Número 28. Enero de 2010

Al encuentro de Teatro del Norte

A. Gabriela Ramis
indiana university &
University of Washington

El actor siempre tiene un deseo de trascendencia que es necesario. Quiere trascender del espacio escénico al espacio del espectador. A veces, quiere trascender fronteras y llegar a otras tierras. Otras, quiere trascender en el tiempo y perdurar para alcanzar a futuras generaciones. No todos los teatristas tienen el mismo empeño ni el mismo grado de compromiso para lograrlo.

Hace cuatro años, tuve oportunidad de ver a Teatro del Norte presentando Doña Rosita la soltera en un festival internacional de teatro en Montevideo. Es un espectáculo que subraya la naturaleza convencional del teatro mediante un reparto en que los actores hacen los papeles femeninos y la actriz los papeles masculinos, y que resulta profundamente poético, especialmente en imágenes visuales y sonoras. Del contraste entre el énfasis en la convención y la poesía visual y sonora, surge el efecto conmovedor que produce en el espectador. Una Doña Rosita emparentada con los textos que García Lorca habría querido estrenar en vida y que debió posponer (El público y Así que pasen cinco años), que implica una lectura muy atenta de la totalidad de la obra del autor. Vi en escena un grupo de un equilibrio admirable, por la unidad de un lenguaje común, y por la cuidadosa distribución de responsabilidades en escena. Tenía que volver a verlos. La ocasión se presentó este verano.

Luego de contactar al grupo y enterarme de su programación, marché a Asturias. Teatro del Norte cerraba la Semana de Teatro de Pola de Siero con Vania: la realidad y el deseo el 10 de julio. Un público entusiasta y atento llenó la sala de la Casa de la Cultura. Los integrantes del elenco ya no son todos los mismos, pero el grupo cuenta con el fundador y director, Etelvino Vázquez. Nuevamente, me impresionó la cohesión de los actores en escena, el funcionamiento como grupo y el equilibrio de responsabilidades repartidas que otorga las mismas oportunidades a todos los integrantes. En Vania, que parte de Tío Vania eliminando algunos personajes e incorpora la poesía de Cernuda, está presente también el tema del amor como una experiencia de soledad y de tormento interior imposible de comunicar. Pero, sobre todo, mediante el uso de tres espacios diferenciados —uno de interacción, marcado por la utilería y la mayor parte de la escenografía, y dos espacios de expresión de la interioridad que los personajes ocupan alternativa y solitariamente: uno marcado por una puerta en la que se destacan las imágenes visuales, y otro definido por un micrófono, en el que la palabra pasa a primer plano— se presenta el tema de la vida desperdiciada, el tiempo perdido y la vejez.

A quienes conocen personalmente a Etelvino Vázquez y han trabajado con él, ya sea como críticos, actores, diseñadores, técnicos, estudiantes, que pueden apreciar la vasta cultura y conocimiento del oficio que tiene, incluso al público que lo ve y que lee sobre él en la prensa, les parecerá muy natural la ecuación Teatro del Norte = Etelvino Vázquez, idea que el propio Vázquez ha tratado de combatir, afirmando la importancia de los demás integrantes del grupo. Para quien, como yo, conoce primero la obra, y luego al fundador de Teatro del Norte y a sus actuales integrantes, resulta sorprendente la suma habilidad del director para lograr ese equilibrio de responsabilidades en escena, que hacen pensar en un reparto de responsabilidades similar en otras áreas del espectáculo.

Hablando antes y después de la función con Cristina Lorenzo, Carlos Mesa, David González, Rubén Álvarez y Etelvino Vázquez, pensé en la palabra “juego” que en otras lenguas se usa para referirse al teatro y que en español no existe de la misma forma. “Juego”, tanto por el espíritu liviano que genera en el intercambio, en el placer de la comunicación, como por la seriedad y respeto de normas que conlleva. De esa forma asumen su trabajo los integrantes de Teatro del Norte.

Al día siguiente de la función, Etelvino Vázquez me llevó a conocer su casa-teatro en Lugones. Durante nuestra conversación, pude observar la efervescencia que surge en el director al hablar de su trayectoria como actor, director y docente, de Margen, de Teatro del Norte, de la situación del teatro en Asturias, de grupos como el Odin Teatret, y de Eugenio Barba. No es muy frecuente encontrar un docente capaz de comunicar sus conocimientos de manera casual y natural, provocando el deseo de saber más. Etelvino Vázquez transmite sus ideas como un buen maestro en todo momento. Allí, en la casa-teatro, como en su vida, se unen teatro y vida privada. Rodeada por un jardín con una palmera, un tilo y varios otros árboles, la casa-teatro, con paredes que tienen el testimonio de los numerosos espectáculos de Teatro del Norte en forma de afiches y fotos, manifestaciones de afecto de otros grupos también, se divide en numerosos espacios que cumplen la función de oficina, o depósitos de documentos, libretos, programas, vestuario y utilería impecablemente ordenados y conservados, pero el espacio más sugerente es la sala de ensayos en la que el grupo prepara sus espectáculos. En esa casa-teatro, todos los espacios tienen su atractivo, incluso una escalerita al aire libre que invita a ser usada como espacio escénico.

Me fui de Asturias con El tiempo inmóvil: Reflexiones sobre teatro, 1981 - 2006 (El Entrego, Asturias: Oris Teatro, 2006), el libro de Etelvino Vázquez, y lamenté no haberlo leído antes de mi visita. Por el subtítulo, no esperaba toda la referencia histórica al contexto del teatro español y específicamente asturiano que rodea a estas reflexiones, pero lógicamente, reflexiones abstractas y sin contexto no tienen sentido. A medida que avancé en la lectura, me di cuenta de que fue mucho mejor leerlo después de conocer a Etelvino Vázquez porque, de lo contrario, probablemente me habría sentido intimidada. Cada vez más estoy convencida de que sólo gente de profunda cultura puede hacer buen teatro. Evidentemente, no basta con el talento y la intuición. No deberían haberme sorprendido tanto todos sus conocimientos. Porque no es suficiente el estudio de actuación, de historia del teatro, o incluso de artes plásticas y música. Es necesario ese conocimiento y auténtico interés por la teoría, por la crítica, por la reflexión constante. Además, el libro se disfruta también por el estilo que tiene. Pone en el lector una confianza, que a uno le hace sentir como si le hablara un amigo. Por ejemplo, son interesantísimas las entradas de diario con impresiones, dudas y nuevos intereses que le surgen al actor durante la sesión de la ISTA (International School of Theatre Anthropology) de Eugenio Barba. Y de pronto, otra persona habría preferido presentarse como si sus conocimientos fueran algo monolítico que lo han acompañado toda la vida, pero Etelvino Vázquez no, él expone su evolución. Es una lectura que disfruté como a Viktor Shklovsky, que tiene también esa combinación de inteligencia ácida y simpatía por el lector. Me hizo reír muchísimo y aprender muchísimo también. Aunque es manifiesto el otro aspecto, lúgubre, que está presente en el autor. Como en un oxímoron, se combinan en él una inclinación por las temáticas que niegan la posibilidad de comunicación y de alcanzar al otro con un empuje constante hacia el trabajo y la confianza en el resultado.

El teatrista a veces puede expresar su deseo de trascendencia. El espectador, no, pero lo tiene. Por eso, cuando se cumple, cuando se puede ver en escena un espectáculo de Teatro del Norte en que el actor trasciende el espacio escénico y llega al espacio del espectador, hay que decir “Gracias”.

 

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