
Aurora Sánchez
José Luis Campal Fernández
I.
Centenario
En febrero
de este 2010 se cumple el centenario de Chantecler,
la creación más polémica del poeta francés Edmond Rostand,
aunque no la de mayor éxito. Se da la circunstancia de que
en aquel 1910, paralelamente a la puesta en escena de la
comedia, se imprimió el texto de la misma a cargo de la
editorial parisina Libraire Charpentier et Fasqueille; era
un tomo de 244 páginas que recibió el título de
Chantecler (Pièce en quatre actes, en vers). Prueba de
la resonancia adquirida en su día por esta obra la tenemos
no sólo en el eco periodístico que alcanzó, sino también en
las parodias y comentarios burlescos, en prosa y en verso,
que generó una pieza en la que su responsable había
depositado las más elevadas confianzas, las cuales no
refrendó una aceptación de público y crítica en la que se
mezcló el entusiasmo con la tibieza o directamente la
exclusión.
II.
El autor
Edmond
Rostand nació en Marsella el 1 de abril de 1868 y murió en
París el 2 de diciembre de 1918. Estudió en el Colegio
Stanislas de París, donde escribió su primer libreto, El
guante rojo (1888), que no fue aplaudido por los
entendidos. Al acabar sus estudios secundarios, cursó
Derecho pero nunca llegó a ejercer, atraído como estaba por
la poesía y también por pertenecer a una familia rica en la
que su padre practicaba el arte lírico, concediéndole al
hijo una independencia para hacer realidad sus deseos.
Su primer
libro de poesía, Les musardises (1890), se lo dedicó
a la que sería su esposa ese mismo año, la poetisa Rosemonde
Gerard, con quien tuvo dos hijos. Sin embargo, Rostand
pronto sintió la atracción del teatro, al que consagrará
todos sus versos futuros, y ello a pesar de una endeble
salud que le condujo a fijar su residencia lejos del
epicentro cultural de la nación como era París; vivirá en
Cambo, una localidad del País Vasco francés, donde existe un
Museo Edmond Rostand que ocupa la Villa Arnaga, su casa
habitual, que sólo abandonaba para asistir a algún tipo de
acontecimiento, como cuando leyó en París, en 1903, su
discurso de ingreso en la Academia Francesa, para cuyo
sillón había sido elegido dos años atrás, uno después de que
recibiera, en 1900, la Legión de Honor. Y, por supuesto,
cuando estrenó Chantecler en 1910, después de varios
años de reclusión que cooperaron a agigantar su leyenda. El
escritor español Eduardo Zamacois nos proporciona una
descripción del poeta francés el día que estrenó
Chantecler: «Hombre de mediana estatura, delgado y
vestido con arreglo a las leyes de la más estricta elegancia
inglesa. Hablaba en voz baja y accionaba muy poco. Parecía
distraído. Su aspecto era amable y glacial».
Además de
Chantecler, la producción dramática de Rostand
incluye otros títulos: Los dos Pierrots (1891),
Los románticos (1894), La princesa lejana (1895),
La Samaritana (1897) y, por supuesto, su mayor hito,
Cyrano de Bergerac (1897). A ésta sucedería, en 1900,
El aguilucho, que no pudo repetir el acierto aunque
fue apreciada por sus seguidores. Póstumamente, aparecería
La última noche de Don Juan (1921).
III.
El estreno
El debut de
Chantecler tuvo lugar el lunes 7 de febrero de 1910,
si bien el día anterior se había desarrollado el consabido
ensayo general. Con todo, ya se hablaba de la obra de
Rostand desde mucho antes y, a la vez, estuvo llena de
controversias y aplazamientos que contribuyeron a forjar su
leyenda, entre ellas la de la muerte de su amigo el actor
Constant Coquelin, destinado a interpretar el papel
principal del Gallo; en la obra interviene otro actor que
comparte con el difunto su mismo apellido pero distinto
nombre, Jean.
