Número 28. Enero de 2010

Estudiosos y creadores enjuician la obra del dramaturgo desaparecido
El grito de Rodríguez Méndez

José Luis Campal Fernández
RIDEA

La muerte, el pasado otoño, del miembro de la generación realista José María Rodríguez Méndez (1925-2009) resuena como un aldabonazo que nos empuja a una sincera y cruda revisión del estado actual del teatro contemporáneo, y viene a sumarse, en el capítulo de pérdidas de las que se resentirán los escenarios españoles, a la no tan lejana de su compañero granadino José Martín Recuerda.

Jalona la labor escritural de Rodríguez Méndez medio centenar de piezas que hurgaban en las entrañas de la herida colectividad y que a nadie dejaron indiferente. El listado más o menos completo de su producción lo conformarían los siguientes títulos: El milagro del pan y de los peces (después refundido en La puerta de las tinieblas), Vagones de madera, Los alegres consumidores, El hospital de los podridos, El sueño de un amor imposible, La chispa, La banda del Tisi habla de literatura, La Mano Negra, La marca de fuego, El marqués de Sade en Usera, Novios de la muerte, Real Academia, Comedia clásica, El rincón de don Miguelito, La taberna y las tinajas o Auto de la donosa tabernera, A mal juez, peor testigo, Las estructuras, Defensa atómica, La batalla del Verdún, La vendimia de Francia, Los inocentes de la Moncloa, El círculo de tiza de Cartagena, Última batalla en El Pardo, La trampa, Spanish news, Historia de forzados, En las esquinas, banderas, La sangre de toro, El vano ayer, La Andalucía de los Quintero, Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga, De paseo con Muñoz Seca, Prólogo para Fuenteovejuna, Los quinquis de Madriz, El ghetto o La irresistible ascensión de Manuel Contreras, Flor de Otoño, El sueño de una noche española, La rebelión de Pugachef, Hermosa justicia, María Slodowska o La aventura del radium, Historia de unos cuantos, Soy madrileño, El pájaro solitario, Puesto el pie en el estribo, Teresa de Ávila, Reconquista, Escucha, España, Estoy reunido e Isabelita tiene ángel.

Cerrada ya la trayectoria compositiva de Rodríguez Méndez, llega la hora de las valoraciones, razón por la cual hemos planteado a varios profesores universitarios, teóricos y creadores tres cuestiones que catalogamos de indiscutida preeminencia cuando nos enfrentamos al personal mundo de este creador madrileño que asumió hasta el tuétano su insobornable independencia de criterio:

1) ¿La actitud de José María Rodríguez Méndez, combativa y abiertamente crítica con el mundo teatral, es un aval para su perdurabilidad o constituirá un escollo?

2) ¿Fue un dramaturgo fuera de su tiempo para mejor comprenderlo? ¿Cree usted que acertó Rodríguez Méndez al recurrir al poso de la tradición –Ramón de la Cruz, Cervantes, Lope de Vega, Valle-Inclán– para hacer una relectura más rica de nuestra historia nacional?

3) ¿Resultan compatibles las Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga con apuestas como Flor de Otoño?

Los profesionales que se han prestado a ejecutar un retrato a mano alzada, pero nada opaco ni difuso, de los aportes de José M.ª Rodríguez Méndez en el momento mismo de su desaparición son: José Rodríguez Richart (profesor de la Universidad alemana del Sarre), Guillermo Heras (director de escena y dramaturgo), José Monleón (crítico teatral y director de Primer Acto y del Festival Internacional Madrid Sur), Eduardo Pérez-Rasilla (profesor de la Universidad Carlos III de Madrid), Ignacio del Moral (dramaturgo), Jerónimo López Mozo (dramaturgo), Paloma Pedrero (dramaturga) y Virtudes Serrano (profesora de la Universidad de Murcia).

