
José Luis Campal Fernández
RIDEA
I. Trayectoria
biográfica
A las cinco de la madrugada del 22 de junio de 1910 expiraba
en Madrid el dramaturgo Ricardo de la Vega de Oreiro y Lema,
hijo de otro célebre autor decimonónico, Ventura de la Vega
y Cárdenas, y responsable de haber remozado el género
sainetístico con la introducción de ingredientes musicales,
dado que trabajó con grandes compositores de su tiempo como
Chueca, Barbieri, Bretón, Caballero o Chapí.
Había nacido el 7 de febrero de 1838 en un edificio contiguo
a aquel donde poco antes se había suicidado Mariano José de
Larra. Tras una etapa de formación poco deslumbrante en las
aulas, ingresó en la Administración (fue funcionario de los
ministerios de Fomento e Instrucción Pública), consagrándose
a la familia (se casó en 1868 con Rosario Herreros, con
quien tuvo once hijos) y a su verdadera vocación teatral,
primero como actor en alguna de las piezas paternas y
después ya como autor y arreglista de textos extranjeros, y
como director, entre otros, de los teatrillos particulares
de la duquesa de Híjar, del barón de la Andilla y de la
duquesa de Medinaceli.
Sus contemporáneos nos lo pintan psicológicamente dotado,
como se lee en las crónicas de la época, de «caballerosidad,
modestia, sencillez y una bondad encantadora, que le habían
conquistado universales simpatías». Ricardo de la Vega
nunca escatimó su presencia en toda suerte de
acontecimientos sociales y populares a los que era
convidado, siendo habitual su presencia en las más
frecuentadas tertulias de café y teatros de la capital.
La enfermedad que le llevaría a la tumba no siempre turbó o
impidió su actividad. Comentaba el crítico Francisco
Fernández Villegas, que firmaba como Zeda sus comentarios,
que «ni los achaques de la edad, ni sus dolencias
exacerbadas en los últimos meses, fueron parte para hacerle
faltar a los deberes de su cargo [jefe de la sección de
Bellas Artes del Ministerio de Instrucción Pública]. A
veces, en los ratos que la labor oficinesca le daba alguna
tregua, su pensamiento se iba hacia sus aficiones favoritas.
Entonces, ¡con qué deleite le oía yo referir, con sabroso
donaire, curiosas anécdotas de la vida teatral y rasgos de
ingenio de los escritores del siglo pasado! Aquellos
recuerdos parecían infundirle nueva vida: olvidábase de sus
dolencias, su expresivo rostro se animaba, y venían a sus
labios versos suyos o ajenos, que él decía con admirable
expresión». Sin embargo, la procesión que iba por dentro
también asomaba su faz al exterior: «La enfermedad había
hecho en él grandes estragos: la fatiga le impedía hablar y
su rostro parecía ya ensombrecido por la proximidad de la
muerte». Se afirmaba en las necrologías que «hasta
momentos antes de su muerte ha conservado toda la lucidez de
su espíritu y ha pugnado por hacer su vida ordinaria, no
dejando ni un solo día de repasar por sí mismo la prensa
diaria».
El último premio que conocería Ricardo de la Vega fue la
Gran Cruz de Alfonso XII, concedida a petición del Conde de
Romanones; un año antes (1909), el Teatro Apolo le había
homenajeado con la Fiesta del Sainete, en premio a su medio
siglo de dedicación a las tablas, ya que su primer estreno
tuvo lugar la noche del 24 de abril de 1859 en el Teatro de
la Zarzuela. Uno de sus escasos sinsabores fue no haber
alcanzado sillón en la Real Academia Española, a pesar de
que varios miembros de la docta institución se movilizaron
en su momento para recabar los apoyos necesarios, que se
revelaron insuficientes.
II. Estrenos
teatrales
De acuerdo con la ordenación establecida en 1959 por la Dra.
