Adolfo Simón
Hubo un
tiempo que en Madrid había primavera teatral y de un año
para otro desapareció el Festival Internacional de teatro de
Madrid, se trasladó de estación y cambió de nombre, la
muestra primaveral pasó a llamarse Festival de Otoño. Es
curioso cómo nos acostumbramos a los cambios sin rechistar;
el ser humano, no siempre para lo bueno, es un animal de
costumbres, cree que elige muchas cosas y lo que hace es
aceptar las propuestas que le vienen dadas desde el
exterior. Los cambios, a priori no tienen por qué ser
negativos, transformarse es sinónimo de evolución, salvo que
los cambios tengan que ver con intereses ajenos al objeto
que evoluciona. Hace años que el ecuador del invierno al
verano se hace sin tránsito primaveral en Madrid, los viejos
del lugar dicen que antaño había un puente de caída de hojas
y flores estallando en el paisaje, todos esos colores y
olores han desaparecido; me pregunto, estos días que se
deciden temas importantes en
Copenhage
sobre el cambio climático, si seremos capaces de entender
que la naturaleza tiene sus propias reglas y que no podemos
decidir o cambiar a nuestro antojo el curso del arte y la
belleza.
Y para
despedir el último Festival de Otoño, parece como si se
hubiese querido conformar un programa rabioso, de esos que
advierten del peligro a la entrada del teatro, sin necesidad
de decirlo. Hacía tiempo que no tenía esa grata sensación,
de estar a punto de asistir a algo que podía ser peligroso,
de un momento en mi vida que cambiaría muchas cosas a nivel
profundo; si hay un espacio que puede ser peligroso y
transformador, sin duda, es el teatro, el último reducto que
le queda al ser humano de encontrarse cara a cara con un
discurso, sin intermediarios, sin condiciones.
Además de
peligroso, ha sido un festival femenino, de mujeres, no
podía ser de otro modo, ellas han acudido a esta edición a
revolver las entrañas de la escena. Como digo más arriba, el
peligro acechaba al público y no porque tuviera que ver con
esos espectáculos de los años ochenta en los que los
intérpretes invadían el patio de butacas para sacudir el
cuerpo y la mente del espectador. No, en estos momentos,
cuando se da una situación así, provoca más bien sonrojo.
Estoy hablando de otra cosa, de saber que estábamos entrando
a un lugar antiguo, ancestral, donde las palabras, los
gestos y movimientos nos introducirían en un laberinto,
probablemente, sin salida.
Pina Bausch
nos dejó físicamente hace unos meses, pero su presencia, a
través de su obra y de su influencia, estará siempre con
nosotros. Cuando falleció ya estaba programada una obra suya
para este último Festival de Otoño, así que era lógico que
se le rindiera homenaje dedicando el certamen a su memoria.
En mil novecientos setenta y ocho estrenó Kontakthof
(Lugar de encuentro… casa de citas) con los bailarines de la
troupe del Tanztheater Wuppertal, en el año dos mil
fue retomado por Pina Bausch con un elenco compuesto por
hombres y mujeres de más de sesenta y cinco años. Asistir a
esa visión del trabajo, cuando nos llega, de algún modo,
como su testamento artístico, llenaba de escalofríos el
Teatro Canal donde se representó. Artífice de títulos
míticos como Café Müller, Nefés o Palermo
Palermo, Pina Bausch nos sumergió en esta ocasión en un
mundo nostálgico en el que ahondaba en la necesidad de
sentirse amado. Transgresión, erotismo y ternura, en una
pieza que la crítica ha descrito como “al mismo tiempo cruel
y emocionante”.