 

I. José Rodríguez Richart

«1) Creo que la actitud de José María Rodríguez Méndez contribuirá seguramente a su perdurabilidad en la literatura teatral, en lo que Melchor Fernández Almagro llamó “teatro para leer”, pero lamentablemente menos a su presencia en el teatro escenificado. Un poco como Valle-Inclán, R. Méndez escribió de espaldas al teatro, sin preocuparse demasiado de adaptarse a la escena y a sus características y dimensiones, sin hacerlo representable (llegó incluso a declarar que los estrenos los consideraba secundarios). El interés principal de su teatro radica, a mi modo de ver, en su condición resueltamente crítica y testimonial, realista, de denuncia, en una época difícil, en la que la censura impedía una expresión en libertad, lo que no amilanó en absoluto, hay que ponerlo de relieve, a este autor, ni le llevó a cambiar de actitud y a escribir un teatro acomodaticio y comercial al uso entonces en la escena española. Las muchas prohibiciones que sufrieron sus estrenos lo confirman. Con todo, y resumiendo, hay que aceptar el juicio de Monleón de que “la valoración literaria de una obra ha de hacerse, necesariamente, en función de su época”, un principio, por lo demás, al que algunos críticos social-realistas y comprometidos de la década del sesenta no siempre se han atenido al juzgar a autores de otras tendencias.

2) A mi parecer, y como él mismo afirmó en varias ocasiones, lo que le interesaba de verdad era reflejar en sus obras simplemente la vida, la realidad de la vida problemática y conflictiva de las personas marginadas en España en unos años concretos (la “victimización de las masas”, ha escrito Martha Halsey) y no tanto el marco histórico en que vivían (el presente del autor o el pasado reciente de España). Y quería hacer esta presentación o reflejo de la vida en torno con la menor deformación posible para que el mensaje de la obra pudiera llegar al espectador o lector lo más directamente posible, sin máscaras, alegorías o simbolismos. “Yo no enmascararé nunca mis ideas ni mis personajes”, le declaró literalmente a Amando Carlos Isasi Angulo. Y J. Martín Recuerda escribe a este respecto que “Buero da sus principales ideas en clave, Rodríguez Méndez las da al descubierto”. El lenguaje de sus obras está también al servicio y en función de esta misma concepción. En cuanto al recurso a la tradición literaria española –el sainete, el entremés, el género chico, la picaresca, el esperpento–, puede verse en la línea de este interés por la gente concreta, por el pueblo modesto y humilde de la sociedad española de su tiempo o de épocas pretéritas (la Restauración, el 98, etc.) análogas a la sociedad coetánea del autor en rasgos fundamentales. En este sentido, el teatro de Rodríguez Méndez es esencialmente popular, documental y testimonial, rasgos básicos que le unen a las obras y a los autores de la tradición literaria española antes mencionada.

3) Las dos obras tienen, a mi entender, muchos más elementos básicos comunes que diferentes, si prescindimos de los ambientes madrileño y barcelonés, entre otras cosas. En el fondo se trata en ambos casos de tragicomedias cuyos protagonistas o antihéroes (el Pingajo y Lluiset) son o se han convertido en marginados que se rebelan contra la sociedad de su tiempo, cada cual a su manera, y que terminan los dos pasados por las armas. La lectura esencial que puede desprenderse de las obras es “la inocencia de un pueblo golpeado y herido” (J. Martín Recuerda) que se levanta contra una adversidad impuesta por unos líderes insensatos incapaces de resolver (en las dos obras) los grandes y perentorios problemas de España. El teatro de J. M. Rodríguez Méndez, a mi parecer, y sus obras como Los inocentes de la Moncloa, La batalla del Verdún, Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga o Flor de Otoño, es quizá mucho más importante y valioso de lo que generalmente se cree. Quizá tendrá más vigencia, como apuntaba antes, como literatura teatral o como recreación testimonial socio-histórica. Pero si encuentra directores de escena que lo entiendan bien, poden lo necesario y lo adapten en los montajes a la realidad espacio-temporal de la escena, puede obtener todavía logros notables, como le ocurrió al de D. Ramón María del Valle-Inclán, como es sabido.»

 

II. Guillermo Heras

«1) La actitud de Rodríguez Méndez fue un acto de resistencia en dos etapas bien distintas del teatro español. En una de claro enfrentamiento a la censura política y en otra, de confrontación con la censura del mercado. Su perdurabilidad vendrá dada porque generó como autor dramático algunos de los textos más importantes del teatro español de una época.