El diario
gijonés El Comercio desgranaba, en el artículo “¡Por
fin! Estreno de Chantecler de Rostand”, al día
siguiente de levantarse el telón en Francia, lo mucho y
variado que había envuelto a la obra antes de su puesta de
largo: «Se ha estrenado la tan cacareada obra de Rostand
“Chantecler”, a la que habían prestado interés inmenso los
mil contratiempos que surgieron antes de darla a conocer
definitivamente al público. Una afamada pitonisa parisién,
que domina la astrología, había vaticinado incidentes sin
cuento para estrenar la comedia de Rostand. Innumerables han
sido efectivamente. La muerte del gran Coquelin aplazó el
estreno. Sucediéronse luego sinfín de inconvenientes, y
reciente está el fantástico robo de algunas escenas de la
comedia por un actor italiano. Hubo quien afirmó, y tal vez
no fuera descaminado, que se trataba simplemente de un
ingenioso y original reclamo de “Chantecler”. Cuando todo
esto estaba obviado, la inundación de París viene a
trastornar nuevamente los planes de la empresa del Teatro de
la Puerta de San Martín. Y para colmo de desdichas, el día
del ensayo general, a comienzos de la semana pasada, se
inutiliza la instalación eléctrica, suspendiéndose el tan
ansiado estreno de la producción teatral de Rostand. El
nombre de este estupendo versificador estuvo más de un
trimestre siendo objeto de la diaria conversación parisién,
en general, no particularizada en las tertulias literarias.
Tantas suspensiones del estreno de “Chantecler”, en vez de
ser contraproducentes, fueron considerablemente valiosas
para la empresa. Cada aplazamiento constituía motivo de un
reclamo estruendoso. Acrecentábase la expectación del
público, que satisfacía su superstición recordando las
profecías de la astróloga sobre el estreno de “Chantecler”».
A propósito
del coliseo que acogió el estreno, así como de la fastuosa
magnitud puesta a disposición de un acontecimiento que se
preveía insuperable, nos habla el rotativo madrileño La
Correspondencia Militar: «El Teatro de la Porte
Saint-Martin estaba anoche como no es posible tener idea. El
decorado del teatro es nuevo y lujosísimo. Las puertas de
entrada de butacas, balcón y palcos son de caoba maciza, con
espejos biselados y cerraduras de bronce doradas a fuego.
Los palcos están tapizados de damasco rojo y las sillas y
butacas han sido recubiertas de terciopelo frapeé color
cereza. En los pasillos y las escaleras se tienden
espesísimas alfombras, y sus paredes están por completo
cubiertas de espejos. En cada piso se han constituido
guardarropas con percheros de cobre y altos zócalos de
caoba. El vestíbulo es un verdadero jardín, lleno de
hermosas plantas exóticas. Magníficos plafonniers
de
cristal guarnecidos de bronce alumbran los pasillos y foyers;
el gran foyer del primer piso, tapizado de damasco de seda
verde, tiene la esplendidez de un salón de palacio real».
Pasando ya
al acontecimiento puramente teatral, los principales medios
contaron con pelos y señales, y en lugar siempre destacado,
cómo se había desarrollado el estreno de Chantecler,
cuyos papeles principales encarnaron Mr. Guitry (el Gallo) y
Mme. Simone (la Faisana). Desde su primera plana, el
corresponsal en París del periódico matritense La
Correspondencia de España, que asistió el día 6 al
ensayo general, lo desmenuzaba a sus lectores sin ahorrarse
detalles: «Desde las siete y media es imposible dar un
paso por el bulevar Saint-Martin y sus alrededores.
Especialmente en todo el trayecto comprendido entre la
Puerta de San Martín (situada en la plaza donde desemboca el
bulevar en que se halla enclavado el teatro del mismo
nombre) y el Teatro del Ambigú la aglomeración de gente es
extraordinaria. Como este acontecimiento escénico de tanta
sensación ha coincidido con el primer día de las fiestas del
Carnaval, el aspecto del bulevar no puede ser más abigarrado
ni más pintoresco. Los aficionados al arte dramático se
confunden y apretujan con los aficionados a las máscaras, y
entre los caballeros correctamente vestidos, que esperan con
impaciencia el momento de pasar a ocupar su localidad,
tratan de abrirse paso los mascarones más grotescos, algunos
de los cuales, por su disfraz, se asemejan a los propios
personajes de “Chantecler”. (...) Críticos, modistos,
dramaturgos, periodistas, políticos notables tratan de
abrirse paso. (...) A las ocho y cuarenta entran los últimos
invitados al teatro. No hay que olvidar que durante los
actos está prohibida la entrada, y ello ha contribuido a
aumentar el gran número de los madrugadores. (...) El telón
se levanta a las nueve menos cuarto en punto. (...) Antes de
levantarse el telón, en vez de los tres golpes de bastón,
que es costumbre en Francia al comenzar la representación
teatral, suenan otros tres golpes, que da con su pico uno de
los “personajes” –llamémosles así–: el Picoverde».