Lozano Guirao, sabemos que los libretos destinados a los
escenarios que Ricardo de la Vega compuso suman al menos 55.
Los ordenamos ahora cronológicamente:
1) Frasquito (zarzuela, 1859)
2) Los dos primos (zarzuela, 1860)
3) Una comida de campo (zarzuela, 1860)
4) El casamentero (zarzuela, 1861)
5) El galán incógnito (zarzuela, 1862)
6) El sobrino de mi tío (comedia, 1866)
7) El paciente Job (zarzuela, 1870)
8) Una noche en El Retiro (zarzuela, 1872)
9) El perro del capitán (juguete cómico, 1873)
10) La cara y los hechos (comedia, 1873)
11) Un caballero andante (comedia, 1873)
12) Providencias judiciales (sainete, 1875)
13) Cuatro sacristanes (revista, 1875)
14) Los baños del Manzanares (sainete, 1875)
15) A la puerta de la iglesia (sainete, 1876)
16) La muerte de los cuatro sacristanes (apropósito,
1876)
17) Café de la Libertad (sainete, 1876)
18) Una jaula de locos (revista, 1876)
19) ¡A los toros! (revista, 1877)
20) Vega, peluquero (sainete, 1877)
21) La función de mi pueblo (comedia, 1878)
22) ¡Acompaño a usted en el sentimiento! (cuadro
cómico, 1878)
23) La quinta de la esperanza (ópera, 1879)
24) La canción de la Lola (sainete, 1880)
25) De Getafe al Paraíso o La familia del tío Maroma
(sainete, 1883)
26) Sanguijuelas del Estado (sainete, 1883)
27) La abuela (sainete, 1884)
28) Novillos en Polvoranca o Las hijas de Paco Ternero
(sainete, 1885)
29) Mariquita (comedia, 1886)
30) Pepa la Frescachona o El colegial desenvuelto
(sainete, 1886)
31) Juan Matías el barbero o La corrida de beneficencia
(sainete, 1887)
32) El año pasado por agua (revista, 1889)
33) A casarse tocan o La misa a grande orquesta
(sainete, 1889)
34) Bonitas están las leyes o La viuda del interfecto
(sainete, 1890)
35) El señor Luis el Tumbón o Despacho de huevos frescos
(sainete, 1891)
36) El tercer aniversario o La viuda de Napoleón
(sainete, 1892)
37) La verbena de la Paloma o El boticario y las chulapas
y Celos mal reprimidos (sainete, 1894)
38) Al fin se casa la Nieves o Vámonos a la venta del
Grajo (sainete, 1895)
39) El marqués de Caravaca (comedia, 1897)
40) Aquí va a haber algo gordo o La casa de los
escándalos (sainete, 1897)
41) Amor engendra desdichas o El guapo y el feo y
Verduleras honradas (sainete, 1899)
42) El barón de Tronco-Verde (comedia, 1900)
43) La presidenta del Supremo o ¡Siempre de buen humor!
(comedia, 1903)
44) La familia de doña Saturia o El Salvador y los
evangelistas (sainete, 1910)
45) El ojo del amo (refrán cómico-lírico, 1910)
46) El domingo gordo o Las tres damas curiosas
(sainete, s.f.)
47) El amante de Paquita o La tertulia de don Francisco
(cuadro de costumbres, s.f.)
48) En busca de un diputado (escenas cómico-líricas,
s.f.)
49) Un secreto a voces solas (ópera, s.f.)
50) El 15 de abril (drama, s.f.)
51) El caballo del señorito (s.f.)
52) Como Dios las ha hecho (zarzuela, s.f.)
53) El Rosicler, sociedad de baile (cuadro de
costumbres, s.f.)
54) Música celestial (parodia, s.f.)
55) Tirios y troyanos (ópera, s.f.)