2) Yo creo que fue un autor absolutamente de su tiempo. Lo que ocurrió es que esos tiempos no han sido propicios a la auténtica valoración de una dramaturgia española viva y, por tanto, como muchos otros fue excluido del aparato teatral dominante. Me parece que su mirada a la tradición fue una estrategia de situar nuestra gran aportación clásica a una perspectiva de escena realista acorde con los tiempos de la escritura del autor. No podemos olvidar que los análisis de las realidades escénicas deben hacerse acorde con los tiempos reales en que las obras fueron escritas y en ese sentido la modernidad de ciertas piezas de la generación realista hoy no es apreciada simplemente por intentar ser analizadas bajo prismas diferentes, por ejemplo de análisis posmodernos.

3) Ambas obras forman parte del mismo cuerpo ético/estético del autor, puede que en una de ellas la perspectiva valleinclanesca quede más acusada, pero ambas son ejemplos de un posible expresionismo español del último tercio del siglo XX.»

 

III. José Monleón

«1) José María adoptó una posición social, teatral y política que fue, consecuentemente, crítica con diversas visiones del teatro, de la sociedad y de la vida política española. Ello le valió el consiguiente menosprecio de unos y la estima de otros. Y así va a suceder en el futuro, entre quienes le estimen o no. En todo caso, una característica de José María fue, en una época marcada generalmente por una cierta división ideológica entre un teatro alineado en favor de la tradición conservadora, cuando no del franquismo, frente a otro de ideologías situadas en el antifranquismo, una búsqueda de la realidad popular, a menudo sin sitio en la historia española. El teatro de José María está muy abierto a una España colocada fuera de las imágenes históricas habituales, una España tragicómica, que no encuentra su tiempo, su lenguaje ni su destino.

2) Estuvo fuera de su tiempo como lo estuvo buena parte de España. Ésa fue su grandeza y, desde otro punto de vista, su limitación. Es el autor que amplía la imagen del teatro y de la sociedad española de la época. De hecho, su pasión por Valle-Inclán o Cervantes responde a su identificación con dos autores que también en su tiempo expresaron dos Españas situadas fuera de la crónica nacional. Así que creo que el teatro de José María –como en otro orden el de Valle y Cervantes– corrige la visión esquemática que nos da de la sociedad española el teatro más reconocido de su época.

3) ¿Por qué no? Otra vez nos encontramos ante personajes encuadrados en historias imposibles, es decir, ante realidades sociales que distorsionan la coherencia del personaje y revelan, en definitiva, la tragicomedia nacional. Durante años las ideologías no sólo definieron modelos de sociedad, sino, lógicamente, modelos de crítica social. Uno de los valores del teatro de Rodríguez Méndez radica en que al eludir el modelo ideológico elude también el modelo de crítica social. Su mundo revela la injusticia y la tristeza de la vida española sin necesidad de recurrir a los clichés habituales. La naturaleza de los personajes y de las situaciones conlleva una carga imaginativa, una ausencia de tópicos, que genera un discurso crítico siempre original, enraizado en la acción dramática, y nunca en un discurso ideológico preestablecido o interlineal. José María tuvo la inocencia y la grandeza de descubrir e interpelar el absurdo allí donde se ejerce la libertad.»

 

