José Luis Campal
Fernández
Aurora Sánchez
La
literatura dramática que los autores españoles de tendencia
republicana facturaron en el exilio inmediatamente posterior
a la gran diáspora del 39 está todavía pendiente de
compilaciones totalizadoras. Para ir corrigiendo estas
carencias, exhumamos hoy una pieza breve del escritor
sotobarquense Luis Amado Blanco (1903-1975), titulada
Esfoyón, datada en La Habana el mismo año de su
publicación en el número correspondiente a octubre de 1947
(páginas 27 a 30) de la revista El Progreso de Asturias,
destinada a la colonia de emigrantes del Principado en la
isla antillana.
Esfoyón
fue definida por su responsable como «boceto dramático en
un acto, realizado sobre motivos folclóricos asturianos»,
razón por la cual «la letra de las canciones se ha
adaptado en parte a la acción, conservando las melodías
originales». Pensada seguramente para su representación
factible en las sedes de las asociaciones y centros
asturianos diseminados a lo largo y ancho del continente
americano, está escrita (salvedad hecha de las acotaciones)
en un bable fresco y nada constreñido –que no elude a veces
algunas discordancias y formas extrañas de la lengua
vernácula–, tiene pocos personajes (la Abuela, Ondina, El
Marido, el Abuelo, varios Mozos y Mozas, y el imprescindible
Coro que nunca suele faltar en el teatro regional asturiano)
y una escenificación hierática y henchida de simbología
nostálgica y evocadora de la tierra y tradiciones que se han
dejado atrás por imposiciones históricas, no por decisión
personal, por lo que el anclaje emocional, lejos de
deshacerse, se ha robustecido. Las alusiones a la distancia
física no se ocultan y nos llegan por boca de la Abuela,
figura donde no sería aventurado advertir un trasunto
familiar del propio dramaturgo.
He aquí el
texto íntegro de la estampa
lírico-antropológico-costumbrista (añadas, cantos de
cortejo, reunión de socialización comunal de la esfoyaza, el
mundo de la sidra y la gaita, coraje del carácter asturiano,
mitología, covadonguismo, danza prima y picardía popular)
que compuso Luis Amado Blanco y que reproducimos
agradeciendo la autorización que nos brinda su hijo Germán
Amado-Blanco:
Esfoyón
Luis Amado
Blanco
Al
descorrerse el telón aparece la amplia cocina de una casona
de labranza; a la derecha del espectador, gran llar abrigado
por amplia campana, de la que penden los sabrosos embutidos;
hierve el pote sobre las trébedes. Al fondo, gran puerta que
se abre sobre la verde campiña. Muebles rústicos y aperos de
labranza arrimados a las paredes; masera, platero, arca,
etc. Junto al fuego, sentada en una tayuela, la abuela hila;
a la izquierda, una cuna de madera con un niño dentro. Luz
de atardecer. La escena en silencio. Al fondo se oye una
canción:
¡Asturies,
patria querida!
¡Asturies
de mis amores!
¡Quién
estuviera en Asturies
en todes
les ocasiones!
¡Tengo de
subir al árbol,
tengo de
coger la flor,
y dársela a
mi morena
que la
ponga en el balcón!
Que la
ponga en el balcón,
que la deje
de poner;
tengo de
subir al árbol
y la flor
he de coger...
Sobre la
canción que se aleja se oye llorar al niño.
Abuela:
¡Ondina, ven, el neño ta llorando!
Ondina:
¡Ah, Dios, van a llegar los rapaces p’al esfoyón y este
condenao dispierto entoavía!
Se
sienta al lado de la cuna, arregla el niño, lo mece mientras
canta:
Este neño
hermoso
que nació
de día
va haber
que llevarlo
a la
romería.
¡Ahora sí!
¡Ahora sí,
mio neño!
¡Ahora sí!
Este neño
hermoso
que nació
de noche
va haber
que llevarlo
a pasiar en
coche.
¡Ahora sí!
¡Ahora sí,
mio neño!
¡Ahora sí!
