Número 27. Septiembre de 2009

El tiempo sintético de López Mozo

Eileen J. Doll
Loyola University New Orleans

Cuando Jerónimo López Mozo empezó a escribir sus obras de teatro a finales de la década de 1960, el mundo ya había pasado por dos guerras mundiales y los historiógrafos estaban reevaluando la manera de relatar la historia de ese mundo. El marxismo influyó en la decisión de mirar la historia de la clase baja al igual que la de los “hombres importantes”, y el multiperspectivismo comenzó a ganar terreno. En el teatro español, el uso de la historia para destacar problemas actuales, en particular bajo la dictadura de Franco y la censura resultante, era ya un tópico bastante común. Sin embargo, este teatro histórico seguía en la línea realista hasta los experimentos brechtianos de los jóvenes dramaturgos como López Mozo que jugaban con la historia de manera anti-ilusionista, distanciada, para criticar la política contemporánea. Con El Fernando (estrenada en 1972) López Mozo, junto con siete de sus colegas, dio a luz una creación nueva dentro del teatro histórico en España y, a la vez, abrió un camino productivo en su propia dramaturgia que le llevó a lo que yo designo “tiempo sintético” en obras de su madurez.

Se encuentran paralelos entre el pasado representado de forma burlesca y el período contemporáneo, en realidad, en todas las obras que López Mozo creó en colaboración con otros; utilizan la historia como referente múltiple, mirando un pasado concreto, ambiguo o imaginado (según la obra), simultáneamente con un presente problemático. A veces las referencias pasadas se multiplican, dando evidencia de nuevas fórmulas de tratar el pasado y la historia. En vez de concentrarse en los héroes de la historia tradicional —reyes, generales, etc.— se concentra en otros elementos pasados: los personajes marginados, el sistema que manipula a la gente y los cambios políticos que no cambian nada. En El Fernando, se presenta el multiperspectivismo con escenas de las varias facciones —monárquica, eclesiástica, liberal— de la historia de Fernando VII.1 De esta manera los dramaturgos tratan de subvertir la historia oficial y presentar una nueva versión de la misma desde una perspectiva sorprendente. López Mozo, en las obras que escribe como único autor, sigue el juego de ambigüedad o referencialidad temporal múltiple, transformándolo a través de los años en un tiempo dramático con más y más complejidad.

El tiempo sintético en sí empieza en la década de los 80 cuando, en una serie de obras, López Mozo cuestiona, de manera postmoderna, la posibilidad de escribir o recrear una historia verídica; plantea la circularidad del tiempo, la repetición sin cambios significantes. Evitando una linealidad temporal, el dramaturgo combina y mezcla las referencias históricas a varios momentos pasados, presentes y hasta futuros mediante atrezzo, personajes, vestuario, diálogo y acciones. Tomando técnicas y teorías de Bertolt Brecht (alienación), Peter Weiss (teatro documental), Tadeusz Kantor (el cuarto de la memoria) y otros dramaturgos y teóricos de vanguardia, López Mozo presenta un tiempo simultáneo de densidad increíble para poner en duda la posibilidad del progreso a través de la historia y para criticar el olvido colectivo. Llama la atención del público a la falta de cambio, al eterno retorno político y a la parcialidad de la historia oficial, para instar a la acción. Al estudiar lo histórico en Jerónimo López Mozo y José Sanchis Sinisterra, Wilfried Floeck indica que, en sus dramas históricos actuales y postmodernos, utilizan múltiples puntos de vista para cuestionar la historia en sí y todas las normas historiográficas: “No se contenta[n] ni con una visión glorificadora ni con una configuración revisionista; intenta[n] aproximarse a la verdad histórica mediante una representación compleja y multiperspectivista, reflexionando al mismo tiempo sobre las condiciones y posibilidades de una (re-)construcción de la realidad histórica” (34). Este proceso de sintetizar el tiempo dentro de la pieza empieza con D. J. (1987) y culmina con La infanta de Velázquez (2001), pero continúa con menos densidad hasta el presente.