IV. Eduardo Pérez-Rasilla

«1) Su actitud crítica no debiera ser un obstáculo para la perdurabilidad de su teatro. Antes al contrario, ofrece un elemento de interés para las generaciones futuras. Sin embargo, no está de más recordar que sus críticas y sus desplantes no siempre fueron proporcionados ni justos. Son comprensibles, eso sí, como reacciones humanas de una persona como él y como tantos otros dramaturgos españoles, que comprobaron con desolación que sus esfuerzos y su talento no eran recompensados. Muchas de sus obras no llegaron a las tablas, o no llegaron en las condiciones adecuadas, y sus escritos –teatrales o ensayísticos– no merecieron la consideración que con harta frecuencia se presta a gentes mediocres que cultivan con aplauso otros géneros u otras formas de comunicación. Estas circunstancias han agriado el carácter de tantos de nuestros dramaturgos veteranos. Pero, aun considerando esas circunstancias, y aunque nos mostremos comprensivos con su naturaleza de gruñón entrañable o de tierno cascarrabias que tantas veces mostraba Rodríguez Méndez, hemos de admitir que algunas de sus descalificaciones personales resultan francamente deplorables. En otras ocasiones, sin embargo, sus consideraciones son pertinentes y agudas, alcanzan la brillantez por momentos y se cargan de razón en muchos pasajes. En esos casos, sus reflexiones son coherentes con sus planteamientos como dramaturgo –como buen dramaturgo– y con la condición del intelectual que cuestiona los distintos hábitos de que se reviste el poder para impedir el libre desarrollo y desenvolvimiento de los ciudadanos, y que reivindica unos criterios, unos modelos culturales y éticos de referencia. Su mejor obra ensayística y dramática pretende una recuperación militante de lo popular, que el escritor entiende de una manera muy personal y discutible, pero apasionada e inequívoca. En Rodríguez Méndez lo popular está vinculado a lo castizo y a ciertas tradiciones culturales españolas que pretenden convertirse en la voz del pueblo, un pueblo que busca denodadamente un resquicio para expresarse, burlando los mecanismos con los que los poderosos o los respetables intentan acallarla. Su literatura –dramática y ensayística– quiere liberar de la mordaza a los desfavorecidos, hacerlos visibles y audibles, reclama atención para esas gentes ninguneadas y silenciadas. El espíritu de su letra se muestra proclive hacia un cierto personalismo inconformista y rebelde y, desde luego, rezuma desconfianza en lo institucional y en ciertas formas de sociabilidad, lo que lo convierte en ese dramaturgo incómodo y crítico que hemos conocido, a quien, en sus mejores momentos, no le han faltado ni la lucidez ni la incisividad. Desde estas consideraciones, y aunque el concepto de lo popular que propugna Rodríguez Méndez no disfrute hoy de una aceptación unánime ni pacífica, su actitud crítica, que en su obra dramática aparece habitualmente depurada de sus excesos temperamentales y verbales, constituirá, si no un aval, que con toda seguridad no es necesario, sí una singularidad que la hace atractiva y –¿por qué no?– polémica.

2) Si nos atenemos al tiempo en el que se desarrollan las acciones de muchas de sus obras, sí, ciertamente, Rodríguez Méndez prefería transitar por el pasado histórico. Incluso, en alguna ocasión, cabría pensar que Rodríguez Méndez buscaba apacible refugio en ese pasado histórico, a veces muy lejano en el tiempo, desencantado como estaba con tantos aspectos del mezquino presente en que creía vivir. Y se acogía entonces a la hospitalidad de sus escritores preferidos. No parece abusivo advertir en su naturaleza sentimientos de melancolía y de nostalgia. Pero, frecuentemente, esa inmersión en el pasado se debía a su convicción de que los sucesos del presente tenían su origen en el pasado histórico u observaban, respecto a etapas anteriores, sorprendentes analogías, que podían ser lúcidamente puestas de manifiesto por una acción dramática ubicada en un tiempo anterior. Es singularmente la extensa y descorazonadora etapa de la Restauración –y sus aledaños históricos– la que proporciona a Rodríguez Méndez más posibilidades para sus investigaciones dramáticas relativas a las relaciones presente-pasado. El escritor estaba obsesionado –y posiblemente no le faltaba razón– con la semejanza profunda entre aquella etapa inane y un presente que estaba lejos de satisfacerle. Por extensión, o por concomitancia, algunas obras de Rodríguez Méndez se han adentrado en los períodos de la I y la II República y también en los de la primera posguerra, etapas en las que la relación con nuestro presente resulta innegable. Sin embargo, Rodríguez Méndez no fue ajeno al tiempo en que se forjó su escritura. Su actitud ante la Historia no difirió radicalmente de la que mantuvieron otros dramaturgos de su generación, como Sastre, Martín Recuerda, Muñiz, etc., o como la que mantuvo el maestro Buero, quienes se habían servido de procedimientos similares tratando de burlar la censura y de buscar la complicidad con unos espectadores dispuestos a saltar olímpicamente con ellos las décadas o los siglos que separaban el pasado histórico en que transcurría la acción dramática del ominoso tiempo presente. Y, en los dramas más conscientemente ideológicos, estos escritores se planteaban esas relaciones desde una concepción dialéctica de la Historia. Pero en Rodríguez Méndez advertimos una característica que lo diferencia de sus colegas. Su mundo dramático se localiza en la relectura de cierta tradición española, de la que se mostró siempre partidario hasta la devoción. Usted cita algunas de las influencias más relevantes en la obra de Rodríguez Méndez, como Ramón de la Cruz, Cervantes, Lope de Vega y Valle-Inclán. Son maestros indiscutibles. Pero entiendo que en la obra de Rodríguez Méndez son perceptibles también las huellas de otros escritores. Aunque la lista resulte ciertamente heteróclita, podría mencionarse a Arniches, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Antonio Machado o Muñoz Seca, entre otros. O incluso la de Calderón de la Barca, a quien Rodríguez Méndez reivindicaba. Y no puede olvidarse la simpatía literaria y humana que mostraba por la zarzuela, el sainete, el género chico, la farsa popular, el cabaré o cierta literatura folletinesca. Esta amalgama de amores literarios conduce a los rasgos dominantes de su escritura, que dibujan su empatía con los derrotados por la vida, los marginados y desahuciados e incluso con quienes, desquiciados por los imperativos morales, políticos o sociales de su tiempo, dieron una respuesta a aquel entorno y a aquel tiempo mediante alguna forma de rebeldía, lúcida o enloquecida, sublimada o violenta, genial o autodestructiva. El dramaturgo busca en la tradición las vetas de lo popular como ejemplo de autenticidad humana y de expresión artística genuina. Es decir, entronca, desde el punto de vista ético y estético, con aquellas manifestaciones de la literatura española atentas a lo fronterizo y a lo periférico, a lo excluido por la sociedad establecida y biempensante, manifestaciones que buscan su expresión en la tragicomedia, en la novela picaresca, en la farsa, en la deformación grotesca, en el esperpento, en formas de literatura oral, en la combinación de la literatura clásica y la popular, etc. Una larga y fecunda tradición que alberga no sólo a los autores y tendencias mencionados en líneas anteriores, sino también al Arcipreste, al Lazarillo, a La Celestina, etc. Pero sería injusto no advertir también en la obra de Rodríguez Méndez la preocupación por el presente histórico y estético, mostrado, por ejemplo, en el cultivo de un realismo neoexpresionista en obras como Los inocentes de la Moncloa, o su incursión en un hiperrealismo descarnado y duro en Los quinquis de Madriz. O su actitud abierta hacia el futuro inmediato cuando prepara la versión de uno de los textos más representativos –y representados– de los dramaturgos de la generación de la Transición: El veneno del teatro, de Rodolf Sirera. Son sólo algunos ejemplos.

