Número 28. Enero de 2010

Festival de Otoño
Peligro en la escena

Adolfo Simón

Hubo un tiempo que en Madrid había primavera teatral y de un año para otro desapareció el Festival Internacional de teatro de Madrid, se trasladó de estación y cambió de nombre, la muestra primaveral pasó a llamarse Festival de Otoño. Es curioso cómo nos acostumbramos a los cambios sin rechistar; el ser humano, no siempre para lo bueno, es un animal de costumbres, cree que elige muchas cosas y lo que hace es aceptar las propuestas que le vienen dadas desde el exterior. Los cambios, a priori no tienen por qué ser negativos, transformarse es sinónimo de evolución, salvo que los cambios tengan que ver con intereses ajenos al objeto que evoluciona. Hace años que el ecuador del invierno al verano se hace sin tránsito primaveral en Madrid, los viejos del lugar dicen que antaño había un puente de caída de hojas y flores estallando en el paisaje, todos esos colores y olores han desaparecido; me pregunto, estos días que se deciden temas importantes en Copenhage sobre el cambio climático, si seremos capaces de entender que la naturaleza tiene sus propias reglas y que no podemos decidir o cambiar a nuestro antojo el curso del arte y la belleza.

Y para despedir el último Festival de Otoño, parece como si se hubiese querido conformar un programa rabioso, de esos que advierten del peligro a la entrada del teatro, sin necesidad de decirlo. Hacía tiempo que no tenía esa grata sensación, de estar a punto de asistir a algo que podía ser peligroso, de un momento en mi vida que cambiaría muchas cosas a nivel profundo; si hay un espacio que puede ser peligroso y transformador, sin duda, es el teatro, el último reducto que le queda al ser humano de encontrarse cara a cara con un discurso, sin intermediarios, sin condiciones.

Además de peligroso, ha sido un festival femenino, de mujeres, no podía ser de otro modo, ellas han acudido a esta edición a revolver las entrañas de la escena. Como digo más arriba, el peligro acechaba al público y no porque tuviera que ver con esos espectáculos de los años ochenta en los que los intérpretes invadían el patio de butacas para sacudir el cuerpo y la mente del espectador. No, en estos momentos, cuando se da una situación así, provoca más bien sonrojo. Estoy hablando de otra cosa, de saber que estábamos entrando a un lugar antiguo, ancestral, donde las palabras, los gestos y movimientos nos introducirían en un laberinto, probablemente, sin salida.

Pina Bausch nos dejó físicamente hace unos meses, pero su presencia, a través de su obra y de su influencia, estará siempre con nosotros. Cuando falleció ya estaba programada una obra suya para este último Festival de Otoño, así que era lógico que se le rindiera homenaje dedicando el certamen a su memoria. En mil novecientos setenta y ocho estrenó Kontakthof (Lugar de encuentro… casa de citas) con los bailarines de la troupe del Tanztheater Wuppertal, en el año dos mil fue retomado por Pina Bausch con un elenco compuesto por hombres y mujeres de más de sesenta y cinco años. Asistir a esa visión del trabajo, cuando nos llega, de algún modo, como su testamento artístico, llenaba de escalofríos el Teatro Canal donde se representó. Artífice de títulos míticos como Café Müller, Nefés o Palermo Palermo, Pina Bausch nos sumergió en esta ocasión en un mundo nostálgico en el que ahondaba en la necesidad de sentirse amado. Transgresión, erotismo y ternura, en una pieza que la crítica ha descrito como “al mismo tiempo cruel y emocionante”.

