Francisco Díaz-Faes
Cuando
Roberto, en este lunes 21 de diciembre me anunció que había
muerto Margarita Rodríguez —yo estaba pensando en la muerte
del eruditísimo conferenciante Laso Prieto, miembro del
partido comunista y tan gran teórico de Gramsci, que
anunciaba el periódico— me salió decirle, preguntar al mismo
Roberto Corte, mi interlocutor al teléfono ¿por qué? Por qué
se moría Margarita, por qué, por qué razón. Por qué razón se
había deshojado su nombre tan rápidamente. Obviamente me
había impresionado, siendo que la preparación a la muerte (a
la mía propia) me viene desde pequeño, desde cuando tienes
uso de razón, o te falta desde luego su uso y Ella
(permitidme encumbrarla) aparece como un espectro de
pesadilla, como un terror, cuando te falta alguien cerca o
desaparece súbitamente de tu ser. Marcha final que se unía a
la de otros destinos trágicos alrededor de Margen, tan
súbitamente quizás, siempre. La de Julio Rodríguez Blanco,
el mejor crítico de nuestro teatro (tan ligado a ese
colectivo de Oviedo) el pasado año, o las de Cancio y Mochi
en la década pasada.
¿Cómo
glosar entonces tantos desvelos, tantos vaivenes de la vida,
de una vida relativamente joven y fructífera? Animando a
generaciones de aficionados, y “profesionales” a apreciar
este pequeño arte de la impostura. ¿Cómo adivinar cuántos
esfuerzos, cuántos sinsabores, cuánto ánimo y desánimo ha
presenciado su leve existencia, de más de 30 años, y se dice
pronto, al mando de sus destinos teatrales? Esos son los
años que llevo avistándola desde el primer Margen —con aquel
descubrimiento del teatro de calle—. Y su paso por TEG, la
unión fructífera con el genio de la interpretación, Mamel,
su participación en cursillos, en cursos del ITAE, de la
Laboral antigua, o en trabajos para el grupo Quiquilimón, o
la colaboración incansable con Etelvino Vázquez en muchos
proyectos, como el de los cursos de Infiesto en Piloña, los
encuentros de mujeres en el teatro en Lugones, etc. Y su
marcha a León donde dirigirá la Escuela de Teatro estos
últimos años, trabajando siempre como actriz, directora y
pedagoga.
Bueno, pues
sí, toda una dedicación con un esmero notorio y sordo,
discreto y silencioso. ¡Sí!, una mujer silenciosa en el
teatro asturiano, pues no abunda ese término de cierta
humildad y un trabajo opaco, siempre en un segundo plano.
Allí estaba afanosa y tímida, incluso para desdecirme de
alguna equivocación, descuido u olvido en mis siempre
apuradas, imprecisas y parciales críticas en
la nueva españa.
Yo siempre había visto a Margarita, como una margarita, como
una flor con su pelo ondulado y su voz peculiar y veloz en
el fraseo, tal vez gutural o nasal a veces. Siempre con un
sencillo modo de sosiego y corrección. Y un empeño
determinado, cuando parecía haber desaparecido del panorama
teatral asturiano, de sus chismes y cuitas, de su sal y
aderezos, de sus aparejos también, de esos enfados (y sé que
ella también se enfadaba) y papeleos, proyectos,
subvenciones, dádivas y fracasos. Margarita con faldas y
gafas.
¿Cómo
incitar el consuelo en estas fechas tan señaladas,
entendiendo que cualquier desaparición lleva a una fecha
señalada e imborrable? Margarita ha huido, colijo que en una
súbita y grave enfermedad, al refugio de los que no buscan
fortuna, donde el reposo se antoja como una propiedad
preciosa a quien ha de sufrir, y una tortura a quien te vio
marchar. Basten estas palabras de un poema de nuestro
insigne poeta del XIX, Martínez de la Rosa, como humilde
despedida de quien no osaría ver deshojar la vida de la
margarita, nuestra Margarita del teatro, sin un dolor
sincero:
Único asilo en mis eternos males,
Augusta soledad, aquí en tu seno,
Lejos del hombre y su importuna vista,
Déjame libre suspirar al menos: Aquí, a la
sombra de tu horror sublime,
Daré al aire mis lúgubres lamentos…