Y pasamos,
probablemente, de la creadora de mayor proyección de toda la
programación a alguien que llegaba por primera vez al
certamen teatral, Angélica Liddell. Cuenta la autora en el
dossier de prensa, que el dos de octubre de dos mil ocho,
día de su cumpleaños, se sintió asustada, furiosa y triste:
Estaba jodida por el paso del tiempo, me había sentado
como un tiro la comida en casa de mis padres y ya era
plenamente consciente de que había perdido todo lo que amaba
o había amado. Ese mismo día, en busca de la
contradicción, se apuntó a un gimnasio, uno de esos lugares
de los que siempre había echado pestes. Y allí,
precisamente, nació La casa de la fuerza que para
Angélica es la casa de la soledad… El lugar donde se
compensa el agotamiento espiritual con el agotamiento
físico. Es el sitio donde no somos amados y hacemos
ejercicios de no-sentimientos para compensar el exceso de
sentimientos. Es el sitio de la humillación y de la
frustración. Autora, directora teatral y actriz,
Angélica Liddell muestra una personalísima trayectoria
escénica, en la que ha acuñado un lenguaje teatral de
dialécticas imposibles. Excesos, literatura, cine, música,
expresionismo, crítica social, autobiografía, pureza y
escatología jalonan sus piezas, en una búsqueda
desgarradora. La búsqueda del significado a través del dolor
y la subversión. Como a la propia autora le ocurrió, asistir
al banquete de su propuesta hizo que anidaran sapos en
nuestro estómago ya que la ceremonia de más de cinco horas
en la que nos sumergió, nos hizo sentir que estábamos
sentados sobre alfileres.
Anne Teresa
De Keersmaeker es una institución en el panorama de la danza
contemporánea internacional. Fundadora de la compañía Rosas
en mil novecientos ochenta y tres ha desarrollado una
carrera brillante como bailarina y coreógrafa. Convertida en
clásico, Rosas danst Rosas creada el mismo año de la
formación de su compañía, prefigura las tensiones que
caracterizan el trabajo posterior de De Keersmaeker. Cuatro
mujeres interpretan una danza de contrastes que nos acerca a
la dialéctica entre agresión y ternura, entre uniformidad e
individualidad. La pieza, compuesta de cinco partes, alterna
la música del cuerpo y la compuesta por Thierry De Mey y
Peter Vermersch, basada en principios de repetición
minimalista. La coreografía combinó dos tipos de
movimientos, por un lado, los abstractos y por otro, los
concretos, reconocibles y cotidianos… una caricia, un
repentino giro de cabeza, una mano alisando una blusa. Así,
la realidad más mundana se apodera de una pieza que la
crítica ha calificado como “provocativa y rigurosa”.
Rosas danst Rosas se estrenó en el Théâtre de la
Balsamine en Bruselas, el seis de mayo de mil novecientos
ochenta y tres y hasta el día de hoy no habíamos tenido
ocasión de verla en Madrid, pudiendo asistir a ese rito del
detalle que es la danza de esta coreógrafa. Dentro de este
Festival de Otoño de Madrid se presentó también su última
creación… The Song.
El
ramillete de mujeres continuó con Marta Carrasco, una de las
figuras más originales y creativas del panorama dancístico
actual. Sus creaciones personalísimas en el límite entre el
teatro, la danza y la música han cosechado el aplauso de
crítica y público, aunando humor, expresionismo, contenido
dramático, innovación y onirismo. En Dies Irae, en el
Réquiem de Mozart, la esencia de la puesta en escena es
la célebre obra del compositor austríaco. Quince
intérpretes, la mitad provenientes de Madrid y la mitad de
Barcelona, desnudan la liturgia y muestran sin concesión la
debilidad de la verdad mientras abren un telón fronterizo,
símbolo de la apuesta personal de Marta Carrasco por enlazar
las dos ciudades. La inmortalidad de la música desafía
cualquier mirada escéptica ante el mundo e invita a decir,
hacer y oír el desgarro de la vida. Dies Irae va más
allá de una misa de difuntos, devora y obsesiona e invoca el
aroma de lo profano. No da tregua al público porque es
furia, es ira, es impotencia, es miedo… Irreverencia,
belleza, riesgo. Una apuesta por el mayor de los retos en el
que, de nuevo, una creadora, lanza un grito contra la
intolerancia ejercida durante siglos contra la mujer.
