Aurelio M. Seco
La 62.ª Temporada de Ópera de Oviedo ha ido
de menos a más, terminando por mejorar
notablemente una imagen artística que, en
los dos primeros títulos, había dejado tanto
que desear como no se recordaba en la
ciudad. Hay que reconocer que la entidad
también tuvo mala suerte, entre las
cancelaciones de unos y las enfermedades de
otros, pero también hay que saber decir que
buena parte de la responsabilidad de los
malos resultados artísticos se han dado por
parte del actual equipo artístico, que no
supo hacer bien su trabajo. Ariadne auf
Naxos comenzó la temporada de manera un
tanto irregular, prosiguió Tosca
mucho peor, Don Giovanni estuvo bien
y, Ariodante, mejor. Por desgracia,
la presente temporada también ha dejado ver
los temidos malos tiempos para la lírica en
los que nos hemos instalado que, para la
Ópera de Oviedo, han puesto en serio
compromiso la calidad artística de la
próxima temporada.
Ariadne auf Naxos
inauguró la temporada de ópera del Campoamor
con una versión escénica atractiva de ver
pero un tanto equivocada en su concepto, una
correcta dirección musical de Sachio Fujioka
y un elenco de intérpretes que obtuvo
resultados artísticos dispares, dentro de un
buen nivel general. Para la producción se
quiso contar con Philippe Arlaud, que fue el
encargado de la iluminación, escenografía,
vestuario, dirección de escena e incluso de
interpretar al Mayordomo. Entre lo positivo
está la escenografía, que vistió bien la
producción, sin grandes alardes. Las dos
grandes piezas arquitectónicas presentes
durante toda la noche parecían estar
pensadas según la dramaturgia de la ópera,
con unas formas que, aunque adecuadas para
encajar, no terminaron de hacerlo nunca,
como lo culto y lo superficial, lo mítico y
lo real, lo dramático y lo cómico. La
estética fue abstracta, alejada del palacio
que el hombre más rico de Viena tendría en
el siglo XVIII, y un poco surrealista,
aunque sólo sea por las butacas clavadas en
las paredes y una estética que podría
recordar a Dalí, por los labios al estilo de
los de Mae West. Lo más atractivo llegó al
final, con una especie de lluvia de labios
que parecían proteger el recién nacido amor
entre los protagonistas, justo en el momento
en el que más apetecía contemplarlo. Pero lo
que no gustó fue el concepto del director,
que optó por convertir una obra simbólica e
irónica en una bufonada llena de algunas
cosas fuera de lugar. En su versión, el
drama y la comedia no logran coexistir, sino
que lo bufo lo contagia todo. Esto restó
profundidad a los aspectos más dramáticos y
simbólicos del argumento. Con esta ópera,
Strauss y Hofmannsthal muestran que hay
tanta verdad en el mito como mentira en la
realidad, y denuncian las incoherencias y
caprichos de los mecenas. Pero Arlaud se
olvida de lo dramático y de otras muchas
cosas. Sin venir a cuento, la obra comienza
con una bofetada entre dos protagonistas,
más tarde vemos a un profesor de música más
parecido a Juan Tamariz que a lo que en la
ópera representa el personaje; luego
introduce unos cuantos gestos lascivos sin
necesidad —en una historia que en absoluto
los necesita ni va de eso— quizás para hacer
reír más, cuando tampoco es una ópera ideada
para resultar graciosa. Llevado por una
inusual energía, convierte las situaciones
en tal cantidad de acciones a la vez y una
tras otra, que se lía todo demasiado. Hay un
continuo movimiento nervioso, contagioso y
exagerado, que influye negativamente en las
interpretaciones. Al final del prólogo
observamos que al Compositor le da un ataque
al corazón, cosa inventada que no era
necesaria, y mucho menos que acto seguido se
presentase un bombero. La sutil gracia de
Zerbinetta y su coquetería la convierte
Arlaud en otra cosa, pretendidamente
graciosa y mucho más carnal. Introduce a
todo un grupo de fornidos bomberos, que
también podrían ser albañiles o ingenieros,
porque no están en el libreto, y pone a la
pobre Zerbinetta a tocarles su manguera,
literalmente, exagerando otra vez su