3) A mí me parece que sí, tal vez porque, como he tratado de explicar, la obra de Rodríguez Méndez se caracteriza por esa propensión a la desmesura y a la combinación de elementos dispares, dicho sea como mérito y no como defecto. Estas obras tan distintas, pero tan semejantes también, Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga y Flor de Otoño, se han visto abocadas a una suerte de hermandad no sé si querida o no por su progenitor, porque se editaron juntas en aquel volumen que Martín Recuerda preparó para Cátedra, y también porque suelen ser los títulos de Rodríguez Méndez que con mayor frecuencia se recogen en los apresurados panoramas del teatro español reciente que reproducen manuales o artículos de conjunto. Su pregunta parece planteada desde la convicción o la sospecha de una distancia abismal entre ambas obras y acaso no le falte razón. Pero también son perceptibles las semejanzas entre estas dos obras. La acción de ambas está ubicada en el pasado histórico reciente, un período sobre el que el dramaturgo proyecta una mirada crítica, demoledora, en la que se advierten resabios valleinclanianos. En las dos obras el relato teatral está impregnado de truculencia, de melodramatismo folletinesco. Y, en los dos casos, los personajes protagonistas desarrollan conductas que distan de ser ejemplares moralmente, pero a las que se han visto abocados por las constricciones sociales. Sus comportamientos y las consecuencias de éstos los empujan no sólo a alguna suerte de marginalidad, sino también a la desesperación. Inician así una imposible huida hacia adelante que tiene algo de canallesca y de gallarda a un tiempo y que los conduce inevitablemente a la propia destrucción. Los dos dejan como herencia un singular testimonio de su inadaptación a un sistema que los excluye por motivos que son siempre bastardos. Así, como en tantos otros textos de Rodríguez Méndez, el dramaturgo se adentra en territorios no aceptados por el decoro social, en los submundos que ocupan quienes no encuentran lugar en el ámbito de lo respetable. En consecuencia, no falta tampoco en la estética de las dos obras la presencia de lo estridente, el estallido de las formas expresivas populares, con su proclividad a la demasía, en consonancia con los gustos literarios a los que me refería en la cuestión anterior. En suma, Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga y Flor de Otoño me parecen dos obras duras, con aristas, valientes si pensamos en el momento en que fueron escritas, desiguales por momentos, pero con escenas y personajes de inusitada potencia teatral.»

