Roberto
Corte
Por más que
intenté entrevistar a Angélica Liddell no lo conseguí.
Primero fue en Cabueñes, en la Laboral, y después a través
de un cruce de e-mails, cuando se desplazaba de Francia a
Lima, creo recordar. Supongo que sus muchos compromisos
artísticos y laborales han convertido su correo en una
pesada carga. La entrevista tenía por objeto el acompañar la
crítica de Néstor Villazón y ampliar la información sobre
La casa de la fuerza. Ahora, como me he quedado sin
respuestas, no me resta más que lanzarme al ruedo y salir al
paso dando mi opinión.
Lo que más
me gusta y sorprende de Angélica Liddell es su veracidad. El
nervio con que suelta sus textos, el brío combativo con que
dispara y el dolor que acusa. Sabemos que nada hay nuevo
bajo el sol, que su poética incendiaria tiene reminiscencias
bíblicas, que tiene precedentes a lo largo de la historia de
la literatura y que sus piezas, a la postre —como argumentan
algunos de sus críticos—, por mucha vida y violencia que
ponga en el asador, son fagocitadas por el sistema como las
demás. (¡Faltaría más! Los compartimentos estancos de
neutralización son inescrutables. Basta con leer a Luis
María Anson.) Pero lo dicho no invalida en nada la cota de
estimación trágica alcanzada ni su radical belleza. Ni el
carácter, la personalidad artística con que excava su
trinchera.
La casa
de la fuerza
es buena prueba de ello. Gran parte de la pieza, de cinco
horas y media de duración con dos descansos, está dedicada a
México a través del desgarro que producen las canciones del
grupo de mariachis Orquesta Solís, el folclore sentimental
legado por el vestuario y la ambientación, el alcohol, y los
crímenes de Ciudad Juárez, que es la parte testimonial y de
denuncia que entronca con el tema central, y que no es otro
que la violencia que ejerce el hombre sobre la mujer, el
dolor que produce el desamor, su incomprensión y la casi
imposibilidad de soportarlo. Aunque una se imponga el
esfuerzo físico hasta el agotamiento para combatirlo. Y
aunque el paso del tiempo tampoco ayude a sobrellevarlo
porque, en rigor, no hace más que confirmar la vida perdida
(y esto con o sin la apoyatura chejoviana que se manifiesta
en uno de los cuadros).
Es posible
que el discurso de Angélica Liddell se corresponda con las
tesis del feminismo de la diferencia. La incompatibilidad
que hace de sensibilidades y los reproches a los sexos va
por ahí. Y lo dice con una fe artística implacable. La
utilización que hace de su cuerpo, los cortes que se provoca
en los brazos y piernas, la violencia verbal que dispara
contra el espectador y el resto de procedimientos que
utiliza de complemento, anulan los filtros de impostura y da
la sensación de que todo se hace —lo cual es requisito
imprescindible en el performance— a corazón abierto. Las
actrices Lola Jiménez y Getsemaní salen de la literatura
para poner los pies en el suelo, y para presentarnos una
realidad desgraciadamente, por trágica, ya muy reconocida. Y
el campeón de strongman Juan Carlos Heredia, volteando un
coche, junto al virtuoso Pau de Nut con el violonchelo, le
dan al espectáculo el oasis que el espectador común necesita
—y también muchos seguidores incondicionales de sonrisa
beatífica— para que todo sea más llevadero.
Hay en la
pieza de larga duración dos momentos clave que son la prueba
de fuego que Angélica le pone al espectador. Son los tiempos
muertos. El tiempo de hastío donde no hay palabras, ni
música. Aparentemente no pasa nada. La procesión va por
dentro. En uno se beben unas cervezas y se fuma. En otro se
transportan unos pesados sofás de un lado para otro sin
mayor objetivo que provocar el agotamiento físico. Después
se descansa. Y vuelta a empezar con los desplazamientos. La
precisa penumbra cenicienta que ha creado Carlos Marquerie
desde la iluminación crea un vacío sobrecogedor. Lo demás es
silencio y unos cuerpos en reposo angustiados con un nudo en
el estómago. Pero unos pocos de espectadores no lo han
entendido así y se marcharon. Es una pena. El resto disfrutó
con la representación.