Y pasamos, probablemente, de la creadora de mayor proyección de toda la programación a alguien que llegaba por primera vez al certamen teatral, Angélica Liddell. Cuenta la autora en el dossier de prensa, que el dos de octubre de dos mil ocho, día de su cumpleaños, se sintió asustada, furiosa y triste: Estaba jodida por el paso del tiempo, me había sentado como un tiro la comida en casa de mis padres y ya era plenamente consciente de que había perdido todo lo que amaba o había amado. Ese mismo día, en busca de la contradicción, se apuntó a un gimnasio, uno de esos lugares de los que siempre había echado pestes. Y allí, precisamente, nació La casa de la fuerza que para Angélica es la casa de la soledad… El lugar donde se compensa el agotamiento espiritual con el agotamiento físico. Es el sitio donde no somos amados y hacemos ejercicios de no-sentimientos para compensar el exceso de sentimientos. Es el sitio de la humillación y de la frustración. Autora, directora teatral y actriz, Angélica Liddell muestra una personalísima trayectoria escénica, en la que ha acuñado un lenguaje teatral de dialécticas imposibles. Excesos, literatura, cine, música, expresionismo, crítica social, autobiografía, pureza y escatología jalonan sus piezas, en una búsqueda desgarradora. La búsqueda del significado a través del dolor y la subversión. Como a la propia autora le ocurrió, asistir al banquete de su propuesta hizo que anidaran sapos en nuestro estómago ya que la ceremonia de más de cinco horas en la que nos sumergió, nos hizo sentir que estábamos sentados sobre alfileres.

Anne Teresa De Keersmaeker es una institución en el panorama de la danza contemporánea internacional. Fundadora de la compañía Rosas en mil novecientos ochenta y tres ha desarrollado una carrera brillante como bailarina y coreógrafa. Convertida en clásico, Rosas danst Rosas creada el mismo año de la formación de su compañía, prefigura las tensiones que caracterizan el trabajo posterior de De Keersmaeker. Cuatro mujeres interpretan una danza de contrastes que nos acerca a la dialéctica entre agresión y ternura, entre uniformidad e individualidad. La pieza, compuesta de cinco partes, alterna la música del cuerpo y la compuesta por Thierry De Mey y Peter Vermersch, basada en principios de repetición minimalista. La coreografía combinó dos tipos de movimientos, por un lado, los abstractos y por otro, los concretos, reconocibles y cotidianos… una caricia, un repentino giro de cabeza, una mano alisando una blusa. Así, la realidad más mundana se apodera de una pieza que la crítica ha calificado como “provocativa y rigurosa”. Rosas danst Rosas se estrenó en el Théâtre de la Balsamine en Bruselas, el seis de mayo de mil novecientos ochenta y tres y hasta el día de hoy no habíamos tenido ocasión de verla en Madrid, pudiendo asistir a ese rito del detalle que es la danza de esta coreógrafa. Dentro de este Festival de Otoño de Madrid se presentó también su última creación… The Song.

 El ramillete de mujeres continuó con Marta Carrasco, una de las figuras más originales y creativas del panorama dancístico actual. Sus creaciones personalísimas en el límite entre el teatro, la danza y la música han cosechado el aplauso de crítica y público, aunando humor, expresionismo, contenido dramático, innovación y onirismo. En Dies Irae, en el Réquiem de Mozart, la esencia de la puesta en escena es la célebre obra del compositor austríaco. Quince intérpretes, la mitad provenientes de Madrid y la mitad de Barcelona, desnudan la liturgia y muestran sin concesión la debilidad de la verdad mientras abren un telón fronterizo, símbolo de la apuesta personal de Marta Carrasco por enlazar las dos ciudades. La inmortalidad de la música desafía cualquier mirada escéptica ante el mundo e invita a decir, hacer y oír el desgarro de la vida. Dies Irae va más allá de una misa de difuntos, devora y obsesiona e invoca el aroma de lo profano. No da tregua al público porque es furia, es ira, es impotencia, es miedo… Irreverencia, belleza, riesgo. Una apuesta por el mayor de los retos en el que, de nuevo, una creadora, lanza un grito contra la intolerancia ejercida durante siglos contra la mujer.

