Número 28. Enero de 2010

En la inauguración del moderno y polivalente Teatro Echegaray
Un entrañable hotel

Manuel Barrera Benítez
profesor de literatura dramática de la esad de málaga

El 7 de octubre de 2009 a las 21.00 horas abrió sus puertas el Teatro Echegaray, un magnífico edificio en pleno centro histórico de Málaga, rodeado de todos los grandes monumentos de la ciudad y en una de sus calles más bellas y elegantes. Construido en 1932, el antiguo Cine Echegaray, después de ocho largos años cerrado a cal y canto, brilla de nuevo completamente restaurado y convertido ahora en teatro y resplandecen sus dorados tras su monumental fachada.

Se recupera una arquitectura muy singular, respetando todos los elementos originales en el exterior, la escalera y el vestíbulo, un conjunto verdaderamente impresionante en el que destaca el trabajo de ebanistería y la recuperación de vidrieras de la acreditada casa Maumejean, al tiempo que en su interior la sala y el escenario presentan un aspecto totalmente renovado y moderno de llamativos colores y patio de butacas retráctil que permite la versatilidad del espacio escénico, destinado a ofrecer una programación cultural complementaria a la del principal teatro de la ciudad, el Cervantes, en la que se incluirá teatro, cine, danza, música y conferencias.

La gala de inauguración, a dos días de la apertura al público en general, ha contado con una presentadora de excepción muy vinculada a Málaga, Fiorella Faltoyano, y la actuación de REA Danza, el Octeto de la Orquesta Filarmónica de Málaga Conjunto Música Viva, el cantante Javier Ojeda y la compañía de teatro Caramala.

Más allá del excelente envoltorio, con alfombra roja que cubría toda la calle y grandes focos para iluminar a las estrellas asistentes, el mayor de los aciertos, a nuestro parecer, ha consistido, en contar para este acto con una representación de las principales manifestaciones escénicas (música, teatro y danza) a cargo de artista locales, deuda histórica para con la ciudad de la gestión del Teatro Cervantes que ojalá se corrija y siga esta muestra en adelante.

En cualquier caso, se trata de una buenísima noticia. Cunda el ejemplo. Ahora sólo falta que la programación acompañe como parece prometer en su arranque en el que destacan, entre otras, las representaciones de varias obras clásicas, Ubú rey de Alfred Jarry (adaptación, dramaturgia y dirección de Pere Fullana), Calígula de Albert Camus (versión y dirección de Santiago Sánchez) o el Sueño de una noche de verano de Shakespeare (versión y dirección de Helena Pimenta).

Para comenzar, ya sin poses de cara a la galería, el Teatro Echegaray de Málaga puso en escena el 9 de octubre de 2009 Hotel Paradiso, la última creación de la compañía Familie Flöz, una agrupación internacional de actores, músicos, bailarines y diseñadores de máscaras y vestuario que, aunque nació y tiene su sede en Alemania, está actualmente integrada por miembros de hasta diez nacionalidades diferentes, articulando exquisitamente, con grandes dosis de humor, arte, música, magia, clown y máscaras, más allá de las tradicionales barreras divisorias entre las distintas manifestaciones artísticas.

El espectáculo, liberado de la palabra, intenta trascender las barreras impuestas por el idioma, algo que de vez en cuando se agradece tan abrumados como estamos por el uso y abuso del lenguaje en nuestra realidad cotidiana, lo que desde hace ya mucho tiempo nos ha hecho dudar de las palabras desconfiando de su eficacia para la comunicación verdadera.

En la línea simbolista, Familie Flöz apuesta por convertir en títeres a los actores, unas supermarionetas magníficamente vestidas y caracterizadas, destacando sobremanera en ellas las muy artísticas, originales y expresivas máscaras cuyo misterio nos ayuda a ver lo que hay de sorprendente en el sólo hecho de vivir, mostrando la existencia de las almas en sí mismas, verdadero tesoro de los humildes, que diría Maeterlinck.

Pero sí se trata de un espectáculo con mucho texto, pues, si bien nos hallamos ante una obra que carece de texto verbal oral, otros tipos de texto, el dinámico-corporal, caracterizador externo e interno, proxémico, musical y sonoro, espacial fijo y móvil, temporal y rítmico, resultan evidentemente fundamentales.

 Además, la elaborada trama o tejido de hilos cuyo fin primero es el entretenimiento y diversión, valores supremos del teatro según el mismísimo Bertolt Brecht, es una manera de demostrar implícita y convincentemente que lo verbal no es condición sine qua non para la existencia del teatro y, mucho menos, su componente principal, pese a que lógicamente y dada la íntima relación entre pensamiento y lenguaje, los espectadores hagamos necesaria en nuestra interpretación la traducción lógico-discursiva designando los hechos, las situaciones, las acciones, los comportamientos o los sucesos de manera conceptual y pese a que al enfrentarnos exclusivamente a la representación el texto evidentemente haya dejado de ser escritura y ya no pueda leerse, sino sólo verse, oírse y sentirse.

La riqueza semiológica de Hotel Paradiso a todos los niveles señalados (mímica, gesto, movimiento, maquillaje, peinado, vestuario, accesorios, decorado, iluminación, música y efectos sonoros) y su precisión técnica consiguieron un gran aplauso final por parte de un público entregado que abarrotaba la sala ansioso por asistir a la inauguración del espacio y creo que feliz de comprobar que ha merecido la pena esperar para ver el resultado de tantos años de trabajo y que finalmente quedó un teatro acogedor y de calidad propio del nivel de una ciudad grande que desea convertirse en una gran ciudad.

Se hicieron notar también las risas colectivas y varias veces a lo largo de la representación los aplausos: había buen ambiente y la obra gustó bastante; pero tal vez, al menos para el que esto escribe, faltó ese “pellizquito”, un poco más de alma más allá de tanta precisión y tanta técnica; por supuesto, sin discutir la magnífica factura del espectáculo ni las estupendas interpretaciones de todos los actores, muy bien coordinados y dirigidos por Michael Vogel.

Una anécdota: geniales los actores en su capacidad para improvisar e introducir en la representación al señor que suponemos —¡ay!— se levantó para ir al baño. Merecido y elegante aplauso para ellos en sustitución del abucheo al mencionado señor.

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