Número 28. Enero de 2010

Hace un siglo el padre de ‘Cyrano’ estrenaba comedia en París
‘Chantecler’, el gallo de Rostand

Aurora Sánchez
José Luis Campal Fernández

 

I. Centenario

En febrero de este 2010 se cumple el centenario de Chantecler, la creación más polémica del poeta francés Edmond Rostand, aunque no la de mayor éxito. Se da la circunstancia de que en aquel 1910, paralelamente a la puesta en escena de la comedia, se imprimió el texto de la misma a cargo de la editorial parisina Libraire Charpentier et Fasqueille; era un tomo de 244 páginas que recibió el título de Chantecler (Pièce en quatre actes, en vers). Prueba de la resonancia adquirida en su día por esta obra la tenemos no sólo en el eco periodístico que alcanzó, sino también en las parodias y comentarios burlescos, en prosa y en verso, que generó una pieza en la que su responsable había depositado las más elevadas confianzas, las cuales no refrendó una aceptación de público y crítica en la que se mezcló el entusiasmo con la tibieza o directamente la exclusión.

 

II. El autor

Edmond Rostand nació en Marsella el 1 de abril de 1868 y murió en París el 2 de diciembre de 1918. Estudió en el Colegio Stanislas de París, donde escribió su primer libreto, El guante rojo (1888), que no fue aplaudido por los entendidos. Al acabar sus estudios secundarios, cursó Derecho pero nunca llegó a ejercer, atraído como estaba por la poesía y también por pertenecer a una familia rica en la que su padre practicaba el arte lírico, concediéndole al hijo una independencia para hacer realidad sus deseos.

Su primer libro de poesía, Les musardises (1890), se lo dedicó a la que sería su esposa ese mismo año, la poetisa Rosemonde Gerard, con quien tuvo dos hijos. Sin embargo, Rostand pronto sintió la atracción del teatro, al que consagrará todos sus versos futuros, y ello a pesar de una endeble salud que le condujo a fijar su residencia lejos del epicentro cultural de la nación como era París; vivirá en Cambo, una localidad del País Vasco francés, donde existe un Museo Edmond Rostand que ocupa la Villa Arnaga, su casa habitual, que sólo abandonaba para asistir a algún tipo de acontecimiento, como cuando leyó en París, en 1903, su discurso de ingreso en la Academia Francesa, para cuyo sillón había sido elegido dos años atrás, uno después de que recibiera, en 1900, la Legión de Honor. Y, por supuesto, cuando estrenó Chantecler en 1910, después de varios años de reclusión que cooperaron a agigantar su leyenda. El escritor español Eduardo Zamacois nos proporciona una descripción del poeta francés el día que estrenó Chantecler: «Hombre de mediana estatura, delgado y vestido con arreglo a las leyes de la más estricta elegancia inglesa. Hablaba en voz baja y accionaba muy poco. Parecía distraído. Su aspecto era amable y glacial».

Además de Chantecler, la producción dramática de Rostand incluye otros títulos: Los dos Pierrots (1891), Los románticos (1894), La princesa lejana (1895), La Samaritana (1897) y, por supuesto, su mayor hito, Cyrano de Bergerac (1897). A ésta sucedería, en 1900, El aguilucho, que no pudo repetir el acierto aunque fue apreciada por sus seguidores. Póstumamente, aparecería La última noche de Don Juan (1921).

 

III. El estreno

El debut de Chantecler tuvo lugar el lunes 7 de febrero de 1910, si bien el día anterior se había desarrollado el consabido ensayo general. Con todo, ya se hablaba de la obra de Rostand desde mucho antes y, a la vez, estuvo llena de controversias y aplazamientos que contribuyeron a forjar su leyenda, entre ellas la de la muerte de su amigo el actor Constant Coquelin, destinado a interpretar el papel principal del Gallo; en la obra interviene otro actor que comparte con el difunto su mismo apellido pero distinto nombre, Jean.

