Número 27. Septiembre de 2009

Soledades juntas

 

las grosellas

Barataria Teatro

Dirección: Roberto Corte

Reparto: Jorge Moreno, Eva Vallines, Silvino Torre, Cristina Cillero

Escenografía e Iluminación: Roberto Corte

Vestuario: Barataria Teatro

14 de julio de 2009

C. P. de Campiello, Piedras Blancas

Néstor Villazón

Este no demasiado conocido cuento de Chéjov —que aquí da nombre a la función— es de los pocos, quizá el único, en el que su autor expresa tan abiertamente su malestar hacia la sociedad en la que vive. Chéjov suele utilizar en mayor medida la distancia, juzga los hechos desde un plano secundario a la sombra de sus personajes. Pero aquí la crítica al poder, a la avaricia, a la búsqueda engañosa de la felicidad se procura de una forma inusualmente explícita, tajante. En la biografía que sobre el autor realizó Irene Nemirovski se recoge una carta que quizá podría ilustrar, en parte, la filosofía del cuento y de la obra: “La combatividad rusa tiene una característica: enseguida se convierte en cansancio. El hombre, lleno de entusiasmo, apenas sale de los bancos de la escuela, quiere aguantar una carga superior a sus fuerzas…”.

Pero dejemos a un lado —al menos de momento— al escritor ruso. La representación de Las grosellas aparece acertadamente secuenciada a modo de tríptico: en el desnudo salón de un hogar, los padres (Jorge Moreno y Eva Vallines), junto a la entrañable figura del abuelo vestido de soldado de la batalla de Kronstadt (Silvino Torre) aguardan para la celebración del cumpleaños de su hija y nieta (Cristina Cillero). Ya en sus comienzos conseguimos advertir la soledad impuesta para cada uno de ellos, pero una soledad carente de rumbo, motivada en cada caso por distintas posiciones ante la vida (amargura, temor, ensoñación, rebeldía) que propiciará más tarde el drama al que dará lugar. Para resolverlo se decide recordar un cuento de Chéjov —como ocurre todos los años en la familia— que reflejará, en parte, la agonía, la insatisfacción, la falta de impulsos y de fe que determinan a cada uno de los personajes.

Pero hay que decir que ésta no es una mera adaptación del relato de Chéjov a la escena, sino todo lo contrario: su director, Roberto Corte, se sirve del propio texto —un texto que habla sobre la ascensión al poder y el origen de la felicidad— para completar su historia, la de una familia unida por un conjunto de soledades individuales, llegando finalmente a la dramática tercera parte, en la que la situación se desborda y el futuro de la pequeña Raquel se resuelve, con el espléndido final entre la lluvia y el viento que azota las ventanas del hogar, al igual que en el cuento de Chéjov.

Es ésta una obra de salón, donde los intérpretes conversan “relajadamente” muy cercanos al público, fácil y compleja al mismo tiempo, realizada de forma muy notable por el grupo de actores. Un teatro necesario, que quizá no se haya aún explotado lo suficiente en nuestra región y que la compañía Barataria Teatro ya utilizó en montajes anteriores como Travesía sobre nieve de Bagdad y Ascensión. Un teatro sin aspavientos, pausado, repleto de grandes silencios evocadores, en el que la tensión —casi nunca resuelta y casi siempre implícita en cada uno de los diálogos— acaba llegando —y llenando— al espectador con una tremenda sacudida final. Un teatro, en definitiva, justamente merecedor de la sincera ovación con la que el público despidió este gran homenaje a la literatura.  

 

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