En la
última parte de la canción entran dos rapazas con un rapaz
que corean la canción, bajito, mientras ayudan a Ondina a
sacar la cuna de la escena. Salen. Una voz canta fuera,
acercándose:
La casa de
la güelina
nunca la vi
como ahora,
ventana
sobre ventana
y el
corredor a la moda.
Entra el
mozo cantor. El mozo se dirige a la Abuela.
Mozo:
¡Mi güela, güelina,
a que yo
sé, mialma,
dónde van
volando
las sus
paxarinas!
Abuela:
Las mis paxarinas
del mio
pensamiento
tán siempre
en La Bana
coidando al
mi neño. (Llora)
Han
entrado las mozas y mozos por la puerta del fondo. Los que
entraron primero salen del interior y traen paxas con
panoyas. Se van situando por la cocina y comienzan a esfoyar.
Cantan.
Coro:
No llores, mi güela,
no llores,
por Dios,
mira que
tus lágrimas
son perlas
de Dios.
Si lloras
la pérdida
de aquel
que marchó,
llora,
llora ya mi güela (bis)
que también
lloro yo.
Ondina
(canta):
Non lo
puede olvidar
porque le
tiene amor,
y el
pañuelín el fío
al mar se
lo llevó.
El barco de
La Bana
lu tiene
que traer.
(La neña de
La Arena
ta berrando
por él)
Un Mozo:
¡Chachos, este esfoyón paez un funeral de primera! ¿Vamos a
alegrarlo?
Se
levantan los mozos. Cogen jarra y vasos de la mesa. Cantan
acompañándose con tintineo de cucharillas.
Coro:
Échame sidra, rapaza,
échala con
coidadu,
pon la
xarra bien arriba,
pon el vasu
bien abaxu.
¡Eeh!
Echa sidra
de la xarra,
mocina de
mios amores,
que non
quiero que me diga
que catar
non sé primores.
¡Eeh!
Un rapaz
interrumpiendo.
Rapaz:
¿Oísteis, rapaces?
Mozos:
¡No!
Rapaz:
¡Escuchái, escuchái!
Se oye
lejos el gruñido de un oso, las rapazas gritan. Ondina
quiere cerrar la puerta.
El Marido:
¡Tu yes boba, Ondina! ¿Olvidaste quién soy?
Saca un
puñal del pecho, lo empuña y sale. Ondina se queda a la
puerta mirando. Entonces, el abuelo se adelanta y dice el
romance a las asustadas mozas para distraer la tensión de la
espera.
Abuelo
(recitando):
No temáis,
mocines lindes,
no temáis
moces del llanu,
que ese que
gruñe ye un osu
que tien
fame y ta buscandu
un poco de
miel d’abeya,
amariella
del salozu,
y unes
manzanes bruñides
cual la
panza del tu zorru.
No temáis,
mocines lindes,
no temáis,
moces del llanu,
¡qu’el osu
ye pocu osu
cuando
alcuentra un asturianu!
Por eso
Dios non los punxo
sino en
tierres de Pelayu,
donde los
mozos non tiemblen
–más que
d’amorinos guapos–
aunque se
alcuentren cien osus
o se topen
con cien trasgus.
¡Que por
algo somos nietus
d’aquellos
cien esforzados
que a
pedrades a los morus
echaron
España abaxu!
Non tengas
miedo, mi prenda,
que ahí ta
un buen asturianu,
y el caso
ye bien simple
si hay
corazón y redañus.
Verás, el
osu, famientu,
baxa el
monte focicandu,
entra pe
las pomarades
igual que
si foira el amu,
y paña bien
las manzanes
que pol
suelo tán rodando.
¡Cómo gruñe
y cómo come,
cómo baila
el condenáu!
¡Baila
bien, osu fartuco!
¡Baila
bien, osu coitadu,
que yo te
pondré cadenes
o un puñal
en el costadu,
pa que
duerman les mocines
sin tener
dengún coidadu!
¡Baila osu,
baila osu,
que el
pandeiru toy tocandu!
Da gusto
velo espurrise,
cuando se
acerca al manzanu,
p’alcanzar
les manzanines
que tán
enriba del árbol.