El diario gijonés El Comercio desgranaba, en el artículo “¡Por fin! Estreno de Chantecler de Rostand”, al día siguiente de levantarse el telón en Francia, lo mucho y variado que había envuelto a la obra antes de su puesta de largo: «Se ha estrenado la tan cacareada obra de Rostand “Chantecler”, a la que habían prestado interés inmenso los mil contratiempos que surgieron antes de darla a conocer definitivamente al público. Una afamada pitonisa parisién, que domina la astrología, había vaticinado incidentes sin cuento para estrenar la comedia de Rostand. Innumerables han sido efectivamente. La muerte del gran Coquelin aplazó el estreno. Sucediéronse luego sinfín de inconvenientes, y reciente está el fantástico robo de algunas escenas de la comedia por un actor italiano. Hubo quien afirmó, y tal vez no fuera descaminado, que se trataba simplemente de un ingenioso y original reclamo de “Chantecler”. Cuando todo esto estaba obviado, la inundación de París viene a trastornar nuevamente los planes de la empresa del Teatro de la Puerta de San Martín. Y para colmo de desdichas, el día del ensayo general, a comienzos de la semana pasada, se inutiliza la instalación eléctrica, suspendiéndose el tan ansiado estreno de la producción teatral de Rostand. El nombre de este estupendo versificador estuvo más de un trimestre siendo objeto de la diaria conversación parisién, en general, no particularizada en las tertulias literarias. Tantas suspensiones del estreno de “Chantecler”, en vez de ser contraproducentes, fueron considerablemente valiosas para la empresa. Cada aplazamiento constituía motivo de un reclamo estruendoso. Acrecentábase la expectación del público, que satisfacía su superstición recordando las profecías de la astróloga sobre el estreno de “Chantecler”».

A propósito del coliseo que acogió el estreno, así como de la fastuosa magnitud puesta a disposición de un acontecimiento que se preveía insuperable, nos habla el rotativo madrileño La Correspondencia Militar: «El Teatro de la Porte Saint-Martin estaba anoche como no es posible tener idea. El decorado del teatro es nuevo y lujosísimo. Las puertas de entrada de butacas, balcón y palcos son de caoba maciza, con espejos biselados y cerraduras de bronce doradas a fuego. Los palcos están tapizados de damasco rojo y las sillas y butacas han sido recubiertas de terciopelo frapeé color cereza. En los pasillos y las escaleras se tienden espesísimas alfombras, y sus paredes están por completo cubiertas de espejos. En cada piso se han constituido guardarropas con percheros de cobre y altos zócalos de caoba. El vestíbulo es un verdadero jardín, lleno de hermosas plantas exóticas. Magníficos plafonniers de cristal guarnecidos de bronce alumbran los pasillos y foyers; el gran foyer del primer piso, tapizado de damasco de seda verde, tiene la esplendidez de un salón de palacio real».

Pasando ya al acontecimiento puramente teatral, los principales medios contaron con pelos y señales, y en lugar siempre destacado, cómo se había desarrollado el estreno de Chantecler, cuyos papeles principales encarnaron Mr. Guitry (el Gallo) y Mme. Simone (la Faisana). Desde su primera plana, el corresponsal en París del periódico matritense La Correspondencia de España, que asistió el día 6 al ensayo general, lo desmenuzaba a sus lectores sin ahorrarse detalles: «Desde las siete y media es imposible dar un paso por el bulevar Saint-Martin y sus alrededores. Especialmente en todo el trayecto comprendido entre la Puerta de San Martín (situada en la plaza donde desemboca el bulevar en que se halla enclavado el teatro del mismo nombre) y el Teatro del Ambigú la aglomeración de gente es extraordinaria. Como este acontecimiento escénico de tanta sensación ha coincidido con el primer día de las fiestas del Carnaval, el aspecto del bulevar no puede ser más abigarrado ni más pintoresco. Los aficionados al arte dramático se confunden y apretujan con los aficionados a las máscaras, y entre los caballeros correctamente vestidos, que esperan con impaciencia el momento de pasar a ocupar su localidad, tratan de abrirse paso los mascarones más grotescos, algunos de los cuales, por su disfraz, se asemejan a los propios personajes de “Chantecler”. (...) Críticos, modistos, dramaturgos, periodistas, políticos notables tratan de abrirse paso. (...) A las ocho y cuarenta entran los últimos invitados al teatro. No hay que olvidar que durante los actos está prohibida la entrada, y ello ha contribuido a aumentar el gran número de los madrugadores. (...) El telón se levanta a las nueve menos cuarto en punto. (...) Antes de levantarse el telón, en vez de los tres golpes de bastón, que es costumbre en Francia al comenzar la representación teatral, suenan otros tres golpes, que da con su pico uno de los “personajes” –llamémosles así–: el Picoverde».

