El actor siempre tiene un deseo de trascendencia que es
necesario. Quiere trascender del espacio escénico al espacio
del espectador. A veces, quiere trascender fronteras y
llegar a otras tierras. Otras, quiere trascender en el
tiempo y perdurar para alcanzar a futuras generaciones. No
todos los teatristas tienen el mismo empeño ni el mismo
grado de compromiso para lograrlo.
Hace cuatro años, tuve oportunidad de ver a Teatro del Norte
presentando Doña Rosita la soltera en un festival
internacional de teatro en Montevideo. Es un espectáculo que
subraya la naturaleza convencional del teatro mediante un
reparto en que los actores hacen los papeles femeninos y la
actriz los papeles masculinos, y que resulta profundamente
poético, especialmente en imágenes visuales y sonoras. Del
contraste entre el énfasis en la convención y la poesía
visual y sonora, surge el efecto conmovedor que produce en
el espectador. Una Doña Rosita emparentada con los
textos que García Lorca habría querido estrenar en vida y
que debió posponer (El público y Así que pasen
cinco años), que implica una lectura muy atenta de la
totalidad de la obra del autor. Vi en escena un grupo de un
equilibrio admirable, por la unidad de un lenguaje común, y
por la cuidadosa distribución de responsabilidades en
escena. Tenía que volver a verlos. La ocasión se presentó
este verano.
Luego de contactar al grupo y enterarme de su programación,
marché a Asturias. Teatro del Norte cerraba la Semana de
Teatro de Pola de Siero con Vania: la realidad y el deseo
el 10 de julio. Un público entusiasta y atento llenó la sala
de la Casa de la Cultura. Los integrantes del elenco ya no
son todos los mismos, pero el grupo cuenta con el fundador y
director, Etelvino Vázquez. Nuevamente, me impresionó la
cohesión de los actores en escena, el funcionamiento como
grupo y el equilibrio de responsabilidades repartidas que
otorga las mismas oportunidades a todos los integrantes. En
Vania, que parte de Tío Vania eliminando
algunos personajes e incorpora la poesía de Cernuda, está
presente también el tema del amor como una experiencia de
soledad y de tormento interior imposible de comunicar. Pero,
sobre todo, mediante el uso de tres espacios diferenciados
—uno de interacción, marcado por la utilería y la mayor
parte de la escenografía, y dos espacios de expresión de la
interioridad que los personajes ocupan alternativa y
solitariamente: uno marcado por una puerta en la que se
destacan las imágenes visuales, y otro definido por un
micrófono, en el que la palabra pasa a primer plano— se
presenta el tema de la vida desperdiciada, el tiempo perdido
y la vejez.
A quienes conocen personalmente a Etelvino Vázquez y han
trabajado con él, ya sea como críticos, actores,
diseñadores, técnicos, estudiantes, que pueden apreciar la
vasta cultura y conocimiento del oficio que tiene, incluso
al público que lo ve y que lee sobre él en la prensa, les
parecerá muy natural la ecuación Teatro del Norte = Etelvino
Vázquez, idea que el propio Vázquez ha tratado de combatir,
afirmando la importancia de los demás integrantes del grupo.
Para quien, como yo, conoce primero la obra, y luego al
fundador de Teatro del Norte y a sus actuales integrantes,
resulta sorprendente la suma habilidad del director para
lograr ese equilibrio de responsabilidades en escena, que
hacen pensar en un reparto de responsabilidades similar en
otras áreas del espectáculo.
Hablando antes y después de la función con Cristina Lorenzo,
Carlos Mesa, David González, Rubén Álvarez y Etelvino
Vázquez, pensé en la palabra “juego” que en otras lenguas se
usa para referirse al teatro y que en español no existe de
la misma forma. “Juego”, tanto por el espíritu liviano que
genera en el intercambio, en el placer de la comunicación,
como por la seriedad y respeto de normas que conlleva. De
esa forma asumen su trabajo los integrantes de Teatro del
Norte.
