Número 28. Enero de 2010

El primer Valle-Inclán asturiano
‘La marquesa Rosalinda’ de La Máscara

Boni Ortiz

Hace poco más de cincuenta años, La Máscara Compañía de Teatro de Cámara y Ensayo del Ateneo Jovellanos de Gijón, llevó a los escenarios el primer montaje de una obra de Ramón M.ª del Valle-Inclán, producido por una compañía asturiana. Se trataba de la “Farsa grotesca y sentimental” titulada La marquesa Rosalinda, publicada en 1913, y que si bien no puede considerarse como una de las grandes o definitivas obras del autor, sí está emparentada con la Farsa y licencia de la Reina Castiza, en la que ya están trazados los grandes rasgos del esperpento. Se estrenó el 29 de agosto de 1958 y habría que esperar hasta 1963, para que otra vez La Máscara montase La cabeza del dragón, dirigida por Carlos de las Heras y otros tres años más para que Juan Otero dirigiese Ligazón y La rosa de papel, para el TEU de Peritos. Por estos pagos se habían visto Valles en épocas bastante pretéritas: por ejemplo en el Día de Begoña de 1911, en el Teatro Dindurra, la gran dama del teatro español, María Guerrero, en compañía de su esposo Fernando Díaz de Mendoza, representaron Voces de gesta, con enorme éxito. Y tal vez en la época de la República, aunque no he encontrado ningún “Valle-Inclán” en las jiras veraniegas de compañías nacionales, reflejadas en la prensa asturiana de aquellos años: ni de la Farsa y licencia de la Reina Castiza de la compañía de Irene López Heredia y Mariano Asquerino estrenada el 11 de junio de 1931, ni nada del estreno de la Xirgu de Divinas palabras estrenada a finales de 1933, ni tampoco de El yermo de las almas de 1915, a pesar de que ambas compañías nos visitaban casi todos los veranos... Seguiré insistiendo.

Pero volvamos a La marquesa Rosalinda. La iniciativa de este montaje fue una propuesta que Paco Ignacio Taibo impulsó dentro del Ateneo Jovellanos, como secretario de la entidad. Se trataba de traer de Madrid a Pablo Gago: joven pintor, escenógrafo y buen amigo suyo que, además de dirigirla, realizó los bocetos de vestuario y escenografía. La cosa no debió de salir muy cara puesto que Gago se quedó en casa de Taibo, que no sólo se convirtió en fonda, sino también en parada del trabajo de mesa y en taller de corte y confección con la mujer de Taibo y Pili Ibaseta a la cabeza (ambas oficialas de sastre), bajo su dirección. La iniciativa trajo alguna polémica en la prensa de la época, donde alguien salió diciendo que aquello le costaba a las arcas municipales “25.000 duros”, aunque el patrocinio de la Comisión de Cultura del Ayuntamiento de Gijón fue de 20.000 pesetas.

Pablo Gago hizo con los componentes de La Máscara un trabajo de mesa cercano al cursillo, desarrollando personajes, interpretando texto y autor, introduciéndoles en definitiva a la técnica teatral. Ésa no iba a ser la única novedad que La Máscara lleva a cabo con este montaje absolutamente novedoso y arriesgado que resultó un total acierto. Otra fundamental fue la utilización del Molino Viejo, prácticamente en ruinas y sin uso en aquel momento, y que supuso una de las primeras experiencias en Asturias de utilización premeditada de un espacio natural incorporado a la escenografía. En la recreación que hacemos del espacio puede observarse la posición del escenario al fondo y el decorado natural de los arcos (hoy desaparecidos) como parte del Jardín de los marqueses, en donde se desarrolla la acción. Como puede verse, el escenario —de un metro de altura— recorría lo ancho del patio, y sobre toda su superficie un pinchado de hierbas y pajas a modo de vegetación de jardín. Los elementos de atrezzo eran solamente dos bancos de jardín blancos de formas estilizadas y caprichosas, y unas parihuelas con el mismo estilo, que portaban en el 2.° acto los rodrigones.