condición. Como parte del público no se
conoce la ópera ni entiende alemán, pasa por
alto aspectos como que, cuando Ariadne habla
del bastón de Baco éste no lo tiene, o que
haya desaparecido la cueva en la que se
debería hallar Ariadne, y hace el juego
fácil de emborrachar a varios comediantes,
por lo de Baco. Algunos directores de escena
deberían tomar ejemplo de lo que dejó
escrito Schumann a sus alumnos: “Toca
siempre como si un gran maestro te estuviese
viendo”. Al trabajo de Arlaud habría que
ponerle al lado a Hofmannsthal y al propio
Strauss vivos, supervisando su
interesante lectura, a ver si duraba dos
segundos en el cargo. Pero como ambos han
muerto y lo que se lleva ahora es la
incoherencia, además consentida por propios
y extraños, pues Arlaud se va de Oviedo
creyendo que ha hecho un gran trabajo, y
parte del público tan tranquilo a sus casas
hablando de los gigantescos labios del final
de la obra. Por desgracia, ésta es buena
parte de la realidad que hoy abunda, y no
sólo en Asturias. Katharine Goeldner dibujó
un Compositor joven, sensible y coherente,
con una preciosa línea de canto,
interpretada con sumo gusto. Fue la más
aplaudida por el público junto a Gillian
Keith, en una velada acogida con bastante
frialdad, en parte por el estilo de Strauss,
pero también porque el nivel no consiguió
levantar a la gente de sus butacas. Keith
fue una gran Zerbinetta en un papel
dificilísimo. En escena estuvo perfecta, por
su jovialidad, acusada comicidad y dotes
interpretativas. Incluso ayudó su muy
apropiado físico. En lo lírico logró colmar
las expectativas del personaje, llegó al
difícil RE sobreagudo y a su MI floreado
desenvuelta y con holgura, y aún así,
todavía el personaje dio la sensación de
necesitar algo más de exquisitez expresiva.
Vesselin Stoykov no logró hacer creíble su
interpretación del Profesor de música,
necesitado de más peso lírico y escénico. El
dúo de protagonistas formado por Richard
Margison y Emily Magee no estuvo a la altura
lírica de sus papeles, siendo como son, dos
notables intérpretes. No consiguieron llenar
la complejidad vocal de sus personajes, ni
transmitir su profunda carga emocional al
público. Marc Canturri estuvo muy acertado
en el papel de Harlekin, en escena y
cantando, gracias a una bonita voz de
barítono de notable volumen, que supo
adecuar muy bien al personaje. Tanto él como
sus compañeros de escena, Juan Noval-Moro,
Marc Pujol y Juan Antonio Sanabria fueron
uno de los grandes alicientes de la
producción, por su adecuación lírica y
frescura interpretativa. También lo hizo
bien José Manuel Díaz como un Lacayo. Algo
más irregular resultó el trabajo de Susana
Cordón, Mireia Pintó y Olatz Saitua, que
construyeron unas ninfas demasiado nerviosas
y bruscas, cuando la línea de su canto
debería haber sonado más uniforme, empastada
y delicada. Desde luego, no ayudó el maratón
escénico al que se vieron sometidas.
Francisco Vas fue un Maestro de danza
soberbio, en escena y cantando, y Marcos
García, un Peluquero sobrado de calidad.
Fujioka parece haberse especializado en las
orquestas de cámara. Tras su trabajo en
The turn of the screw, volvió a ofrecer
su buena cara interpretativa, aunque algo
menos conseguida. Más bien habría que hablar
de corrección, tanto en su caso como en el
de la Oviedo Filarmonía. Resultó agradable
ver entre sus miembros a Gabriel Ureña, una
de nuestras más firmes promesas del
violonchelo. La versión dejó ver la
intención de director y orquesta, pero no
fue suficiente para dar vida a la
complejidad del recitativo de la obra, ni a
la atmósfera wagneriana del segundo acto.
También se podría haber mejorado un poco su
factura instrumental.

El segundo título de la 62.ª Temporada de
Ópera de Oviedo no estuvo a la altura. Fue
una Tosca mediocre, en parte debido a
una mala planificación artística. La función
dio comienzo con el anuncio del mal estado
lírico de Roberto Arónica por enfermedad. No
obstante, se explicó que el tenor había
decidido cantar “por respeto al público”.