Unos
párrafos más adelante, este mismo redactor, que enviaba sus
crónicas por telégrafo, va suministrando, con paciente
parsimonia, el argumento de la obra acto por acto, a fin de
satisfacer a los lectores españoles, ávidos como estaban de
recibir noticias puntuales sobre las particularidades de una
obra que había adquirido visos de espectáculo irrepetible.
He aquí una apretada síntesis de su relato:
«Acto
primero: La tarde de la Faisana. Aparece el patio de una
granja. La decoración es admirable. Cuanto en su elogio se
dijera resultaría pálido ante la realidad. Es de lo más
pintoresco. Se ve, sin faltar el menor detalle, todos los
objetos de que habitualmente se compone el patio de una casa
de campo. Es un cuadro realista de gran fuerza plástica. El
estercolero, los montones de paja, los carretones, el
gallinero, el panal de las abejas, la jaula del mirlo, todo
aparece engrandecido, cuatro o cinco veces mayor de lo que
es en la realidad al fin de hacerlo proporcionado al tamaño
de los personajes. (...) Las Gallinas están murmurando en el
corral y hacen el elogio de Chantecler (el Gallo). Todas
están conformes en el deseo de conocer el secreto del canto
de Chantecler. El Mirlo –o sea, el señor Galipaux, actor a
quien conoce el público madrileño por haberlo aplaudido hace
pocos años en el Teatro de la Comedia– se burla de las
alabanzas que dedican a Chantecler sus admiradoras las
Gallinas. El Pavo quiere también permitirse sus bromas, con
la pesadez propia de su especie. De súbito aparece
Chantecler. (...) En estrofas enardecidas entona Chantecler
un himno al sol. (...) Este fragmento de la obra ha obtenido
un éxito enorme. (...) Esta página ha sido un señalado
triunfo para el poeta y para su principal intérprete. El
Perro (Coquelin) es un bonachón, y trata amistosamente, con
la mayor buena fe del mundo, de refrenar el orgullo del
Gallo, al cual previene, por lo pronto, de que en el Mirlo
tiene un envidioso que trata de desacreditarle. (...) La
Faisana dice hermosos versos, vanagloriándose de su plumaje
de oro y burlándose un poco de Chantecler porque éste se
cree ya su vencedor nada más que con haberla visto. Está
anocheciendo y en este momento ya llega la noche. Todo
duerme en la finca. Las Gallinas reposan en el corral.
Aparecen los pájaros de la noche y conspiran. El objeto de
su complot es el Gallo, de la belleza del cual están todos
profundamente celosos. La Faisana, que todo lo ha escuchado,
sale y exclama: –¡Comienzo a amarlo! Puede decirse que el
acto entero es un castillo de fuegos artificiales. Ha
obtenido mucho éxito y ha sido aplaudidísimo. Sin embargo,
parece que ha gustado más la primera mitad que la segunda.
En cuanto a los trajes, sorprendentes también, han sido
felizmente concebidos. El caparazón de las aves está
perfectamente recubierto de plumas. El pecho está combado.
Llevan cola de plumas igualmente. Las piernas están
embutidas en medias y botas pintadas, terminadas en
espolones. La cabeza está formada con una especie de
capuchón, que sólo deja visible parte de la cara y de la
frente; lo preciso para reflejar la expresión del autor.
Acto
segundo: La mañana de Chantecler. En primer término se ve un
gran castaño, cuyas ramas se extienden por todo el
escenario. Es la noche y todo duerme. (...) El Gran Búho va
llamándoles a todos y a cada uno de ellos, a medida que se
les llama se le abren dos grandes ojos luminosos. En este
momento los búhos entonan el famoso himno a la noche de que
tanto se ha hablado y que es acogido con una formidable
ovación. De pronto, resuena el canto del Gallo y entonces
los pájaros de la noche desaparecen. Entra en escena la
Faisana y, a poco, Chantecler. La Faisana insiste en querer
conocer el secreto del canto de su seductor. El Gallo le
desvela a medias este misterio. (...) La Faisana,
entusiasmada, viene a apoyarse sobre el corazón del Gallo.
