Número 28. Enero de 2010

Exhumamos una pieza breve del exilio asturiano en Cuba
‘Esfoyón’ de Luis Amado Blanco

José Luis Campal Fernández
Aurora Sánchez

La literatura dramática que los autores españoles de tendencia republicana facturaron en el exilio inmediatamente posterior a la gran diáspora del 39 está todavía pendiente de compilaciones totalizadoras. Para ir corrigiendo estas carencias, exhumamos hoy una pieza breve del escritor sotobarquense Luis Amado Blanco (1903-1975), titulada Esfoyón, datada en La Habana el mismo año de su publicación en el número correspondiente a octubre de 1947 (páginas 27 a 30) de la revista El Progreso de Asturias, destinada a la colonia de emigrantes del Principado en la isla antillana.

Esfoyón fue definida por su responsable como «boceto dramático en un acto, realizado sobre motivos folclóricos asturianos», razón por la cual «la letra de las canciones se ha adaptado en parte a la acción, conservando las melodías originales». Pensada seguramente para su representación factible en las sedes de las asociaciones y centros asturianos diseminados a lo largo y ancho del continente americano, está escrita (salvedad hecha de las acotaciones) en un bable fresco y nada constreñido –que no elude a veces algunas discordancias y formas extrañas de la lengua vernácula–, tiene pocos personajes (la Abuela, Ondina, El Marido, el Abuelo, varios Mozos y Mozas, y el imprescindible Coro que nunca suele faltar en el teatro regional asturiano) y una escenificación hierática y henchida de simbología nostálgica y evocadora de la tierra y tradiciones que se han dejado atrás por imposiciones históricas, no por decisión personal, por lo que el anclaje emocional, lejos de deshacerse, se ha robustecido. Las alusiones a la distancia física no se ocultan y nos llegan por boca de la Abuela, figura donde no sería aventurado advertir un trasunto familiar del propio dramaturgo.

He aquí el texto íntegro de la estampa lírico-antropológico-costumbrista (añadas, cantos de cortejo, reunión de socialización comunal de la esfoyaza, el mundo de la sidra y la gaita, coraje del carácter asturiano, mitología, covadonguismo, danza prima y picardía popular) que compuso Luis Amado Blanco y que reproducimos agradeciendo la autorización que nos brinda su hijo Germán Amado-Blanco:

Esfoyón

Luis Amado Blanco

Al descorrerse el telón aparece la amplia cocina de una casona de labranza; a la derecha del espectador, gran llar abrigado por amplia campana, de la que penden los sabrosos embutidos; hierve el pote sobre las trébedes. Al fondo, gran puerta que se abre sobre la verde campiña. Muebles rústicos y aperos de labranza arrimados a las paredes; masera, platero, arca, etc. Junto al fuego, sentada en una tayuela, la abuela hila; a la izquierda, una cuna de madera con un niño dentro. Luz de atardecer. La escena en silencio. Al fondo se oye una canción:

¡Asturies, patria querida!

¡Asturies de mis amores!

¡Quién estuviera en Asturies

en todes les ocasiones!

¡Tengo de subir al árbol,

tengo de coger la flor,

y dársela a mi morena

que la ponga en el balcón!

Que la ponga en el balcón,

que la deje de poner;

tengo de subir al árbol

y la flor he de coger...

Sobre la canción que se aleja se oye llorar al niño.

Abuela: ¡Ondina, ven, el neño ta llorando!

Ondina: ¡Ah, Dios, van a llegar los rapaces p’al esfoyón y este condenao dispierto entoavía!

Se sienta al lado de la cuna, arregla el niño, lo mece mientras canta:

Este neño hermoso

que nació de día

va haber que llevarlo

a la romería.

¡Ahora sí!

¡Ahora sí, mio neño!

¡Ahora sí!

Este neño hermoso

que nació de noche

va haber que llevarlo

a pasiar en coche.

¡Ahora sí!