 

V. Ignacio del Moral

«1) A mi parecer, la actitudes estéticas, éticas, políticas o derivadas del carácter que pueden llevar a un escritor a estar enfrentado con el establishment (ya se usa poco esa palabra, ¿no? Resulta muy setentera) pueden ser –y con frecuencia lo son– un problema a la hora de desarrollar una actividad profesional; no así en el plano artístico: la independencia y el sentido crítico pagan un precio, a menudo muy alto. Pero de cara a la perdurabilidad de una obra, ese tipo de circunstancias van dejando de tener importancia y es el propio valor de las obras, o más bien su capacidad de seguir interpelando al lector o al espectador más allá de las circunstancias que rodean a su creación, lo que determina su perdurabilidad, su olvido y/o su eventual resurrección. Evidentemente, en esta labor de preservación o rescate tiene mucho que ver la voz de los estudiosos o críticos, que también forman parte de ese establishment antes aludido. Pero todos ellos, como los administradores de la cultura y también como los compañeros, amigables u hostiles, de profesión son (somos) barridos por el tiempo, quedando la obra. Es decir, las actitudes complacientes o críticas, que en vida pueden facilitar o dificultar el medro personal, van contando cada vez menos. O dicho más brevemente, el tiempo va poniendo las cosas en su sitio (aunque nunca de forma definitiva).

2) Acertó desde el momento en que encontró ahí su poética y su forma de contar el mundo. ¿En qué medimos el grado de acierto? ¿En premios, representaciones, entradas vendidas? Si es así, habría que concluir que casi nadie acierta. José M.ª Rodríguez Méndez fue un dramaturgo honrado y coherente, y sus obras, aunque insuficientemente conocidas, son por lo general apreciadas; unas más y otras menos, claro está. Se sentía comprometido con el que consideraba su país, España, y lo manifestaba abiertamente. Y dedicó su obra a reflexionar sobre las miserias y grandezas del mismo buscando la raíces de éstas en el pasado.

3) No entiendo mucho esta pregunta, la verdad. ¿Qué quiere decir compatibles? Parece obvio que lo son, y que proceden de la misma mano y del mismo cerebro. Puede que sean producto de diferentes momentos creativos, o diferentes impulsos, pero en todos los autores hay épocas o ciclos creativos que les llevan a transitar por caminos diferentes. Puede –se me ocurre– que justamente la falta de éxito, en el sentido más inmediato y obvio del término, sea lo que permite –u obliga– a buscar diferentes registros y explorar diferentes paisajes. Con frecuencia, el autor de éxito tiende a encasillarse en la fórmula que le dio ese éxito, y con frecuencia este tipo de autor ve castigados sus intentos de tomar un rumbo diferente.»

 

VI. Jerónimo López Mozo

«1) No creo que influya en la valoración y perdurabilidad de su teatro. Ha influido, eso sí, mientras ha permanecido en activo y lo ha hecho de forma negativa. Sus opiniones sobre nuestro teatro, muy críticas, agrias y con un marcado tono panfletario, recogidas en libros como La incultura teatral en España, Comentarios impertinentes sobre el teatro español, Ensayo sobre la inteligencia española y Los despojos del teatro, nunca fueron acogidas con simpatía por los profesionales de nuestra escena, incluidos los autores. Tampoco era fácil el trato personal con él a causa de su carácter y de la abierta sinceridad con que expresaba sus ideas, muchas veces contradictorias con las reflejadas en su obra dramática. Sin embargo, y a pesar de todo, siempre fue respetado por los que apreciábamos su teatro, aunque discrepáramos a veces de su contenido, y conocíamos las circunstancias poco favorables en las que se desarrolló su vida, llena de dificultades personales y económicas. Ignoro el papel que el futuro reservará a su teatro, pero me gustaría que, por su importancia, perdurara. Para que así sea es necesario el concurso de los estudiosos, aunque a la postre tampoco ellos tendrán la última palabra. Me ha sorprendido desagradablemente el escaso eco que su muerte ha tenido en la prensa diaria y eso no es una buena señal.