¿No hubiera sido más respetuoso con el
público, que en muchos casos ha tenido que
desembolsar más de cien euros por entrada,
dejar su lugar a otro tenor que estuviera en
condiciones óptimas? Por otro lado, Arónica
es un gran cantante, del que recordamos una
maravillosa participación en el Réquiem
de Verdi ofrecido en el Auditorio de
Oviedo en octubre del 2005. En aquella
ocasión el tenor cantó el célebre
Ingemisco como pocas veces hemos oído.
Pero de aquel soberbio intérprete poco o
nada se pudo ver el jueves, por su mal
estado de salud, y porque el tenor no parece
estar en tan buenas condiciones. Su
situación ya se conocía desde varios días
antes, así que, sustituirle parecía lo más
apropiado. Como no se hizo, ha salido
perdiendo el prestigio de la entidad y del
artista, la primera vez que interpretaba a
Mario Cavaradossi; y el público, que deseoso
de emocionarse con una de las obras más
conmovedoras de la historia, tuvo que
conformarse con ver cómo se llevaba las
manos a la nariz durante toda la ópera, en
lugar de saborear a gusto la historia. Su
fraseo fue calante; su interpretación,
forzada y dubitativa, convirtió cada nota en
un mal rato para el oyente, ante la
posibilidad de que se rompiese, como se
rompió, su línea de canto. Fragmentos como
E lucevan le stelle estuvieron fuera
de estilo y alejados del buen gusto con que
deben ser interpretados. Una institución
seria no hubiera dudado en sustituir al
intérprete de inmediato, y demostrar así, de
verdad, su respeto hacia los asistentes. Dar
a entender que se está haciendo un favor
siguiendo con la representación es, como
mínimo, hipócrita, e insulta la inteligencia
del público. Hasmik Papian es una intérprete
de notable trayectoria pero, en la
actualidad, no parece que sus condiciones
líricas sean las más adecuadas para
interpretar Tosca en un teatro como el
Campoamor. Dejó ver muchas limitaciones,
fatigadas e incómodas de oír, que tenían más
que ver con sus recursos para salir del paso
que para interpretar con libertad su papel.
Resultó evidente que solucionaba con golpes
de diafragma lo que no podía arreglar de
otra manera. Como consecuencia, su línea
melódica parecía en ocasiones estar más
gritada que cantada. Su interpretación del
conocido Vissi di arte resultó
profunda y emotiva, pero no arregló la
discreta sensación general. Juan Pons volvió
al Campoamor para encarnar a Scarpia, un
personaje que domina del todo. Estuvo
impresionante en escena, donde su presencia
y carisma fue uno de los alicientes de la
noche. Vocalmente estuvo bien, sin llegar a
conquistar por el oído. De los tres
protagonistas fue el más aplaudido. Miguel
Ángel Zapater encarnó a un Angelotti
correcto, Luis Cansino a un Sacristán fresco
y, quizás, algo exagerado. María Fidalgo
estuvo exquisita como Un joven pastor,
Mikeldi Atxalandabaso, José Manuel Díaz y
Joan Sebastiá Colomer, acertados como
Spoletta, Sciarrone y el Carcelero. El Coro
de la Ópera de Oviedo obtuvo un gran
resultado. La producción respetó los lugares
y atmósferas. Escenográficamente el tercer
acto podría estar más conseguido, pero en
general el diseño de luces y la escenografía
ni desentonó, ni encandiló, sino que más
bien acompañó con un cierto gusto. El cambio
de época ya fue otra cosa, una especie de
capricho innecesario que dejó varias
inconsistencias. Por ejemplo, fue curiosa y
sin sentido la mención de Bonaparte en plena
Italia fascista. Sólo una cosa fue
totalmente absurda, la última escena, en la
que Tosca empujó forzada e ingenuamente a un
soldado. El final tampoco se quedó manco, ya
que mientras la protagonista se lanzaba al
vacío, los soldados parecían morir entre
relámpagos de justicia divina. Friedrich
Haider dirigió a la Oviedo Filarmonía con
más eficacia que inspiración. Su versión fue
bastante aplaudida por el público, si bien
hay que decir que defraudó un poco. Cuidó la
factura de los momentos más densos, donde la
sección de metales y viento en general
estuvo a gran altura. Pero también hubo
momentos en los que la orquesta se mostró
descuidada y con poco volumen. La afinación
de la introducción instrumental previa al
Adiós a la vida, por ejemplo, dejó
bastante que desear. La versión fomentó más
la consistencia y seguridad que el
romanticismo apasionado de la partitura.