III. Reconocimiento
crítico
Las propuestas reformadoras del género chico llevadas a cabo
por Ricardo de la Vega, y cimentadas en dos títulos
emblemáticos como La canción de la Lola y La
verbena de la Paloma que marcan un antes y un después en
la modalidad sainetística, no han dejado de reconocérsele en
el último siglo, llegando el asturiano Ramón Pérez de Ayala
a opinar que era «el sainetero más cumplido y admirable
de toda la historia teatral española».
Así, cuando se verifica su muerte, el comentarista Chito
afirmaba en Comedias y Comediantes que Ricardo de la
Vega preparaba con maestría las situaciones y los efectos, y
que su «versificación es sobremanera fluida, donairosa y
llena de gracejo», y «sus cuadros descriptivos
resultan modelos acabados». Por su parte, el colaborador
de La Ilustración Española y Americana Alejandro
Larrubiera dictaminaba el 30-VI-1910 que «su musa
clásica, de pura estirpe española, como la de Moratín,
Bretón de los Herreros y Hartzenbusch, muéstrase siempre a
tono con el carácter de los personajes que la inspiran;
inventa frases que pasan a acrecentar, en forma de modismos,
el lenguaje popular; es donairosa y alegre, sin excluir la
nota tierna y sentimental; sabe decir la frase más picante y
el más atrevido concepto, sin dar en lo procaz ni en
chocarrerías de mal gusto: en todos los momentos se conserva
digna y sobria». El mismo Fernández Villegas escribió
que de Moratín tomó Ricardo de la Vega «lo castizo de la
dicción, el aticismo y la sobriedad artística», mientras
que de Bretón de los Herreros «la flexibilidad, la
ligereza y el gracejo». Desde El Globo, al día
siguiente del óbito, se subrayaba la aceptación demoledora
que cosechó el autor entre su fiel auditorio: «Los
sainetes del señor Vega, estrenados con éxito grandísimo,
representados año tras año con aplauso unánime, siempre
frescos, sin envejecimiento posible, son verdaderos modelos».
Después de su muerte, se mantuvo la antorcha que defendía la
validez del sainetismo de Ricardo de la Vega. José Deleito y
Piñuela habla de su «ingenio inagotable»; Eduardo
Benot le alaba que sus sainetes sean «fábulas de potente
inventiva sobre espléndidos hechos de la vida real»;
Roca Franquesa y Díez-Echarri afirman que «supo llevar al
sainete toda esa vis madrileña que después heredaría
Arniches», una opinión en la línea de la condición que
le atribuyó Sainz de Robles de ser «el pontífice de la
madrileñidad». En ABC, J. Ortiz de Pinedo
señalaba en 1955, a propósito de La verbena de la Paloma,
que «su lenguaje de gracia natural, espontánea, sin
chistes; su psicología de los caracteres, su tema pasional,
todo ello, en suma, es lo mejor logrado en el género y la
joya más rica del teatro popular». Venía a sumarse a las
aseveraciones halagüeñas que, a la hora del estreno,
registró; entonces, el crítico catalán José Yxart subrayó «su
espontaneidad y ligereza», y Joaquín Arimón dejó escrito
en El Liberal que el texto de Ricardo de la Vega «tenía
luz, color y vida». Más adelante, Narciso Alonso Cortés
no se contenía al calificarlo como «joya de nuestro
género chico que no morirá nunca en la historia de nuestro
teatro», porque, aducía, «difícilmente podrá
imaginarse un cuadro popular más perfecto, con su ambiente
de barrios bajos, sus algazaras de fiesta y de verbena, su
drama de celos y aquellas singulares figuras». Y en la
actualidad, Fernando Doménech Rico declara que «la trama,
lineal y muy simple, está, sin embargo, muy bien dosificada»,
aclarando admirativamente que «la exposición de las dos
líneas argumentales, la de los celos de Julián y la de las
“conquistas” de don Hilarión, se desarrolla en paralelo sin
tocarse, en principio, sin que los personajes sepan que son
parte de la misma historia».
