Número 28. Enero de 2010

Ricardo de la Vega moría hace un siglo en su Madrid castizo
Emperador del sainete

José Luis Campal Fernández
RIDEA

I. Trayectoria biográfica

A las cinco de la madrugada del 22 de junio de 1910 expiraba en Madrid el dramaturgo Ricardo de la Vega de Oreiro y Lema, hijo de otro célebre autor decimonónico, Ventura de la Vega y Cárdenas, y responsable de haber remozado el género sainetístico con la introducción de ingredientes musicales, dado que trabajó con grandes compositores de su tiempo como Chueca, Barbieri, Bretón, Caballero o Chapí.

Había nacido el 7 de febrero de 1838 en un edificio contiguo a aquel donde poco antes se había suicidado Mariano José de Larra. Tras una etapa de formación poco deslumbrante en las aulas, ingresó en la Administración (fue funcionario de los ministerios de Fomento e Instrucción Pública), consagrándose a la familia (se casó en 1868 con Rosario Herreros, con quien tuvo once hijos) y a su verdadera vocación teatral, primero como actor en alguna de las piezas paternas y después ya como autor y arreglista de textos extranjeros, y como director, entre otros, de los teatrillos particulares de la duquesa de Híjar, del barón de la Andilla y de la duquesa de Medinaceli.

Sus contemporáneos nos lo pintan psicológicamente dotado, como se lee en las crónicas de la época, de «caballerosidad, modestia, sencillez y una bondad encantadora, que le habían conquistado universales simpatías». Ricardo de la Vega nunca escatimó su presencia en toda suerte de acontecimientos sociales y populares a los que era convidado, siendo habitual su presencia en las más frecuentadas tertulias de café y teatros de la capital.

La enfermedad que le llevaría a la tumba no siempre turbó o impidió su actividad. Comentaba el crítico Francisco Fernández Villegas, que firmaba como Zeda sus comentarios, que «ni los achaques de la edad, ni sus dolencias exacerbadas en los últimos meses, fueron parte para hacerle faltar a los deberes de su cargo [jefe de la sección de Bellas Artes del Ministerio de Instrucción Pública]. A veces, en los ratos que la labor oficinesca le daba alguna tregua, su pensamiento se iba hacia sus aficiones favoritas. Entonces, ¡con qué deleite le oía yo referir, con sabroso donaire, curiosas anécdotas de la vida teatral y rasgos de ingenio de los escritores del siglo pasado! Aquellos recuerdos parecían infundirle nueva vida: olvidábase de sus dolencias, su expresivo rostro se animaba, y venían a sus labios versos suyos o ajenos, que él decía con admirable expresión». Sin embargo, la procesión que iba por dentro también asomaba su faz al exterior: «La enfermedad había hecho en él grandes estragos: la fatiga le impedía hablar y su rostro parecía ya ensombrecido por la proximidad de la muerte». Se afirmaba en las necrologías que «hasta momentos antes de su muerte ha conservado toda la lucidez de su espíritu y ha pugnado por hacer su vida ordinaria, no dejando ni un solo día de repasar por sí mismo la prensa diaria».

El último premio que conocería Ricardo de la Vega fue la Gran Cruz de Alfonso XII, concedida a petición del Conde de Romanones; un año antes (1909), el Teatro Apolo le había homenajeado con la Fiesta del Sainete, en premio a su medio siglo de dedicación a las tablas, ya que su primer estreno tuvo lugar la noche del 24 de abril de 1859 en el Teatro de la Zarzuela. Uno de sus escasos sinsabores fue no haber alcanzado sillón en la Real Academia Española, a pesar de que varios miembros de la docta institución se movilizaron en su momento para recabar los apoyos necesarios, que se revelaron insuficientes.

 

II. Estrenos teatrales

De acuerdo con la ordenación establecida en 1959 por la Dra. Lozano Guirao, sabemos que los libretos destinados a los escenarios que Ricardo de la Vega compuso suman al menos 55. Los ordenamos ahora cronológicamente:

1) Frasquito (zarzuela, 1859)

2) Los dos primos (zarzuela, 1860)

3) Una comida de campo (zarzuela, 1860)

4) El casamentero (zarzuela, 1861)

5) El galán incógnito (zarzuela, 1862)

6) El sobrino de mi tío (comedia, 1866)

7) El paciente Job (zarzuela, 1870)

8) Una noche en El Retiro (zarzuela, 1872)

9) El perro del capitán (juguete cómico, 1873)

10) La cara y los hechos (comedia, 1873)

11) Un caballero andante (comedia, 1873)

12) Providencias judiciales (sainete, 1875)

13) Cuatro sacristanes (revista, 1875)

14) Los baños del Manzanares (sainete, 1875)

15) A la puerta de la iglesia (sainete, 1876)

16) La muerte de los cuatro sacristanes (apropósito, 1876)

17) Café de la Libertad (sainete, 1876)

18) Una jaula de locos (revista, 1876)

19) ¡A los toros! (revista, 1877)

20) Vega, peluquero (sainete, 1877)

