Néstor Villazón
A lo largo
de nuestra historia siempre ha habido quien, con mayor o
menor fortuna, ha apostado por la inefable tarea de definir
qué es el arte, coincidiendo en todo momento dos únicos
resultados: el error o una suerte de aforismos ingeniosos e
incompletos. Las consecuencias de todo esto son múltiples
teorías sobre el origen, desarrollo y finalidad del proceso
creativo, llevado en algunas ocasiones a causas y empresas
sociales, casi siempre otorgando a ese concepto de arte el
poder de ser útil o no para su sociedad. Ahora bien, la
pregunta que quizá se debería hacer antes de otorgar
cualquier valor social al arte es la de si ese acto
creativo, ese momento de euforia en el autor —y entendemos
por autor cualquier parcela artística, no sólo la del
creador de textos—, ese instante de plenitud en que el
hombre se separa de todas sus apariencias reales e inventa
bajo la ficción nuevas formas para la realidad, puede ese
momento, esa proyección intelectual suya ser meramente un
instante burgués. Es decir, ¿era por momentos el propio
Piscator, quien dejó escrito que “un hombre en escena
adquiere el valor de función social” y que tanto luchó
contra el valor burgués, un propio burgués enmascarado bajo
los límites de la irrealidad, de su ficción artística? ¿Era
Brecht burgués, asimismo? ¿Es el teatro documento de Weiss,
Hochhuth o Kipphardt, es Artaud o Chaikin, es, en
definitiva, cualquier obra de arte frente a su sociedad una
mera posición burguesa frente a la acción de la realidad?
Evidentemente sí.
El proceso
artístico es un ejercicio primaria, sustancial,
esencialmente burgués, ya que se encuentra exactamente en la
medianía estable y democrática de nuestras sensaciones. Un
poco más arriba y nos sentiríamos reyes, pero no es posible,
porque la crudeza de la realidad nos araña como el niño que
se precipita al vacío desde los brazos de su madre; un poco
más abajo no cabe estar, pues ocurre que estamos creando
algo bello, útil, necesario. Nos encontramos, en esos
momentos, por encima del resto de los hombres. Somos
burgueses, dueños de una realidad ficticia.
Rescatemos
de Piscator y su Teatro político la siguiente
anotación: “Los obreros, con un salario de 60 centavos a la
hora, preferían ir al pequeño cine de barrio que acababa de
abrirse. Allí veían, al menos de vez en cuando, algo de su
propia vida.” Muchas veces se ha cuestionado la rebelde
naturaleza de “las masas” aludiendo a su falta de interés
por el teatro al no estar preparados para él. ¿O será que el
teatro de hoy en día no está preparado para ellos? Porque él
mismo no les alimenta como lo pueda hacer el cine, con sus
efectos incandescentes y su afán de pasividad. Bien es
cierto que el teatro no ha de preocuparse por esto, pues
cuenta con el calor de la historia, pero ¿qué siente un
hombre que ha salido de trabajar sus diez horas diarias, sin
apenas sentir la angustia de la inmortalidad y la ambición,
cuando acude a ver un espectáculo en el que se le incita a
participar, en el que quizá se le promueve a la acción o se
le critica abiertamente manifestando así su ignorancia?
¿Necesita ese hombre todo eso? No, en absoluto le es
necesario. Él ya ha dado lo que se le exigía. Y así, el
hombre “débil” camina hacia el teatro para que le satisfaga
esa parte de su interior que no ha quedado dañada: la
esperanza. ¿Y cómo se alimenta esa esperanza? Generalmente
de una manera simple, banal, medida, algo que le haga
olvidar su peso en la vida y en la sociedad, utilizando un
teatro débil en su contenido y sonoro en su forma, algo, en
definitiva, que le ayude en la labor de olvidar sus fisuras.
Ahora mismo
iba a decir que este halo de esperanza le ayuda a él, pero
no al progreso del arte de verdad. ¿Pero qué es el arte, el
que dicen “verdadero arte”? Admiración para unos pocos.
