Número 28. Enero de 2010

En la muerte de José Luis López Vázquez
De la brevedad de la vida escénica


Ana Torrent y José Luis López Vázquez en La raya del pelo de William Holden.

Francisco Díaz-Faes

Coincidiendo con las estribaciones del día más castizo del teatro español, el 1 de noviembre, el de los muertos vivientes, Día de Todos los Santos, es decir, el día del Don Juan, el Calavera, murió un día después, tras larga enfermedad, Don José Luis López Vázquez (1922). Poco más se puede añadir a todo lo que se ha dicho, y ha quedado reflejado en todos los medios nacionales de este gran actor. Un hombre que se volcó en el arte dramático desde las posiciones más modestas, como la de figurinista y hasta escenógrafo en los años 50 y 60, lo cual para mí ha sido un descubrimiento en El casamiento engañoso de Torrente Ballester o en Adèle o la margarita de Jean Anouilh, por ejemplo, hasta su plenitud en el cine, desde 1951, con más de 200 películas. Encarnando al español medio: “compadezco al español medio si dicen que es como yo”, dicen que decía, no sin falta de ironía el entrañable cómico.

Desaparece alguien de una estirpe de la que sólo quedan algunos vestigios como Manuel Alexandre o el propio Alfredo Landa, o María Isbert, y poco más. Decir que recibió los más altos honores de la profesión, Medalla de Oro el Mérito en el Trabajo, Medalla de Oro de las Bellas Artes, Premio Nacional de Teatro, no es poco en tan prolífica trayectoria. Pues había formado parte de las ya viejas compañías de Conchita Montes y Alberto Closas, y debutado al parecer en el Teatro María Guerrero con 18 años, y donde fue homenajeado en su postrer viaje a la escena. Un actor que llegaría a alcanzar notoriedad internacional en 1973, con la entrega de un premio Emmy al mediometraje La cabina de Antonio Mercero.

De él sí podemos decir, como Séneca que, al fin y a la postre, “la vida es corta y el arte es largo”. Largo ha sido su arte. Larga ha sido la mancha de emoción que ha pintado en los últimos 60 años del teatro y el cine. Larga en el cuadro melodramático que hemos representado, y que él ha vivido, o al revés, que él ha mostrado y los demás han padecido o disfrutado. Yo sólo lo puedo recordar, nada menos que por su paso por los primeros momentos de la televisión en el blanco y negro de los años 60 del pasado siglo. En las innumerables películas de Jaime de Armiñán (Mi querida señorita), Carlos Saura (Peppermint frappé), Berlanga (La escopeta nacional), Marco Ferreri, Lazaga, Bardem, Pedro Olea, Jose María Forqué, Mariano Ozores, etc.

Quede para mí el pequeño recuerdo de su presencia. Cuando me ha hecho vibrar en alguna de sus actuaciones en vivo. Incluso en las que se llamaban “alimenticias” de las temporadas de veraneo y las fiestas capitalinas en Oviedo, en la programación de vodevil del Teatro Filarmónica. O ya en la última cuando en La raya del pelo de William Holden de Sanchis Sinisterra, salía ya en su ocaso, como un viejo acomodador de cine vestido en su octogenaria edad, de cowboy en un pequeño papel, o cameo, como se dice en el argot. Y, acabo con Séneca, sin terminar con él, pues a mí este actor me recordaba a Séneca, si nuestro gran autoinmolado filósofo hubiese llevado bigote a la moda. José Luis López Vázquez, también como Séneca hubiera podido decir: “muchos sólo se ocupan en envidiar la suerte ajena o maldecir la propia. Otros muchos, sin ningún fin determinado, ceden a una ligereza inconstante, irresoluta, inoportuna, que les lanza sin cesar a formar nuevos proyectos. Algunos no encuentran atractivo suficiente en nada para excitar su actividad. Y la muerte les sorprende bostezando. De suerte que tengo (diría José Luis) por cierta la sentencia del más grande de los poetas: “la parte más pequeña de nuestra vida es la que vivimos”. José Luis López Vázquez: la parte más pequeña de tu vida se ha ido. La que has vivido nos queda. Pues “para colmarme a mí con tu opulencia, de una parte de tu gloria vivo”, en palabras del soneto XXXVII de Shakespeare.

Arriba