Haider no arriesgó demasiado, y volvió
incluso insulsos, por demasiado cuadrados,
momentos musicales estelares de la obra,
acompañando y sin acompañar. Se esperaba más
de su carácter interpretativo, que si ha
demostrado irle bien a la adusta estética
wagneriana, ha chocado bastante con el
apasionado estilo de Puccini.
Don
Giovanni
de Mozart fue el tercer título de la
temporada, con una producción de escasos
recursos pero bien resuelta en escena, una
versión musical interesantísima del director
asturiano Pablo González y un reparto en el
que hubo de todo: algún artista que no tenía
que haber cantado, otros que tenían que
haber seguido haciéndolo toda la noche y,
finalmente, un nutrido grupo que cantó
aceptablemente, sin llegar a conquistar. En
resumen, una buena noche de ópera que ya se
echaba de menos habida cuenta de los
discretos niveles artísticos mostrados en
las dos primeras producciones del año.
Hay que reconocer que la Asociación tampoco
ha tenido mucha suerte; más bien al
contrario, se ha visto bastante perjudicada
por varias cancelaciones y enfermedades de
algunos artistas. Pero si a esto le sumamos
unas decisiones artísticas bastante
desacertadas e irrespetuosas con el público,
todo parecía indicar que estábamos ante una
de las peores temporadas de los últimos
años, sobre todo tras anunciar por megafonía
el mal estado de salud de Felipe Bou, que
sin embargo cantó, otra vez y ya van dos,
“por respeto al público”. Debe tomar nota la
Asociación del ensordecedor murmullo que
generó este anuncio por megafonía. Fue un
aviso alto y claro y, hasta cierto punto, un
tanto sorprendente, porque en ocasiones
parece que el público del Campoamor traga
con todo como si no fuese la cosa con él, lo
que no beneficia en nada la salud artística
de una temporada que, entre los recortes
económicos del Ayuntamiento de Oviedo, la
escasa ayuda institucional del Principado de
Asturias y el Ministerio de Cultura y la
actitud soberbia de una entidad que parece
necesitar más de una persona para enroscar
una sola bombilla, están bajando los niveles
de calidad que se ofrecen en la ciudad hasta
límites preocupantes.
Lo primero en lo que hay que detenerse es en
el trabajo de Pablo González, uno de los
mayores talentos musicales que ha dado la
historia de nuestra región. Su trabajo fue
todo un lujo para la Ópera de Oviedo y la
Orquesta Sinfónica del Principado de
Asturias, que pocas veces sonó de manera tan
especial y personal. González ofreció una
versión ágil, llena de energía y matices
expresivos realmente admirables, cristalina
respecto a las texturas mozartianas, pero
también concisa y, hasta cierto punto,
quizás demasiado contenida de expresión
dramática, algo fría. González olvidó el
vibrato decimonónico y optó por un
sonido más plano y veraz desde el punto
histórico, y por la concisión estética. Hubo
muchos momentos de gran belleza. El final
del segundo acto, con la venida de la
estatua del Comendador, resultó todo un
hallazgo musical, al igual que la manera de
acompañar al Aria del catálogo y la
conocida Ho capito de Masetto.
La obertura, por su parte, resultó
significativa de esa excesiva opresión
estética. En ocasiones, la música no parecía
deleitarse en la profundidad expresiva que
podría transmitir, sino que se sentía más
bien algo constreñida en un fascinante
alarde técnico lleno de claridad, al que no
le hubiera venido mal algo de relajación, de
disfrute hedonista. Alfred Kirchner concibió
una puesta en escena en la que la luz se
convirtió en la auténtica protagonista, a
falta de más recursos escenográficos.
Kirchner restó importancia del todo a la
escenografía, siempre en penumbra y poco
definida, para fijarse en la fuerza de los
personajes. Los pintó con alegres y bonitos
figurines, una cierta inconcreción temporal
y un movimiento escénico muy dinámico. En
general, un resultado acertado, elegante y
modesto en el fondo, con algún que otro
exceso que no pegaba demasiado con el tono
de la historia. El movimiento en escena
resultó demasiado nervioso, sobre todo en el
primer acto.
