Número 28. Enero de 2010

Crimen o castigo

 

 

la casa de la fuerza

Atra Bilis

Dirección: Angélica Liddell

Reparto: Lola Jiménez, Getsemaní San Marcos, Angélica Liddell, Cynthia Aguirre, Perla Bonilla, María Sánchez, María Morales

Música violonchelo: Pau de Nut

Iluminación: Carlos Marquerie

Sonido: Félix Magalhâes

16 de octubre de 2009

Teatro de la Laboral

Néstor Villazón

Esta obra admite dos tipos de espectadores:

El primero de ellos habrá visto un interesante tríptico sobre la soledad, intenso y reflexivo, partiendo de la heterogénea conjunción de imágenes sugerentes y monólogos cargados de versos contundentes y sonoros. En la primera de sus partes este espectador asistirá a la evolución de un desengaño amoroso, con el desdoblamiento de la protagonista en tres mujeres (Angélica Liddell, Lola Jiménez y Getsemaní San Marcos) que dialogan a la sombra de una banda de mariachis. La multiplicidad de yoes estudia el proceso autodestructivo del desengaño, comenzando con el desconcierto, la decadencia e incluso la ironía de la mujer amada, envuelta en un universo extraño pero definido —el inconsciente— para a continuación adentrarse en el decaimiento y la inacción, representado por un extremo silencio de cuarenta minutos únicamente interrumpido por ocasionales carcajadas, mientras las tres mujeres beben y fuman en la mesa de un hipotético bar, para terminar finalmente con el intento de la mujer por salir de ese espejismo de la desolación, apoyándose en todo momento en la simbología y la metáfora, como el instante en que una de ellas se da un baño con el jugo de veinte limones.

Para este primer espectador, arranca la segunda de sus partes con un cambio drástico, en el que la autora expone en un proyector distintas imágenes —que dice propias— de su desencuentro, intercaladas con otras sobre el ataque a Palestina. En el cambio de escenografía distinguimos dos hileras de sofás a ambos lados, que bien pudieran representar al público burgués asistente, pues ahora las protagonistas se encuentran en el centro de la acción: son realmente la noticia. Aparece por primera vez la voz de Pau de Nut —que más adelante nos deleitará junto a su violonchelo con versiones de Elvis Presley o Édith Piaf—, interpretando el Cum dederit de Vivaldi. La agresividad de los monólogos se hace más que patente en un determinado momento, en el que la propia Angélica Liddell, interrumpida por unas carcajadas incoherentes entre el público —y que bien podrían formar parte de la representación— exclama: “Una risa más y os mando a cavar tumbas de mujeres. Gilipollas.” Esta segunda parte se muestra como nexo de unión entre la soledad individual de la primera y la soledad colectiva que protagonizará el final de la representación. Se aprecian estampas realmente conseguidas, como el momento en que, bajo una iluminación leve y envueltos en la espesa niebla de varios kilos de carbón sobre las tablas, aparecía una de las actrices en primer plano desfallecida, mientras que una segunda continuaba llevando con una pala ingentes cantidades para verterlas sobre la tercera, en último término, ya muerta y sepultada.

Se completa el tríptico con la cruda realidad de la mujer mexicana, encerrada en un pueblo machista que la oprime y cuya única solución pasa por crear “una generación de hombres débiles”, fruto del incesto de la madre con sus propios hijos. El final llega con la disolución del hombre contemporáneo, el acabamiento de su fuerza.

Esto es lo que puede haber visto el primero de los espectadores. Él mismo podría haber encontrado algún error en la sentencia final de la obra, al concebir únicamente —quizá de forma un tanto peregrina— al hombre actual como una especie de animal carente de sentimientos o como un ser débil y dominado. Asimismo, habrá encontrado algunas imágenes un tanto simplistas (representar el esfuerzo de la desolación con una simple pesa o durante la extracción de sangre de las actrices para luego verterla en sus corazones), y en los extendidos y más que continuos silencios de la obra habrá detectado un gusto por romper el convencionalismo temporal, aunque dudaría sobre la naturaleza de ese mismo convencionalismo, de si el límite para su consecución se encuentra en estar cuarenta minutos en la más absoluta quietud, cincuenta, dos horas o cinco minutos.

Por otro lado, el segundo de los espectadores pensará que le han tomado el pelo durante más de cuatro horas y media de representación, visiblemente airado, presa del aburrimiento y la decepción. Ambos espectadores se dieron cita entre el público asistente. Desgraciadamente cabe decir que, por momentos, ambas opciones no fueron incompatibles.

 

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