
Boni Ortiz
Hace poco más de cincuenta años, La Máscara Compañía de
Teatro de Cámara y Ensayo del Ateneo Jovellanos de Gijón,
llevó a los escenarios el primer montaje de una obra de
Ramón M.ª del Valle-Inclán, producido por una compañía
asturiana. Se trataba de la “Farsa grotesca y sentimental”
titulada La marquesa Rosalinda, publicada en 1913, y
que si bien no puede considerarse como una de las grandes o
definitivas obras del autor, sí está emparentada con la
Farsa y licencia de la Reina Castiza, en la que ya están
trazados los grandes rasgos del esperpento. Se estrenó el 29
de agosto de 1958 y habría que esperar hasta 1963, para que
otra vez La Máscara montase La cabeza del dragón,
dirigida por Carlos de las Heras y otros tres años más para
que Juan Otero dirigiese Ligazón y La rosa de
papel, para el TEU de Peritos. Por estos pagos se habían
visto Valles en épocas bastante pretéritas: por ejemplo en
el Día de Begoña de 1911, en el Teatro Dindurra, la gran
dama del teatro español, María Guerrero, en compañía de su
esposo Fernando Díaz de Mendoza, representaron Voces de
gesta, con enorme éxito. Y tal vez en la época de la
República, aunque no he encontrado ningún “Valle-Inclán” en
las jiras veraniegas de compañías nacionales, reflejadas en
la prensa asturiana de aquellos años: ni de la Farsa y
licencia de la Reina Castiza de la compañía de Irene
López Heredia y Mariano Asquerino estrenada el 11 de junio
de 1931, ni nada del estreno de la Xirgu de Divinas
palabras estrenada a finales de 1933, ni tampoco de
El yermo de las almas de 1915, a pesar de que ambas
compañías nos visitaban casi todos los veranos... Seguiré
insistiendo.
Pero volvamos a La marquesa Rosalinda. La iniciativa
de este montaje fue una propuesta que Paco Ignacio Taibo
impulsó dentro del Ateneo Jovellanos, como secretario de la
entidad. Se trataba de traer de Madrid a Pablo Gago: joven
pintor, escenógrafo y buen amigo suyo que, además de
dirigirla, realizó los bocetos de vestuario y escenografía.
La cosa no debió de salir muy cara puesto que Gago se quedó
en casa de Taibo, que no sólo se convirtió en fonda, sino
también en parada del trabajo de mesa y en taller de corte y
confección con la mujer de Taibo y Pili Ibaseta a la cabeza
(ambas oficialas de sastre), bajo su dirección. La
iniciativa trajo alguna polémica en la prensa de la época,
donde alguien salió diciendo que aquello le costaba a las
arcas municipales “25.000 duros”, aunque el patrocinio de la
Comisión de Cultura del Ayuntamiento de Gijón fue de 20.000
pesetas.
Pablo Gago hizo con los componentes de La Máscara un trabajo
de mesa cercano al cursillo, desarrollando personajes,
interpretando texto y autor, introduciéndoles en definitiva
a la técnica teatral. Ésa no iba a ser la única novedad que
La Máscara lleva a cabo con este montaje absolutamente
novedoso y arriesgado que resultó un total acierto. Otra
fundamental fue la utilización del Molino Viejo,
prácticamente en ruinas y sin uso en aquel momento, y que
supuso una de las primeras experiencias en Asturias de
utilización premeditada de un espacio natural incorporado a
la escenografía. En la recreación que hacemos del espacio
puede observarse la posición del escenario al fondo y el
decorado natural de los arcos (hoy desaparecidos) como parte
del Jardín de los marqueses, en donde se desarrolla la
acción. Como puede verse, el escenario —de un metro de
altura— recorría lo ancho del patio, y sobre toda su
superficie un pinchado de hierbas y pajas a modo de
vegetación de jardín. Los elementos de atrezzo eran
solamente dos bancos de jardín blancos de formas estilizadas
y caprichosas, y unas parihuelas con el mismo estilo, que
portaban en el 2.° acto los rodrigones.
