Eugenio Barba
Este texto corresponde al discurso leído por
Eugenio Barba con ocasión de la entrega del título Doctor
Honoris Causa que le fue conferido por la Academia de Música
y Teatro de Estonia, Tallinn, el 27 de mayo de 2009.
Un amigo me
ha aconsejado: “Debido a este honor que te confieren en
Estonia, un país que nunca has visitado, deberías hacer un
discurso profético. Deberías hablar del teatro como patria”.
Notando mi
reacción escéptica, ha citado la frase de un gran actor
italiano contemporáneo, Carmelo Bene, muerto hace algunos
años. Dice: nulla patria in propheta, no hay ninguna
patria en el profeta. Paradójica inversión de la antigua
máxima evangélica: nemo propheta in patria, nadie es
profeta en su patria.
Cada uno de
nosotros posee al menos nueve vidas, tantas como dicen
tienen los gatos. Pero entre mis nueve vidas, no está la del
profeta. No pudiendo ni predecir ni predicar, vuelvo a
reflexionar una vez más sobre la única realidad en la cual
me reconozco: la casa que habito.
Los teatros
son humildes casuchas, incluso cuando tienen salas decoradas
de oros, estucos y terciopelos. Siempre rústicas y pequeñas,
si se las parangona con la imponencia de los espectáculos
que pueblan gloriosamente nuestra “sociedad del
espectáculo”. El teatro está afuera de todo esto.
¿Periferia? ¿Isla de libertad? ¿Exilio que a la larga se
torna deprimente?
—¿No estás
harto del teatro, luego de casi cincuenta años?
En el
transcurso de los últimos meses, tres personas diferentes me
han formulado esta pregunta con más o menos las mismas
palabras. Es normal cuando uno se presenta como un viejo de
cabellos blancos. Dos de mis interlocutores eran jóvenes
inexpertos, casi desalentados ante la elección de ser
actores. El tercero era un colega más viejo que yo.
A los tres
respondí que no, que no estoy harto. La presión del trabajo
me pesa más que antes, pero como compensación ha aumentado
la paciencia. Sé que es sólo cuestión de tiempo, y tarde o
temprano incluso los nudos más intrincados del oficio
encuentran una solución. La mayoría de las veces es una
solución sensata que había permanecido escondida. En raras y
afortunadas ocasiones es una vía de salida a través de
obstáculos que parecían insuperables. A pesar de los muchos
años en la profesión, se siguen abriendo para mí de tanto en
tanto vías imprevistas a lo largo de las cuales vuelvo a ser
un debutante en el umbral de nuevas exploraciones. Caminos
“jóvenes” me quitan de las espaldas y de los huesos la
sensación de cansancio.
El viejo
colega insistía:
—¿De verdad
no estás harto? Para serte sincero, no te creo.
—Y sin
embargo es así.
—¿Por qué?
—Sería un
discurso largo. ¿Cuánto tiempo me das para responderte?
—Un par de
palabras.
—Entonces
te diré: porque en el teatro veo el cielo.
—¡Ridículo!
—Lo
ridículo es la riqueza del teatro. Su misterio.
Lanzó una
pregunta casi irrisoria:
—¿Lo
ridículo es el misterio del teatro, o es su misterio el que
es ridículo?
—Tanto el
uno como el otro.
—Hazme el
favor de explicármelo.
Se lo
expliqué contándole una fábula. En la esquina de una plaza,
en un pueblo en donde la gente vive afuera la mayor parte
del tiempo, hay un pequeño teatro de títeres. Allí se
representa una antigua historia: la trágica vida de Orestes
que venga a su padre, mata al padrastro usurpador y, cegado
de furor, apuñala a su madre. La venganza es considerada un
deber del guerrero, pero el matricidio es un delito sin
absolución. Orestes teme que la cólera de los dioses caiga
sobre él. Escruta el cielo para adivinar el castigo que le
será dado. ¿La muerte? ¿La locura?
Mientras el
títere Orestes trata de dirigir su mirada más allá del telón
azul del cielo que esconde la morada de los dioses, hete
aquí que se desata uno de esos temporales imprevistos que
estallan en verano en los países calurosos. El teatrito es
sacudido por el viento, la escenografía se desploma y se
desgarra el papel azul que representaba el cielo. Y
desgarrándose no le revela nada al títere Orestes. Allá
arriba no hay ninguna divinidad sentada sobre una nube o
sobre las cimas de los montes. Orestes continúa mirando en
espera de respuestas, pero sólo ve el vacío.
La edad de
los Mitos ha finalizado e inicia la de la desnuda Razón.
Orestes se vuelve Hamlet.
—¡No está
mal! —dice mi viejo colega— ¿eres tú quien ha inventado esta
historia?
—No, la
cuenta un personaje de El difunto Matías Pascal, una
novela de Pirandello. No pienso que Orestes sea el
representante del mundo antiguo y Hamlet el exponente de la
crisis de la consciencia moderna. Están siempre presentes
simultáneamente. Esta simultaneidad de contrarios es para mí
el teatro.
—¿Quieres
decirme que tú, como director, observas a tus actores como
si fueran los directores de tu teatro mental? ¿Y esto sería
el cielo, para ti? ¿El cielo que el teatro te
hace ver?