Unos párrafos más adelante, este mismo redactor, que enviaba sus crónicas por telégrafo, va suministrando, con paciente parsimonia, el argumento de la obra acto por acto, a fin de satisfacer a los lectores españoles, ávidos como estaban de recibir noticias puntuales sobre las particularidades de una obra que había adquirido visos de espectáculo irrepetible. He aquí una apretada síntesis de su relato:

«Acto primero: La tarde de la Faisana. Aparece el patio de una granja. La decoración es admirable. Cuanto en su elogio se dijera resultaría pálido ante la realidad. Es de lo más pintoresco. Se ve, sin faltar el menor detalle, todos los objetos de que habitualmente se compone el patio de una casa de campo. Es un cuadro realista de gran fuerza plástica. El estercolero, los montones de paja, los carretones, el gallinero, el panal de las abejas, la jaula del mirlo, todo aparece engrandecido, cuatro o cinco veces mayor de lo que es en la realidad al fin de hacerlo proporcionado al tamaño de los personajes. (...) Las Gallinas están murmurando en el corral y hacen el elogio de Chantecler (el Gallo). Todas están conformes en el deseo de conocer el secreto del canto de Chantecler. El Mirlo –o sea, el señor Galipaux, actor a quien conoce el público madrileño por haberlo aplaudido hace pocos años en el Teatro de la Comedia– se burla de las alabanzas que dedican a Chantecler sus admiradoras las Gallinas. El Pavo quiere también permitirse sus bromas, con la pesadez propia de su especie. De súbito aparece Chantecler. (...) En estrofas enardecidas entona Chantecler un himno al sol. (...) Este fragmento de la obra ha obtenido un éxito enorme. (...) Esta página ha sido un señalado triunfo para el poeta y para su principal intérprete. El Perro (Coquelin) es un bonachón, y trata amistosamente, con la mayor buena fe del mundo, de refrenar el orgullo del Gallo, al cual previene, por lo pronto, de que en el Mirlo tiene un envidioso que trata de desacreditarle. (...) La Faisana dice hermosos versos, vanagloriándose de su plumaje de oro y burlándose un poco de Chantecler porque éste se cree ya su vencedor nada más que con haberla visto. Está anocheciendo y en este momento ya llega la noche. Todo duerme en la finca. Las Gallinas reposan en el corral. Aparecen los pájaros de la noche y conspiran. El objeto de su complot es el Gallo, de la belleza del cual están todos profundamente celosos. La Faisana, que todo lo ha escuchado, sale y exclama: –¡Comienzo a amarlo! Puede decirse que el acto entero es un castillo de fuegos artificiales. Ha obtenido mucho éxito y ha sido aplaudidísimo. Sin embargo, parece que ha gustado más la primera mitad que la segunda. En cuanto a los trajes, sorprendentes también, han sido felizmente concebidos. El caparazón de las aves está perfectamente recubierto de plumas. El pecho está combado. Llevan cola de plumas igualmente. Las piernas están embutidas en medias y botas pintadas, terminadas en espolones. La cabeza está formada con una especie de capuchón, que sólo deja visible parte de la cara y de la frente; lo preciso para reflejar la expresión del autor.

Acto segundo: La mañana de Chantecler. En primer término se ve un gran castaño, cuyas ramas se extienden por todo el escenario. Es la noche y todo duerme. (...) El Gran Búho va llamándoles a todos y a cada uno de ellos, a medida que se les llama se le abren dos grandes ojos luminosos. En este momento los búhos entonan el famoso himno a la noche de que tanto se ha hablado y que es acogido con una formidable ovación. De pronto, resuena el canto del Gallo y entonces los pájaros de la noche desaparecen. Entra en escena la Faisana y, a poco, Chantecler. La Faisana insiste en querer conocer el secreto del canto de su seductor. El Gallo le desvela a medias este misterio. (...) La Faisana, entusiasmada, viene a apoyarse sobre el corazón del Gallo. (...) El Mirlo, siempre tenaz, torna a burlarse de Chantecler. (...) Chantecler, enardecido, lánzase en busca de su adversario. Y así el acto termina. (...) Este segundo acto es muy superior al primero en lirismo y en poesía. (...) El público se asombra ante la grandeza heroica de este acto hermosísimo, cuyo triunfo está ya definitivamente asegurado.