Se puede decir que el tiempo sintético nace a base de un interés literario: sintetizar las muchas versiones de la historia de Don Juan Tenorio. En su tour de force que presenta una versión nueva pero a la vez inscrita en la larga tradición de Don Juan, López Mozo multiplica las referencias a otras interpretaciones en casi cada instante de su pieza D. J. El Prólogo consiste en una lista de tres páginas de autores y obras que tratan el mito de Don Juan y/o el Convidado de Piedra. Con este comienzo, pasamos al reparto en el que se encuentra el desdoblamiento del personaje principal: “D. J. (Don Juan Marín)” (9), actor que representa a Don Juan Tenorio en escena en la representación de su propia compañía. De manera metateatral, López Mozo también incluye el reparto de la obra dentro de su obra, los actores del Tenorio siendo los personajes de D. J.

Se ve la multiplicación de referencias temporales y la confusión de épocas en las acotaciones iniciales:

La acción del primer acto y de parte del tercero transcurre en una capital de provincias —puede ser Oviedo— durante 1877. El resto tiene por escenario Madrid. Los hechos del segundo acto suceden algunos años después —tres o cuatro—, aunque la escenografía y el vestuario remiten a 1925. Igual pasa con la parte del tercer acto que se desarrolla en la capital de España. Habiendo discurrido no más de un lustro desde el final del acto anterior, todo, en el escenario, indica que estamos a mediados de la década de los cuarenta. (10)

Con estas didascalias, es obvio que el dramaturgo forma una síntesis literaria de referencias a cuatro versiones (mínimo) de Don Juan, mediante una intertextualidad postmoderna que añade otros niveles a la simultaneidad de tiempos. La mención de 1877 y los personajes de Ana y Obdulia sitúan el primer acto de D. J. dentro de la novela de Clarín (Leopoldo Alas), La Regenta, de 1884, en la cual se representa el Tenorio de José Zorrilla (1844), obra basada en la versión del Siglo de Oro de Tirso de Molina. La fecha de 1925 sugiere las pocas versiones teatrales del Don Juan homosexual, obras publicadas en 1924 y 1927, respectivamente: El hombre y sus fantasmas de Henri-René Lenormand y un retrato escrito por Elías Salaverría (López Mozo, “Don” 139). La misma fecha en combinación con la mención de los 40 puede apuntar a los estudios de la psicología donjuanesca de Gregorio Marañón, pero también hace referencia a las dos épocas de dictadura española en las cuales los homosexuales sufrieron represiones. Entonces, en el espacio de pocas páginas, antes de realmente comenzar el drama, López Mozo ha tejido una tela rica de referencias compuestas de momentos históricos y literarios de tres siglos. Al final de la obra, se añade el futuro del mito, a través de un personaje que viste ropa actual: Cristina, mujer joven “del suéter escotado y pantalón de cuero que D. J. viera alguna vez en su futuro, con la que llegó incluso a hablar antes de que naciera” (López Mozo, D. J. 91). Esta mujer llega al teatro, pregunta por don Juan, y decide esperar su llegada allí. Su nombre no entra en el reparto, un dato curioso, porque a pesar de pertenecer al futuro, en esta pieza de tiempo sintético, la mujer del futuro es tan actual y vigente como las del pasado.

Con esta muestra del tiempo sintético, se percibe una tendencia postmoderna en la dramaturgia de López Mozo. Aunque no es el único elemento postmoderno de su teatro (ni mucho menos), este juego temporal lo sitúa en la vanguardia del teatro español de las décadas de los 80 y 90. Nuestro dramaturgo se sirve de este recurso dramático en otras varias obras durante estos años, incluyendo El engaño a los ojos (1998), otro ejemplo literario de simultaneidad de tiempos. Cervantes es el eje de este drama, en vez de Don Juan, y hasta cierto punto el tiempo es algo más lineal, pero hay un patrón semejante en cuanto al uso de referencias. Mientras el dramaturgo actual, Vagal, lleva al maestro Cervantes a una fiesta en su honor, los personajes pasan por la historia teatral desde el Siglo de Oro al presente. Se representa a Cervantes como un ser vivo que a la vez está muerto:

Cervantes.—No hace tanto que dejé de frecuentar la calle.

Vagal.—Va para cuatro siglos.

Cervantes.—¿Qué broma es ésa?

Vagal.—Nació en 1547. Cuatrocientos cincuenta años tiene ahora.

