Número 28. Enero de 2010

Los ‘otros espacios’ del Teatro Jovellanos

Boni Ortiz

Con el estreno el sábado 16 de enero de 2010, de Doctor Fausto de Higiénico Papel Teatro, ganador del Premio Teatro Jovellanos a la producción teatral, volverá a abrir sus puertas el remozado coliseo municipal. Durante estos últimos siete meses que han durado las obras, supongo que muchos habrán echado en falta al Teatro Arango, lamentando que ahora sólo sirva para dar los números negativos en una cuenta de explotación corporativa.

En cualquier caso, ese “cerrado por obras” ha obligado a “buscarse la vida” a los responsables de programación del Teatro Jovellanos, para seguir programando espectáculos. Eso nos ha permitido ver varias funciones realmente singulares, en espacios fuera de lo habitual.

El primero fue en un pabellón de la Feria de Muestras: El eco de la sombra de la compañía colombiana del Teatro de los Sentidos, que podría compartir su esencia con la magnífica tradición de las viejas barracas de feria. Una barraca con un recorrido de efecto exactamente contrario —ni mejor, ni peor— al de los espejos deformantes del Callejón del Gato, tan del gusto de Don Ramón de las barbas de chivo. Porque en este Eco, no se trata de distanciarse, ni de coger perspectiva. De lo que se trata es de implicarse totalmente; de adentrase en el juego mágico que el Teatro de los Sentidos propone desde el principio. Vamos entrando de a uno y la diligente empleada del Jovellanos ampara tus cosas en una taquilla, previamente recogidas en una bolsa. Tras una breve espera en el vestíbulo, accedes al recinto en cuestión. Allí te espera el trabajo de casi cuarenta personas, entre los que actúan habitando el extraordinario lugar, lo iluminan, lo dotan de sonido, de olores, de magníficos paisajes, poniendo en el lugar adecuado casitas de cuento, bosques sugerentes, personajes entrañables y también inquietantes, objetos finísimos y delicados, singulares artilugios mecánicos, indumentarias de ensueño... Buscando tu sombra cruzarás el Aqueronte con la ayuda del Barquero. El Teatro de los Sentidos crea —con un esfuerzo evidente— un mundo singular y mágico, para ponerlo a disposición de cada uno de nosotros.

Otro espectáculo muy especial fue el que nos “comimos” en el Patio del Antiguo Instituto: una producción de la compañía italiana Teatro delle Ariette y su Teatro da mangiare? En torno a una gran mesa nos sentamos alrededor de treinta personas para cenar. El primer plato fueron unas hortalizas con distintos tiempos de cocción: patata, cebolla, pimiento verde, brócoli y una zanahoria que —por primera vez que yo recuerde— tenía sabor. A aquellas primeras bandejas, le siguieron otras con salchichón, junto a un queso de oveja y otro de vaca. Sobre la mesa también había fuentes con nueces y avellanas, vino y agua. Pero el plato fuerte lo guardaban para el final. Alrededor de la mesa principal, se sitúan otras de carácter auxiliar en las que Stefano Pasquini, a la sugerente luz de unas velas, estira, envuelve, enharina, manipula y con toque profesional pica unos tallarines que Paola Berselli, después de cardarlos con sus dedos: arriba y abajo, arriba y abajo, los echa a hervir en una pota al fuego. Apenas unos minutos después y aliñados discretamente con una salsa, serán colocados en sus fuentes y transportados por Stefano Pasquini con la honra, el arte, el recogimiento y la veneración que debiera suponérsele a un miembro de la Hermandad Pontificia, Real e Ilustre de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Expiración. Posados sobre la mesa, nos servimos nosotros —siempre nos servimos nosotros— a conveniencia. El pequeño montón humea en nuestro plato, descubriéndonos la mantequilla y el orégano. Los enroscamos en el tenedor y ya en la boca, notamos la esperada lubricidad de la manteca y la textura de la pasta, atenuando la explosión de sabores primitivos que la acompañan. Alguien dijo: “saben a Tierra”. Y tenía razón. Mientras todo esto va sucediendo los tres anfitriones de esta singular cena nos cuentan cómo, cuándo y por qué, llegaron hasta aquí. Y es precisamente en esa narración donde se encuentra “el conflicto” de este Teatro de comer. Se trata de un conflicto existencial que recuerda al de aquella película de 1992, titulada Un lugar en el mundo, dirigida por Adolfo Aristarain y protagonizada por José Sacristán, Federico Luppi y Cecilia Roth. Pero sólo en cierta medida, porque aquí es la dimensión individual la que prevalece...

Y por último el original Cirque Ici en la Plaza de Toros del Bibio, que con sólo un hombre, Johann Le Guillerm, logra mantener el interés del público presente, muy acostumbrado a los circos de relumbrón tipo de Soleil, Chino, o Éloize. Precisamente en el contrapunto de ellos, hay que situar este Secret del Cirque Ici, en donde un artista solo, con pinta de pirata punkarra desahuciado y zapatos de hierro articulados, da un buen repaso a las artes circenses y a sus números clásicos: la doma de fieras, los caballitos obedientes, la serpiente pitón, el lanzador de cuchillos, las vueltas y más vueltas y revueltas del trapecio... Su singular propuesta de circo grotesco merece un fuerte aplauso. Igual que esa virtud de mostrarnos lo sabido, como que la arena cae, el viento sopla y empuja, el humo sube, las tensiones se neutralizan y sobre todo, para recordarnos que bajo la carpa de un circo todo es mágico.

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