Acto tercero: El día de la Guinea. El tercer acto es “en casa” de la gallina Guinea. La decoración representa una huerta. Se ven flores y calabazas monstruosas. Un espantapájaros álzase a seis metros de altura. La Guinea está encantada de recibir al Pavo Real. Tiene éste una cola de tres metros, cuya plumazón se abre y se cierra por medio de un complicado mecanismo. Asistimos a un desfile de gallos de las diversas partes del mundo, que no tienen nada en común con el gallo francés. Así, Chantecler, que repentinamente aparece, empieza a embromar a los demás gallos y a burlarse insolentemente de sus deformidades. Luego se bate con el gallo que le ha desafiado, lanzándose sobre él, traspasándole y saliendo vencedor del combate. (...) El principio de este tercer acto ha gustado bastante menos que el segundo a causa de su extravagancia, no exenta de monotonía, y a causa también de que los efectos y las palabras llevan notoriamente un sello de afectación y de rebuscamiento. Es un acto hecho con talento, y acaso más curioso, más chispeante y sutil que los anteriores, pero ha gustado menos. (...) En este acto el poeta ha buscado ingeniosamente determinados sonidos imitativos para remedar los gritos de las bestias, el ladrido del Perro y el cacareo de las Gallinas, que lanzan voces de “¡oh!” y “¡ah!” como en el momento de poner.

Acto cuarto: La noche del Ruiseñor. El cuarto acto se desarrolla en el bosque. La Faisana pide a Chantecler que le jure amarla más que ama al sol y a la aurora. Chantecler se niega a ello. Asistimos al contraste entre el cántico del Ruiseñor, que trina en las ramas su deliciosa tonada, y las calumnias de los Sapos revolcándose en el fango. El Ruiseñor muere y el bosque se inunda súbitamente de claridad. –¡Ya ves –dice la Faisana al Gallo– cómo el día amanece sin ti! Chantecler está desesperado. A pesar de todo, continuará su misión de cantar para despertar a los humildes y volverá al viejo gallinero, abandonando a la Faisana. Este último acto le ha parecido al público oscuro y largo. Los aplausos han sido ya menos entusiastas. Sin embargo, el público hace unánimemente levantar dos veces el telón».

 

IV. Habla la crítica

La obra de Rostand tuvo resonancia mundial, lo cual explica que, al día siguiente de su estreno, ya se hablara largo y tendido, en diferentes ciudades europeas, acerca de su puesta en escena. La prensa regional asturiana no dejó de reflejarlo, como hizo, por ejemplo, El Comercio al comentar: «La Empresa del Teatro de la Puerta de San Martín formó ya cuatro compañías con los más notables artistas, con los mismos atrezzos y vestuarios del estreno, para que vayan a las principales poblaciones del extranjero a representar “Chantecler”; una de ellas irá al Teatro de la Comedia de Madrid en la próxima primavera».

A pesar de las halagüeñas previsiones de una aplaudida gira, bien pronto comenzaron a arreciar las reticencias sobre la condición de incuestionable obra maestra. La Época, el mismo día de su debut, afirma: «Los periódicos hacen constar generalmente el gran éxito que ha obtenido “Chantecler”. Particularmente, el segundo acto provocó el entusiasmo de los concurrentes. Sin embargo, consideran que la obra no ha alcanzado el triunfo absoluto que hacía esperar el ruido hecho alrededor suyo».

