
la casa de la fuerza
Atra Bilis
Dirección: Angélica Liddell
Reparto: Lola Jiménez, Getsemaní San Marcos, Angélica
Liddell, Cynthia Aguirre, Perla Bonilla, María Sánchez,
María Morales
Música violonchelo: Pau de Nut
Iluminación: Carlos Marquerie
Sonido: Félix Magalhâes
16 de octubre de 2009
Teatro de la Laboral
Néstor Villazón
Esta obra admite dos tipos de espectadores:
El primero de ellos habrá visto un interesante tríptico
sobre la soledad, intenso y reflexivo, partiendo de la
heterogénea conjunción de imágenes sugerentes y monólogos
cargados de versos contundentes y sonoros. En la primera de
sus partes este espectador asistirá a la evolución de un
desengaño amoroso, con el desdoblamiento de la protagonista
en tres mujeres (Angélica Liddell, Lola Jiménez y Getsemaní
San Marcos) que dialogan a la sombra de una banda de
mariachis. La multiplicidad de yoes estudia el proceso
autodestructivo del desengaño, comenzando con el
desconcierto, la decadencia e incluso la ironía de la mujer
amada, envuelta en un universo extraño pero definido —el
inconsciente— para a continuación adentrarse en el
decaimiento y la inacción, representado por un extremo
silencio de cuarenta minutos únicamente interrumpido por
ocasionales carcajadas, mientras las tres mujeres beben y
fuman en la mesa de un hipotético bar, para terminar
finalmente con el intento de la mujer por salir de ese
espejismo de la desolación, apoyándose en todo momento en la
simbología y la metáfora, como el instante en que una de
ellas se da un baño con el jugo de veinte limones.
Para este primer espectador, arranca la segunda de sus
partes con un cambio drástico, en el que la autora expone en
un proyector distintas imágenes —que dice propias— de su
desencuentro, intercaladas con otras sobre el ataque a
Palestina. En el cambio de escenografía distinguimos dos
hileras de sofás a ambos lados, que bien pudieran
representar al público burgués asistente, pues ahora las
protagonistas se encuentran en el centro de la acción: son
realmente la noticia. Aparece por primera vez la voz de Pau
de Nut —que más adelante nos deleitará junto a su
violonchelo con versiones de Elvis Presley o Édith Piaf—,
interpretando el Cum dederit de Vivaldi. La
agresividad de los monólogos se hace más que patente en un
determinado momento, en el que la propia Angélica Liddell,
interrumpida por unas carcajadas incoherentes entre el
público —y que bien podrían formar parte de la
representación— exclama: “Una risa más y os mando a cavar
tumbas de mujeres. Gilipollas.” Esta segunda parte se
muestra como nexo de unión entre la soledad individual de la
primera y la soledad colectiva que protagonizará el final de
la representación. Se aprecian estampas realmente
conseguidas, como el momento en que, bajo una iluminación
leve y envueltos en la espesa niebla de varios kilos de
carbón sobre las tablas, aparecía una de las actrices en
primer plano desfallecida, mientras que una segunda
continuaba llevando con una pala ingentes cantidades para
verterlas sobre la tercera, en último término, ya muerta y
sepultada.
Se completa el tríptico con la cruda realidad de la mujer
mexicana, encerrada en un pueblo machista que la oprime y
cuya única solución pasa por crear “una generación de
hombres débiles”, fruto del incesto de la madre con sus
propios hijos. El final llega con la disolución del hombre
contemporáneo, el acabamiento de su fuerza.
Esto es lo que puede haber visto el primero de los
espectadores. Él mismo podría haber encontrado algún error
en la sentencia final de la obra, al concebir únicamente
—quizá de forma un tanto peregrina— al hombre actual como
una especie de animal carente de sentimientos o como un ser
débil y dominado. Asimismo, habrá encontrado algunas
imágenes un tanto simplistas (representar el esfuerzo de la
desolación con una simple pesa o durante la extracción de
sangre de las actrices para luego verterla en sus
corazones), y en los extendidos y más que continuos
silencios de la obra habrá detectado un gusto por romper el
convencionalismo temporal, aunque dudaría sobre la
naturaleza de ese mismo convencionalismo, de si el límite
para su consecución se encuentra en estar cuarenta minutos
en la más absoluta quietud, cincuenta, dos horas o cinco
minutos.
Por otro lado, el segundo de los espectadores pensará que le
han tomado el pelo durante más de cuatro horas y media de
representación, visiblemente airado, presa del aburrimiento
y la decepción. Ambos espectadores se dieron cita entre el
público asistente. Desgraciadamente cabe decir que, por
momentos, ambas opciones no fueron incompatibles.