2) Quiso ser de su tiempo, pero despreció lo que su tiempo le ofrecía. Hizo de la tradición su bandera y, para reafirmar esa vocación, arremetió contra todo lo que tuviera el más mínimo tufo vanguardista e ignoró los avances que se estaban produciendo en el teatro europeo en la segunda mitad del siglo pasado. Su intransigencia fue un error, porque su devoción por nuestros clásicos no era incompatible con las aportaciones de las nuevas corrientes.

3) Flor de Otoño es, tal vez, un verso suelto en el conjunto de la producción, por otra parte estética e ideológicamente coherente, de nuestro autor. Pero no resulta sorprendente que la escribiera y viniera a ser, en opinión de muchos, su mejor obra. Rodríguez Méndez vivió en Barcelona y conoció muy bien aquella ciudad, sobre todo el Barrio Chino, en el que situó buena parte de la acción. Por otra parte, la historia real en la que se inspiró era fascinante. A ello hay que añadir que su escritura le permitió trazar un completo mapa lingüístico de Barcelona que acoge el habla de la burguesía, de la clase obrera y de las gentes de los bajos fondos, y en el que conviven el castellano y el catalán.»

 

VII. Paloma Pedrero

«1) La perdurabilidad de Rodríguez Méndez está en sus obras. Y estoy convencida de que merece y pasará a la historia de la literatura dramática.

2) El autor escribió todo lo que le apeteció escribir. Probó y experimentó. Hizo obras completamente originales y recurrió a la tradición cuando quiso. Como a todos los autores, unas obras le salieron mejor que otras. Pero su gran talento hizo que acertara muchas veces. Algunas de sus obras son grandiosas.

3) Claro, cada una tiene su estilo y su porqué. Ambas son parte importante del universo del autor.»

 

VIII. Virtudes Serrano

«1) José María Rodríguez Méndez tuvo un temperamento fuerte e impulsivo, como otros muchos creadores lo han tenido y manifestado. Si en una sociedad democrática tal actitud fuese un escollo para su perdurabilidad, mala democracia sería la nuestra. ¿Un aval? No hay duda que para otros llamados artistas y hasta mitos, de los que ahora mismo tenemos más noticias de las que serían deseables, actitudes ya no críticas sino escandalosas y hasta delictivas les han concedido el favor del público, la fama y la fortuna en vida y muerte. Desgraciadamente, no creo que éste vaya a ser el caso de nuestro desaparecido dramaturgo. Rodríguez Méndez luchó en la dictadura por decir la verdad y desde la transición fue un hombre crítico con las formas de llegar el teatro al público de su país, con quienes, por tener el poder, prescindían de tantos y tantos autores y autoras de la segunda mitad del siglo XX, que se habían decantado, en épocas muy duras para los creadores, en defensa de los derechos de los más débiles y en críticas sobre los que, teniendo que protegerlos, los convierten en víctimas. En cualquier otro país creo que su perdurabilidad estaría asegurada, como lo habría estado su permanencia en los escenarios durante su vida, sólo por el valor de su dramaturgia. La literatura dramática de Rodríguez Méndez puede muy bien hacer olvidar sus críticas directas, su irrenunciable derecho a protestar en voz alta, quizás en ocasiones con palabras poco correctas bajo las que no se escondía la mentira sino la desmesura, la desmesura de una personalidad que por ello mismo fue capaz de la creación de textos que deberían encontrarse, sin otro miramiento, en el canon de la mejor literatura dramática del siglo XX y que tendrían que poder ser vistas con continuidad por los espectadores. Si el lector de esta encuesta desea comprobar la opinión de quien estas páginas suscribe, acérquese a los dos volúmenes que recogen su Teatro escogido (Madrid, Asociación de Autores de Teatro, 2005) y lea o relea, en su caso, textos como Vagones de madera, Los quinquis de Madriz, La marca de fuego, Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga, Flor de Otoño, Historia de unos cuantos, Soy madrileño, El pájaro solitario… No, su temperamento no debería constituir un escollo.