—Mis
actores son las dos caras de la luna captadas por
una sola mirada. Siento, como un relámpago, las
contradicciones de la “realidad” así como es, no como yo me
la imagino. Y puedo trabajar sobre esta mirada con técnicas
de artesano.
—¿Por esto
sostienes que no te harta continuar haciendo teatro, a pesar
de la rutina inevitable, la búsqueda constante de dinero y
el tener que recomenzar siempre de nuevo?
—Exactamente: a pesar de todo esto.
—Dime:
¿cómo definirías al cielo?
—¿En un par
de palabras?
—Sí, sólo
un par.
—Lo que me
protege de la vida.
—¿Y al
teatro?
—Ídem.
—¡Entonces
crees en los dioses!
—Sí, pero
sólo en los dioses descreídos.
No exagero
diciendo que el teatro es lo que me protege de la vida.
Pienso que no es sólo un oficio, sino un exiguo e infantil
microcosmos en donde puedo vivir otras vidas. ¿Su vulnerable
espacio de ficción y el hecho de ser juego, play,
Spiel, jeu, nos empobrece o nos bendice? ¿Su
Arte, que no deja formas perdurables, es de verdad un arte
menor, o un ejercicio de conocimiento que puede trascender
al arte?
Hoy el
teatro tiene muchas naturalezas. Pero ninguna puede crear el
proverbial monumento “más duradero que el bronce”. Más allá
de cualquier objetivo y sentido que cada uno da a la
naturaleza del teatro que hace, nuestro trabajo no
permanece, pero anuda relaciones. Sirve para viajar, cada
uno hacia su propio individuo interior y junto a los otros.
Sus raíces son las relaciones, tanto antes como después del
espectáculo, entre aquellos que hacen teatro y aquellos que
asisten: relaciones entre el pasado y el presente, entre la
persona y el personaje, entre las intenciones y el acto,
entre la historia y la biografía, entre lo visible y lo
invisible, entre los vivos y los muertos.
El
microcosmos del teatro no se nutre de los éxitos. Los
triunfos ocasionales son sólo la espuma de la indiferencia
circundante cuando golpea la playa de nuestros islotes
teatrales. Nos lo enseña la experiencia. Así como lo
explicó, una vez, con palabras punzantes, Vasili Vasilich
Svetlovidov, el actor protagonista de El canto del cisne
de Chéjov. Se durmió en el camerino y se despertó en la
soledad del teatro abandonado por los actores y
espectadores. Sólo encontró como único compañero al
apuntador de la compañía, acostumbrado a vivir bajo el
escenario como una rata, pero una rata joven, entusiasmada
por los milagros de la escena. Para él, Svetlovidov,
protagonista de comedias y derrotista en la vida, desplegó
su sabiduría: la sacralidad del arte es una patraña, sólo
delirio y engaño.
Como es
delirio y engaño el constante lamento sobre la decadencia
del teatro, sobre su falta de congruencia respecto al
espíritu de los tiempos, sobre su condena a permanecer
siempre un taller artesanal con un complejo de inferioridad
frente a las grandes industrias del espectáculo, temeroso de
ser barrido de un golpe.
Los teatros
no son sólo talleres, edificios imponentes o casuchas en
ruinas en donde se refugian y habitan nuestras necesidades
más oscuras. Son casas pequeñas, sí, pero con muchas
escaleras.
¿De qué se
nutren los microcosmos de los teatros? No de tecnología,
sino de técnicas personales. Técnicas pequeñas, a manos
desnudas, no solitarias y vividas en común. Por esto,
concretamente, dan vida a patrias en miniatura. Los vientos
de las aclamaciones y de los disensos pasan, pero las
relaciones y las técnicas, si se orientan sobre nuestro
valor interior propio, sobre nuestras mitologías y
supersticiones, son capaces de oponer resistencia, de entrar
en contacto con el exterior y de romper el aislamiento.
Siempre y cuando no se satisfagan con los primeros pasos y
no se limiten a los primeros peldaños, sobre los cuales, por
breve tiempo, se sientan muchas veces aquellos que aman y
gozan del teatro, pero sin alimentar su descontento. Como
cuando se come sin hambre y se bebe sin sed, que para
Baudelaire y Artaud eran pecados capitales para cualquiera
que sea llamado a las artes.
Las
técnicas personales del teatro son escaleras, se hunden y
suben. Cuando tiene estas escaleras, nuestra casa es
infinita.
Pienso en
ciertas casas antiguas, pobres, de los pueblos del Sur de
Italia, amenazadas por la humedad, privadas de confort,
llenas de sombras, con ventanitas que parecen temer al calor
y a la luz y encierran afuera los paisajes luminosos del mar
y de los olivos. Casas en donde se vive apretado y en donde
muchas veces la intolerancia recíproca de quien las habita,
da a la vida cotidiana la angustia de la reclusión. Pero en
cada una de ellas, una escalera pequeña, ennegrecida por el
tiempo, conduce a un techo chato, en donde se puede
permanecer de pie: una terraza sin barandas, que obliga a
estar alerta porque basta un paso en falso para caer.
Una casa
con un techo chato en donde impera el cielo. Y en donde cada
uno puede dialogar consigo mismo perdiéndose con la mirada
en el horizonte.
Semejante a esta casa es para mí, en una sola palabra, el
teatro.