Les patines
delanteres
igual que
si fueran manus,
la llingua
laminoliéndose,
los
dientucos, afiladus,
y un brillu
d’alegri triunfu,
en sus
güeyinos castañus.
Él
s’aparece de prontu
y se va pa
él cantandu
–sin dexar
d’encomendase
a la Virgen
por lo baxu–.
¡Baila osu,
baila osu,
qu’el
pandeiru toy tocandu
y esti
pandeiru que tocu
tu muerte
ta pregonandu!
El osu,
asustáu, lo mira,
focica el
suelu, da pasus
p’atrás,
como si marchara;
dimpués,
muy bien educadu,
se pon de
pie, da un soplidu,
luego otru
soplidu largu,
y se va pa
él, de frenti,
a bailar un
perlindango,
con el su
andar de neñín
cuando da
su primer pasu.
Él aprepara
el cochillu,
espera
quietu; ni un pasu
p’atrás. Y
cuandu ta cerca,
cuandu ya
lo siente al ladu,
y el pelu
del su pelambre
ya fay
cosquillas nel papu;
y le echa
enriba del morru
su caliente
y feroz vafu;
y le oye,
del corazón,
su lentu
tic-tac vibrandu;
y ya siente
que lo aprieta...
con la
rapidez del rayu,
le clava en
el mesmu pechu
su
cochillu, firme el brazu,
¡un segundo
de mil siglos
corriéndole
el espinazu!
Luego, se
escucha un sospiru
cual si
foira de cristianu.
Los brazos
que lo apretaban
se van,
dispaciu, aflojandu;
el corazón
non se oye,
los güeyos
están en blancu...
Lo emburria
p’atrás, sujeta
la cochilla
con coidadu
y cae, el
probe, lo mismo
que un
roble de los de antañu,
con un
sortidor de sangre
adornándole
el costadu.
¡Ay, mocina
del mio pueblo!
¡Ay,
mociquina del llanu,
esti
pandeiru que tocu
por el osu
ta sonandu,
en muy
buena lid vencido,
por un
puñal asturianu!
Pausa.
Ondina:
¡Virgen de Covadonga,
porque fais
estos milagrus
he de
llevate a la Cueva
de acebo y
laurel mi ramu!
Unos Mozos:
¡A bailar, a bailar!
Cantan a
coro:
Sal a
bailar, buena moza,
menéate,
resalada,
que la sal
del mundo tienes
y menearte
no quieres
porque no
te da la gana.
Se han
colocado los mozos a un lado y las mozas al otro, en fila.
Se adelantan y retroceden en compás de danza prima mientras
cantan.
Mozas:
¿Quién dirá
que non ye guapu
el que tien
fartuco el papu?
Mozos:
¡Ay,
rapaza, quién pudiera
robarte la
faltriquera!
Mozas:
Noche de
San Juan querida (bis)
dormirásla
con coidadu.
Mozos:
Que si no
la duermes, neña (bis)
ye porque
tas trabayando.
Se cogen
del dedo meñique mozos y mozas, alternándose, en rueda.
Danzan cantando:
–Villaviciosa hermosa,
¿qué llevas
dentro?
Llevo dos
corazones
y un
pensamiento,
y estos
claveles
que en tu
jardín
los he
robado.
Se
separan y bailan la giraldilla.
Con ese
mandilín blancu
vas
declarandu la guerra,
y yo, como
buen soldadu,
arrímome a
tu bandera.
¡Qué guapa
vienes,
qué bien te
está
la saya
verde
y el
delantal!
La molinera
tien corales
y el
molinero corbatín.
¿Dónde
salen tantes coses
si non salen del molín?
La molinera
trilla, trilla,
y el
molinero trillará.
El demonio
de la moza
que
reteguapina está.
Siguen
bailando, sin cantar. Afuera, en la lejanía, se oye la gaita
y una voz que canta sobre la música de la escena:
¡A la
entrada de Oviedo
y a la
salida
hay una
panadera,
cómo me
mira!...
Las
cortinas se van cerrando suavemente, mientras sigue el
baile. Dentro llora el neñu.
FIN.