Cervantes.—No pasé de sesenta y nueve. (24)

Hay interacciones con personajes que son otros dramaturgos, muertos y vivos, como Valle-Inclán y Nieva. Además hay referencias a obras cervantinas y obras de otros y menciones de autores como José Bergamín y Federico García Lorca. De esta manera, hay cierta linealidad histórica, de Cervantes maestro a sus varios endeudados en el siglo XX, pero simultáneamente López Mozo destaca los lapsos en la continuidad teatral, porque este tipo de teatro no es la regla, sino la excepción. Como lo explica David K. Herzberger: “The paradox of this view of literary history, however, is readily perceived in the way that López Mozo offers both continuity and fragmentation as formal and historical principles” (21). Todos estos autores y sus épocas respectivas se mezclan en la obra y López Mozo logra otra vez un tiempo sintético postmoderno.

En otras piezas, López Mozo crea un tiempo simultáneo dentro de un contexto menos literario y más histórico o intrahistórico. En la década de 1990, se encuentra este recurso temporal en Yo, maldita india . . . (1990) y Ahlán (1997). Al confundir los tiempos y multiplicar las perspectivas históricas en estos dramas, López Mozo cuestiona la posibilidad de recrear una verdad histórica, un planteamiento postmoderno poco frecuente en España aunque contemporáneo con otros europeos.2

La primera obra combina el momento en que Bernal Díaz del Castillo escribe su crónica “verdadera” de la conquista de México —un “presente” histórico— y los recuerdos de lo que está escribiendo, representados en escena. Incluso hay momentos que no pertenecen exactamente a la memoria de Díaz del Castillo, porque aparece la Malinche insistiendo en entrar en su crónica; el público ve las memorias de ella mientras Bernal duerme. En términos marxistas, se cuenta la intrahistoria, la historia desde abajo, desde la perspectiva de los soldados y los indígenas, en vez de concentrarse en la historia tradicional del capitán y del rey. Así se espera descubrir otra realidad de los acontecimientos. Haciendo de la Malinche su protagonista, López Mozo le ha dado una voz a la víctima que no pudo contar su propia historia, por el motivo que sea: por ser mujer, esclava, pobre, marginada, rechazada por ser la madre del mestizaje; por hablar otra lengua y no saber escribir; por sufrir como chivo expiatorio los pecados de todos los demás.3 Mediante esta mezcla de tiempos y perspectivas, la presentación simultánea de memorias, presente histórico y presente escénico, el dramaturgo consigue destacar la importancia de la historia y la memoria a la vez que cuestiona su eficacia y la posibilidad de llegar a una versión verdadera de los acontecimientos.

Su obra Ahlán hace referencias históricas y literarias desde el principio, así creando también un tiempo sintético. Mezcla los niveles textuales a través de dos prólogos —uno del sur de España y el otro del norte de África— y la multiplicidad de referencias a varios tiempos y obras literarias. Cuando el viejo Nachib acusa al traficante de explotar a los jóvenes marroquíes con su negocio de la muerte, se ven ecos del profeta clásico pronosticando las catástrofes del héroe joven. El texto multiplica las referencias temporales con las andanzas del inmigrante indocumentado Larbi por España: los últimos treinta años de inmigraciones ilegales, peregrinaciones picarescas del Lazarillo del siglo XVI, paralelos históricos con la llegada a la península de los musulmanes en 711 y la Reconquista consiguiente, referencias míticas y alusiones a la época de Franco. Un ejemplo de los múltiples niveles de referencia se encuentra en la escena del guardia civil en la costa que se llama Rodrigo; habla de la invasión de los moros con su viejo maestro de escuela en el momento actual de la llegada de Larbi en su patera. López Mozo subvierte la referencia histórica normal u oficial para desfamiliarizar la situación y distanciar a su público, haciéndole pensar en la situación tanto histórica como actual de la inmigración rápida de un grupo con diferencias culturales, étnicas y lingüísticas. Por medio de estos juegos temporales, hace hincapié en la repetición de acciones, en la inhabilidad de aprender del pasado.