21) La función de mi pueblo (comedia, 1878)

22) ¡Acompaño a usted en el sentimiento! (cuadro cómico, 1878)

23) La quinta de la esperanza (ópera, 1879)

24) La canción de la Lola (sainete, 1880)

25) De Getafe al Paraíso o La familia del tío Maroma (sainete, 1883)

26) Sanguijuelas del Estado (sainete, 1883)

27) La abuela (sainete, 1884)

28) Novillos en Polvoranca o Las hijas de Paco Ternero (sainete, 1885)

29) Mariquita (comedia, 1886)

30) Pepa la Frescachona o El colegial desenvuelto (sainete, 1886)

31) Juan Matías el barbero o La corrida de beneficencia (sainete, 1887)

32) El año pasado por agua (revista, 1889)

33) A casarse tocan o La misa a grande orquesta (sainete, 1889)

34) Bonitas están las leyes o La viuda del interfecto (sainete, 1890)

35) El señor Luis el Tumbón o Despacho de huevos frescos (sainete, 1891)

36) El tercer aniversario o La viuda de Napoleón (sainete, 1892)

37) La verbena de la Paloma o El boticario y las chulapas y Celos mal reprimidos (sainete, 1894)

38) Al fin se casa la Nieves o Vámonos a la venta del Grajo (sainete, 1895)

39) El marqués de Caravaca (comedia, 1897)

40) Aquí va a haber algo gordo o La casa de los escándalos (sainete, 1897)

41) Amor engendra desdichas o El guapo y el feo y Verduleras honradas (sainete, 1899)

42) El barón de Tronco-Verde (comedia, 1900)

43) La presidenta del Supremo o ¡Siempre de buen humor! (comedia, 1903)

44) La familia de doña Saturia o El Salvador y los evangelistas (sainete, 1910)

45) El ojo del amo (refrán cómico-lírico, 1910)

46) El domingo gordo o Las tres damas curiosas (sainete, s.f.)

47) El amante de Paquita o La tertulia de don Francisco (cuadro de costumbres, s.f.)

48) En busca de un diputado (escenas cómico-líricas, s.f.)

49) Un secreto a voces solas (ópera, s.f.)

50) El 15 de abril (drama, s.f.)

51) El caballo del señorito (s.f.)

52) Como Dios las ha hecho (zarzuela, s.f.)

53) El Rosicler, sociedad de baile (cuadro de costumbres, s.f.)

54) Música celestial (parodia, s.f.)

55) Tirios y troyanos (ópera, s.f.)

 

III. Reconocimiento crítico

Las propuestas reformadoras del género chico llevadas a cabo por Ricardo de la Vega, y cimentadas en dos títulos emblemáticos como La canción de la Lola y La verbena de la Paloma que marcan un antes y un después en la modalidad sainetística, no han dejado de reconocérsele en el último siglo, llegando el asturiano Ramón Pérez de Ayala a opinar que era «el sainetero más cumplido y admirable de toda la historia teatral española».

Así, cuando se verifica su muerte, el comentarista Chito afirmaba en Comedias y Comediantes que Ricardo de la Vega preparaba con maestría las situaciones y los efectos, y que su «versificación es sobremanera fluida, donairosa y llena de gracejo», y «sus cuadros descriptivos resultan modelos acabados». Por su parte, el colaborador de La Ilustración Española y Americana Alejandro Larrubiera dictaminaba el 30-VI-1910 que «su musa clásica, de pura estirpe española, como la de Moratín, Bretón de los Herreros y Hartzenbusch, muéstrase siempre a tono con el carácter de los personajes que la inspiran; inventa frases que pasan a acrecentar, en forma de modismos, el lenguaje popular; es donairosa y alegre, sin excluir la nota tierna y sentimental; sabe decir la frase más picante y el más atrevido concepto, sin dar en lo procaz ni en chocarrerías de mal gusto: en todos los momentos se conserva digna y sobria». El mismo Fernández Villegas escribió que de Moratín tomó Ricardo de la Vega «lo castizo de la dicción, el aticismo y la sobriedad artística», mientras que de Bretón de los Herreros «la flexibilidad, la ligereza y el gracejo». Desde El Globo, al día siguiente del óbito, se subrayaba la aceptación demoledora que cosechó el autor entre su fiel auditorio: «Los sainetes del señor Vega, estrenados con éxito grandísimo, representados año tras año con aplauso unánime, siempre frescos, sin envejecimiento posible, son verdaderos modelos».