¿Existe alguna diferencia real entre ver un programa del
corazón y conocer los amoríos de Byron, Lope o las
excentricidades de Grombovicz, a quien, inmerso en su propio
purgatorio emocional, sólo se le podía cuestionar tocándonos
la oreja izquierda al verle? ¿Dónde se encuentra la
verdadera diferencia? El arte, el que dicen “verdadero
arte”, se encuentra, por tanto, al alcance de unos pocos.
Decía Barthes: “El escritor rechaza los valores burgueses,
pero este rechazo, convertido en espectáculo, no puede ser
consumido sino por la burguesía misma”. Y he aquí que “el
arte de vanguardia es un arte del malestar”.
Imaginemos
al mayor poeta de todos los tiempos en las trincheras de una
gran guerra. ¿Qué hace? ¿En qué piensa? No hace nada, o lo
que es lo mismo: medita, observa, compone. Es una necesidad
elemental que habita en él desde el origen de los tiempos,
o, como definiría Cioran en tan sólo una línea, “sólo el
hombre se ahoga“. Es algo consustancial al ser humano el no
comprenderse. Por lo tanto, se aleja de la realidad para
describirla, se aleja sin participar en ella. No está por
encima porque una bala interrumpe continuamente sus
elucubraciones y lo devuelve a la realidad; pero no está por
debajo, porque a él, a ese poeta, al verdadero, no le
importan las balas. Se encuentra en el medio, exactamente en
el corredor del bien y del mal.
En la
tragedia clásica, en la verdadera tragedia —no así en los
metadramas posteriores de los que habla Sontag—, el hombre
se muestra indefenso frente al poder adverso de sus dioses,
se encuentra realmente a merced de su destino. Pero hablar
del destino es como preguntarse si existe o no Dios: tarea
inútil, aunque necesaria. Estos personajes, digo, se
muestran perdidos y desorientados, ligados y guiados por sus
bajas y altas pasiones. ¿Y ahora? Pues ahora el creador
sigue teniendo a sus dioses frente al papel en blanco, en la
tertulia del café o en el saludo de su estreno. ¿Y qué
significa esta conversación entre realidad y ficción? La
demostración de un acto puramente burgués, la representación
de la inacción, de la servidumbre que la vida puede
ofrecernos. Por esto el arte es burgués, porque no actúa,
sino que promueve la acción. ¿Quién realiza esa acción?
Generalmente otros. ¿Quién la comprende? Los burgueses.
Pero cabe
aquí el problema que entre los burgueses los habrá a favor y
en contra de una determinada expresión artística, y así unos
la combatirán y otros la vitorearán. ¿Trascendencia?
Ninguna. Quizá la que le puedan dar los elevados, los
poderosos, los dioses verdaderos y reales que siempre han
existido. Así se originan las guerras, así las trifulcas
literarias y así llegan todos los tipos de muertes. Las
primeras resultan inevitables, las segundas un incordio de
ignorancia y las terceras una suerte de igualdad. Por lo
tanto, caigamos en nuestra propia trampa y preguntémonos:
¿Qué es el proceso creativo, el origen del arte al fin? Pura
representación mimética de la realidad ficticia y burguesa
del autor, llevada, en sus mismos campos, a la exclusiva
parcela de la que dispone en su realidad. Su mundo queda
libre para que otros lo desarrollen. Pero él, él mismo, ¿qué
ha hecho por este mundo además del necesario
entretenimiento? Nada. Tan sólo ha seguido a su propia
naturaleza, a sus necesidades primarias, como puedan ser el
rencor, el anhelo o la negación de ese primer rencor. Así se
forman teorías políticas, y más y más deshechos. ¿Y qué
consiguen? Nada en absoluto. La total inacción, la
estabilidad del poder impuesto, simples palabras al aire con
el único fin de satisfacer un posible ego solidario. La nada
capital. Por eso el teatro, como aspecto social, nunca se ha
renovado: continúa sirviendo a los mismos. Tan sólo la
acción provoca el cambio. ¿Y quién realiza ese acto para el
cambio? “Los insensibles”. ¿Quién lo promueve? “Los
burgueses”. ¿Quién lo niega, pacifica o asume? “Los dioses”,
los verdaderos dioses de nuestra historia universal.