Con el nuevo milenio, López Mozo sigue combinando referencias temporales e implantando este tiempo sintético en varias obras con una meta semejante, la de distanciar al público, llamar su atención a la repetición estéril de los mismos errores del pasado y recalcar la urgencia de no olvidarlos. El año 2001 ve la publicación de dos obras significativas que ejemplifican lo complicado del tiempo sintético: El arquitecto y el relojero y La infanta de Velázquez. En las dos piezas, López Mozo teje un trasfondo de tiempo circular o espiral, con una complejidad referencial que muestra las interrelaciones entre una época y otras.

Los tiempos privilegiados en El arquitecto son el presente (los años 90) y la época del franquismo, con otros momentos históricos mencionados en escenas diferentes: la guerra civil, la guerra de independencia, los interrogatorios policíacos de postguerra dentro del viejo Correos de Madrid. Toda la acción tiene lugar dentro del símbolo por excelencia del Tiempo: el reloj de torre de “la antigua Casa de Correos (hoy sede de la Comunidad de Madrid)” (16). La obra entera consiste en una dialéctica entre el arquitecto, que quiere borrar el pasado y sólo obsequiar los momentos gloriosos (como la resistencia a Napoleón en 1808) y el relojero que insiste en guardar las memorias dolorosas para que nadie se olvide y haga lo mismo. El final del drama repite, en esencia, las primeras escenas, destacando el tiempo circular y la falta de cambio histórico.

En La infanta de Velázquez, López Mozo recorre toda la historia de Europa de los últimos 300 años con un homenaje al artista y hombre de teatro polaco, Tadeusz Kantor. Las referencias son tan intrincadas que sería difícil captarlas todas en una representación, porque en cada escena del drama hay un mínimo de dos tiempos simultáneos. La obra comienza con la visita de Kantor al Museo del Prado para ver Las Meninas; invita a la Infanta Margarita del cuadro a visitarle en Cracovia. Las escenas siguientes animan el cuadro. La conversación y las acciones de Velázquez y los personajes del cuadro remiten a cuatro momentos histórico-artísticos: cuando Velázquez pinta Las Meninas (1656), cuando personajes de obras de Goya (de la guerra de independencia [1808-12]) intervienen en la pieza Noche de guerra en el Museo del Prado de Rafael Alberti (1956) y cuando, durante la guerra civil, tuvieron que guardar los cuadros del museo del bombardeo.

Al llegar al estudio de Kantor, la Infanta cuenta su historia, que se transforma en la historia condensada y compendiada de Europa de los siglos XVII a XX. La compañía de Kantor la representa en su estilo alienador del Teatro de la Muerte, en el cual la Infanta puede participar sin dificultad, a pesar del desajuste temporal y su propio estado anímico. El vestuario, el diálogo, los personajes mismos, refieren simultáneamente o turnando entre la época actual, la de Margarita y el Emperador Leopoldo, la de Felipe II y la de Franco, entre otras. Un ejemplo entre los muchísimos posibles es cuando Adas, personaje de piezas de Kantor pero aquí uno de los actores de Cricot 2, se viste del Emperador; el resultado da una imagen visual de la síntesis temporal en todos los niveles de esta obra: “Bajo el nuevo ropaje, mezcla extraña de la palaciega indumentaria barroca y de la que dicta la moda del siglo xx, Adas se transforma en el Emperador” (López Mozo, Infanta 54). Al conocer en persona a la Infanta, se presenta así: “Soy, ya lo ves, Emperador. Digamos que ese es mi oficio. En realidad, me siento burgués. Practico algunos deportes, sobre todo, el golf y la caza. También doy largos paseos. Me gusta leer y ver buen cine” (56). Así se notan algunas referencias anacrónicas, las cuales sugieren un paralelo con Franco. La narración de la muerte del padre de Margarita (Felipe IV) hace un paralelo con las circunstancias de la de Franco, según Magda Ruggeri Marchetti (190). Hacia el final del drama, el Emperador describe su plan de unificar toda Europa bajo su hijo, Euro; de esta manera burlesca y de alusión múltiple, López Mozo deja claro, a pesar de una red espesa de referencias, que la crítica sociopolítica se dirige hacia el momento actual. El virtuosismo del tiempo sintético en La infanta de Velázquez resulta en una culminación difícil de superar.