(...) El Mirlo, siempre tenaz, torna a burlarse de
Chantecler. (...) Chantecler, enardecido, lánzase en busca
de su adversario. Y así el acto termina. (...) Este segundo
acto es muy superior al primero en lirismo y en poesía.
(...) El público se asombra ante la grandeza heroica de este
acto hermosísimo, cuyo triunfo está ya definitivamente
asegurado.
Acto
tercero: El día de la Guinea. El tercer acto es “en casa” de
la gallina Guinea. La decoración representa una huerta. Se
ven flores y calabazas monstruosas. Un espantapájaros álzase
a seis metros de altura. La Guinea está encantada de recibir
al Pavo Real. Tiene éste una cola de tres metros, cuya
plumazón se abre y se cierra por medio de un complicado
mecanismo. Asistimos a un desfile de gallos de las diversas
partes del mundo, que no tienen nada en común con el gallo
francés. Así, Chantecler, que repentinamente aparece,
empieza a embromar a los demás gallos y a burlarse
insolentemente de sus deformidades. Luego se bate con el
gallo que le ha desafiado, lanzándose sobre él,
traspasándole y saliendo vencedor del combate. (...) El
principio de este tercer acto ha gustado bastante menos que
el segundo a causa de su extravagancia, no exenta de
monotonía, y a causa también de que los efectos y las
palabras llevan notoriamente un sello de afectación y de
rebuscamiento. Es un acto hecho con talento, y acaso más
curioso, más chispeante y sutil que los anteriores, pero ha
gustado menos. (...) En este acto el poeta ha buscado
ingeniosamente determinados sonidos imitativos para remedar
los gritos de las bestias, el ladrido del Perro y el cacareo
de las Gallinas, que lanzan voces de “¡oh!” y “¡ah!” como en
el momento de poner.
Acto
cuarto: La noche del Ruiseñor. El cuarto acto se desarrolla
en el bosque. La Faisana pide a Chantecler que le jure
amarla más que ama al sol y a la aurora. Chantecler se niega
a ello. Asistimos al contraste entre el cántico del
Ruiseñor, que trina en las ramas su deliciosa tonada, y las
calumnias de los Sapos revolcándose en el fango. El Ruiseñor
muere y el bosque se inunda súbitamente de claridad. –¡Ya
ves –dice la Faisana al Gallo– cómo el día amanece sin ti!
Chantecler está desesperado. A pesar de todo, continuará su
misión de cantar para despertar a los humildes y volverá al
viejo gallinero, abandonando a la Faisana. Este último acto
le ha parecido al público oscuro y largo. Los aplausos han
sido ya menos entusiastas. Sin embargo, el público hace
unánimemente levantar dos veces el telón».
IV.
Habla la crítica
La obra de
Rostand tuvo resonancia mundial, lo cual explica que, al día
siguiente de su estreno, ya se hablara largo y tendido, en
diferentes ciudades europeas, acerca de su puesta en escena.
La prensa regional asturiana no dejó de reflejarlo, como
hizo, por ejemplo, El Comercio al comentar: «La
Empresa del Teatro de la Puerta de San Martín formó ya
cuatro compañías con los más notables artistas, con los
mismos atrezzos y vestuarios del estreno, para que vayan a
las principales poblaciones del extranjero a representar “Chantecler”;
una de ellas irá al Teatro de la Comedia de Madrid en la
próxima primavera».
A pesar de
las halagüeñas previsiones de una aplaudida gira, bien
pronto comenzaron a arreciar las reticencias sobre la
condición de incuestionable obra maestra. La Época,
el mismo día de su debut, afirma: «Los periódicos hacen
constar generalmente el gran éxito que ha obtenido
“Chantecler”. Particularmente, el segundo acto provocó el
entusiasmo de los concurrentes. Sin embargo, consideran que
la obra no ha alcanzado el triunfo absoluto que hacía
esperar el ruido hecho alrededor suyo».
Y dos
semanas después, el 24 de febrero, aparece en
Actualidades, firmado por Enrique F. Gutiérrez, una
reseña donde critica abierta e implacablemente, sin ocultar
burlas escarnecedoras, la obra del escritor francés: «Cocorico!
