Néstor Villazón
La propuesta parece, a priori, muy sencilla: una
pareja discute en una habitación desnuda, con los únicos
ingredientes de una cama y una botella de vino. Pero ya en
el prolongado silencio que abre la obra advertimos la
complejidad de su sencillez, porque esta pareja, sus idas y
venidas, la violencia terrible que se desarrolla a lo largo
de toda la representación, la pasión anhelante y jamás
encontrada en ella, el egoísmo y la aniquilación en él, todo
el drama interno y la ceguera que desde fuera apreciamos en
el devenir de ambos, nos envuelve y nos aísla en su abismo,
un abismo por el que cualquiera de nosotros ha pasado, pero
un abismo —he ahí su complejidad— distinto para cada
espectador: un verdadero abismo animal.
Y es porque
las grandes obras se forman a base de pequeños detalles,
vemos que la utilización de los objetos, la sincronización
de bailes y melodías, el pausado in crescendo de esa
violenta y más que cotidiana realidad de los amantes —de
esos amantes que se interponen entre ellos mismos y el amor—
termina por cautivarnos. Pero cuando hablamos de esa
conjunción armónica entre la pareja protagonista no sólo lo
hacemos de su magnífica dirección, sino también del uso
coreográfico, tan certero, tan bien empastado, tan eficaz;
lo hacemos de esa música evocadora, que envuelve las
palabras adueñándose de ellas, aglutinándolas, armonizando
con ellas mismas; lo hacemos de su iluminación, que aunque
más que correcta, uno llega a preguntarse si no hubiera sido
el éxito de los actores y la atmósfera creada a su alrededor
elementos más que suficientes para contextualizar la acción,
encontrarnos ante ese teatro desnudo, ese diálogo directo y
puro entre actor y espectador en la comunión más sincera; y
hablamos, por último, de su vestuario, el cual ensalzaba aún
más determinados aspectos, como pudieran ser la actitud de
los personajes o incluso el espacio delimitado por los
mismos, recordando, sólo con ese vestuario, la sensación de
encontrarnos en la habitación de un viejo hotel, en la
última noche en que los amantes se hablan por fin a la cara
y ya se despide el amor.
Performance,
obra de Jorge Moreno galardonada con el Premio Asturias
Joven de Textos Teatrales en el 2004, aparece en una primera
lectura como un simple toma y daca entre los intérpretes,
como un continuo juego de palabras. Es en su transposición a
la escena donde advertimos las tremendas posibilidades del
texto, guiado de la mano de su director Alberto Iglesias,
que hace explotar ante los ojos del espectador una obra de
cabeza, corazón y estómago.
Llega el
turno de los actores —el propio Jorge Moreno y su oponente
en la ficción Ana Blanco—, sobresalientes en todo momento,
sin hacer decaer el perfecto marco escenográfico que los
circunda, pero tampoco ensombreciéndolo: la armonía
perfecta. Tan certeramente ajustados a su papel, tan
profundamente evocadores y crueles, tan dignos de
admiración, que resultaron justamente merecedores del fervor
que su público les dispensó, desde aquel enamorado que,
envenenado por los frutos del pasado y la agonía del
presente asiste a la obra con ira, hasta el soñador pacífico
que aún ha de reconocer su verdadera naturaleza ante ellos.
Qué se
puede decir del verdadero arte cuando sobran las palabras.
Porque, en este caso, aquí, no resultan productivas. No se
puede explicar aquello con lo que soñamos y sufrimos día
tras día, y aquello que hemos padecido por nuestros propios
sueños una vez representados. ¿Qué se puede decir entonces
con estas simples, inútiles palabras? Véanla. Entenderán de
qué hablamos.