era García
Lorca, por su afectación física en las piernas y psíquica en
el modo de expresarse. Existen pocas dudas de que a él le
dedicaron el título de El perro andaluz Buñuel y
Dalí; como más tarde figuran los escatológicos versos, que
yo le oí recitar a Alberti, sobre una poetisa cubana que
osaba meterse en la Residencia. No era otra que Gloria María
Loinaz, a quien Alberti reverenció muchos años después
cuando a ésta le dieron el premio Cervantes.
Mi admiración incondicional por Miguel Hernández se debe a
que es tanto de admirar su vida como su obra. No creo que se
hayan apagado los tiempos de fugas en los que se le siga
asignando al pueblo la costumbre de morir. En este país, con
una proporción mayor de corruptos y subvencionados que de
gentes dispuestas a sacar las castañas del fuego, se echan
de menos las actitudes nobles y valientes, como las de mi
amigo Adolfo Bartolomé, padre del pintor, en estos mismos
solares donde escribo. Adolfo, combatiente y condenado a
muerte como Miguel Hernández, le replicó delante de mis
narices a un jefe que lo acosaba: “Usted es valiente aquí,
con quien tiene que trabajar para comer, pero en la
trinchera lo habría sacado a patadas en los cojones para ver
qué tal se portaba”.
Me descubro ante los que tienen la palabra y si hace falta
el arma. No veré el teatro de Miguel Hernández representado,
pero el silencio no ha de borrar todas las infamias. A
Miguel le libraron de ser fusilado Cossío y Sánchez Mazas;
sobre todo este último, padre de los Sánchez Ferlosio, que
por dos veces fue a ver a Franco. Nada fácil salvar al que
había sido comisario cultural con Adolfo Vitali y durante
unos meses comisario político en el frente de Aranjuez. El
falangista Sánchez Mazas, que estaba vivo por la impericia
de los que lo fusilaron, tenía mejor entraña que muchos
alborotadores de retaguardia. Estoy seguro de que Miguel
Hernández, si ahora cumpliera cien años, opinaría lo mismo.