En el año
dos mil uno, Jean-Louis Martinelli, dramaturgo y director
del Théâtre Nanterre-Amandiers, viaja a Bobo-Dioulasso en
Burkina Faso y queda sobrecogido por la dimensión de la
tragedia en la que se sume el continente africano. Concibe
entonces la idea de llevar a escena la Médée de
Rouquette, inspirada en el texto clásico de Eurípides. En
tierra africana, la magia y la superstición se entrelazan
con lo cotidiano. Junto a la percepción mítica de la
realidad, las democracias balbucientes, la brutalidad de las
guerras étnicas y la fragilidad de las fronteras, otorgan
una especial resonancia a esta tragedia universal sobre la
pertenencia y el exilio. En un campo de refugiados africano,
la Medea de Martinelli espera el regreso de Jasón, a
sus gritos, responden los cantos compuestos por el músico
Ray Lema para el coro de mujeres bambara. Cuando el líder de
los argonautas antepone el poder y la gloria a la fiereza
del amor devoto de su esposa, la traición se convierte en
venganza y ésta en el proverbial crimen que resuena en el
imaginario colectivo desde hace milenios. En esta ocasión,
la mujer que surge desde la espesura de las tierras
africanas para erigirse como un símbolo de fuerza es la
inmensa actriz Odile Sankara que dio una dimensión atemporal
del personaje.
La autora
inglesa Sarah Kane que hace una década se suicidó, es la
mujer que completa este grupo de creadoras virulentas que
cuestionan la sociedad burguesa y acomodada en la que
vivimos. Reflexionaba en sus piezas sobre temas como el amor
redentor, el deseo sexual, el dolor, la tortura física y
mental… y la muerte. La desbordante intensidad poética de
sus obras, expresada con lenguaje sobrio y certero, la
exploración de nuevas formas teatrales y el uso de la
violencia extrema en escena, sobre todo en sus trabajos más
tempranos, convirtieron a Kane en referente de las últimas
décadas. Esta especial estética y concepción del teatro, con
inspiración en el expresionismo y la tragedia jacobina,
atrajo el interés de la serbia Iva Milosevic directora de
piezas como Shopping and Fucking de Mark Ravenhill,
Kasimir and Karoline de Odon von Horvath y Bash
de Neil LaBute, entre otras. Milosevic se acerca a
Fedrina ljubav (El amor de Fedra) planteando preguntas
como ¿Dónde están los límites de nuestra tolerancia al
sufrimiento en una sociedad de consumo que fomenta el culto
a la juventud, la salud y la felicidad? Fedrina ljubav
se estrenó el dieciocho de febrero de dos mil ocho en
Belgrado y es un espectáculo del Jugoslovensko Dramsko
Pozoriste en colaboración con el Festival de Teatro
Internacional MESS-Sarajevo, Bosnia y Herzegovina. Iva
Milosevic domina con mano firme la escritura de Sarah Kane
para estremecernos desde su mirada femenina.
Otros
trabajos interesantes a destacar fueron El final de este
estado de cosas, redux de Israel Galván, Sonja de
Tatiana Tolstaya dirigida por Alvis Hermanis. La doble
revisión que hace Veronese sobre los clásicos Casa de
Muñecas y Hedda Gabler, la nueva propuesta de Claudio
Tolcachir titulada Tercer cuerpo, el programa doble
que trajo la Compañía italiana Scimone Sframeli,
Isabella´s Room de Jan Lauwers… Jerk, Cocorico,
Krapp´s Last Tape, La cámara lúcida, Pénélope ô Pénélope, La
noche de Helver, Feed y los trabajos de dos grandes de
la escena, The blue dragón de Robert Lepage y la
Trilogía del veraneo de Carlo Goldoni por el prestigioso
Piccolo Teatro de Milano. Y no podemos olvidar dos trabajos
de danza como Ashes de Les Ballets C de la B y
Dunas de María Pagés y Sidi Larbi Cherkaoui.
Encuentros
con las compañías y creadores, una exposición de fotografías
homenajeando a Pina Bausch en el Instituto Alemán y un ciclo
de proyecciones de alguna de sus obras completaron la mirada
sobre la obra de esta importante creadora alemana. Y para
finalizar, la exposición sobre Jerzy Grotowski para
conmemorar el año dedicado a este investigador desde la
Unesco, completado con mesas redondas, talleres y
proyecciones.
Sin duda,
un Festival de Otoño que pasa a la primavera y que
deseamos lo haga con la misma fuerza y contenidos que lo
hizo en esta edición al despedirse de la estación otoñal.