Venancio J. Mayo Pérez
Cuando uno toma asiento ante un escenario, suele aparecer
una cierta sensación de expectación, cuando no de inquietud,
ante lo que está por acontecer. Al menos a mí me pasa. En
esta ocasión la expectación se vio acrecentada ante los ecos
que sobre la anterior y primera obra La omisión de la
familia Coleman, de este autor y director, habían
llegado hasta mí.
El telón ya
está arriba, los actores salen a escena con toda naturalidad
y se colocan en sus posiciones, la obra ya ha comenzado
antes de que suenen los timbres de aviso. Algunos de los
actores se han sentado por detrás de la escenografía, al
fondo del escenario, a la espera de su turno de actuación.
El espacio escenográfico creado es reducido, apenas unos
muebles y algunas sillas, una escenografía sencilla,
austera. La iluminación es única, uniforme, continua, sin
cambios. En cuanto al vestuario, se observa que no ha sido
especialmente confeccionado para la obra, se trata de
ropajes ya vividos. En definitiva, el despliegue físico de
la obra es de total austeridad, de una austeridad obligada
en origen por los espacios alternativos y de economía de
medios del que surge este tipo de teatro, del teatro que yo
llamo “Teatro de trinchera”, teatro que nace y sobrevive
pegado al terreno, a la necesidad, a los espacios reducidos,
a la incomprensión de los grandes productores, y los grandes
públicos, pero que, a la vez, hace virtud de esta necesidad,
recogiendo de ella su fuerza, originalidad, su instinto de
supervivencia, y sobre todo su sinceridad.
Sobre esta
base Claudio Tolcachir nos regala una obra cosida a la
perfección con el hilo de las emociones. Una obra densa,
sólida, equilibrada, por momentos desgarradora, y en
ocasiones amargamente divertida. Tolcachir cruza y superpone
historias personales, grupales, de amor, de desamor, de
engaños y desengaños, de vacíos, de deseos inalcanzables, en
un mismo espacio escénico, que a la vez se convierte en
varios. Personajes vulnerables que recorren caminos de
soledad, de frustración, de confrontación con su propia
realidad y con la de quienes les rodean. Personajes
físicamente juntos, en ocasiones enfrentados, emocionalmente
solos.
A medida
que avanza la obra, la historia va cobrando cuerpo en la
medida en que el director nos ofrece, poco a poco, las
piezas que nos ayudan a encajar el puzzle de vida de los
personajes, hasta llegar a un desenlace final en el que se
culmina la imagen completa. Y lo que vemos no es más que la
propia vida, la vida que en algún momento es la de la
mayoría de nosotros. Tercer Cuerpo muestra en
distintas capas, vidas imperfectas, vidas sufridas, sueños
incumplidos, deseos fallidos, elecciones equivocadas,
emociones reprimidas, soledad en compañía, comunicación
vacía, amores equivocados, ocasiones perdidas, todo ello
aderezado con algunos pequeños momentos de alegría con un
trasfondo triste.
Tercer
Cuerpo
es teatro sincero, seco, en ocasiones amargo como la vida
misma, que te atrapa sin dejarte mirar a otra parte, sólo te
permite, a través de él, mirarte a ti mismo.