Al día siguiente de la función, Etelvino Vázquez me llevó a
conocer su casa-teatro en Lugones. Durante nuestra
conversación, pude observar la efervescencia que surge en el
director al hablar de su trayectoria como actor, director y
docente, de Margen, de Teatro del Norte, de la situación del
teatro en Asturias, de grupos como el Odin Teatret, y de
Eugenio Barba. No es muy frecuente encontrar un docente
capaz de comunicar sus conocimientos de manera casual y
natural, provocando el deseo de saber más. Etelvino Vázquez
transmite sus ideas como un buen maestro en todo momento.
Allí, en la casa-teatro, como en su vida, se unen teatro y
vida privada. Rodeada por un jardín con una palmera, un tilo
y varios otros árboles, la casa-teatro, con paredes que
tienen el testimonio de los numerosos espectáculos de Teatro
del Norte en forma de afiches y fotos, manifestaciones de
afecto de otros grupos también, se divide en numerosos
espacios que cumplen la función de oficina, o depósitos de
documentos, libretos, programas, vestuario y utilería
impecablemente ordenados y conservados, pero el espacio más
sugerente es la sala de ensayos en la que el grupo prepara
sus espectáculos. En esa casa-teatro, todos los espacios
tienen su atractivo, incluso una escalerita al aire libre
que invita a ser usada como espacio escénico.
Me fui de Asturias con El tiempo inmóvil: Reflexiones
sobre teatro, 1981 - 2006 (El Entrego, Asturias: Oris
Teatro, 2006), el libro de Etelvino Vázquez, y lamenté no
haberlo leído antes de mi visita. Por el subtítulo, no
esperaba toda la referencia histórica al contexto del teatro
español y específicamente asturiano que rodea a estas
reflexiones, pero lógicamente, reflexiones abstractas y sin
contexto no tienen sentido. A medida que avancé en la
lectura, me di cuenta de que fue mucho mejor leerlo después
de conocer a Etelvino Vázquez porque, de lo contrario,
probablemente me habría sentido intimidada. Cada vez más
estoy convencida de que sólo gente de profunda cultura puede
hacer buen teatro. Evidentemente, no basta con el talento y
la intuición. No deberían haberme sorprendido tanto todos
sus conocimientos. Porque no es suficiente el estudio de
actuación, de historia del teatro, o incluso de artes
plásticas y música. Es necesario ese conocimiento y
auténtico interés por la teoría, por la crítica, por la
reflexión constante. Además, el libro se disfruta también
por el estilo que tiene. Pone en el lector una confianza,
que a uno le hace sentir como si le hablara un amigo. Por
ejemplo, son interesantísimas las entradas de diario con
impresiones, dudas y nuevos intereses que le surgen al actor
durante la sesión de la ISTA (International School of
Theatre Anthropology) de Eugenio Barba. Y de pronto, otra
persona habría preferido presentarse como si sus
conocimientos fueran algo monolítico que lo han acompañado
toda la vida, pero Etelvino Vázquez no, él expone su
evolución. Es una lectura que disfruté como a Viktor
Shklovsky, que tiene también esa combinación de inteligencia
ácida y simpatía por el lector. Me hizo reír muchísimo y
aprender muchísimo también. Aunque es manifiesto el otro
aspecto, lúgubre, que está presente en el autor. Como en un
oxímoron, se combinan en él una inclinación por las
temáticas que niegan la posibilidad de comunicación y de
alcanzar al otro con un empuje constante hacia el trabajo y
la confianza en el resultado.
El teatrista a veces puede expresar su deseo de
trascendencia. El espectador, no, pero lo tiene. Por eso,
cuando se cumple, cuando se puede ver en escena un
espectáculo de Teatro del Norte en que el actor trasciende
el espacio escénico y llega al espacio del espectador, hay
que decir “Gracias”.