Al fin lanzó “Chantecler” su canto y más le valiera no
haberlo lanzado. A los concurrentes al ensayo general no les
gustó la obra; a los que la vieron el día del estreno,
tampoco les ha gustado, y a los que la vimos después,
tampoco nos gustó. (...) La obra en sí desde luego es de una
tendencia bellísima, pero toda ella podría reducirse a media
docena de escenas y el autor nos lleva a ver cuatro actos
interminables. (...) Rostand ha concebido con grandeza, pero
no le ha respondido la inspiración. Hállase la obra sembrada
de versos sencillamente malos y con una pobreza de léxico
inaudita; se repiten las palabras matemáticamente. (...) La
escena, muy bien compuesta siempre; los efectos de luz,
admirables; los trajes, muy originales y muy bonitos, y la
interpretación, muy mediana. Guitry (Chantecler) toma el
papel con una seriedad fúnebre que no convence; madama
Simone, muy bien de gesto, muy encantadora de elegancia,
pero diciendo los versos lamentablemente; Galipaux (Mirlo)
es el que está mejor, sin llegar a estar bien del todo;
Coquelin (Perro), muy divertido, y todos los demás
contribuyendo al conjunto, como decimos en España. Hay que
salvar de esta fosa común a Mlle. Marthe Mellot (Ruiseñor),
que, con una voz verdaderamente divina, llena el corazón de
una dulzura tan intensa, que no complace más oír a un
ruiseñor».
V.
Repercusiones
Las
primeras reacciones a la representación de Chantecler
no se hicieron de rogar. Al dictamen inicial de la crítica
especializada siguieron los innumerables comentarios
alrededor de la pieza de Rostand. Distintos grupos teatrales
detectaron en ella, con agudeza oportunista, un filón a
explotar que podía darles jugosos réditos; y los mismos
ciudadanos comenzaron a usar los sombreros Chantecler,
bisutería Chantecler y otros muy diversos objetos basados en
el famoso personaje de Cantaclaro –traducción española de
Chantecler, que utilizaría como seudónimo el escritor bable
Fabriciano González García, “Fabricio”.
A los pocos
días de la función inaugural, en el Teatro del Ba-Ta-Clan,
de París, se llevó a cabo una parodia de la obra de Rostand,
tal y como recogía la revista La Ilustración Artística:
«Casi simultáneamente con el estreno de “Chantecler”, se
estrenó en el Teatro del Ba-Ta-Clan una parodia de la misma,
que ha sido acogida por el público con regocijados aplausos,
cuyos personajes visten de animales, como en la obra
original, y cuyas escenas, amoldadas a las escritas por
Rostand, constituyen una graciosa crítica del tan cacareado
“Chantecler”» (21-II-1910).
La crítica
española fue inflexible en relación a la supuesta
rentabilidad de la apuesta del dramaturgo francés. Alejandro
Miquis, encargado de la sección teatral de Actualidades,
aseveraba, el 3 de marzo de 1910, que «lo malo es que
después vendrán las representaciones españolas y ésas serán
la más negra; por de pronto no ha faltado quien pague ya el
gallito como si fuera la mismísima gallina de los huevos de
oro, y esto es lo que me parece digno de comentario. 10.000
francos cuentan que ha pagado un traductor español por el
derecho de hacernos gozar esa obra en nuestra lengua, y yo
pregunto: ¿Los vale? ¿No habrá hecho ese traductor, en
nombre de todos nosotros, lo que las gentes llaman una
primada? (...) Esa cantidad supone sólo, para que el
traductor cubra gastos, unos 80 llenos completos, demasiados
llenos para lograrlos con una obra como la de Rostand, que
ya en Francia ha sido un fracaso y en España, como no la
ampare el “snobismo”, lo será más aún, porque su exceso de
lirismo galo, que es el menos escénico de los lirismos, la
hace perfectamente incompatible con el genio de nuestra
dramática. “Chantecler”, además, no es obra que pueda
recorrer fácilmente muchos teatros. Su “escenario”, su
indumentaria sobre todo, es costosísima, y habrá pocas
empresas –quizá no haya más que una– que se atrevan a
montarla».
Y no se
queda atrás el popular vate gaditano José Jackson Veyán con
su “Letre abierte”, inserta en el ejemplar del 9 de abril de
1910 de Madrid Cómico, aunque usando un vehículo
distinto como es el ripio y un tono de irónico regocijo que
extrae la carcajada del uso macarrónico del idioma de
Molière:
En
público quiero hacer,
Monsiú
Rostand, mi protesta
porque
estoy ya hasta la cresta
del
dichoso Chantecler.