Después de su muerte, se mantuvo la antorcha que defendía la validez del sainetismo de Ricardo de la Vega. José Deleito y Piñuela habla de su «ingenio inagotable»; Eduardo Benot le alaba que sus sainetes sean «fábulas de potente inventiva sobre espléndidos hechos de la vida real»; Roca Franquesa y Díez-Echarri afirman que «supo llevar al sainete toda esa vis madrileña que después heredaría Arniches», una opinión en la línea de la condición que le atribuyó Sainz de Robles de ser «el pontífice de la madrileñidad». En ABC, J. Ortiz de Pinedo señalaba en 1955, a propósito de La verbena de la Paloma, que «su lenguaje de gracia natural, espontánea, sin chistes; su psicología de los caracteres, su tema pasional, todo ello, en suma, es lo mejor logrado en el género y la joya más rica del teatro popular». Venía a sumarse a las aseveraciones halagüeñas que, a la hora del estreno, registró; entonces, el crítico catalán José Yxart subrayó «su espontaneidad y ligereza», y Joaquín Arimón dejó escrito en El Liberal que el texto de Ricardo de la Vega «tenía luz, color y vida». Más adelante, Narciso Alonso Cortés no se contenía al calificarlo como «joya de nuestro género chico que no morirá nunca en la historia de nuestro teatro», porque, aducía, «difícilmente podrá imaginarse un cuadro popular más perfecto, con su ambiente de barrios bajos, sus algazaras de fiesta y de verbena, su drama de celos y aquellas singulares figuras». Y en la actualidad, Fernando Doménech Rico declara que «la trama, lineal y muy simple, está, sin embargo, muy bien dosificada», aclarando admirativamente que «la exposición de las dos líneas argumentales, la de los celos de Julián y la de las “conquistas” de don Hilarión, se desarrolla en paralelo sin tocarse, en principio, sin que los personajes sepan que son parte de la misma historia».

Su principal estudiosa, Pilar Lozano Guirao, ha descrito con prodigalidad las líneas generales de sus creaciones, «magníficos cuadros en los que han quedado plasmados los tipos, lenguajes y costumbres de la Villa durante el siglo XIX». Por sus páginas deambula toda clase de personajes: «Majos, alguaciles, serenos, chulapas, escribanos, tenderos, médicos, cursis ateneístas, gentes de las más diversas profesiones y clases sociales parece como si se hubieran escapado de Chamberí, el Rastro o las Pañuelas para ir a la escena a representar trozos de su vida. Muchos de ellos tuvieron existencia en la realidad, sus nombres y apellidos eran conocidos por el pueblo». La analogía estructural de la mayoría de sus libretos la pone de manifiesto Lozano Guirao así: «En todas estas obras se perciben rasgos comunes, tales como la admiración que el sainetero sintió hacia la mujer, el empleo frecuente de dos y en algún caso hasta tres títulos en una misma pieza, el triunfo del amor por encima de las diferencias sociales o familiares, el casticismo del lenguaje, costumbres, etc., o los típicos versos finales en los que el autor pide perdón al público por las faltas cometidas».

Las apreciaciones concesivas llegan hasta nuestros días. Ramón Martínez lo conceptúa como un «autor abierto a pequeños experimentos fantásticos que, con el tiempo, convertirán el teatro breve popular en un género lleno de posibilidades, donde quizá debamos encontrar el origen de algunas formas del teatro de vanguardia». Pero no es el único. Veamos un escogido ramillete: Oliva G. Balboa reconoce que «captó con suma maestría las características del sainete, en lo referente a los personajes, la pintura de ambientes y el uso del lenguaje como elemento caracterizador del estrato social en el que se movían»; Francisco León Tello dice que Ricardo de la Vega comprendió «el carácter de la mesocracia y de las clases populares madrileñas, que expresa en obras de un realismo vivo»; Jesús Bregante anota que sus producciones poseen «un toque particular de calidad»; Jesús Rubio Jiménez subraya como determinantes para ser aceptado por el público «su lenguaje castizo, la mezcla de inventiva y observación, y una peculiar espontaneidad y gracejo»; Pedraza Jiménez y Rodríguez Cáceres consideran que «los personajes, dentro de su simplicidad, están bien trazados»; Consuelo Burell opina que estamos ante obras de costumbres populares protagonizadas por «tipos con ciertos rasgos caricaturescos y un diálogo ingenioso y lleno de gracia»; Pilar Alonso Palomar, en fin, cree que «consiguió con su estilo imprimir cierta calidad a los libretos de zarzuela».

No nos hallamos, por consiguiente, en condiciones de certificar, a tenor de todo lo antedicho, que Ricardo de la Vega haya penetrado en una zona de definitivo olvido.

 

IV. Una anécdota

La vida literaria de Ricardo de la Vega estuvo salpicada de divertidas anécdotas. Recojo sólo una, reproducida por La Ilustración Española y Americana el 30 de junio de 1910:

«Una noche en que estrenaba un sainete, el bueno de D. Ricardo, presa de la mayor inquietud, brujuleaba entre bastidores atento a recoger la impresión que su obra producía en el público. Uno de los intérpretes acercóse al ilustre autor con objeto de que le diera su beneplácito por la forma en que había caracterizado el personaje que debía representar. Don Ricardo, estrechándole efusivamente la mano, le dijo, prodigándole la más amable de las sonrisas:

–¡Admirable! ¡Admirable!... ¡Hace usted su papel perfectamente!

El actor, atónito de sorpresa, le replicó:

–Pero, D. Ricardo, ¡si no he salido aún a escena!».

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