Los personajes de la Commedia dell’Arte irrumpen en los
Jardines Reales de Aranjuez y entre meninas, pajes y
marqueses, desplegan el tinglado de la antigua farsa... Es
decir: La Farándula entra por el “prau” con su canto y
jolgorio, cruzan el rústico “puentín” y al divisar el jardín
desde donde el Abate Pandolfo les increpa “¿Qué quiere esa
farándula?”, contestan “¡un trozo de pan y una sardina!”.
Continúan su marcha y su algarabía hasta el jardín, donde
montan su instalache y se desarrolla la acción. Los diálogos
triangulares de Arlequín, Colombina y Pierrot, adornados por
las evoluciones de un “picoteru” y divertido Polichinela, se
abren a los cortesanos con gracia y desparpajo. Los versos
de Valle son divertidos, con ritmo y sonido propios, a veces
arrebatados, otras grotescos, como la simpleza de esta
historia de amor exige. Los personajes son traídos y
llevados a escena con la ligereza de los hilos del guiñol,
sin por ello romper el halo decadente y romántico que
recorre la obra toda.
El montaje de Pablo Gago insistió en la dimensión guiñolesca
de los personajes, quitándoles en lo posible los atisbos de
humanidad que el lirismo presente en el texto pudiera
sugerir, reforzando así líneas de mentada consanguinidad con
La Reina Castiza. Para ello diseñó un vestuario
singularizado para cada uno de los personajes: la Marquesa
Rosalinda en blanco y rosa, de abanico negro y pañuelo al
dedo, elevado moño entretejido en lazos y encajes en el
vestido hueco como ella misma. El Marqués en amarillo,
julandrona gorguera de encajes; Amaranta en verde, la Dueña
en marrón... Al vestuario de los componentes de la
farándula, Gago también les da su propia versión.
Por resumir, La Máscara, con este montaje, desarrolló unas
iniciativas y propuestas escénicas completamente novedosas
en aquel momento y vigentes hoy: romper los límites propios
trayendo creadores ajenos al grupo; realización de un
cursillo de técnica teatral, aplicado al montaje; utilizar
lugares no habituales de representación; incorporar
decorados naturales a la escenografía; romper la cuarta
pared; reducir al mínimo decorado y atrezzo, apoyándose en
la plástica de la interpretación, vestuario, luz,
maquillaje... y si se quiere, la colaboración de las
instituciones (Comisión Municipal de Cultura) que aportó
dineritos y medios.
La prensa recogió de muy buen grado la experiencia y como
muestra reproducimos un trozo del artículo que Francisco
Carantoña hizo para El Comercio el 31 de agosto de 1958:
“Ha terminado la representación (...) Un rumor laudatorio se
alza del público, numerosísimo, atento siempre, satisfecho.
La Marquesa Rosalinda, su lírica elocuencia, han pasado con
levedad dieciochesca (...) trajes de exacto buen gusto,
digna sobriedad, sujetaron plásticamente a una época la
acción. El recuerdo de embarulladas y solemnes versiones de
obras inmortales se viene solo a la memoria. La estrecha
garrulería de tantos profesionales del teatro se recuerdan,
por contraste, también. Un puñado de jóvenes con vocación,
bien dirigidos por un hombre con claro sentido de lo que es
el teatro, llevaron a buen término la aventura. De ella sale
también [La Máscara] con mayor madurez (...) ¿Hay razones,
pues, para alegrarse? ¿Hay motivos para subrayar el
acontecimiento como un buen paso, donde los buenos pasos no
abundan? La respuesta debe ser, por necesidad, afirmativa.
La respuesta debe llevar también consigo una petición de
continuidad, que tan fructífera ha sido, entre La Máscara y
la Comisión Municipal de Cultura. La cual, como su propio
nombre indica, también tiene quehacer abundante en estos
menesteres”.
Dos días en el Molino Viejo, uno en el Fontán y una
representación de interior en el Centro Asturiano de Avilés,
fue el recorrido de esta Marquesa Rosalinda.