
Sofía
Castañón
Llevamos demasiado en el tiempo de echar las manos a la cara
con la espantosa educación que el público infantil infiere
de la tan bien denominada en ocasiones “caja tonta”. Como si
ésta fuera la única vía educativa, como si más allá de los
tubos catódicos, de la pantalla de plasma, no hubiera
opciones para entretener a los más pequeños, para mostrarles
el mundo. Llevamos, de hecho, demasiado creyendo que sólo
los niños necesitan otro tipo de educación, otros canales.
La Vereda Teatro, el proyecto de David Acera y Ana Laura
Barros, asume el compromiso que supone la escena, el arte
dramático, desde la pedagogía responsable. Temas como el
conflicto bélico o la especulación urbanística se tratan
desde un lenguaje cercano, comprensible y emocional.
Esta joven compañía, en su gestación y en su espíritu (¿hay
algún otro modo de hacer teatro?), surge con la voluntad de
llegar a los niños de todas las edades, porque, al fin y al
cabo, la herramienta principal de cambio reside en ese
resorte afanoso e inocente que se conserva en algún recodo
del cuerpo desde la infancia.
El suyo es un teatro audaz, comprometido y distinto que
ayuda a comprender un poco mejor el mundo que nos toca.
Compaginan en esa tarea la experiencia titiritera de Barros
con la actoral de Acera, y plasman sus historias desde un
trabajo híbrido de sombras, títeres y actores. Y como saben
que, más allá de las tablas, el teatro sigue vivo han
publicado una de sus obras con la editorial Cambalache.
Es precisamente esa obra con la que se dieron a conocer:
Catalina y los bosques de hormigón. Una fábula sobre un
mundo amenazado con extinguirse en pro de los beneficios de
la especulación. En este montaje, protagonizado por una
pelirroja y sonriente Catalina manejada por Barros, la
participación del público se vuelve indispensable para
lograr solucionar el conflicto. El especulador, una suerte
de malvado tirano, un antagonista de traje morado y
sombrero, al que da vida David Acera, quiere eliminar todo
lo hermoso del mundo que Catalina conoce, lo que incluye su
pequeño huerto, esmeradamente atendido por ella y por su
madre. No serán las autoridades, a las que acudirá la niña
en un primer momento, quienes sepan, o quieran, acabar con
esa gravísima amenaza. Sólo el poder vecinal, la conciencia
que de un modo interactivo irá tomando el público, podrá
evitar que el empresario déspota se salga con la suya.
Si el teatro implica de por sí una acción, aunque desde una
percepción pasiva, por parte del público (y de ahí que se
diga que es el arte más político que existe), ésta se
refuerza si, además, la propia trama precisa de esa
interacción, del compromiso de los asistentes con el
conflicto que se plantea. Esta valiosa obra está, además,
prologada en su edición por la realizadora y teórica Lolo
Rico, y quienes recuerden el modelo televisivo de La bola
de cristal entenderán que en esto no hay nada azaroso.
Con su otro montaje, Hay una guerra en mi habitación,
La Vereda Teatro se adentra en el campo de la educación para
la paz. A través de un personaje infantil caprichoso y de un
alocado sueño desarrollan un discurso antibelicista. Con
esta obra son tres actores sobre el escenario, ya que se une
al elenco Paula Alonso.
Es Lolo Rico quien dice en una entrevista: “Los niños no
tienen la culpa de que no se les permita concebir el mundo
por sí mismos para comprometerse con él. Quizá lo que no se
quiere son ciudadanos comprometidos.” Compañías teatrales
como La Vereda Teatro hacen por ofrecer a esos niños (¿y
quién no lo es en esta materia?) la posibilidad, la visión,
las herramientas, para ser ciudadanos comprometidos,
críticos. Demuestran que sobre un escenario magia y verdad
pueden darse la mano, y pueden hacernos mejores.