
Manuel Barrera Benítez
profesor de literatura dramática de la esad
de málaga
El 7 de
octubre de 2009 a las 21.00 horas abrió sus puertas el
Teatro Echegaray, un magnífico edificio en pleno centro
histórico de Málaga, rodeado de todos los grandes monumentos
de la ciudad y en una de sus calles más bellas y elegantes.
Construido en 1932, el antiguo Cine Echegaray, después de
ocho largos años cerrado a cal y canto, brilla de nuevo
completamente restaurado y convertido ahora en teatro y
resplandecen sus dorados tras su monumental fachada.
Se recupera
una arquitectura muy singular, respetando todos los
elementos originales en el exterior, la escalera y el
vestíbulo, un conjunto verdaderamente impresionante en el
que destaca el trabajo de ebanistería y la recuperación de
vidrieras de la acreditada casa Maumejean, al tiempo que en
su interior la sala y el escenario presentan un aspecto
totalmente renovado y moderno de llamativos colores y patio
de butacas retráctil que permite la versatilidad del espacio
escénico, destinado a ofrecer una programación cultural
complementaria a la del principal teatro de la ciudad, el
Cervantes, en la que se incluirá teatro, cine, danza, música
y conferencias.
La gala de
inauguración, a dos días de la apertura al público en
general, ha contado con una presentadora de excepción muy
vinculada a Málaga, Fiorella Faltoyano, y la actuación de
REA Danza, el Octeto de la Orquesta Filarmónica de Málaga
Conjunto Música Viva, el cantante Javier Ojeda y la compañía
de teatro Caramala.
Más allá
del excelente envoltorio, con alfombra roja que cubría toda
la calle y grandes focos para iluminar a las estrellas
asistentes, el mayor de los aciertos, a nuestro parecer, ha
consistido, en contar para este acto con una representación
de las principales manifestaciones escénicas (música, teatro
y danza) a cargo de artista locales, deuda histórica para
con la ciudad de la gestión del Teatro Cervantes que ojalá
se corrija y siga esta muestra en adelante.
En
cualquier caso, se trata de una buenísima noticia. Cunda el
ejemplo. Ahora sólo falta que la programación acompañe como
parece prometer en su arranque en el que destacan, entre
otras, las representaciones de varias obras clásicas, Ubú
rey de Alfred Jarry (adaptación, dramaturgia y dirección
de Pere Fullana), Calígula de Albert Camus (versión y
dirección de Santiago Sánchez) o el Sueño de una noche de
verano de Shakespeare (versión y dirección de Helena
Pimenta).
Para
comenzar, ya sin poses de cara a la galería, el Teatro
Echegaray de Málaga puso en escena el 9 de octubre de 2009
Hotel Paradiso, la última creación de la compañía
Familie Flöz, una agrupación internacional de actores,
músicos, bailarines y diseñadores de máscaras y vestuario
que, aunque nació y tiene su sede en Alemania, está
actualmente integrada por miembros de hasta diez
nacionalidades diferentes, articulando exquisitamente, con
grandes dosis de humor, arte, música, magia, clown y
máscaras, más allá de las tradicionales barreras divisorias
entre las distintas manifestaciones artísticas.
El
espectáculo, liberado de la palabra, intenta trascender las
barreras impuestas por el idioma, algo que de vez en cuando
se agradece tan abrumados como estamos por el uso y abuso
del lenguaje en nuestra realidad cotidiana, lo que desde
hace ya mucho tiempo nos ha hecho dudar de las palabras
desconfiando de su eficacia para la comunicación verdadera.
En la línea
simbolista, Familie Flöz apuesta por convertir en títeres a
los actores, unas supermarionetas magníficamente vestidas y
caracterizadas, destacando sobremanera en ellas las muy
artísticas, originales y expresivas máscaras cuyo misterio
nos ayuda a ver lo que hay de sorprendente en el sólo hecho
de vivir, mostrando la existencia de las almas en sí mismas,
verdadero tesoro de los humildes, que diría Maeterlinck.
Pero sí se
trata de un espectáculo con mucho texto, pues, si bien nos
hallamos ante una obra que carece de texto verbal oral,
otros tipos de texto, el dinámico-corporal, caracterizador
externo e interno, proxémico, musical y sonoro, espacial
fijo y móvil, temporal y rítmico, resultan evidentemente
fundamentales.
Además, la
elaborada trama o tejido de hilos cuyo fin primero es el
entretenimiento y diversión, valores supremos del teatro
según el mismísimo Bertolt Brecht, es una manera de
demostrar implícita y convincentemente que lo verbal no es
condición sine qua non para la existencia del teatro
y, mucho menos, su componente principal, pese a que
lógicamente y dada la íntima relación entre pensamiento y
lenguaje, los espectadores hagamos necesaria en nuestra
interpretación la traducción lógico-discursiva designando
los hechos, las situaciones, las acciones, los
comportamientos o los sucesos de manera conceptual y pese a
que al enfrentarnos exclusivamente a la representación el
texto evidentemente haya dejado de ser escritura y ya no
pueda leerse, sino sólo verse, oírse y sentirse.
La riqueza
semiológica de Hotel Paradiso a todos los niveles
señalados (mímica, gesto, movimiento, maquillaje, peinado,
vestuario, accesorios, decorado, iluminación, música y
efectos sonoros) y su precisión técnica consiguieron un gran
aplauso final por parte de un público entregado que
abarrotaba la sala ansioso por asistir a la inauguración del
espacio y creo que feliz de comprobar que ha merecido la
pena esperar para ver el resultado de tantos años de trabajo
y que finalmente quedó un teatro acogedor y de calidad
propio del nivel de una ciudad grande que desea convertirse
en una gran ciudad.
Se hicieron
notar también las risas colectivas y varias veces a lo largo
de la representación los aplausos: había buen ambiente y la
obra gustó bastante; pero tal vez, al menos para el que esto
escribe, faltó ese “pellizquito”, un poco más de alma más
allá de tanta precisión y tanta técnica; por supuesto, sin
discutir la magnífica factura del espectáculo ni las
estupendas interpretaciones de todos los actores, muy bien
coordinados y dirigidos por Michael Vogel.
Una
anécdota: geniales los actores en su capacidad para
improvisar e introducir en la representación al señor que
suponemos —¡ay!— se levantó para ir al baño. Merecido y
elegante aplauso para ellos en sustitución del abucheo al
mencionado señor.