Y dos semanas después, el 24 de febrero, aparece en Actualidades, firmado por Enrique F. Gutiérrez, una reseña donde critica abierta e implacablemente, sin ocultar burlas escarnecedoras, la obra del escritor francés: «Cocorico! Al fin lanzó “Chantecler” su canto y más le valiera no haberlo lanzado. A los concurrentes al ensayo general no les gustó la obra; a los que la vieron el día del estreno, tampoco les ha gustado, y a los que la vimos después, tampoco nos gustó. (...) La obra en sí desde luego es de una tendencia bellísima, pero toda ella podría reducirse a media docena de escenas y el autor nos lleva a ver cuatro actos interminables. (...) Rostand ha concebido con grandeza, pero no le ha respondido la inspiración. Hállase la obra sembrada de versos sencillamente malos y con una pobreza de léxico inaudita; se repiten las palabras matemáticamente. (...) La escena, muy bien compuesta siempre; los efectos de luz, admirables; los trajes, muy originales y muy bonitos, y la interpretación, muy mediana. Guitry (Chantecler) toma el papel con una seriedad fúnebre que no convence; madama Simone, muy bien de gesto, muy encantadora de elegancia, pero diciendo los versos lamentablemente; Galipaux (Mirlo) es el que está mejor, sin llegar a estar bien del todo; Coquelin (Perro), muy divertido, y todos los demás contribuyendo al conjunto, como decimos en España. Hay que salvar de esta fosa común a Mlle. Marthe Mellot (Ruiseñor), que, con una voz verdaderamente divina, llena el corazón de una dulzura tan intensa, que no complace más oír a un ruiseñor».

 

V. Repercusiones

Las primeras reacciones a la representación de Chantecler no se hicieron de rogar. Al dictamen inicial de la crítica especializada siguieron los innumerables comentarios alrededor de la pieza de Rostand. Distintos grupos teatrales detectaron en ella, con agudeza oportunista, un filón a explotar que podía darles jugosos réditos; y los mismos ciudadanos comenzaron a usar los sombreros Chantecler, bisutería Chantecler y otros muy diversos objetos basados en el famoso personaje de Cantaclaro –traducción española de Chantecler, que utilizaría como seudónimo el escritor bable Fabriciano González García, “Fabricio”.

A los pocos días de la función inaugural, en el Teatro del Ba-Ta-Clan, de París, se llevó a cabo una parodia de la obra de Rostand, tal y como recogía la revista La Ilustración Artística: «Casi simultáneamente con el estreno de “Chantecler”, se estrenó en el Teatro del Ba-Ta-Clan una parodia de la misma, que ha sido acogida por el público con regocijados aplausos, cuyos personajes visten de animales, como en la obra original, y cuyas escenas, amoldadas a las escritas por Rostand, constituyen una graciosa crítica del tan cacareado “Chantecler”» (21-II-1910).

La crítica española fue inflexible en relación a la supuesta rentabilidad de la apuesta del dramaturgo francés. Alejandro Miquis, encargado de la sección teatral de Actualidades, aseveraba, el 3 de marzo de 1910, que «lo malo es que después vendrán las representaciones españolas y ésas serán la más negra; por de pronto no ha faltado quien pague ya el gallito como si fuera la mismísima gallina de los huevos de oro, y esto es lo que me parece digno de comentario. 10.000 francos cuentan que ha pagado un traductor español por el derecho de hacernos gozar esa obra en nuestra lengua, y yo pregunto: ¿Los vale? ¿No habrá hecho ese traductor, en nombre de todos nosotros, lo que las gentes llaman una primada? (...) Esa cantidad supone sólo, para que el traductor cubra gastos, unos 80 llenos completos, demasiados llenos para lograrlos con una obra como la de Rostand, que ya en Francia ha sido un fracaso y en España, como no la ampare el “snobismo”, lo será más aún, porque su exceso de lirismo galo, que es el menos escénico de los lirismos, la hace perfectamente incompatible con el genio de nuestra dramática. “Chantecler”, además, no es obra que pueda recorrer fácilmente muchos teatros. Su “escenario”, su indumentaria sobre todo, es costosísima, y habrá pocas empresas –quizá no haya más que una– que se atrevan a montarla».

Y no se queda atrás el popular vate gaditano José Jackson Veyán con su “Letre abierte”, inserta en el ejemplar del 9 de abril de 1910 de Madrid Cómico, aunque usando un vehículo distinto como es el ripio y un tono de irónico regocijo que extrae la carcajada del uso macarrónico del idioma de Molière:

En público quiero hacer,

Monsiú Rostand, mi protesta

porque estoy ya hasta la cresta

del dichoso Chantecler.