(...)
Recherchez y escriba vú
obras
más originales.
¡Eso de
los animales
sur
l’escene es tré connú!
Linares
Rivas, autor
español,
experto y ducho,
nos dio
un lobo no hace mucho
y su
gallo no es mejor.
(...) Es
más obra... ¡No ha de ser!
Y lo
diré a voz en grito.
¡Hay que
cantar muy clarito,
mon cher
ami Chantecler!
Por el
gallo que al autor
en el
corral ha inspirado,
según
leo, hay quien ha dado
cinco
mil francos... ¡Qué horror!
(...)
Que no venga por Españe,
Monsiú
Rostand, su gallito,
porque
aquí, compañerito,
me donné pá le castañe.
Que no
venga Chantecler,
pues,
como llegue a venir,
yé ne
vulé pá vú dir
la
bronque que se va á armer.
Si
aprecia en algo su vida
que no
venga y que se achique,
porque
si viene hinca el pique
y ahueca
el ále en seguida.
En Asturias también gozó de sus minutos de gloria la obra de
Rostand, con noticias que refieren simpáticas anécdotas. El
diario gijonés El Noroeste aporta dos breves que nos
llevan a la risa más que al interés por la información. Bajo
el epígrafe “Ni en Majalandrín”, se lee: «De Nápoles
comunican el siguiente hecho. En una calle céntrica, una
señorita que llevaba un inmenso sombrero Chantecler fue
abucheada por una veintena de golfos. A éstos se unieron
centenares de transeúntes que seguían a la señorita,
silbándola. Refugióse ella en una tienda para evitar que la
silbaran. La policía acudió al lugar del suceso; pero ante
la imposibilidad de disolver los grupos y en vista de que la
señorita se había desmayado, los guardias idearon una
curiosa estratagema. Hicieron que saliera un dependiente de
la tienda, disfrazado de mujer, recogiendo el dichoso
sombrero y llevándolo en la mano escoltado por la policía.
El público le propinó una silba formidable; pero al fin se
disolvieron los grupos» (28-III-1910). En la
segunda nota, titulada “Un estreno”, era aun más jugosa, ya
que se comentaba que en Barcelona había ocurrido lo
siguiente: «En el Teatro Apolo se estrenó “La vie en
rose”, parodia de “Chantecler”. Letra y música son muy
malas, no obstante lo cual la obra triunfó gracias a que las
artistas que la interpretaron salieron casi desnudas»
(5-VI-1910).
El gallo
conoció, asimismo, incursiones en la política local
asturiana, como se puede verificar en el semanario
Castropol, donde Pepe de Mingo se mofa, en su
articulillo “Chantecler”, de ciertos usos y conductas
de los gobernantes municipales acudiendo a la comparación
con el modelo literario francés: «Desde que la prensa
diaria nos hizo saber que el gran Rostand preparaba una
nueva obra teatral así titulada, vengo siguiendo de cerca
todo cuanto con aquélla se relaciona y publican los grandes
rotativos. (...) ¡Pero inútilmente! Por mucho que escudriñé
en periódicos y revistas, no pude ver colmados mis deseos
hasta aquellos días en que el “Chantecler” se estrenaba en
París. Y confieso ingenuamente que sufrí por aquel entonces
una gran decepción. Porque con el mismo título, puesto que
de “Chantecler” a Canta-claro no media nada, viene viviendo
aquí en Tapia, en continua acción, otra obra desde hace un
año a esta parte. En la obra tapiega, al igual que en la de
Rostand, el protagonista es un gallo que canta muy claro
(verdades), y disgustadas por tanta claridad las aves que
militan en el “corral conservador” conspiran contra él, y de
cuando en cuando le insultan o amenazan a fin de ver si de
ese modo logran que aquél baje su diapasón; pero en vano
intento. El gallo sigue cantando, y cantará. Si alguna
diferencia existe entre la nueva obra del insigne autor del
“Cyrano” y la nuestra es que en aquélla no toman parte aves
de rapiña, y en la tapiega, sí. Y además, en que aquélla es
comedia y la nuestra es real y verdadera» (28-II-1910).
Como vemos, el debut de
Chantecler
no dejó a nadie indiferente, más bien todo lo contrario.