Boni
Ortiz
Con el estreno el sábado 16 de enero de 2010, de Doctor
Fausto de Higiénico Papel Teatro, ganador del Premio
Teatro Jovellanos a la producción teatral, volverá a abrir
sus puertas el remozado coliseo municipal. Durante estos
últimos siete meses que han durado las obras, supongo que
muchos habrán echado en falta al Teatro Arango, lamentando
que ahora sólo sirva para dar los números negativos en una
cuenta de explotación corporativa.
En cualquier caso, ese “cerrado por obras” ha obligado a
“buscarse la vida” a los responsables de programación del
Teatro Jovellanos, para seguir programando espectáculos. Eso
nos ha permitido ver varias funciones realmente singulares,
en espacios fuera de lo habitual.
El primero fue en un pabellón de la Feria de Muestras: El
eco de la sombra de la compañía colombiana del Teatro de
los Sentidos, que podría compartir su esencia con la
magnífica tradición de las viejas barracas de feria. Una
barraca con un recorrido de efecto exactamente contrario —ni
mejor, ni peor— al de los espejos deformantes del Callejón
del Gato, tan del gusto de Don Ramón de las barbas de chivo.
Porque en este Eco, no se trata de distanciarse, ni
de coger perspectiva. De lo que se trata es de implicarse
totalmente; de adentrase en el juego mágico que el Teatro de
los Sentidos propone desde el principio. Vamos entrando de a
uno y la diligente empleada del Jovellanos ampara tus cosas
en una taquilla, previamente recogidas en una bolsa. Tras
una breve espera en el vestíbulo, accedes al recinto en
cuestión. Allí te espera el trabajo de casi cuarenta
personas, entre los que actúan habitando el extraordinario
lugar, lo iluminan, lo dotan de sonido, de olores, de
magníficos paisajes, poniendo en el lugar adecuado casitas
de cuento, bosques sugerentes, personajes entrañables y
también inquietantes, objetos finísimos y delicados,
singulares artilugios mecánicos, indumentarias de ensueño...
Buscando tu sombra cruzarás el Aqueronte con la ayuda del
Barquero. El Teatro de los Sentidos crea —con un esfuerzo
evidente— un mundo singular y mágico, para ponerlo a
disposición de cada uno de nosotros.
Otro espectáculo muy especial fue el que nos “comimos” en el
Patio del Antiguo Instituto: una producción de la compañía
italiana Teatro delle Ariette y su Teatro da mangiare?
En torno a una gran mesa nos sentamos alrededor de
treinta personas para cenar. El primer plato fueron unas
hortalizas con distintos tiempos de cocción: patata,
cebolla, pimiento verde, brócoli y una zanahoria que —por
primera vez que yo recuerde— tenía sabor. A aquellas
primeras bandejas, le siguieron otras con salchichón, junto
a un queso de oveja y otro de vaca. Sobre la mesa también
había fuentes con nueces y avellanas, vino y agua. Pero el
plato fuerte lo guardaban para el final. Alrededor de la
mesa principal, se sitúan otras de carácter auxiliar en las
que Stefano Pasquini, a la sugerente luz de unas velas,
estira, envuelve, enharina, manipula y con toque profesional
pica unos tallarines que Paola Berselli, después de
cardarlos con sus dedos: arriba y abajo, arriba y abajo, los
echa a hervir en una pota al fuego. Apenas unos minutos
después y aliñados discretamente con una salsa, serán
colocados en sus fuentes y transportados por Stefano
Pasquini con la honra, el arte, el recogimiento y la
veneración que debiera suponérsele a un miembro de la
Hermandad Pontificia, Real e Ilustre de Nazarenos del
Santísimo Cristo de la Expiración. Posados sobre la mesa,
nos servimos nosotros —siempre nos servimos nosotros— a
conveniencia. El pequeño montón humea en nuestro plato,
descubriéndonos la mantequilla y el orégano. Los enroscamos
en el tenedor y ya en la boca, notamos la esperada
lubricidad de la manteca y la textura de la pasta, atenuando
la explosión de sabores primitivos que la acompañan. Alguien
dijo: “saben a Tierra”. Y tenía razón. Mientras todo esto va
sucediendo los tres anfitriones de esta singular cena nos
cuentan cómo, cuándo y por qué, llegaron hasta aquí. Y es
precisamente en esa narración donde se encuentra “el
conflicto” de este Teatro de comer. Se trata de un conflicto
existencial que recuerda al de aquella película de 1992,
titulada Un lugar en el mundo, dirigida por Adolfo
Aristarain y protagonizada por José Sacristán, Federico
Luppi y Cecilia Roth. Pero sólo en cierta medida, porque
aquí es la dimensión individual la que prevalece...
Y por último el original Cirque Ici en la Plaza de Toros del
Bibio, que con sólo un hombre, Johann Le Guillerm, logra
mantener el interés del público presente, muy acostumbrado a
los circos de relumbrón tipo de Soleil, Chino, o Éloize.
Precisamente en el contrapunto de ellos, hay que situar este
Secret del Cirque Ici, en donde un artista solo, con
pinta de pirata punkarra desahuciado y zapatos de hierro
articulados, da un buen repaso a las artes circenses y a sus
números clásicos: la doma de fieras, los caballitos
obedientes, la serpiente pitón, el lanzador de cuchillos,
las vueltas y más vueltas y revueltas del trapecio... Su
singular propuesta de circo grotesco merece un fuerte
aplauso. Igual que esa virtud de mostrarnos lo sabido, como
que la arena cae, el viento sopla y empuja, el humo sube,
las tensiones se neutralizan y sobre todo, para recordarnos
que bajo la carpa de un circo todo es mágico.