En el año dos mil uno, Jean-Louis Martinelli, dramaturgo y director del Théâtre Nanterre-Amandiers, viaja a Bobo-Dioulasso en Burkina Faso y queda sobrecogido por la dimensión de la tragedia en la que se sume el continente africano. Concibe entonces la idea de llevar a escena la Médée de Rouquette, inspirada en el texto clásico de Eurípides. En tierra africana, la magia y la superstición se entrelazan con lo cotidiano. Junto a la percepción mítica de la realidad, las democracias balbucientes, la brutalidad de las guerras étnicas y la fragilidad de las fronteras, otorgan una especial resonancia a esta tragedia universal sobre la pertenencia y el exilio. En un campo de refugiados africano, la Medea de Martinelli espera el regreso de Jasón, a sus gritos, responden los cantos compuestos por el músico Ray Lema para el coro de mujeres bambara. Cuando el líder de los argonautas antepone el poder y la gloria a la fiereza del amor devoto de su esposa, la traición se convierte en venganza y ésta en el proverbial crimen que resuena en el imaginario colectivo desde hace milenios. En esta ocasión, la mujer que surge desde la espesura de las tierras africanas para erigirse como un símbolo de fuerza es la inmensa actriz Odile Sankara que dio una dimensión atemporal del personaje.

La autora inglesa Sarah Kane que hace una década se suicidó, es la mujer que completa este grupo de creadoras virulentas que cuestionan la sociedad burguesa y acomodada en la que vivimos. Reflexionaba en sus piezas sobre temas como el amor redentor, el deseo sexual, el dolor, la tortura física y mental… y la muerte. La desbordante intensidad poética de sus obras, expresada con lenguaje sobrio y certero, la exploración de nuevas formas teatrales y el uso de la violencia extrema en escena, sobre todo en sus trabajos más tempranos, convirtieron a Kane en referente de las últimas décadas. Esta especial estética y concepción del teatro, con inspiración en el expresionismo y la tragedia jacobina, atrajo el interés de la serbia Iva Milosevic directora de piezas como Shopping and Fucking de Mark Ravenhill, Kasimir and Karoline de Odon von Horvath y Bash de Neil LaBute, entre otras. Milosevic se acerca a Fedrina ljubav (El amor de Fedra) planteando preguntas como ¿Dónde están los límites de nuestra tolerancia al sufrimiento en una sociedad de consumo que fomenta el culto a la juventud, la salud y la felicidad? Fedrina ljubav se estrenó el dieciocho de febrero de dos mil ocho en Belgrado y es un espectáculo del Jugoslovensko Dramsko Pozoriste en colaboración con el Festival de Teatro Internacional MESS-Sarajevo, Bosnia y Herzegovina. Iva Milosevic domina con mano firme la escritura de Sarah Kane para estremecernos desde su mirada femenina.

Otros trabajos interesantes a destacar fueron El final de este estado de cosas, redux de Israel Galván, Sonja de Tatiana Tolstaya dirigida por Alvis Hermanis. La doble revisión que hace Veronese sobre los clásicos Casa de Muñecas y Hedda Gabler, la nueva propuesta de Claudio Tolcachir titulada Tercer cuerpo, el programa doble que trajo la Compañía italiana Scimone Sframeli, Isabella´s Room de Jan Lauwers… Jerk, Cocorico, Krapp´s Last Tape, La cámara lúcida, Pénélope ô Pénélope, La noche de Helver, Feed y los trabajos de dos grandes de la escena, The blue dragón de Robert Lepage y la Trilogía del veraneo de Carlo Goldoni por el prestigioso Piccolo Teatro de Milano. Y no podemos olvidar dos trabajos de danza como Ashes de Les Ballets C de la B y Dunas de María Pagés y Sidi Larbi Cherkaoui.

Encuentros con las compañías y creadores, una exposición de fotografías homenajeando a Pina Bausch en el Instituto Alemán y un ciclo de proyecciones de alguna de sus obras completaron la mirada sobre la obra de esta importante creadora alemana. Y para finalizar, la exposición sobre Jerzy Grotowski para conmemorar el año dedicado a este investigador desde la Unesco, completado con mesas redondas, talleres y proyecciones.

Sin duda, un Festival de Otoño que pasa a la primavera y que deseamos lo haga con la misma fuerza y contenidos que lo hizo en esta edición al despedirse de la estación otoñal.

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