 

(...) Recherchez y escriba vú

obras más originales.

¡Eso de los animales

sur l’escene es tré connú!

 

Linares Rivas, autor

español, experto y ducho,

nos dio un lobo no hace mucho

y su gallo no es mejor.

 

(...) Es más obra... ¡No ha de ser!

Y lo diré a voz en grito.

¡Hay que cantar muy clarito,

mon cher ami Chantecler!

 

Por el gallo que al autor

en el corral ha inspirado,

según leo, hay quien ha dado

cinco mil francos... ¡Qué horror!

 

(...) Que no venga por Españe,

Monsiú Rostand, su gallito,

porque aquí, compañerito,

me donné pá le castañe.

 

Que no venga Chantecler,

pues, como llegue a venir,

yé ne vulé pá vú dir

la bronque que se va á armer.

 

Si aprecia en algo su vida

que no venga y que se achique,

porque si viene hinca el pique

y ahueca el ále en seguida.

En Asturias también gozó de sus minutos de gloria la obra de Rostand, con noticias que refieren simpáticas anécdotas. El diario gijonés El Noroeste aporta dos breves que nos llevan a la risa más que al interés por la información. Bajo el epígrafe “Ni en Majalandrín”, se lee: «De Nápoles comunican el siguiente hecho. En una calle céntrica, una señorita que llevaba un inmenso sombrero Chantecler fue abucheada por una veintena de golfos. A éstos se unieron centenares de transeúntes que seguían a la señorita, silbándola. Refugióse ella en una tienda para evitar que la silbaran. La policía acudió al lugar del suceso; pero ante la imposibilidad de disolver los grupos y en vista de que la señorita se había desmayado, los guardias idearon una curiosa estratagema. Hicieron que saliera un dependiente de la tienda, disfrazado de mujer, recogiendo el dichoso sombrero y llevándolo en la mano escoltado por la policía. El público le propinó una silba formidable; pero al fin se disolvieron los grupos» (28-III-1910). En la segunda nota, titulada “Un estreno”, era aun más jugosa, ya que se comentaba que en Barcelona había ocurrido lo siguiente: «En el Teatro Apolo se estrenó “La vie en rose”, parodia de “Chantecler”. Letra y música son muy malas, no obstante lo cual la obra triunfó gracias a que las artistas que la interpretaron salieron casi desnudas» (5-VI-1910).

El gallo conoció, asimismo, incursiones en la política local asturiana, como se puede verificar en el semanario Castropol, donde Pepe de Mingo se mofa, en su articulillo “Chantecler”, de ciertos usos y conductas de los gobernantes municipales acudiendo a la comparación con el modelo literario francés: «Desde que la prensa diaria nos hizo saber que el gran Rostand preparaba una nueva obra teatral así titulada, vengo siguiendo de cerca todo cuanto con aquélla se relaciona y publican los grandes rotativos. (...) ¡Pero inútilmente! Por mucho que escudriñé en periódicos y revistas, no pude ver colmados mis deseos hasta aquellos días en que el “Chantecler” se estrenaba en París. Y confieso ingenuamente que sufrí por aquel entonces una gran decepción. Porque con el mismo título, puesto que de “Chantecler” a Canta-claro no media nada, viene viviendo aquí en Tapia, en continua acción, otra obra desde hace un año a esta parte. En la obra tapiega, al igual que en la de Rostand, el protagonista es un gallo que canta muy claro (verdades), y disgustadas por tanta claridad las aves que militan en el “corral conservador” conspiran contra él, y de cuando en cuando le insultan o amenazan a fin de ver si de ese modo logran que aquél baje su diapasón; pero en vano intento. El gallo sigue cantando, y cantará. Si alguna diferencia existe entre la nueva obra del insigne autor del “Cyrano” y la nuestra es que en aquélla no toman parte aves de rapiña, y en la tapiega, sí. Y además, en que aquélla es comedia y la nuestra es real y verdadera» (28-II-1910).

Como vemos, el debut de Chantecler no dejó a nadie indiferente, más bien todo lo contrario.

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