Quizás sea por eso que después de 2001, López Mozo ha continuado el uso del tiempo sintético de manera menos compleja. En obras recientes, como El olvido está lleno de memoria (2003) y Las raíces cortadas (2005), las conexiones entre el presente y momentos pasados se encuentran dentro de una trama algo más realista y lineal. Sin embargo, la simultaneidad de tiempos diferentes en la mente de sus personajes continúa, sea el actor viejo que se confunde entre el presente y varios de sus papeles pasados en el teatro dentro del teatro dentro del teatro o sea la mujer política que conversa con el fantasma de su vieja antagonista y rival político en momentos importantes de su vida. El tiempo sintético es un recurso flexible e innovador que marca gran parte de la dramaturgia de Jerónimo López Mozo y destaca su contribución creativa al teatro español, europeo y mundial.

 

Notas

1 Parece cosa de brujas (1974) plantea una historia fabricada a base de un “milagro” satánico creado por el Taumaturgo para mantener un orden político que caducaba. La obra Como reses (1980) muestra el nuevo énfasis en la “intrahistoria” de un grupo de personajes al margen de la histórica tradicional, los cuales trabajan en un matadero durante los acontecimientos grandes del siglo XX. Estos son solamente ejemplos de la manipulación de la historia en sus obras en colaboración. Para una discusión más detallada, véase Doll, Papel. Allí también se discuten otras obras en las cuales López Mozo juega con el tiempo y la historia, como Crap, fábrica de municiones (1973).

2 José Luis Campal Fernández estudia la violencia como parte de este cuestionamiento histórico en Yo, maldita india. . . y Wilfried Floeck discute los elementos postmodernos de su revisión de las crónicas de la conquista en la misma pieza.

3 Se desarrolla este tema mucho más en Doll (79-83).

 

Obras citadas

Campal Fernández, José Luis. “La violencia colonialista en López Mozo. A propósito de Yo, maldita india…”. Acotaciones 10 (enero-junio 2003): 37-47.

Doll, Eileen J. El papel del artista en la dramaturgia de Jerónimo López Mozo: juegos temporales e intermediales. Madrid: Iberoamericana, Frankfurt am Main: Vervuert, 2008.

Floeck, Wilfried. “Dramaturgos españoles contemporáneos como lectores de las crónicas de la conquista: Sanchis Sinisterra y López Mozo”. Hispanística XX 17 (1999): 25-39.

Hertzberger, David K. “El engaño a los ojos: The Theatrics of Theatrical History.” Estreno 25.2 (otoño 1999): 20-21, 54.

López Mozo, Jerónimo. Ahlán. Madrid: Ediciones de Cultura Hispánica, 1997.

——. El arquitecto y el relojero. Damos la Palabra (Textos), 17. Madrid: Asociación de Autores de Teatro y Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid, 2001.

——. Crap, fábrica de municiones. Colección “Se hace camino al andar”, Serie 2, N.º 30. Bilbao: Zero, 1973.

——. D. J. Creación Literaria, 7. Toledo: Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, 1987.

——. “Don Juan, una vacilación de la naturaleza”. Don Juan, genio y figura. Mitos Universales de la Literatura Española. Ed. Gonzalo Santonja. Madrid: Sociedad Estatal España Nuevo Milenio, 2001. 129-143.

——. El engaño a los ojos. Estreno 25.2 (otoño 1999): 22-42.

——. La infanta de Velázquez. Santurce: Santurtziko Udala/Ayuntamiento de Santurce, 2001.

——. Yo, maldita india… Teatro-El Público, 8. Suplemento a El Público 77 (marzo-abril 1990). Madrid: El Público/Centro de Documentación Teatral, 1990.

López Mozo, Jerónimo; Luis Matilla. Parece cosa de brujas. Primer Acto 165 (feb. 1974): 23-43.

Matilla, Luis; Jerónimo López Mozo. Como reses. Colección Nueva Escena, 2. Madrid: Nuestra Cultura, 1980.

Oliva, César, ed. El Fernando: Espectáculo colectivo del Teatro Universitario de Murcia. Textos de José Arias, Ángel García Pintado, Jerónimo López Mozo, Manuel Martínez Mediero, Luis Matilla, Manuel Pérez Casaux, Luis Riaza y Germán Ubillos. Madrid: Editorial Campus, 1978.

Ruggeri Marchetti, Magda. “La infanta de Velázquez”. Assaig de Teatre 32 (abril-juny 2002): 189-190.

 

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