¡Ahora sí, mio neño!

¡Ahora sí!

En la última parte de la canción entran dos rapazas con un rapaz que corean la canción, bajito, mientras ayudan a Ondina a sacar la cuna de la escena. Salen. Una voz canta fuera, acercándose:

La casa de la güelina

nunca la vi como ahora,

ventana sobre ventana

y el corredor a la moda.

Entra el mozo cantor. El mozo se dirige a la Abuela.

Mozo: ¡Mi güela, güelina,

a que yo sé, mialma,

dónde van volando

las sus paxarinas!

 

Abuela: Las mis paxarinas

del mio pensamiento

tán siempre en La Bana

coidando al mi neño. (Llora)

Han entrado las mozas y mozos por la puerta del fondo. Los que entraron primero salen del interior y traen paxas con panoyas. Se van situando por la cocina y comienzan a esfoyar. Cantan.

Coro: No llores, mi güela,

no llores, por Dios,

mira que tus lágrimas

son perlas de Dios.

Si lloras la pérdida

de aquel que marchó,

llora, llora ya mi güela (bis)

que también lloro yo.

 

Ondina (canta):

Non lo puede olvidar

porque le tiene amor,

y el pañuelín el fío

al mar se lo llevó.

El barco de La Bana

lu tiene que traer.

(La neña de La Arena

ta berrando por él)

Un Mozo: ¡Chachos, este esfoyón paez un funeral de primera! ¿Vamos a alegrarlo?

Se levantan los mozos. Cogen jarra y vasos de la mesa. Cantan acompañándose con tintineo de cucharillas.

Coro: Échame sidra, rapaza,

échala con coidadu,

pon la xarra bien arriba,

pon el vasu bien abaxu.

¡Eeh!

Echa sidra de la xarra,

mocina de mios amores,

que non quiero que me diga

que catar non sé primores.

¡Eeh!

Un rapaz interrumpiendo.

Rapaz: ¿Oísteis, rapaces?

Mozos: ¡No!

Rapaz: ¡Escuchái, escuchái!

Se oye lejos el gruñido de un oso, las rapazas gritan. Ondina quiere cerrar la puerta.

El Marido: ¡Tu yes boba, Ondina! ¿Olvidaste quién soy?

Saca un puñal del pecho, lo empuña y sale. Ondina se queda a la puerta mirando. Entonces, el abuelo se adelanta y dice el romance a las asustadas mozas para distraer la tensión de la espera.

Abuelo (recitando):

No temáis, mocines lindes,

no temáis moces del llanu,

que ese que gruñe ye un osu

que tien fame y ta buscandu

un poco de miel d’abeya,

amariella del salozu,

y unes manzanes bruñides

cual la panza del tu zorru.

No temáis, mocines lindes,

no temáis, moces del llanu,

¡qu’el osu ye pocu osu

cuando alcuentra un asturianu!

Por eso Dios non los punxo

sino en tierres de Pelayu,

donde los mozos non tiemblen

–más que d’amorinos guapos–

aunque se alcuentren cien osus

o se topen con cien trasgus.

¡Que por algo somos nietus

d’aquellos cien esforzados

que a pedrades a los morus

echaron España abaxu!

Non tengas miedo, mi prenda,

que ahí ta un buen asturianu,

y el caso ye bien simple

si hay corazón y redañus.

Verás, el osu, famientu,

baxa el monte focicandu,

entra pe las pomarades

igual que si foira el amu,

y paña bien las manzanes

que pol suelo tán rodando.

¡Cómo gruñe y cómo come,

cómo baila el condenáu!

¡Baila bien, osu fartuco!

¡Baila bien, osu coitadu,

que yo te pondré cadenes

o un puñal en el costadu,

pa que duerman les mocines

sin tener dengún coidadu!

¡Baila osu, baila osu,

que el pandeiru toy tocandu!

Da gusto velo espurrise,

cuando se acerca al manzanu,

p’alcanzar les manzanines

que tán enriba del árbol.