2) Creo que Rodríguez Méndez siempre estuvo en y con su tiempo y que su culto a la tradición, unida a su mirada contemporánea, dan a su obra un sentido y una personalidad profundos e indiscutibles; sus propias palabras, en “Conmigo mismo” (Primer Acto, 173, 1974, p. 15), han de servir, mejor que las mías, de explicación a estas cuestiones: “Mi teatro podría catalogarse como una serie de episodios sociales españoles. (...) Si a mí me ha tocado vivir una época conflictiva y dura de la historia de mi pueblo, forzosamente tengo que expresarme a través de ese pueblo, que ha pasado por furiosos desarraigos, desilusiones, frustraciones y esperanzas hasta conseguir mantenerse en pie y conservar cierta ingenuidad y ternura...”. Durante toda su vida, Rodríguez Méndez se ocupó dramáticamente de su pueblo, el que había conocido en la madrileña calle de la Ruda que le vio nacer; si el lector de su obra, además, conoce la tradición de otros artistas en los que sin duda piensa al componer su obra (Ramón de la Cruz, Cervantes, Lope de Vega, Valle-Inclán), miel sobre hojuelas, pero a Rodríguez Méndez la inspiración le viene de lo que observa y las formas de su propia vida de castizo habitante de lo que él mismo ha llamado el zoco madrileño. Siempre se sintió pueblo con el pueblo y débil entre los débiles, y por eso sus argumentos dramáticos poseen el sello de sus propias vivencias, y sus personajes son, en muchos sentidos, él mismo, sin que esta actitud haga pensar en egolatría o culto a la personalidad, sino que en la construcción de cada uno de los elementos de sus dramas hizo suyos los padeceres de aquellos que soportan el peso de cualquier clase de adversidad, y lo pudo hacer con absoluto conocimiento porque él soportó hasta su muerte graves dificultades. España y los españoles han sido su preocupación principal desde sus primeros textos, como ejemplifican los pobres soldados hacinados en los Vagones de madera, los opositores de Los inocentes de la Moncloa, los sojuzgados novios de las Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga, o esos Quinquis de Madriz (que más adelante veremos convertidos en los despojos humanos de La marca de fuego). A veces, lo popular le ofrece la posibilidad de mostrar el reverso de las alegres y confiadas vidas de quienes protagonizaron el teatro menor de otro tiempo. Felipe y Mari Pepa, Julián, la Señá Rita, Susana y tantos otros componentes del casticísimo género chico dan vida al magnífico texto que es Historia de unos cuantos, con su trasfondo de catástrofe política y humana. Obedeciendo a una estética realista que trasciende el popularismo para adentrarse en las raíces de lo popular se encuentra su estudio de las distintas hablas y lenguas que configuran la geografía expresiva de España y que con destreza coloca el dramaturgo en boca de sus criaturas escénicas, no sólo como signo dramatúrgico de caracterización social o de ubicación temporal, sino como seña de identidad de las clases populares frente al bloque opresor, como verdadero símbolo de rebeldía y expresión de libertad. No podemos pasar por alto el asiduo cultivo de la historia como tema en la obra de Rodríguez Méndez. Bien mirada, toda la obra dramática de este autor es histórica; incluso aquella no ubicada en el pasado está concebida como crónica de cada uno de los momentos del tiempo de su escritura y del tiempo de su autor, pero también como espejo en el que el público pueda observar los males pretéritos y así exorcizar los presentes, o al menos enjuiciarlos. Creo, por tanto, que José María Rodríguez Méndez estaba totalmente inmerso en cada uno de sus tiempos y que la síntesis de pueblo y orígenes literarios castizos, históricos y vanguardistas han contribuido a la formulación de su valiosa y comprometida dramaturgia.

3) Por supuesto, estas dos obras representan dos direcciones de su dramaturgia, pero no son las únicas, pensemos en Isabelita tiene ángel, en El pájaro solitario o en Última batalla en El Pardo, por poner algunos ejemplos. En las que me propones, como en casi todas las demás, habla de perdedores, de poder, de abuso, de amor, de lealtad, de derechos, de libertad; en ambas deposita su profundo amor hacia esos personajes que luchan denodadamente contra un destino social y políticamente escrito y decretado; por ello, a pesar de las diferencias estéticas y constructivas, forman partes diversas de un todo homogéneo.»

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