
velocidad máxima
Concepción y dirección: John Romão
Dramaturgia: Mickael de Oliveira
Interpretación: John Romão y tres “garotos de programa”
brasileños residentes en Lisboa
Pianista: Cláudia Teixeira
Espacio escénico: Diego Beyró y John Romão
Colaboración coreográfica: Elena Córdoba
Diseño de luz: Daniel Worm D’Assumpção
Vídeo: Carlos Conceição
Diseño de proyecciones: Bruno Moreira Dias
Construcción de máscaras: Cecília Sousa
Co-producción: Festival Citemor, La Laboral, Murmuriu,
Negócio/ZDB, Penetrarte
5 de diciembre de 2009
Teatro de la Laboral (Gijón)
Venancio J. Mayo Pérez
Recorren
miles de kilómetros desde sus países de origen, son los
nuevos navegantes en busca de nuevas tierras, de mejores
vidas. La tierra prometida, la vieja y desarrollada Europa
les espera. Escapar de la esclavitud, de la pobreza
intrínseca y extendida de las calles de su ciudad natal.
El viaje es
largo, tortuoso, no exento de peligros, pero la motivación
por llegar al lugar de recompensa es aún más fuerte que el
desánimo, a fin de cuentas se trata de ganar una nueva
oportunidad de vida, ¿no es motivo suficiente? Cruzar todo
un océano para alcanzar las doradas tierras, para alcanzar
los dorados sueños. Pero las grandes puertas no están hechas
para que pasen por ellas “los nadie”, los que nada tienen,
los que nada valen, los que no pueden pagárselo. Entrar por
los resquicios del muro, una vez dentro sólo queda espacio
en los sótanos del sistema, aunque habitar esos oscuros
lugares no es gratuito, vivir cuesta y no sabes cuánto…
Sobre el
escenario cuatro personajes, tres de ellos son auténticos
“garotos de programa” (prostitutos brasileños). Cuerpos de
alquiler, objetos de consumo para satisfacer los deseos de
quienes tienen el poder en sus manos en forma de dinero.
Cuerpos como objeto de transacción económica, relaciones sin
sentimientos, para qué, ¿acaso el dinero los tiene? Tres
historias en una sola, tres personas con necesidad de
abandonar su condición de cosa, con necesidad de
personificarse, de mostrarse, de contar, de compartir lo que
sienten dentro de una vida de artificio, de apariencia, de
voraz crueldad que los consume.
La
hipocresía de una sociedad que penaliza tu condición,
mientras su sistema de consumo te condena a practicar el
sexo mercenario para pagar el día a día de tu vida, y a la
vez, te ofrece las herramientas, a precio de oferta, para
que ejerzas mejor tu trabajo: terminal telefónico, página
web, anuncios de contactos en prensa, bronceado, gimnasio,
hormonas, ropa cara. Competir para colocar mejor tu
producto. Intentar que el haber sea mayor que el debe.
Invertir en tu propia condición de esclavo sexual y de paso,
si puedes, poder vivir como los demás, aunque sea sólo un
poquito.
Si tuviese
que definir Velocidad Máxima, la definiría como una
obra de gran sensibilidad. Es una obra para corazones
sensibles, pero de estómago fuerte, no tanto por lo que se
pueda ver sobre el espacio escénico, como por lo que allí se
siente. John Romão, proyecta el foco sobre una realidad de
la que preferimos retirar la mirada, y que es la de la
prostitución como medio de vida, en este caso, la de los
prostitutos brasileños en Lisboa, que bien podríamos situar
en cualquier otro lugar del espacio europeo o del mundo
globalizado. Una mirada radical, directa, desnuda, sobre
unas vidas segadas por el desamparo de un continente líder
en derechos y tentaciones, siempre que éstas sean rentables
y puedas pagar su precio. Una obra de denuncia, clara, con
fuerza, que no se esconde, una dentellada a la injusticia,
todo un recordatorio para los que pensamos que la vida puede
y debe ser otra cosa. Una obra de bajo presupuesto pero de
alto octanaje.