Bo Skovhus no resultó ser el Don Juan
experimentado que todos esperábamos. Más
bien resultó un Don Juan excesivamente
nervioso, por no decir bastante histérico,
que no paraba de ir de un sitio a otro. Esto
restó elegancia y un cierto aire de
distinción que parece que al personaje le va
bien. Vocalmente suplió sus carencias con
recursos, pero hubo momentos solucionados a
golpe de diafragma que delataron carencia de
medios técnicos y líricos. El que deleitó al
público fue el bajo Simón Orfila, un
cantante soberbio que dibujó un Leporello
realmente atractivo, simpático en escena y
con auténtica personalidad. Orfila es un
intérprete de los que hoy no abundan, porque
es evidente que le preocupa pronunciar bien
y cuidar la proyección y demás aspectos
técnicos del canto. El cantante acaparó
todas las miradas, por encima de su
compañero de reparto, siendo el verdadero
protagonista de la noche y un digno seguidor
de la escuela del gran Alfredo Kraus.
Cinzia Forte interpretó a Donna Anna con
seguridad y aplomo en escena. Vocalmente fue
algo más allá, y si no logró arrebatar, sí
deleitó con fragmentos líricos de gran
belleza. Gustó algo menos Lioba Braun en el
papel de Doña Elvira, quizás por su timbre
de voz. Interpretó al personaje con
seguridad, y poco más. Ainhoa Garmendia y
Joan Martín-Royo fueron una pareja lírica de
gran calidad. Garmendia dibujó una
encantadora Zerlina, con una línea de canto
galana y dulce que encandiló a Masetto y al
público. Martín-Royo estuvo insuperable en
escena: gracioso cuando debía, lleno de
carácter y actitud dramática cuando tocaba.
Su Masetto fue toda una sorpresa por su
calidad. Ambos dejaron uno de los momentos
más graciosos, en una escena en la que
Zerlina jugaba con su amado, colgado del
cuello a la merced de sus encantos.
También resultó una sorpresa el gran nivel
lírico de Antonio Lozano, cuyo Ottavio llegó
a emocionar en más de una ocasión, por su
notable y emotivo gusto interpretativo. Por
descontado, gran trabajo de Alejandro Marías
y Aarón Zapico en el acompañamiento de los
recitativos y buena participación del Coro
de la Ópera.
Ariodante,
de Haendel, se presentó con un montaje
bastante espectacular, ideado en su día por
David Alden para la English National Opera.
La producción resultó ser el mayor éxito de
la actual temporada; primero, por la versión
musical, la deliciosa dirección de Andrea
Marcon y la sorprendente interpretación de
la OSPA, que obtuvo una feliz participación.
El conjunto pareció sentirse como pez en el
agua, en parte gracias a la sabia dirección
de Marcon, pero también por el gran trabajo
desarrollado por los propios músicos. Al
lado de la versión musical, e incluso un
peldaño más arriba, estuvo la inolvidable
participación de la mezzo Alice Coote, que
interpretando el papel de Ariodante ofreció
uno de los fragmentos líricos más bellos de
la historia reciente del Campoamor. Su
Scherza infida fue inolvidable y
monumental, de hecho, uno de esos momentos
de valor histórico para la Temporada, que a
uno le hubiera gustado poder guardar para su
propio deleite personal. Es posible que a su
voz le falte la tersura y morbidez necesaria
para hacer del fragmento un manjar de
dioses, pero en absoluto un instinto
artístico y dramático de primera categoría.
Fue difícil de entender cómo el público,
realmente extasiado por su interpretación,
no pidió bisar una pieza de belleza
realmente sublime, puesta en pie por una
artista de dotes dramáticas extraordinarias,
que si no puede jactarse de tener la voz más
bella del mundo, sí de generar una empatía
artística envidiable, capaz de estremecer,
de verdad, al oyente. Es poco lo que podamos
decir del momento, de lo emotivo que
resultó. La interpretación del aria fue el
punto hacia el que se dirigió y del que se
alejó una obra que nadie en su sano juicio
debería perderse. Fue una pena que, tras la
pieza, Andrea Marcon se diese tanta prisa en
proseguir, como si incluso él mismo, quizás
demasiado acostumbrado a la obra y su
calidad, y metido en el ritmo de la
interpretación, no acabase de darse cuenta
del privilegio. En un más que honroso
segundo lugar, hay que poner los otros dos
aspectos de la producción: la dirección de
escena y el resto del reparto que, sin
llegar a la altura artística de Coote,
estuvieron realmente bien.