Su principal estudiosa, Pilar Lozano Guirao, ha descrito con
prodigalidad las líneas generales de sus creaciones, «magníficos
cuadros en los que han quedado plasmados los tipos,
lenguajes y costumbres de la Villa durante el siglo XIX».
Por sus páginas deambula toda clase de personajes: «Majos,
alguaciles, serenos, chulapas, escribanos, tenderos,
médicos, cursis ateneístas, gentes de las más diversas
profesiones y clases sociales parece como si se hubieran
escapado de Chamberí, el Rastro o las Pañuelas para ir a la
escena a representar trozos de su vida. Muchos de ellos
tuvieron existencia en la realidad, sus nombres y apellidos
eran conocidos por el pueblo». La analogía estructural
de la mayoría de sus libretos la pone de manifiesto Lozano
Guirao así: «En todas estas obras se perciben rasgos
comunes, tales como la admiración que el sainetero sintió
hacia la mujer, el empleo frecuente de dos y en algún caso
hasta tres títulos en una misma pieza, el triunfo del amor
por encima de las diferencias sociales o familiares, el
casticismo del lenguaje, costumbres, etc., o los típicos
versos finales en los que el autor pide perdón al público
por las faltas cometidas».
Las apreciaciones concesivas llegan hasta nuestros días.
Ramón Martínez lo conceptúa como un «autor abierto a
pequeños experimentos fantásticos que, con el tiempo,
convertirán el teatro breve popular en un género lleno de
posibilidades, donde quizá debamos encontrar el origen de
algunas formas del teatro de vanguardia». Pero no es el
único. Veamos un escogido ramillete: Oliva G. Balboa
reconoce que «captó con suma maestría las características
del sainete, en lo referente a los personajes, la pintura de
ambientes y el uso del lenguaje como elemento caracterizador
del estrato social en el que se movían»; Francisco León
Tello dice que Ricardo de la Vega comprendió «el carácter
de la mesocracia y de las clases populares madrileñas, que
expresa en obras de un realismo vivo»; Jesús Bregante
anota que sus producciones poseen «un toque particular de
calidad»; Jesús Rubio Jiménez subraya como determinantes
para ser aceptado por el público «su lenguaje castizo, la
mezcla de inventiva y observación, y una peculiar
espontaneidad y gracejo»; Pedraza Jiménez y Rodríguez
Cáceres consideran que «los personajes, dentro de su
simplicidad, están bien trazados»; Consuelo Burell opina
que estamos ante obras de costumbres populares
protagonizadas por «tipos con ciertos rasgos
caricaturescos y un diálogo ingenioso y lleno de gracia»;
Pilar Alonso Palomar, en fin, cree que «consiguió con su
estilo imprimir cierta calidad a los libretos de zarzuela».
No nos hallamos, por consiguiente, en condiciones de
certificar, a tenor de todo lo antedicho, que Ricardo de la
Vega haya penetrado en una zona de definitivo olvido.
IV. Una anécdota
La vida literaria de Ricardo de la Vega estuvo salpicada de
divertidas anécdotas. Recojo sólo una, reproducida por La
Ilustración Española y Americana el 30 de junio de 1910:
«Una noche en que estrenaba un sainete, el bueno de D.
Ricardo, presa de la mayor inquietud, brujuleaba entre
bastidores atento a recoger la impresión que su obra
producía en el público. Uno de los intérpretes acercóse al
ilustre autor con objeto de que le diera su beneplácito por
la forma en que había caracterizado el personaje que debía
representar. Don Ricardo, estrechándole efusivamente la
mano, le dijo, prodigándole la más amable de las sonrisas:
–¡Admirable! ¡Admirable!... ¡Hace usted su papel
perfectamente!
El actor, atónito de sorpresa, le replicó:
–Pero, D. Ricardo, ¡si no he salido aún a escena!».