
Patricia Rodríguez
Londres
Puede que Lucy
Cuthbertson aún no se codee con la flor y nata de los
directores teatrales londinenses, al menos de momento. Ni
falta que le hace. De momento puede presumir de varios
premios, de haberse introducido en la programación del
Teatro Nacional y de ser muy querida por la prensa. Todo
esto sin salir de su escuela —la Kidbrooke— en la que ejerce
de Jefa de su Departamento de Teatro.
Lucy Cuthbertson es la
directora de ese “espectáculo-milagro” —Romeo y Julieta—
al que dediqué mi personal declaración de amor en el pasado
número de La
Ratonera. Esta entrevista era algo obligado
desde entonces, especialmente tras descubrir que
Kidbrooke School es “la escuela pobre del barrio pobre”.
Un calificativo que adquiere dimensiones especiales en una
ciudad de casi ocho millones de habitantes, donde el crimen
juvenil es ya tan habitual que ni siquiera es portada de los
periódicos.
Localizar a Lucy fue
sencillo, hablar con ella no tanto y, conseguir una cita, un
logro obtenido a base de interminables cruces de llamadas y
ajustes de calendario durante más de tres meses. Quedamos a
las cinco de la tarde en la terraza de un pub de
Greenwich y sobre la mesa está todo listo: el café con
leche, el cenicero, el tabaco, el mechero, el último
ejemplar de La
Ratonera, la grabadora encendida, las
preguntas y el lápiz afilado. Llega con un minuto y medio de
retraso y se pide una cerveza alemana. Hoy es el primer día
de sus vacaciones.
Pregunta. Lo primero que
me gustaría saber es cuándo se despierta tu interés por el
teatro y, concretamente, por la dirección.
Respuesta. Con 18 años me
fui a impartir clases de inglés a Sudán, algo que tuvo una
gran influencia en mi desarrollo personal. En cuanto a la
primera vez que me subí al escenario, ocurrió en el Club de
Drama de la Universidad, mientras estudiaba Geografía. Más
tarde estudié interpretación en The Poor School (La
Escuela Pobre), un lugar que hacía honor al nombre en cuanto
a sus instalaciones, pero que contaba con profesores
extraordinarios. Más tarde co-fundé una compañía teatral
llamada Ridiculusmus, que hoy tiene una gran
proyección nacional. Además de crear, actuar y co-dirigir,
también conducía la furgoneta y me encargaba de la
administración. Poco a poco empecé a desarrollar mi idea de
lo que es dirigir y de lo que busco en mis espectáculos y
llegué a la conclusión de que siempre hay que empezar con
una pregunta muy sencilla: ¿para qué?
La mayor parte de los
espectáculos que vemos, especialmente los que se programan
en circuitos independientes y en teatros pequeños, se basan
más en la promoción personal que en cualquier otra cosa. Yo
necesito que el teatro sea útil. Éste es uno de los primeros
planteamientos que me surgieron cuando empecé a dirigir y a
involucrarme en proyectos de diversa índole. Me parece muy
importante preguntarse cuál es el objeto de la
representación, especialmente cuando hay poco dinero ya que,
al menos, en el teatro comercial se cobra… Una producción
puede ser puro entretenimiento, pero tiene que ser
terriblemente brillante y siempre, y por encima de todo,
tiene que ser útil para la gente que está involucrada en el
proyecto.
Tras dos años en
Ridiculusmus, inicié mi carrera en solitario como
directora y en 1999 conseguí mi primer trabajo “formal” en
Kidbrooke School.
P. Háblame de esta
escuela.
R. Kidbrooke School
es un centro de secundaria donde acuden chavales entre 11 y
19 años. Pertenece al barrio de Greenwich que, actualmente,
ostenta el último lugar en la media educativa nacional
compitiendo, de vez en cuando, con Bristol. El programa
educativo es similar a otras escuelas. El teatro es
obligatorio hasta los catorce años y después se convierte en
una asignatura optativa durante dos años y si a los 16 el
alumno decide continuar, se puede especializar plenamente en
Estudios Teatrales. Es importante señalar que desde las
autoridades estatales, el teatro no forma parte del programa
a la manera de las Escuelas de Arte Dramático sino que se
entiende como una manera de intensificar la enseñanza del
inglés. Hay muchos institutos que no tienen teatro en su
programa educativo, es una opción que barajan los centros de
manera independiente bajo la supervisión del departamento
educativo nacional.
P. ¿Cómo describirías tu
experiencia personal en este centro?
R.
Ahora creo que es una escuela mejor, pero cuando llegué me
encontré con muchísimos problemas, sobre todo de conducta, y
fue terriblemente duro. Hasta ese momento no se habían
realizado muchas producciones y empecé con una versión
femenina de El Señor de las Moscas que, por cierto,
funcionó muy bien. Continué con otros espectáculos, que se
llevaron diferentes premios y que se llegaron a representar
en el West End, algo impensable para un instituto de
secundaria.
P.
¿Cómo funciona el departamento teatral en la escuela?
R.
Existen otros tres profesores y un técnico. Además de las
clases y su coordinación me encargo de la parte de puesta en
escena de las producciones que, dicho sea de paso, supone un
elemento extra. Muchas escuelas que tienen teatro en su
programa no realizan espectáculos porque, obviamente, supone
un gran esfuerzo por parte del departamento. Sin embargo, yo
considero que es un elemento importantísimo en el desarrollo
de los niños. Es algo que recordarán y una herramienta que
los hace más competentes a la hora de enfrentarse a sus
exámenes.
