Número 28. Enero de 2010

Angélica, insolente y verdadera

Roberto Corte

Por más que intenté entrevistar a Angélica Liddell no lo conseguí. Primero fue en Cabueñes, en la Laboral, y después a través de un cruce de e-mails, cuando se desplazaba de Francia a Lima, creo recordar. Supongo que sus muchos compromisos artísticos y laborales han convertido su correo en una pesada carga. La entrevista tenía por objeto el acompañar la crítica de Néstor Villazón y ampliar la información sobre La casa de la fuerza. Ahora, como me he quedado sin respuestas, no me resta más que lanzarme al ruedo y salir al paso dando mi opinión.

Lo que más me gusta y sorprende de Angélica Liddell es su veracidad. El nervio con que suelta sus textos, el brío combativo con que dispara y el dolor que acusa. Sabemos que nada hay nuevo bajo el sol, que su poética incendiaria tiene reminiscencias bíblicas, que tiene precedentes a lo largo de la historia de la literatura y que sus piezas, a la postre —como argumentan algunos de sus críticos—, por mucha vida y violencia que ponga en el asador, son fagocitadas por el sistema como las demás. (¡Faltaría más! Los compartimentos estancos de neutralización son inescrutables. Basta con leer a Luis María Anson.) Pero lo dicho no invalida en nada la cota de estimación trágica alcanzada ni su radical belleza. Ni el carácter, la personalidad artística con que excava su trinchera.

La casa de la fuerza es buena prueba de ello. Gran parte de la pieza, de cinco horas y media de duración con dos descansos, está dedicada a México a través del desgarro que producen las canciones del grupo de mariachis Orquesta Solís, el folclore sentimental legado por el vestuario y la ambientación, el alcohol, y los crímenes de Ciudad Juárez, que es la parte testimonial y de denuncia que entronca con el tema central, y que no es otro que la violencia que ejerce el hombre sobre la mujer, el dolor que produce el desamor, su incomprensión y la casi imposibilidad de soportarlo. Aunque una se imponga el esfuerzo físico hasta el agotamiento para combatirlo. Y aunque el paso del tiempo tampoco ayude a sobrellevarlo porque, en rigor, no hace más que confirmar la vida perdida (y esto con o sin la apoyatura chejoviana que se manifiesta en uno de los cuadros).

Es posible que el discurso de Angélica Liddell se corresponda con las tesis del feminismo de la diferencia. La incompatibilidad que hace de sensibilidades y los reproches a los sexos va por ahí. Y lo dice con una fe artística implacable. La utilización que hace de su cuerpo, los cortes que se provoca en los brazos y piernas, la violencia verbal que dispara contra el espectador y el resto de procedimientos que utiliza de complemento, anulan los filtros de impostura y da la sensación de que todo se hace —lo cual es requisito imprescindible en el performance— a corazón abierto. Las actrices Lola Jiménez y Getsemaní salen de la literatura para poner los pies en el suelo, y para presentarnos una realidad desgraciadamente, por trágica, ya muy reconocida. Y el campeón de strongman Juan Carlos Heredia, volteando un coche, junto al virtuoso Pau de Nut con el violonchelo, le dan al espectáculo el oasis que el espectador común necesita —y también muchos seguidores incondicionales de sonrisa beatífica— para que todo sea más llevadero.

Hay en la pieza de larga duración dos momentos clave que son la prueba de fuego que Angélica le pone al espectador. Son los tiempos muertos. El tiempo de hastío donde no hay palabras, ni música. Aparentemente no pasa nada. La procesión va por dentro. En uno se beben unas cervezas y se fuma. En otro se transportan unos pesados sofás de un lado para otro sin mayor objetivo que provocar el agotamiento físico. Después se descansa. Y vuelta a empezar con los desplazamientos. La precisa penumbra cenicienta que ha creado Carlos Marquerie desde la iluminación crea un vacío sobrecogedor. Lo demás es silencio y unos cuerpos en reposo angustiados con un nudo en el estómago. Pero unos pocos de espectadores no lo han entendido así y se marcharon. Es una pena. El resto disfrutó con la representación.

 

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