Los personajes de la Commedia dell’Arte irrumpen en los Jardines Reales de Aranjuez y entre meninas, pajes y marqueses, desplegan el tinglado de la antigua farsa... Es decir: La Farándula entra por el “prau” con su canto y jolgorio, cruzan el rústico “puentín” y al divisar el jardín desde donde el Abate Pandolfo les increpa “¿Qué quiere esa farándula?”, contestan “¡un trozo de pan y una sardina!”. Continúan su marcha y su algarabía hasta el jardín, donde montan su instalache y se desarrolla la acción. Los diálogos triangulares de Arlequín, Colombina y Pierrot, adornados por las evoluciones de un “picoteru” y divertido Polichinela, se abren a los cortesanos con gracia y desparpajo. Los versos de Valle son divertidos, con ritmo y sonido propios, a veces arrebatados, otras grotescos, como la simpleza de esta historia de amor exige. Los personajes son traídos y llevados a escena con la ligereza de los hilos del guiñol, sin por ello romper el halo decadente y romántico que recorre la obra toda.

El montaje de Pablo Gago insistió en la dimensión guiñolesca de los personajes, quitándoles en lo posible los atisbos de humanidad que el lirismo presente en el texto pudiera sugerir, reforzando así líneas de mentada consanguinidad con La Reina Castiza. Para ello diseñó un vestuario singularizado para cada uno de los personajes: la Marquesa Rosalinda en blanco y rosa, de abanico negro y pañuelo al dedo, elevado moño entretejido en lazos y encajes en el vestido hueco como ella misma. El Marqués en amarillo, julandrona gorguera de encajes; Amaranta en verde, la Dueña en marrón... Al vestuario de los componentes de la farándula, Gago también les da su propia versión.

Por resumir, La Máscara, con este montaje, desarrolló unas iniciativas y propuestas escénicas completamente novedosas en aquel momento y vigentes hoy: romper los límites propios trayendo creadores ajenos al grupo; realización de un cursillo de técnica teatral, aplicado al montaje; utilizar lugares no habituales de representación; incorporar decorados naturales a la escenografía; romper la cuarta pared; reducir al mínimo decorado y atrezzo, apoyándose en la plástica de la interpretación, vestuario, luz, maquillaje... y si se quiere, la colaboración de las instituciones (Comisión Municipal de Cultura) que aportó dineritos y medios.

La prensa recogió de muy buen grado la experiencia y como muestra reproducimos un trozo del artículo que Francisco Carantoña hizo para El Comercio el 31 de agosto de 1958: “Ha terminado la representación (...) Un rumor laudatorio se alza del público, numerosísimo, atento siempre, satisfecho. La Marquesa Rosalinda, su lírica elocuencia, han pasado con levedad dieciochesca (...) trajes de exacto buen gusto, digna sobriedad, sujetaron plásticamente a una época la acción. El recuerdo de embarulladas y solemnes versiones de obras inmortales se viene solo a la memoria. La estrecha garrulería de tantos profesionales del teatro se recuerdan, por contraste, también. Un puñado de jóvenes con vocación, bien dirigidos por un hombre con claro sentido de lo que es el teatro, llevaron a buen término la aventura. De ella sale también [La Máscara] con mayor madurez (...) ¿Hay razones, pues, para alegrarse? ¿Hay motivos para subrayar el acontecimiento como un buen paso, donde los buenos pasos no abundan? La respuesta debe ser, por necesidad, afirmativa. La respuesta debe llevar también consigo una petición de continuidad, que tan fructífera ha sido, entre La Máscara y la Comisión Municipal de Cultura. La cual, como su propio nombre indica, también tiene quehacer abundante en estos menesteres”.

Dos días en el Molino Viejo, uno en el Fontán y una representación de interior en el Centro Asturiano de Avilés, fue el recorrido de esta Marquesa Rosalinda.

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