Número 28. Enero de 2010

Ha muerto Margarita Rodríguez
Deshojando la postrer Margarita

Francisco Díaz-Faes

Cuando Roberto, en este lunes 21 de diciembre me anunció que había muerto Margarita Rodríguez —yo estaba pensando en la muerte del eruditísimo conferenciante Laso Prieto, miembro del partido comunista y tan gran teórico de Gramsci, que anunciaba el periódico— me salió decirle, preguntar al mismo Roberto Corte, mi interlocutor al teléfono ¿por qué? Por qué se moría Margarita, por qué, por qué razón. Por qué razón se había deshojado su nombre tan rápidamente. Obviamente me había impresionado, siendo que la preparación a la muerte (a la mía propia) me viene desde pequeño, desde cuando tienes uso de razón, o te falta desde luego su uso y Ella (permitidme encumbrarla) aparece como un espectro de pesadilla, como un terror, cuando te falta alguien cerca o desaparece súbitamente de tu ser. Marcha final que se unía a la de otros destinos trágicos alrededor de Margen, tan súbitamente quizás, siempre. La de Julio Rodríguez Blanco, el mejor crítico de nuestro teatro (tan ligado a ese colectivo de Oviedo) el pasado año, o las de Cancio y Mochi en la década pasada.

¿Cómo glosar entonces tantos desvelos, tantos vaivenes de la vida, de una vida relativamente joven y fructífera? Animando a generaciones de aficionados, y “profesionales” a apreciar este pequeño arte de la impostura. ¿Cómo adivinar cuántos esfuerzos, cuántos sinsabores, cuánto ánimo y desánimo ha presenciado su leve existencia, de más de 30 años, y se dice pronto, al mando de sus destinos teatrales? Esos son los años que llevo avistándola desde el primer Margen —con aquel descubrimiento del teatro de calle—. Y su paso por TEG, la unión fructífera con el genio de la interpretación, Mamel, su participación en cursillos, en cursos del ITAE, de la Laboral antigua, o en trabajos para el grupo Quiquilimón, o la colaboración incansable con Etelvino Vázquez en muchos proyectos, como el de los cursos de Infiesto en Piloña, los encuentros de mujeres en el teatro en Lugones, etc. Y su marcha a León donde dirigirá la Escuela de Teatro estos últimos años, trabajando siempre como actriz, directora y pedagoga.

Bueno, pues sí, toda una dedicación con un esmero notorio y sordo, discreto y silencioso. ¡Sí!, una mujer silenciosa en el teatro asturiano, pues no abunda ese término de cierta humildad y un trabajo opaco, siempre en un segundo plano. Allí estaba afanosa y tímida, incluso para desdecirme de alguna equivocación, descuido u olvido en mis siempre apuradas, imprecisas y parciales críticas en la nueva españa. Yo siempre había visto a Margarita, como una margarita, como una flor con su pelo ondulado y su voz peculiar y veloz en el fraseo, tal vez gutural o nasal a veces. Siempre con un sencillo modo de sosiego y corrección. Y un empeño determinado, cuando parecía haber desaparecido del panorama teatral asturiano, de sus chismes y cuitas, de su sal y aderezos, de sus aparejos también, de esos enfados (y sé que ella también se enfadaba) y papeleos, proyectos, subvenciones, dádivas y fracasos. Margarita con faldas y gafas.

¿Cómo incitar el consuelo en estas fechas tan señaladas, entendiendo que cualquier desaparición lleva a una fecha señalada e imborrable? Margarita ha huido, colijo que en una súbita y grave enfermedad, al refugio de los que no buscan fortuna, donde el reposo se antoja como una propiedad preciosa a quien ha de sufrir, y una tortura a quien te vio marchar. Basten estas palabras de un poema de nuestro insigne poeta del XIX, Martínez de la Rosa, como humilde despedida de quien no osaría ver deshojar la vida de la margarita, nuestra Margarita del teatro, sin un dolor sincero:

Único asilo en mis eternos males,

Augusta soledad, aquí en tu seno,

Lejos del hombre y su importuna vista,

Déjame libre suspirar al menos: Aquí, a la sombra de tu horror sublime,

Daré al aire mis lúgubres lamentos…

Arriba