P.
¿Cuál es la diferencia fundamental que encuentras entre
trabajar con adultos y con niños?
R.
Ninguna. De hecho me he tropezado con adultos que tienen
muchos más problemas de comportamiento o terquedad.
P.
¿No te encuentras a menudo con la dificultad de que los
estudiantes sientan vergüenza o pudor a la hora de
interpretar un personaje delante de los demás?
R.
La verdad es que no, ya que les enseñamos cuando son muy
jóvenes y el proceso se basa en que se sientan más seguros
de sí mismos. Por otro lado, se trata de que se lo pasen
bien, así que todo resulta muy natural. Cuando se convierten
en adolescentes la asignatura de teatro es optativa, lo que
quiere decir que ellos la han escogido y por lo tanto es su
responsabilidad aprovechar el tiempo al máximo.
P.
¿Cuántos alumnos continúan estudiando Arte Dramático cuando
abandonan el Instituto?
R.
Es difícil de decir. No muchos y, desde luego, nosotros no
les presionamos para que lo hagan, aunque se trate de
alumnos con auténticas habilidades interpretativas.
Consideraría inmoral orientarlos hacia la interpretación
dada la alta tasa de desempleo en el sector. Muchos hablan
de su interés por la enseñanza teatral.
P.
¿Será porque se quieren parecer a ti?
R.
(Risas.) Quizás, quizás…
P.
¿Los estudiantes participan también de otros aspectos
relacionados con la producción teatral, por ejemplo,
escenografía o iluminación?
R.
Por supuesto, de hecho en Romeo y Julieta el operador
de luces y sonido era también un alumno de la escuela.
P.
Hablemos del espectáculo —Romeo y Julieta— y del proceso de
creación ¿Cómo seleccionas a los actores?
R.
Volvemos a la idea del objetivo. Me parecía imposible
plantearme una puesta en escena de esta obra sin ubicarla en
el Sureste de Londres y vincularla a la idea de las bandas o
al crimen juvenil. Por otro lado quería que el lenguaje
resultase familiar, de la zona, sin perder el sentido del
original ni la poesía de Shakespeare. Tras varios meses de
preparación me puse a trabajar con alumnos de la escuela. Se
organizaron dos semanas de casting “formales”, con una cifra
inicial de 50 candidatos donde las sesiones se planearon de
manera colectiva. Trabajamos de tal modo que al final del
proceso cada uno sabía qué papel iba a tener en la
representación. Yo no me centro exclusivamente en dos
personajes, Romeo y Julieta, parto de una idea más global,
de conjunto. Cuando se va dibujando dicha idea, al cabo de
estas dos semanas cada uno sabe lo que va a hacer y no hay
lugar para la decepción. Es todo muy natural.
P.
Estamos hablando de un equipo de 18 niños y adolescentes
trabajando juntos ¿Cuál es la mayor dificultad que
encuentras cuando trabajas con un grupo de estas
características?
R. Pues algo que quizá se produciría en un equipo de
adultos. Siempre aparecen problemas de distracción y, a
veces, no muy a menudo, de asistencia.
P. Uno de los detalles que más me llamó la atención en el
espectáculo fue el de la habilidad física de los actores, en
particular en las escenas de lucha. ¿Quién se ocupó de esta
parte del montaje?
R. Yo preparé gran parte de dichas escenas a partir, claro,
de improvisaciones. Una vez esbozadas, un experto en lucha
nos ayudó a limpiarlas y a darles un toque más realista,
algo que, dicho sea de paso, los chavales disfrutaron
muchísimo.
P. Me interesaría saber qué ocurre con el espectáculo una
vez que se termina. Teniendo en cuenta que no es una
compañía profesional. ¿Quién se ocupa, por ejemplo, de la
distribución? ¿Qué tipo de acuerdos existen con los teatros?
R. Los acuerdos que se establecen con los teatros son los
mismos que para cualquier compañía profesional. Yo me
encargo de coordinar todo lo que tiene que ver con la
publicidad, la distribución y, a veces, también conduzco la
furgoneta.
P. ¿Trabajas como directora fuera de Kidbrooke School?
R. Sí. Colaboro a menudo con una compañía que se llama
Splendid Productions que, ahora mismo, prepara un Dr
Faustus de C. Marlowe orientado a escuelas y que, además
de la representación, ofrece talleres.
P. Y la última pregunta ¿Cuál será el próximo proyecto con
Kidbrooke School?
R. Mmm… No lo sé. Espero tener un momento de inspiración. Me
atrae mucho la idea de montar algo que tenga que ver con la
homofobia en los colegios e institutos. Pero no me gustaría
hacerlo desde un punto de vista maniqueo, de buenos contra
malos, o de adolescentes que sufren abuso por su condición
de homosexuales. Me gustaría hacer algo divertido, que tenga
algo de Historia, no sé… también estoy dándole vueltas a la
posibilidad de hacer El Crisol de Arthur Miller. Ya
veremos.
El espectáculo Romeo y Julieta podrá verse del 17 al 21 de
noviembre en
Riverside Studios, Hammersmith, Londres.