Les patines delanteres

igual que si fueran manus,

la llingua laminoliéndose,

los dientucos, afiladus,

y un brillu d’alegri triunfu,

en sus güeyinos castañus.

Él s’aparece de prontu

y se va pa él cantandu

–sin dexar d’encomendase

a la Virgen por lo baxu–.

¡Baila osu, baila osu,

qu’el pandeiru toy tocandu

y esti pandeiru que tocu

tu muerte ta pregonandu!

El osu, asustáu, lo mira,

focica el suelu, da pasus

p’atrás, como si marchara;

dimpués, muy bien educadu,

se pon de pie, da un soplidu,

luego otru soplidu largu,

y se va pa él, de frenti,

a bailar un perlindango,

con el su andar de neñín

cuando da su primer pasu.

Él aprepara el cochillu,

espera quietu; ni un pasu

p’atrás. Y cuandu ta cerca,

cuandu ya lo siente al ladu,

y el pelu del su pelambre

ya fay cosquillas nel papu;

y le echa enriba del morru

su caliente y feroz vafu;

y le oye, del corazón,

su lentu tic-tac vibrandu;

y ya siente que lo aprieta...

con la rapidez del rayu,

le clava en el mesmu pechu

su cochillu, firme el brazu,

¡un segundo de mil siglos

corriéndole el espinazu!

Luego, se escucha un sospiru

cual si foira de cristianu.

Los brazos que lo apretaban

se van, dispaciu, aflojandu;

el corazón non se oye,

los güeyos están en blancu...

Lo emburria p’atrás, sujeta

la cochilla con coidadu

y cae, el probe, lo mismo

que un roble de los de antañu,

con un sortidor de sangre

adornándole el costadu.

¡Ay, mocina del mio pueblo!

¡Ay, mociquina del llanu,

esti pandeiru que tocu

por el osu ta sonandu,

en muy buena lid vencido,

por un puñal asturianu!

 

Pausa.

 

Ondina: ¡Virgen de Covadonga,

porque fais estos milagrus

he de llevate a la Cueva

de acebo y laurel mi ramu!

Unos Mozos: ¡A bailar, a bailar!

 

Cantan a coro:

Sal a bailar, buena moza,

menéate, resalada,

que la sal del mundo tienes

y menearte no quieres

porque no te da la gana.

Se han colocado los mozos a un lado y las mozas al otro, en fila. Se adelantan y retroceden en compás de danza prima mientras cantan.

Mozas:

¿Quién dirá que non ye guapu

el que tien fartuco el papu?

 

Mozos:

¡Ay, rapaza, quién pudiera

robarte la faltriquera!

 

Mozas:

Noche de San Juan querida (bis)

dormirásla con coidadu.

 

Mozos:

Que si no la duermes, neña (bis)

ye porque tas trabayando.

Se cogen del dedo meñique mozos y mozas, alternándose, en rueda. Danzan cantando:

–Villaviciosa hermosa,

¿qué llevas dentro?

Llevo dos corazones

y un pensamiento,

y estos claveles

que en tu jardín

los he robado.

Se separan y bailan la giraldilla.

Con ese mandilín blancu

vas declarandu la guerra,

y yo, como buen soldadu,

arrímome a tu bandera.

¡Qué guapa vienes,

qué bien te está

la saya verde

y el delantal!

La molinera tien corales

y el molinero corbatín.

¿Dónde salen tantes coses

si non salen del molín?

La molinera trilla, trilla,

y el molinero trillará.

El demonio de la moza

que reteguapina está.

 

Siguen bailando, sin cantar. Afuera, en la lejanía, se oye la gaita y una voz que canta sobre la música de la escena:

 

¡A la entrada de Oviedo

y a la salida

hay una panadera,

cómo me mira!...

Las cortinas se van cerrando suavemente, mientras sigue el baile. Dentro llora el neñu.

FIN.

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