David Alden realizó una construcción de la
obra sorprendente, una especie de fantasía
ecléctica gótico-macabro-vampírica, o algo
parecido, refundida con ciertos toques
escénicos de “Los otros” o del “Drácula” de
Francis Ford Coppola. Incluso se pudo ver
algún “destiltraje” al estilo “Dune”. Además
de resultar muy atractiva estéticamente, el
director pareció alucinar literalmente con
la versión. Introdujo en la obra todo lo que
su incontenible fantasía
reunió
para la ocasión, puesta en escena con una
atmósfera macabra, bastante inquietante y
oscura, llevada de la mano de alguna que
otra obscenidad que no parecía venir
demasiado a cuento, algún desnudo que otro
empapado en agua al estilo de La Fura, y un
baile de cortesanos a medio camino entre “El
Baile de los vampiros”, “Thriller” y “La
‘manzana’ mecánica”. Tantas cosas sucedieron
en escena que no pudo remediarse la
sensación de que existía una cierta
inconsistencia de fondo, pero muy bien
enmarcada por un contexto escenográfico
colorista y espectacular. La gestualidad de
bailarines y cantantes, de una
artificialidad inquietante, como sacada de
una película japonesa de fantasmas, siguió
la misma idea. La versión parecía estar
pensada para dilatar la pupila
constantemente, como queriendo satisfacer
los anhelos estéticos de aquella parte de
los asistentes que no se conformaría sólo
con degustar la música de Haendel. Tanta
estética lúgubre por fuerza tenía que
influir en la propia percepción de la obra,
hasta el punto de que en arias como Voli
colla sua tromba Joan Martín-Royo
parecía estar tocando temas de lo más
sórdidos cuando en realidad se trataba de un
fragmento en el que el Rey expresaba su
regocijo por la inminente boda. Esto restó
elegancia y galantería a la historia. Pero
sopesados los contras, hay que decir que la
producción tuvo a su favor una estética
enormemente atractiva, original y
entretenida, que es con lo que hay que
quedarse.
Joan Martin-Royo encarnó a El rey de Escocia
con indudable talento. En realidad fue un
padre que, por edad, casi parecía el hijo,
pero como estamos hablando de vampiros, la
edad no importaba demasiado. El barítono
venía de encandilar con su Masetto del Don
Giovanni, y aquí volvió a hacerlo bien,
porque sabe cómo cantar con notable gusto,
incluso cuando le falta algo de profundidad
para perfilar el papel en el registro grave.
En escena estuvo soberbio. Verónica Cangemi
resultó ser una Ginevra de quilates, a la
que únicamente le faltó un registro agudo
más refinado, menos arisco. Fue de lo poco
que se echó de menos de su gran
participación, porque su recreación
dramática fue admirable y uno de los
alicientes de la noche. Marina
Rodríguez-Cusí es una mezzo de calidad
contrastada en el Campoamor, aunque las
dificultades líricas del papel de Polinesso
pasaron factura a su rendimiento, que no
estuvo del todo mal, pero que dejó bastante
que desear. Paul Nilon fue bastante
aplaudido en su diligente interpretación de
Lurcanio, que desarrolló con seguridad de
gran cantante, pero sin pasar de ahí. Javier
Galán fue un correcto Odoardo, y Sarah Tynan
una tierna y eficaz Dalinda. El Coro de la
Ópera de Oviedo tuvo una pequeña pero
acertada participación. Andrea Marcon
dirigió la obra con auténtica mano maestra,
aunque en el primer acto, la rapidez con que
llevó algunos fragmentos como Apri le
luci e mira o Prendi da questa mano
parecían hacerles perder parte de su
encanto. Pero fue una sensación puntual y
residual de un contexto musical que tardará
en olvidarse. Marcon se trajo su propio
concertino y tiorbista para guiar a la OSPA
hacia una interpretación de gran nivel
instrumental.