Francisco Díaz-Faes
Coincidiendo con las estribaciones del día más castizo del
teatro español, el 1 de noviembre, el de los muertos
vivientes, Día de Todos los Santos, es decir, el día del Don
Juan, el Calavera, murió un día después, tras larga
enfermedad, Don José Luis López Vázquez (1922). Poco más se
puede añadir a todo lo que se ha dicho, y ha quedado
reflejado en todos los medios nacionales de este gran actor.
Un hombre que se volcó en el arte dramático desde las
posiciones más modestas, como la de figurinista y hasta
escenógrafo en los años 50 y 60, lo cual para mí ha sido un
descubrimiento en El casamiento engañoso de Torrente
Ballester o en Adèle o la margarita de Jean Anouilh,
por ejemplo, hasta su plenitud en el cine, desde 1951, con
más de 200 películas. Encarnando al español medio:
“compadezco al español medio si dicen que es como yo”, dicen
que decía, no sin falta de ironía el entrañable cómico.
Desaparece alguien de una estirpe de la que sólo quedan
algunos vestigios como Manuel Alexandre o el propio Alfredo
Landa, o María Isbert, y poco más. Decir que recibió los más
altos honores de la profesión, Medalla de Oro el Mérito en
el Trabajo, Medalla de Oro de las Bellas Artes, Premio
Nacional de Teatro, no es poco en tan prolífica trayectoria.
Pues había formado parte de las ya viejas compañías de
Conchita Montes y Alberto Closas, y debutado al parecer en
el Teatro María Guerrero con 18 años, y donde fue
homenajeado en su postrer viaje a la escena. Un actor que
llegaría a alcanzar notoriedad internacional en 1973, con la
entrega de un premio Emmy al mediometraje La cabina
de Antonio Mercero.
De él sí podemos decir, como Séneca que, al fin y a la
postre, “la vida es corta y el arte es largo”. Largo ha sido
su arte. Larga ha sido la mancha de emoción que ha pintado
en los últimos 60 años del teatro y el cine. Larga en el
cuadro melodramático que hemos representado, y que él ha
vivido, o al revés, que él ha mostrado y los demás han
padecido o disfrutado. Yo sólo lo puedo recordar, nada menos
que por su paso por los primeros momentos de la televisión
en el blanco y negro de los años 60 del pasado siglo. En las
innumerables películas de Jaime de Armiñán (Mi querida
señorita), Carlos Saura (Peppermint frappé),
Berlanga (La escopeta nacional), Marco Ferreri,
Lazaga, Bardem, Pedro Olea, Jose María Forqué, Mariano
Ozores, etc.
Quede para mí el pequeño recuerdo de su presencia. Cuando me
ha hecho vibrar en alguna de sus actuaciones en vivo.
Incluso en las que se llamaban “alimenticias” de las
temporadas de veraneo y las fiestas capitalinas en Oviedo,
en la programación de vodevil del Teatro Filarmónica. O ya
en la última cuando en La raya del pelo de William Holden
de Sanchis Sinisterra, salía ya en su ocaso, como un viejo
acomodador de cine vestido en su octogenaria edad, de cowboy
en un pequeño papel, o cameo, como se dice en el argot. Y,
acabo con Séneca, sin terminar con él, pues a mí este actor
me recordaba a Séneca, si nuestro gran autoinmolado filósofo
hubiese llevado bigote a la moda. José Luis López Vázquez,
también como Séneca hubiera podido decir: “muchos sólo se
ocupan en envidiar la suerte ajena o maldecir la propia.
Otros muchos, sin ningún fin determinado, ceden a una
ligereza inconstante, irresoluta, inoportuna, que les lanza
sin cesar a formar nuevos proyectos. Algunos no encuentran
atractivo suficiente en nada para excitar su actividad. Y la
muerte les sorprende bostezando. De suerte que tengo (diría
José Luis) por cierta la sentencia del más grande de los
poetas: “la parte más pequeña de nuestra vida es la que
vivimos”. José Luis López Vázquez: la parte más pequeña de
tu vida se ha ido. La que has vivido nos queda. Pues “para
colmarme a mí con tu opulencia, de una parte de tu gloria
vivo”, en palabras del soneto XXXVII de Shakespeare.